martes, 30 de abril de 2013

Adrienne Rich, Reparto de tareas, poema

Fotografía de Flor Garduño

En el día del trabajo pensaba en el reparto de tareas y me vino al espíritu este poema de Adrienne Rich.

Reparto de tareas

Las revoluciones dan vueltas, pactan, hacen declaraciones:
una revista nueva aparece, viejos nombres en su cabecera,
una revista antigua abrillanta su obra
con deconstrucciones de la prosa de Malcolm X
Las mujeres en las filas traseras de la política
todavía lamen hilo para pasarlo por el ojo
de la aguja, truecan huesos por plástico, rajan vainas
para venderlas como collares en los cruceros
hacen inmaculados vestidos de Primera Comunión
con planchas y vacilante agua caliente
todavía ajustan los microscópicos hilos dorados
en los chips de silicio
todavía dan clase, vigilan a los niños
desaparecidos en las callejuelas de fuego cruzado, los barrancos de
             repentinas inundaciones
los repentinos incendios de queroseno
-mujeres cuyo trabajo reconstruye el mundo
todas y cada una de la mañanas
                                                       He visto a una mujer sentada
entre la estufa y las estrellas
sus dedos chamuscados de apagar las velas
de la pura teoría             Índice y pulgar: los dos quemados:
he sentido esa cera sagrada levantarme ampollas en la mano

1988

Adrienne Rich - Versión de María Soledad Sánchez Gómez

sábado, 27 de abril de 2013

PATRICIA FERNÁNDEZ-PACHECO ESTRADA, poemas


Diana Blok - Medusa

Alevosía (3)

Era sólo por si acaso
que las cremalleras del puede-ser
y los botones de la cautela
retenían el negro descaro
de aquel encaje.

GEOMETRÍA

Me hago cargo, se avecinan
días difíciles para la cercanía,
para ese estar-piel-contra-piel
que no se compara con nada.

Pero tengo entendido
que la distancia más corta
entre dos puntos alejados
puede ser el rastro
(serpenteante)
que dejan
las palabras.

NEW YORK LA NUIT

Desde aquí,
la intemperie no es más que
cemento ribeteado
de antenas descoyuntadas y
tanques de agua.

Hasta que la noche se enciende
y se van fabricando, poco a poco,
infinitos caminos en llamas.

Es lo mismo que tu cuerpo
sobre las sábanas del final del día,
abriéndose en recodos,
inmenso cuando tiembla,
multitudinario en ventanas
cuando destraba sus postigos.

Por eso si abandonas
el universo de esta cama
(tienes que irte a no-se-donde, dices)
y, de manera imprudente,
te pones la ropa,

es igual,
igual que si la ciudad se apagara.

CRÓNICO

Lo normal es que el agua no se pueda beber.

En el recodo de la calle,
quién sabe qué le espera.

Unas casas están en pie y otras no.

Y el mar, que debiera ser atardecer sobre la arena,
allí es continuación incontestable del muro asesino.

Lo normal es el sobresalto en plena noche.

En el horario laboral, los disparos.

Lo habitual es la emergencia.

Habitual como el viento de verano.

Habitual como los indicios de desesperanza
bajo los que nacieron.

De: Manual para acróbatas

Biografía
 PATRICIA FERNÁNDEZ-PACHECO ESTRADA. Nació en Madrid en 1978. Es licenciada en Derecho por la Universidad de Alicante, especializándose en Derechos Humanos en Italia y Grecia, y posteriormente desarrolla su trabajo en Costa Rica y Ecuador. Desde 2007 vive en Nueva York donde trabaja en Naciones Unidas.
Ha obtenido el Premio de Poesía de la Universidad de Alicante por tres años consecutivos; el Cafetín Croché (El Escorial) y el Premio Colegio Miguel Hernández de Elda. Fue incluida en la XXI Selección de Voces Nuevas (Torremozas, 2008) y en la antología "El tejedor en Nueva York" (LUPI, 2011). Tiene publicado el poemario "Casa de Citas" (Torremozas, 2010).

jueves, 25 de abril de 2013

Vera Eikon, poemas


Sophie Thouvenin

De cómo se sucede la herida

Abordé con prudencia
la espina,
mas fue la efusión del pétalo
lo que hizo mi corazón
escombro.
Me hirió al abrirse
al modo de las flores.

