viernes, 21 de abril de 2017

Sidonie Gabrielle Colette - Ensueño de año nuevo

Imagen de César Moro

Ensueño de año nuevo
De: Sidonie Gabrielle Colette

Las tres volvemos a casa, empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachiporra.
Salimos para contemplar la nieve, la verdadera nieve y el verdadero frío, rarezas parisienses, ocasiones, casi imposibles de encontrar, de final de año. En mi barrio desierto, corrimos como tres locas, y las fortificaciones hospitalarias, las calumniadas fortificaciones presenciaron, desde la avenida de Ternes al bulevar Malesherbes, nuestra jadeante alegría de perros en libertad. Nos inclinamos, de lo alto del talud, sobre el foso que colmaba un crepúsculo violáceo agitado por torbellinos blancos; contemplamos Levallois negro salpicado de luces rosadas, detrás de un velo tejido con miles y miles de moscas blancas, vivas, frías como flores deshojadas, que se derruían en los labios, en los ojos, suspendidas por un momento las pestañas, del vello de las mejillas. Arañamos con nuestras diez patas una nieve intacta, fiable, que huía bajo nuestros pies con un acariciador crujir de tafetán. Lejos de todos los ojos, galopamos, ladramos, comimos la nieve al vuelo, saboreamos su dulzura de sorbete avainillado y polvoriento.
Sentadas ahora frente a la ardiente rejilla las tres callamos. El recuerdo de la noche, de la nieve, del viento desencadenado detrás de la puerta, se funde lentamente en nuestras venas y vamos a deslizarnos en ese sueño repentino, recompensa de las largas caminatas.
La perra de pastor, que humea como un baño de pies, ha recobrado su dignidad de loba amaestrada, su seriedad falsa y cortes. Escucha, con una oreja, el susurro de la nieve a lo largo de las persianas cerradas, con la otra acecha el tintineo de las cucharas de la antecocina. Su nariz afilada palpita, y sus ojos color cobre, abiertos, fijos en el fuego, se mueven incesantemente, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, como si estuviera leyendo. Yo estudio, un poquito recelosa, a esa recién llegada, esa perra femenina y complicada que guarda bien, ríe raramente, se conduce como persona sensata, con una impenetrable mirada. Sabe mentir, robar; pero grita, sorprendida, como una jovencita asustada, y casi enferma de emoción. ¿Dónde adquirió, esa lobita de bajas caderas, esta hija de las tierras valonas, su odio hacia la gente mal vestida y su reserva aristocrática? Le ofrezco un puesto en mi hogar y en mi vida, y quizás, ella que ya sabe defenderme, me amará.
Mi pequeña doga de corazón infantil duerme, reventada de sueño, con fiebre en el hocico y las patas. La gata gris no ignora que nieva, y desde la hora del almuerzo no he vuelto a verle la punta de la nariz, hundida en el pelo de su vientre. Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma.
Un año más... ¿Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba, cambió para mí la forma de los años. El año ya no es ese sendero serpenteante, esa cinta desenrollada que de enero ascendía a la primavera, subía, subía al verano para florecer en llanura serena, en prado ardiente recortado de sombras azules, salpicado de deslumbrantes geranios, luego descendía a un otoño oloroso, brumoso, que exhala aroma a marjal, o fruta madura y caza, luego se internaba en un invierno seco, sonoro, espejeante de lagunas heladas, de nieve rosada bajo el sol... Después la cinta ondulada se precipitaba, vertiginosa, hasta romperse en seco, frente a una fecha maravillosa, aislada, suspendida entre los dos años como flor de escarcha: el día de Año Nuevo.
Una niña muy amada, entre unos padres que no eran ricos, y que vivía en el campo entre árboles y libros y que no conoció ni deseó costosos juguetes; he aquí lo que veo al inclinarme esta noche sobre mi pasado. Una niña supersticiosamente encariñada con las fiestas de las estaciones, con las fechas señaladas por un regalo, una flor, un pastel tradicional. Una niña que por instinto ennoblecía paganamente las fiestas cristianas, enamorada solamente del ramo de boj, del huevo rojo de Pascua, de las rosas deshojadas de Corpus y de los altares -siringas, acónitos, manzanillas-, del vástago de avellano coronado por una crucecita, bendecido en la misa de la Ascensión y plantado en los linderos del campo, al que protege del granizo. Una niñita prendada del pastel de cinco cuernos, cocido y comido el día de Ramos; de la «crepé» en Carnaval; del asfixiante olor de la iglesia, durante el mes de María.