Sobre tantos poetas que conozco

El poeta subió a un árbol
atándose con la cuerda de un verso
a una de sus ramas
y la intención de que en su pecho
creciese un pulmón de lluvia
-sueño de pájaros entre sus cabellos-
Alguien vino y lo llamó loco
pero no se dolió el poeta
pues por fin algo sabía
acerca de lo infranqueable de aquel azul
sobre su cabeza

El poeta hizo un cuenco con sus manos
para darle piel
a un extraviado rayo de sol
Alguien vino y lo llamó indigente
tampoco se dolió en esta ocasión el poeta
pues ahora podría postular
acerca de la caridad de las sombras

El poeta se sentó sobre una piedra
cuando ya un nuevo día sesgaba la noche
Había recorrido un largo camino
alentado por su deseo de pronunciar el alba
Una niña de niebla
vino hasta él
y nada dijo
Antes de irse
depositó sobre la intemperie de su frente
el amparo de un beso
Llegado fue el momento en el que se dolió el poeta
pues comprendió que en ponerle voz
a aquel gesto de silencio
habría de gastar
hasta la última de sus palabras

Benoit Courti

Límites

Decir el amor
es imposible
No se puede apresar
la voz del pájaro
para que cante


Irreflexiones

No se alcanza a nombrar el asombro
sin quemarse antes los párpados
No se puede perpetrar lo oscuro
sin haber cavado un pozo
donde llorar la luz
La tragedia
nos ronda la piel
El espanto
es una mujer de ojos claros
La palabra
otro vano intento
de vertebrar
lo invertebrado
La poesía
la evolución a belleza
de ese fracaso
  
Vera Eikon, 1976. Carril - Vilagarcía de Arousa – Galicia - España

Nota mía: Cuando leemos a Vera Eikon nos dejamos llevar por la magia de su lenguaje, permanecemos atentos y saboreamos cada frase, cada una tejida finamente con esmero y belleza. Ella sabe transportarnos con sus luces y oscuridades por los recovecos de una mente siempre abierta a la emoción.

Y para seguir disfrutando de su poesía:  Su blog

miércoles, 24 de abril de 2013

Anfisa Osinnik, poemas


*Sophie Thouvenin


ESCARABAJO


Sentada en la orilla del tiempo,
con las piernas colgadas en el infinito,
veo
        cómo flotan añicos de las épocas,
escucho
               en la momia egipcia
a quien antaño
                        era un ciudadano de Fayum,
al incansable escarabajo crujir,

           un hermano
                              del escarabajo que vive en mí.


MÍSTICA


Iban tras el misterio huella a huella a salto de mata,
¿Escucharon las voces de prodigios del bosque,
como el niño de Akira Kurosawa?
¿Espiaban los cantos de las flautas zorrunas?
Díganme : ¿Su ánima se congelaba de miedo?
¿Enturbiaban su mente en la trampa de la mística?
¿Acechaban en la lluvia soleada,
fila garbosa de bodas de zorras?
temiendo el sonido de la hojarasca
¿Temiendo inhalar,
                             temiendo tropezarse en sí mismos?
¿Querían entrar bajo el arcoíris?
¿Bajo el arcoíris
                         y no regresar?
Orificios de flautas peligrosas como bocas de rifles
en la garganta la soga, el horror tenso.
Bajo el arcoíris.
                        Bajo el arcoíris voy.
A ese que va huella a huella ...
                                              un favor:
                                                             ni una palabra.


*Sophie Thouvenin 


...en la noche de la materia florecen flores
negras. Ya poseen su terciopelo y
la formula de su perfume.
G. Bachelard, El agua y los sueños.