Anciano sacerdote sin malicia que me distes la comunión, ¿pensabas que esa niña silenciosa, fijos los ojos en el altar, esperaba el milagro, el inaprensible movimiento del chal azul que ceñía a la Virgen? ¿Verdad? ¡Yo me comportaba de forma tan juiciosa! Es cierto que pensaba en milagros, pero... no los mismos que tú. Adormilada por el incienso de las cálidas flores, hechizada por el perfume mortuorio, la podredumbre almizclada de las rosas, yo vivía, bondadoso hombre, sin malicia, en un paraíso que no podías imaginar, poblado de mis dioses, de mis animales habladores, de mis ninfas y de mis sátiros. Y yo te escuchaba hablar de tu infierno, pensando en el orgullo del hombre que, por sus crímenes de un instante, inventó el infierno eterno. ¡Ah, cuánto tiempo hace!
Mi soledad, esta nieve de diciembre, este umbral de otro año, no me devolverán el escalofrío de antaño, cuando acechaba, durante la larga noche, el lejano estremecimiento, entreverado con los latidos de mi corazón, del tambor municipal, despertando con el día nuevo a la aldea dormida. Temía, llamaba, desde la profundidad de mi lecho de niña, a ese tambor en la noche helada, a eso de las seis, con una angustia nerviosa próxima al llanto, apretadas las mandíbulas, el vientre contraído. Sólo este tambor, y no las doce campanadas de la medianoche, daba para mí la brillante apertura del nuevo año, el advenimiento misterioso tras el cual el mundo entero jadeaba, suspendido al primer rran del viejo tapín de mi aldea.
Pasaba, invisible en la oscura mañana, lanzando a las paredes su viva y fúnebre alboradilla, y detrás de él se reanudaba una vida, nueva y saltando hacia doce meses nuevos. Liberada, yo saltaba de mi cama con la vela, corría a las felicitaciones, los besos, los bombones, los libros con cantos dorados. Abría la puerta a los panaderos portadores de las cien libras de pan y hasta mediodía, grave, penetrada de una importancia comercial, daba a todos los pobres, los verdaderos y los falsos, el cantero de pan y la moneda que recibían sin humildad y sin gratitud.
Mañanas de invierno, lámpara roja en la oscuridad, aire inmóvil y áspero de antes de nacer el día, jardín adivinado en la oscura alba, disminuido, cubierto de nieve, abetos abrumados que dejabais resbalar, de hora en hora, el fardo de tus brazos negros, abanicazos de los pajarillos asustados, y sus juegos inquietos en medio de un polvo de cristal, más tenue, más lleno de lentejuelas que la irisada bruma de un surtidor. ¡Oh, inviernos todos de mi infancia, un día de invierno acaba de devolveros a mi recuerdo! Es mi rostro de antaño el que busco en este espejo ovalado, cogido con mano distraída, y no mi rostro de mujer, de mujer joven a la que pronto abandonará su juventud.
Hechizada aún por mi sueño, me sorprendo de haber cambiado, de haber envejecido, mientras soñaba. Con trémulo pincel, podría pintar, encima de este rostro, el de una lozana niña enmorenecida por el sol, sonrosada por el frío, unas mejillas elásticas que acababan en una esbelta barbilla, unas cejas móviles prestas a fruncirse, una boca cuyas astutas comisuras desmentía el breve labio ingenuo. ¡Ay, sólo es un instante! El adorable terciopelo del pastel resucitado se deshace y echa a volar. El agua oscura del espejito sólo retiene mi imagen que es igual, completamente igual a mí, señalada de ligeros arañazos, finalmente grabada en los párpados, en las comisuras de los labios, entre las obstinadas cejas. Una imagen que ni sonríe ni se entristece, y que murmura para sí solita:
«Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria. Mírame, mira tus parpados, tus labios, levanta los rizos de tus cabellos sobre las sienes: ya empiezas a alejarte de tu vida; no lo olvides: ¡hay que envejecer! Aléjate lentamente, lentamente, sin lágrimas, no olvides nada. Llévate tu salud, tu alegría, tu atildamiento, el poco de bondad y justicia que te hizo la vida menos amarga; ¡no olvides! Vete engalanada, vete dulce, y no te detengas a lo largo del irresistible camino; en vano lo intentarías. ¡Hay que envejecer! Sigue el camino, tiéndete sólo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno, tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada...»