Rosa


Invadida con maleza de mi ensueño
de mi fe
             e inmundicia.
Ella florecía meciéndose justa,
plateada y negra.
Por casualidad la llamaban rosa.
Por casualidad la nombraban
                                             roja.
Aunque para mi era claro su enigma,
la idea furtiva,
                      - De la flor metamórfica,
¿Pero será flor?
                         No estoy segura.
De su esencia plateada y escarlata
emergía como brillante serpiente
y pudo ser perla barroca,
de forma y color irrepetible
y ser avispa precisa y punzante
fierecilla en la rama, a la vez rama.
Sin embargo permanecía rosa
juega conmigo, existe en mi -o te hiero-
pedía en mi jugando.
-Cuando nadie-. Hacia la nada te hará señas.
Entonces irás.
                      Y la sombra de la espina,
no te detendrá.
                      ¡Párate!
                                  cambiemos nombre.
Llámame flor y
                         legión
separando el mundo con la verde espina.
En el mundo del ensueño
                               y en el mundo
                                         poblado por Ellos.
Ante sus ojos nada valgo
me creen sin cordura,
pero denme,
                      denme, denme
                                            la orfandad
el llanto por la confusa quimera.
repiten que imaginar es inútil
me ejecutan con su cordialidad pavorosa...
Pero sabrán
                   que esta rosa
                                         podría
ser flor
                               y galaxia completa
Invadida con maleza de mi ensueño
florecía meciéndose justa
plateada y negra.
Mi fe
        e inmundicia.


DUALISMO

Digo el ave
Dices el canto
Digo el mar
Dices el ancla
Digo el camino
me cortas: hacia la casa.
Superficie es tu cuerpo,
superficie sin secretos ni mareas
un secreto es mi cuerpo
a todos tus barcos el naufragio
dices el ave
Digo la bala
Dices el mar
con la ola a la palabra derribo.
Dices el camino.
El mar no tiene caminos.


Biografía
Anfisa Osinnik nació en Siberia- Rusia en 1957. Hizo estudios en el Instituto de Literatura Máximo Gorki en Moscú.
Desde 1988 vive en la zona de bosque lluvioso del Cofre de Perote (Veracruz, México), Participó en el X Encuentro Internacional de Mujeres Poetas en el País de las Nubes 2002. Su libro Dialectos del Fuego publicado en el 2003 en coedición por el Instituto Veracruzano de la Cultura, Ediciones sin Nombre y Mantis Editores, en edición bilingüe.




martes, 23 de abril de 2013

Kim Namjo, poesía coreana


Imagen de Sarolta Ban
LOS ÁRBOLES

Mira
Los árboles. Saben de la separación
Y así se aman.
En el mismo árbol
Se casan ramas y hojas.
Y ensismados como siempre
Supe
Que se amaban.

Hoy, con la lluvia,

una gota de llanto
Baña todo mi cuerpo, de arriba abajo.
¡Qué divino!
La hoja ama a la rama,
La rama a la hoja.
Y ambos aman la raíz.
Noche tras noche
Dorados rayos de luna
Descienden, descienden
Y así supe de su amor.
Mira
El amor de los árboles, el más puro.
Ellos lo saben,
Un día no lejano caerán las hojas
Y sólo quedarán las ramas.
Ellos lo saben y por saberlo
acrecienta su amor.


JUNTO AL ÁRBOL


Árbol, junto a ti
Árbol soy también,
Cuerpo yerto que se sumerge en un baño glacial.
Reluce el firmamento
Amistad sin deslumbrar
Vence al invierno
Flor de las flores.
Árbol, junto a ti
Árbol soy también.
Frío que estremece
En gélida agua
Tú y yo,
Día y noche sumergidos.


CANTAR DE LOS CANTARES

Desde las más profundas raíces
Hasta la más alta cima
Todo se impregna de mi soledad
Que a ti, sólo a ti, puedo ofrecer.
Del este
Al oeste,
Rodeando al cielo,
Remolino
Que gira y gira
Y vuelve a mí.

Semblanza
Kin Namjo, Daegu - Corea 1927. Nacida en el período de ocupación japonesa, recibió una en su familia una educación de tradición confuciana, aunque tolerante frente al budismo y al cristianismo. Graduada universitaria en fecha temprana, ha ejercido durante cuarenta años la cátedra de Literatura Coreana en la universidad femenina Sukmiong. Su primer libro de poemas apareció en 1953, cuando el país conocía los desastres de la guerra coreana. Paradójicamente, su libro se publicó con el título Vida, que vino a ser una propuesta poética y existencial que marcaría toda su obra posterior. La poesía de Kim Namjo nos habla del amor, un amor acentuado las más de las veces por su carácter abstracto y universalizador. Es la expresión de un amor que nace de la muerte presente en las atrocidades de la guerra. Su obra, compuesta por breves poemas, constituye una victoria de la supervivencia. La autora no rechaza la muerte, sino que la asimila a un ciclo perenne de muerte/vida, vida/muerte, expresión del sentimiento oriental que sabe los misterios de ese eterno fluir. Su fe cristiana, unida a una fuerte tradición oriental, universaliza y enriquece la esencialidad de su poesía. Una docena de poemarios, más sus volúmenes de ensayo y de narrativa completan su obra.
Libro (en español) Antología poética (Edit. Verbum, 2003).