Rêverie de nouvel an
Toutes trois nous rentrons poudrées, moi, la petite bull et la bergère flamande… Il a neigé dans les plis de nos robes, j’ai des épaulettes blanches, un sucre impalpable fond au creux du mufle camard de Poucette, et la bergère flamande scintille toute, de son museau pointu à sa queue en massue.
Nous étions sorties pour contempler la neige, la vraie neige et le vrai froid, raretés parisiennes, occasions, presque introuvables, de fin d’année… Dans mon quartier désert, nous avons couru comme trois folles, et les fortifications hospitalières, les fortifs décriées ont vu, de l’avenue des Ternes au boulevard Malesherbes, notre joie haletante de chiens lâchés. Du haut du talus, nous nous sommes penchées sur le fossé que comblait un crépuscule violâtre fouetté de tourbillons blancs ; nous avons contemplé Levallois noir piqué de feux roses, derrière un voile chenillé de mille et mille mouches blanches vivantes, froides comme des fleurs effeuillées, fondantes sur les lèvres, sur les yeux, retenues un moment aux cils, au duvet des joues… Nous avons gratté de nos dix pattes une neige intacte, friable, qui fuyait sous notre poids avec un crissement caressant de taffetas. Loin de tous les yeux, nous avons galopé, aboyé, happé la neige au vol, goûté sa suavité de sorbet vanillé et poussiéreux…
Assises maintenant devant la grille ardente, nous nous taisons toutes trois. Le souvenir de la nuit, de la neige, du vent déchaîné derrière la porte, fond dans nos veines lentement et nous allons glisser à ce soudain sommeil qui récompense les marches longues…
La bergère flamande, qui fume comme un bain de pieds, a retrouvé sa dignité de louve apprivoisée, son sérieux faux et courtois. D’une oreille, elle écoute le chuchotement de la neige au long des volets clos, de l’autre elle guette le tintement des cuillères dans l’office. Son nez effilé palpite, et ses yeux couleur de cuivre, ouverts droit sur le feu, bougent incessamment, de droite à gauche, de gauche à droite, comme si elle lisait… J’étudie, un peu défiante, cette nouvelle venue, cette chienne féminine et compliquée qui garde bien, rit rarement, se conduit en personne de sens et reçoit les ordres, les réprimandes sans mot dire, avec un regard impénétrable et plein d’arrière-pensées… Elle sait mentir, voler – mais elle crie, surprise, comme une jeune fille effarouchée et se trouve presque mal d’émotion. Où prit-elle, cette petite louve au rein bas, cette fille des champs wallons, sa haine des gens mal mis et sa réserve aristocratique ? Je lui offre sa place à mon feu et dans ma vie, et peut-être m’aimera-t-elle, elle qui sait déjà me défendre…
Ma petite bull au cœur enfantin dort, foudroyée de sommeil, la fièvre au museau et aux pattes. La chatte grise n’ignore pas qu’il neige, et depuis le déjeuner je n’ai pas vu le bout de son nez, enfoui dans le poil de son ventre. Encore une fois me voici, en face de mon feu, de ma solitude, en face de moi-même…
Une année de plus… À quoi bon les compter ? Ce jour de l’An parisien ne me rappelle rien des premier janvier de ma jeunesse ; et qui pourrait me rendre la solennité puérile des jours de l’An d’autrefois ? La forme des années a changé pour moi, durant que, moi, je changeais. L’année n’est plus cette route ondulée, ce ruban déroulé qui depuis janvier, montait vers le printemps, montait, montait vers l’été pour s’y épanouir en calme plaine, en pré brûlant coupé d’ombres bleues, taché de géraniums éblouissants, – puis descendait vers un automne odorant, brumeux, fleurant le marécage, le fruit mûr et le gibier, – puis s’enfonçait vers un hiver sec, sonore, miroitant d’étangs gelés, de neige rose sous le soleil… Puis le ruban ondulé dévalait, vertigineux, jusqu’à se rompre net devant une date merveilleuse, isolée, suspendue entre les deux années comme une fleur de givre le jour de l’An…
Une enfant très aimée, entre des parents pas riches, et qui vivait à la campagne parmi des arbres et des livres, et qui n’a connu ni souhaité les jouets coûteux voilà ce que je revois, en me penchant ce soir sur mon passé… Une enfant superstitieusement attachée aux fêtes des saisons, aux dates marquées par un cadeau, une fleur, un traditionnel gâteau… Une enfant qui d’instinct ennoblissait de paganisme les fêtes chrétiennes, amoureuse seulement du rameau de buis, de l’œuf rouge de Pâques, des roses effeuillées à la Fête-Dieu et des reposoirs – syringas, aconits, camomilles – du surgeon de noisetier sommé d’une petite croix, bénit à la messe de l’Ascension et planté sur la lisière du champ qu’il abrite de la grêle… Une fillette éprise du gâteau à cinq cornes, cuit et mangé le jour des Rameaux ; de la crêpe, en carnaval ; de l’odeur étouffante de l’église, pendant le mois de Marie…
Vieux curé sans malice qui me donnâtes la communion, vous pensiez que cette enfant silencieuse, les yeux ouverts sur l’autel, attendait le miracle, le mouvement insaisissable de l’écharpe bleue qui ceignait la Vierge ? N’est-ce pas ? J’étais si sage !… Il est bien vrai que je rêvais miracles, mais… pas les mêmes que vous. Engourdie par l’encens des fleurs chaudes, enchantée du parfum mortuaire, de la pourriture musquée des roses, j’habitais, cher homme sans malice, un paradis que vous n’imaginiez point, peuplé de mes dieux, de mes animaux parlants, de mes nymphes et de mes chèvre-pieds… Et je vous écoutais parler de votre enfer, en songeant à l’orgueil de l’homme qui, pour ses crimes d’un moment, inventa la géhenne éternelle… Ah ! qu’il y a longtemps !…
Ma solitude, cette neige de décembre, ce seuil d’une autre année ne me rendront pas le frisson d’autrefois, alors que dans la nuit longue je guettais le frémissement lointain, mêlé aux battements de mon cœur, du tambour municipal, donnant, au petit matin du 1er janvier, l’aubade au village endormi… Ce tambour dans la nuit glacée, vers six heures, je le redoutais, je l’appelais du fond de mon lit d’enfant, avec une angoisse nerveuse proche des pleurs, les mâchoires serrées, le ventre contracté… Ce tambour seul, et non les douze coups de minuit, sonnait pour moi l’ouverture éclatante de la nouvelle année, l’avènement mystérieux après quoi haletait le monde entier, suspendu au premier rrran du vieux tapin de mon village.
Il passait, invisible dans le matin fermé, jetant aux murs son alerte et funèbre petite aubade, et derrière lui une vie recommençait, neuve et bondissante vers douze mois nouveaux… Délivrée, je sautais de mon lit à la chandelle, je courais vers les souhaits, les baisers, les bonbons, les livres à tranches d’or… J’ouvrais la porte aux boulangers portant les cent livres de pain et jusqu’à midi, grave, pénétrée d’une importance commerciale, je tendais à tous les pauvres, les vrais et les faux, le chanteau de pain et le décime qu’ils recevaient sans humilité et sans gratitude…
Matins d’hiver, lampe rouge dans la nuit, air immobile et âpre d’avant le lever du jour, jardin deviné dans l’aube obscure, rapetissé, étouffé de neige, sapins accablés qui laissiez, d’heure en heure, glisser en avalanches le fardeau de vos bras noirs, – coups d’éventail des passereaux effarés, et leurs jeux inquiets dans une poudre de cristal plus ténue, plus pailletée que la brume irisée d’un jet d’eau… Ô tous les hivers de mon enfance, une journée d’hiver vient de vous rendre à moi ! C’est mon visage d’autrefois que je cherche, dans ce miroir ovale saisi d’une main distraite, et non mon visage de femme, de femme jeune que sa jeunesse va, bientôt, quitter…
Enchantée encore de mon rêve, je m’étonne d’avoir changé, d’avoir vieilli pendant que je rêvais… D’un pinceau ému je pourrais repeindre, sur ce visage-ci, celui d’une fraîche enfant roussie de soleil, rosie de froid, des joues élastiques achevées en un menton mince, des sourcils mobiles prompts à se plisser, une bouche dont les coins rusés démentent la courte lèvre ingénue… Hélas, ce n’est qu’un instant. Le velours adorable du pastel ressuscité s’effrite et s’envole… L’eau sombre du petit miroir retient seulement mon image qui est bien pareille, toute pareille à moi, marquée de légers coups d’ongle, finement gravée aux paupières, aux coins des lèvres, entre les sourcils têtus… Une image qui ne sourit ni ne s’attriste, et qui murmure, pour moi seule : « Il faut vieillir. Ne pleure pas, ne joins pas des doigts suppliants, ne te révolte pas il faut vieillir. Répète-toi cette parole, non comme un cri de désespoir, mais comme le rappel d’un départ nécessaire. Regarde-toi, regarde tes paupières, tes lèvres, soulève sur tes tempes les boucles de tes cheveux : déjà tu commences à t’éloigner de ta vie, ne l’oublie pas, il faut vieillir !
Éloigne-toi lentement, lentement, sans larmes ; n’oublie rien ! Emporte ta santé, ta gaîté, ta coquetterie, le peu de bonté et de justice qui t’a rendu la vie moins amère ; n’oublie pas ! Va-t’en parée, va-t’en douce, et ne t’arrête pas le long de la route irrésistible, tu l’essaierais en vain, – puisqu’il faut vieillir ! Suis le chemin, et ne t’y couche que pour mourir. Et quand tu t’étendras en travers du vertigineux ruban ondulé, si tu n’as pas laissé derrière toi un à un tes cheveux en boucles, ni tes dents une à une, ni tes membres un à un usés, si la poudre éternelle n’a pas, avant ta dernière heure, sevré tes yeux de la lumière merveilleuse – si tu as, jusqu’au bout gardé dans ta main la main amie qui te guide, couche-toi en souriant, dors heureuse, dors privilégiée… »