sábado, 20 de abril de 2013

Mis Poemas: Futuro Incierto


*Lola López-Cózar

Futuro incierto

La luz se filtra
por el alambre confundido
del porvenir

desciende lenta

se posa
en la madeja
de las incertidumbres

teje despreocupada
las hilachas
de los sueños

se mira frente al espejo
retumba 
            el reflejo
de una pared
en ruinas

es el epicentro desbocado
del futuro

mientras el nuevo día
resplandece
consternado y sin promesas.

Mis poemas: María Germaná Matta

 Foto

jueves, 18 de abril de 2013

Elizabeth Bishop - En la sala de espera - poema


Diane Blok - Introspección
En la sala de espera 

En Worcester, Massachusetts,
acompañé a Tía Consuelo
a una cita con el dentista
y me senté a esperarla
en la sala de espera del dentista.
Era invierno. Anocheció
temprano. La sala de espera
estaba llena de personas mayores,
catiuscas y abrigos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo dentro
lo que me pareció una eternidad
y mientras esperaba leí
el National Geographic
(ya sabía leer) y observé
las fotografías con atención:
el interior de un volcán,
negro y lleno de cenizas;
después aparecía vomitando
ríos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vestidos con pantalones de montar,
botines y cascos de protección.
Un hombre muerto colgando de un poste
-“Gran Cerdo”, rezaba la inscripción-.
Bebés con las cabezas puntiagudas
enrolladas con vueltas y más vueltas de cuerda;
mujeres negras, desnudas, con los cuellos
enrollados con vueltas y más vueltas de alambre
como el cuello de las bombillas.
Sus senos eran horripilantes.
Leí todo esto sin pausa.
Demasiado turbada para parar.
Y después contemplé la portada:
los márgenes amarillos, la fecha.

De pronto, desde dentro,
surgió un ¡ay! de dolor
-la voz de Tía Consuelo-
ni excesivamente alto ni prolongado.
No me sorprendió en absoluto;
por entonces ya sabía que ella era
una mujer tímida, estúpida.

Tal vez debiera haberme sentido avergonzada,
pero no lo estaba. Lo que me tomó
completamente por sorpresa
fue que había sido yo:
mi voz, en mi boca.
Sin darme cuenta
yo era mi estúpida tía,
yo -nosotras- estábamos cayendo, cayendo,
con los ojos fijos en la portada
del National Geographic,
febrero, 1918.

Me dije: tres días
y tendrás siete años.
Estuve diciendo esto para detener
la sensación de estar cayéndome
del redondo, giratorio mundo
hacia un frío espacio azul marino.
Pero sentí: tú eres un yo,
eres una Elizabeth,
eres una de ellos.
¿Por qué tienes también tú que ser única?
Apenas me atrevía a mirar
para averiguar lo que yo era.
Eché un vistazo de reojo,
-era incapaz de mirar más arriba-
hacia las sombrías rodillas grises,
los pantalones y faldas y botas
y diferentes pares de manos
que yacían bajo las lámparas.
Sabía que nunca había sucedido
nada extraño, que nada
extraño podría suceder jamás.
¿Por qué debía yo ser mi tía,
o yo, o cualquier otra persona?
¿Qué afinidades
-botas, manos, la voz familiar
que había sentido en mi garganta, o incluso
el National Geographic
y esos terribles senos colgantes-
nos mantenían tan juntos
o nos hacían uno solo?
Cuan -no conocía ninguna
palabra para designarlo- cuan “improbable”…

¿Cómo había llegado yo hasta aquí,
igual que ellos, y había oído por casualidad
un grito de dolor que hubiera podido ser
peor y más estridente pero no lo fue?