Sidonie Gabrielle Colette

Biografía
Sidonie-Gabrielle Colette (Saint-Sauveur-en-Puisaye, 28 de enero de 1873 - París, 3 de agosto de 1954), más conocida como Colette, fue una novelista, periodista, guionista, libretista y artista de revistas y cabaré francesa. Adquirió celebridad internacional por su novela Gigi, llevada al cine por Vincente Minnelli en 1958 y, siendo miembro de la Academia Goncourt desde 1945, la llegó a presidir entre 1949 y 1954 y fue condecorada con la Legión de Honor.
Obras
Primera edición de Claudine à l'école.
Existe una edición de sus Obras completas en español (Barcelona: Plaza y Janés, 1963, 2 vols.).
1900-1903: Claudine
1904: Dialogues de bêtes ("Diálogos de animales")
1907: La Retraite sentimentale ("El retiro sentimental")
1908: Les Vrilles de la vigne ("Los zarcillos de la viña")
1909: L'Ingénue libertine ("La ingenua libertina")
1910: La Vagabonde ("La vagabunda")
1913: L'Entrave ("El obstáculo")
1913: L'Envers du music-hall ("El reverso del music-hall")
1916: La Paix chez les bêtes ("La paz en la casa de los animales")
1917: Les Heures longues ("Las largas horas")
1918: Dans la foule ("En la muchedumbre")
1919: Mitsou ou Comment l'esprit vient aux filles ("Mitsú o Cómo el carácter viene a las muchachas")
1920: Chéri ("Querido")
1922: La Chambre éclairée ("La cámara oscura", florilegio de artículos publicados en los diarios a fines de la I Guerra Mundial)
1922: La Maison de Claudine ("La casa de Claudina")
1923: Le Blé en herbe ("El trigo verde")
1924: La Femme cachée ("La mujer oculta")
1926: La Fin de Chéri ("El final de Querido")
1928: La Naissance du jour ("El surgir del día")
1929: me ("Mí")
1930: Sido ("Sidó")
1932: Le Pur et l'Impur ("Lo puro y lo impuro; retrato literario de Renée Vivien)
1933: La Chatte ("La gata")
1934: Duo ("Dúo")
1936: Mes Apprentissages ("Mis aprendizajes")
1936: Splendeur des papillons, ("Esplendor de mariposas")
1937: Bella-Vista ("Bella-Vista", relatos)
1938: La Jumelle noire ("La jungla negra", cuatro volúmenes de críticas teatrales y cinematográficas: I, 1934; II, 1935; III, 1937; IV, 1938)
1939: Le Toutounier (seguida de Duo)
1940: Chambre d'hôtel ("Habitación de hotel")
1943: Le Képi ("El Quepis")
1943: Nudité ("Desnudez")
1944: Gigi
1946: L'Étoile Vesper ("El lucero vespertino")
1941: Julie de Carneilhan
1941: Journal à rebours ("Diario a contrapelo")
1944: Paris de ma fenêtre ("París desde mi ventana")
1949: Le Fanal bleu ("El farol azul)
1992: Histoires pour Bel-Gazou ("Historias para Bel-Gazou", novelas), Hachette, ilustrado por Alain Millerand.
2010: Colette journaliste: Chroniques et reportages (1893-1945), textos periodísticos inéditos.
2011: J'aime être gourmande, presentación de G. Bonal y F. Maget, introducción de G. Martin, colección Carnets, L'Herne, París.


Fuente de la Biografía: Wikipedia
Fuente relato: Alba Learning


jueves, 20 de abril de 2017

Myra Jara - Tres poemas

Os dejo tres poemas de Myra Jara, poeta peruana.

Imagen de Antonio Mora



MI BOCA de la enfermedad no es grotesca

la rodea un pudor infantil, vanidad, aburrimiento

mientras él me dejaba

me lavaba la boca

ahora tiene una mujer ligeramente sensual

―sensualidad constructiva

y esa mujer tiene adultez

y también creación


Imagen de Sarolta Ban



ME INTERESAN las imágenes que a mí llegan y de mí parten

y todo lo que gira en torno a mí

tiene la luz de mis ojos

todo lo que me conmueve

tiene impregnada la luz de mí.

el movimiento es blanco

la destrucción es blanca


Imagen de Sarolta Ban 


HAY UN VIAJE en un tren de los italianos que te aleja de Europa

El tren termina el recorrido en Ucrania, en un túnel

Las cabezas que descienden en el túnel Ucraniano se mueven lentamente en el andén

Algunas cabezas se mueven hacia las escaleras

Las cabezas pequeñas de los niños se mueven, también hay cabezas pequeñas de perros y de cisnes

Otras cabezas esperan en el andén por otro tren

A estas cabezas quietas se les posan moscas negras e insectos

Quienes se embarquen, atravesarán la Siberia. Llegarán a Mongolia,

Partirán después a pequeños lugares en el Asia.



El tren a Mongolia lo toman 10 o 15 personas

No suben todos los animales, hay quienes han tenido que abandonar a sus perros y sus gallinas



La compañía no los quiere a todos

Acepta a veces a mujeres sin sus hijos

A hombres sin sus mujeres



Pocos entran en el tren, consigo llevan poco



Yo entro al tren cada mes, me llaman para que lo limpie

Boto las cáscaras de los huevos, la cerveza, los condones

Cuando termino de limpiar, respiro profundo

Escupo y

Me siento



Me llaman Señora los que vienen a darme el pago

Pero yo soy una mujer joven

He escogido el trabajo del tren para estar con las vacas

Despreciar

La cantidad obscena de hambre.



No desprecio

El hambre, la sed de la gente subida con una idea de aislamiento. Aquella que hará sutiles actos contra sí misma, en el Asia.

Así crece, eso es avejentar el mundo.



Limpio Mongolia

Voy fumando con una escoba por sus calles bárbaras

Sus habitantes son todos como frías abejas

Pero las mujeres son mejor como larvas, hinchadas, salvajes y costureras



Limpio Mongolia y voy viajando

Cuando llego tengo sexo

Consigo hombres en el bar

Se van, antes me lavan el cuello.



En el tren, me lavan el cuello los obreros

Les voy contando cómo es mi hambre

El placer de la miseria ante el hambre.

Es necesario hacer miseria

Y les recuerdo mientras nos bañamos juntos, todos desnudos:

Falta mucho para envejecer.


Biografía
Myra Jara (Lima, 1987). Vive en Roma. Posee una cultura variada, no exclusivamente literaria: cine, música, poesía, danza. Ha estudiado Humanidades en Perú, Alemania e Italia, y talleres de Danza contemporánea en Nueva York y Alemania.  Ha sido parte del Staff del Festival Internacional de Poesía de Lima en 2012 y 2013. Ha publicado, en traducción Italiana, algunas poesías en la revista literaria en web “Le parole e le cose”. La suya es una poesía moderna, contemporánea, legada a la realidad y contemporáneamente al profundo de sí. Su lenguaje es directo, imaginativo, visionario. Es, a mi parecer, uno de los poetas del futuro.




miércoles, 19 de abril de 2017

Herta Müller - La lágrima

Imagen Lágrima de Kriakao

La lágrima
De: Herta Müller


Amalie salió del patio del peletero. Echó a andar por la hierba llevando la cajita en su mano. La olió.