La sala de espera era luminosa
y estaba demasiado caldeada. Se desvanecía
bajo una gigantesca ola negra,
otra, y otra más.

Entonces regresé.
La Guerra estaba en marcha. Fuera,
en Worcester, Massachussets,
había la noche y la nieve aguada y el frío,
y era aún cinco
de febrero, 1918.

*Versión de Roser Amills Bibiloni


Elizabeth Bishop En la sala de espera - Vídeo poema a cargo de Kristine Byrne

In the waiting room

In Worcester, Massachusetts,
I wen with Aunt Consuelo
to keep her dentist’s appointment
and sat and waited for her
in the dentist’s waiting room.
It was winter. It got dark
early. The waiting room
was full of grown-up people,
arctics and overcoats,
lamps and magazines.
My aunt was inside
what seemed like a long time
and while I waited I read
the National Geographic
(I could read) and carefully
syudied the photographs:
the inside of a volcano,
black, and full of ashes;
then it was spilling over
in rivulets of fire.
Osa and Martin Johnson
dressed in riding breeches,
laced boots, and pith helmets.
A dead man slung on a pole
-“Long Pig”, the caption said-.
Babies with pointed heads
wound round and round with string;
black, naked women with necks
wound round and round with wire
like the necks of light bulbs.
Their breasts were horrifying.
I read it right straight through.
I was too shy to stop.
And then I looked at the cover:
the yellow margins, the date.

Suddenly, from inside,
came an oh! Of pain
-Aunt Consuelo’s voice-
not very loud or long.
It wasn’t at all surprised;
even then I knew she was
a foolish, timid woman.

I might have been embarrassed,
but wasn’t. What took me
completely by surprise
was that it was me:
my voice, in my mouth.
Without thinking at all
I was my foolish aunt,
I -we- were falling, falling,
our eyes glued to the cover
of the National Geographic,
February, 1918.

I said to myself: three days
and you’ll be seven years old.
I was saying it to stop
the sensation of falling off
the round, tuming world
into cold, blue-black space.
But I felt: you ara an I,
you are an Elizabeth,
you are one of them.
Why should you be one, too?
I scarcely dared to look
to see what it was I was.
I gave a sidelong glance
-I couldn’t look any higher-
at shadowy gray knees,
trousers and skirts and boots
and different pairs of hands
lying under the lamps.
I knew that nothing stranger
had ever happened, that nothing
stranger could ever happen.
Why should I be my aunt,
or me, or anyone?
What similiarities-
boots, hands, the family voice
I felt in my throatt, or even
the National Geographic
and those awful hanging breasts-
held us all together
or made us all just one?
How -I din’t know any
word for it-how any
word for it-how “unlikely”…
How had I come to be here,
like them, and overhear
a cry of pain that could have
got loud and worse but hadn’t?

The waiting room was brigth
and too hot. It was sliding
beneath a big black wave,
another, and another.

Then I was back in it.
The War was on. Outside,
in Worcester, Massachusetts,
were night and slush and cold,
and it was still the fifth
of February, 1918.

*Fuente de la traducción:  En busca del Fuego

Biografía
Elizabeth Bishop, poeta norteamericana (1911-1979)
Su vida estuvo marcada por la muerte de su padre cuando tenía ocho meses, su madre sufrió una enfermedad mental y estuvo recluida en un psiquiátrico, ella tenía cinco años. Vivió con sus abuelos pero su poesía refleja la orfandad. Tuvo una vida tormentosa.
Gracias a la poeta Marianne Moore quien la disuadió de estudiar medicina y la apoyó como poeta, decide dedicar su vida a la poesía, su amistad duró hasta la muerte de Moore. Estudió en Massachusetts y luego en Vassar Colloge en Nueva York. En 1932 entrevistó a T.S. Eliot y comienza a publicar artículos. También tradujo a Rimbaud, Baudelaire y se interesó por el movimiento surrealista. Números viajes por Europa, España, África, Brasil donde vive varios años. Conoció a Pablo Neruda, Robert Lowell, Ezra Pound. En 1956 recibe el premio Pulitzer de poesía.
Podemos resaltar que Bishop era contraria a cualquier división artística y nunca quiso aparecer en una antología de “poesía femenina” por eso también es difícil encontrarla en una antología de poesía lésbica.