Windisch vio el ribete de la falda de Amalie proyectar su sombra sobre la hierba. Sus pantorrillas eran blancas. Windisch vio que Amalie mecía las caderas.

La caja estaba atada con una cinta plateada. Amalie se paró ante el espejo. Se miró en él. Buscó en el espejo la cinta plateada y tiró de ella. «La caja estaba en el sombrero del peletero», dijo.

En el interior de la caja crujió un papel de seda blanco. Sobre el papel blanco había una lágrima de vidrio. Tenía un agujero en la punta. Y una ranura en su interior. Bajo la lágrima había una hojita de papel. Rudi había escrito en ella: «La lágrima está vacía. Llénala de agua. Agua de lluvia, si es posible».

Amalie no podía llenar la lágrima. Era verano, y el pueblo se había quedado seco. Y el agua de pozo no era agua de lluvia.

Amalie acercó la lágrima a la luz de la ventana. Por fuera era rígida. Pero por dentro, a lo largo de la ranura, temblaba.

El cielo ardió siete días hasta vaciarse por completo. Se había desplazado hasta el extremo del pueblo. Ya en el valle, miró hacia el río. Y el cielo bebió agua. Y volvió a llover.

En el patio corría el agua sobre los adoquines. Amalie se paró con la lágrima junto al canalón. Vio cómo el agua iba llenando el vientre de la lágrima.

En el agua de lluvia también había viento. Un viento que impulsaba campanas de cristal por entre los árboles. Eran campanas opacas, en cuyo interior se agitaban remolinos de hojas. La lluvia cantaba. También había arena en la voz de la lluvia. Y cortezas de árbol.

La lágrima se llenó. Amalie la llevó a su habitación con las manos mojadas y los pies descalzos y llenos de arena.

La mujer de Windisch cogió la lágrima en su mano. El agua refulgía en su interior. Había una luz dentro del vidrio. El agua de la lágrima goteaba entre los dedos de la mujer de Windisch.

Windisch estiró la mano. Cogió la lágrima. El agua le empezó a chorrear por el codo. La mujer de Windisch se lamió los dedos húmedos con la punta de la lengua. Windisch la vio lamerse el dedo viscoso que se había sacado del pelo aquella noche tempestuosa. Miró la lluvia fuera. Sintió el flujo en la boca. El nudo del vómito le oprimió la garganta.

Windisch puso la lágrima sobre la mano de Amalie. La lágrima goteaba. Y el nivel del agua en su interior no bajaba. «Es agua salada. Te quema en los labios», dijo la mujer de Windisch.

Amalie se lamió la muñeca. «La lluvia es dulce», dijo. «La sal viene del llanto de la lágrima.»


En El hombre es un gran faisán en el mundo
Traducción: Juan José del Solar
Müller Herta, Narrativa , Premios Nobel

Biografía
Herta Müller nació en Rumania (agosto - 1953). Novelista, poeta y ensayista rumano-alemana. Su obra trata fundamentalmente de las condiciones de vida en Rumanía durante la dictadura de Ceaucescu. Ha sido galardonada con numerosos premios, entre ellos el Premio Nobel de Literatura de 2009.
Obras literarias
Niederungen. Prosa. Bukarest 1982 versión censurada; Berlín 1984 versión completa. Traducción al español (de la edición de 1984): En tierras bajas, Siruela, 1990
Drückender Tango. Erzählungen. Bukarest 1984, Reinbek 1988 & 1996
Der Mensch ist ein großer Fasan auf der Welt. Berlín 1986. Traducción al español: 1986 - El hombre es un gran faisán en el mundo, Siruela, 1992
Geschichten. En: Akzente Diciembre 1987, nº 6, pp. 509–513. Seis historias cortas
Barfüßiger Februar. Berlín, 1987
Reisende auf einem Bein. En: manuskripte, Graz 1989, Nº. 103, pp. 40–44. Primera edición
Der Fuchs war damals schon der Jäger, Reinbek 1992. Traducción al español: 1992 - La piel del zorro, Plaza & Janés, 1996
Angekommen wie nicht da, Lichtenfels 1994
Herztier, Reinbek 1994. Traducción al español: 1994, La bestia del corazón. Mondadori, 1997.
Heute wär ich mir lieber nicht begegnet, Reinbek 1997. Traducción al español: Hoy hubiera preferido no encontrarme a mí misma. Siruela, 2010
Die Klette am Knie. Poema en prosa. En:Akzente nº2/ abril 1997, pp. 104–112
Der fremde Blick oder Das Leben ist ein Furz in der Laterne, Göttingen 1999
Atemschaukel. Roman. München 2009. Traducción al español: Todo lo que tengo lo llevo conmigo, Siruela, 2010.
Discursos y conferencias
Hunger und Seide, Reinbek 1995. Traducción al español: Hambre y seda. Siruela, 2011.
Wie Wahrnehmung sich erfindet. Paderborner Universitätsreden, nº 20, Paderborn 1990.
Der Teufel sitzt im Spiegel. Wie Wahrnehmung sich erfindet. Berlín 1991
Eine Fliege kommt durch einen halben Wald, en Literarisches aus erster Hand. 10 Jahre Paderborner Gast-Dozentur für Schriftsteller. Hg. Hartmut Steinecke. Igel, 1994, pp. 173 - 186 (primero en: Kursbuch (revista) 110, diciembre 1992 p. 25 - 34)
Heimat ist das, was gesprochen wird, Blieskastel 2001
Tübinger Poetik Vorlesungen. Audio-libro, Konkursbuch, Tubinga 2009
Ensayos
Eine warme Kartoffel ist ein warmes Bett, Hamburgo 1992
In der Falle, Gotinga 1996
Der König verneigt sich und tötet, München 2003. Traducción al español: El rey se inclina y mata. Siruela, 2011
Wenn wir schweigen, werden wir unangenehm – wenn wir reden, werden wir lächerlich. Kann Literatur Zeugnis ablegen? En: Text und Kritik. Revista de literatura. Número dedicado a Herta Müller, Nr. 155, 7/2002, pp. 6–17.
Cristina und ihre Attrappe oder Was (nicht) in den Akten der Securitate steht, Gotinga 2009
Immer derselbe Schnee und immer derselbe Onkel, Hanser Verlag, München [u. a.] 2011

Fuente: Biografía
Fuente Relato: Biblioteca Ignoria


martes, 18 de abril de 2017

Claudia Ainchil - Tres poemas

Imagen de Brooke Shaden

ALGO
en la clavícula presionan
códigos morse
el esternocleidomastoideo se endurece conmigo
algo falla
lo sé
el cheque del alma en carne viva
no cancela deudas
demasiados banqueros trogloditas
exprimen disfrazados
venden descuentos
y muchos seres están solos
como lo estoy yo en esta noche de verano
el trueque es desigual
no hay inocencia
solo un espejo del tiempo acumulado
o sea, no se desata el nudo
algo falla
algo evoluciona para atrás
aquí la tierra gira más rápido
los días irrumpen hasta desviarse
en la madriguera colecciono libros
y libros
y mas libros
pocos rozan la torre
asusta
quizás soy un papel
un corazón a la intemperie
una pregunta vista a través de la cerradura
afuera el diluvio
y moscas pegadas


Imagen de Brooke Shaden

DE HUMO
En una tarde algo nublada, con cierta agua de lluvia cayendo, alguien me habló de la actividad decididamente a full de los vendedores de humo.
En la portada de mi neurona cayeron fichas a rabiar. Plum ups. Vale decir que no me tomó por sorpresa. Todo lo contrario. En los últimos tiempos se fue compilando esa extraña sensación de estar frente a ilusionistas, algunos enroscados y unos cuantos escurriéndose.
Apareciendo nos convierten, a los cautos incautos, en implosión y se desvanecen. Quizás hay ojos que divisan las burbujas pacman a tiempo, ven el despliegue de la maquinaria desde un primer momento pero no avisan para evitar el impacto tan feroz.
Cuando la imagen escénica queda apenas congelada, en un borde transversal se impregnan los dimes y diretes de las acciones humanas. Aluvión en techos descascarados. Y las palabras sobrevuelan.
Se abren los brazos como queriendo tomar sin disimulo tantas frases que entran por un oído y no salen por el otro, quedan galopando en nuestro interior como la prueba más indiscutible de su existencia.
Sin embargo, para la humareda el único dispositivo que cuenta es el vicio estrategia, parecer, así como saltar escalones, la verborragia de cruzadas imperiales, ese pie sobre cabezas ajenas.
Acabo de ver a un vendedor, incluso se acercó atiborrado de contaminaciones coloquiales en donde fue repasando la longitud de su reinado. Su yo soy. No se derogan las imperfecciones de las filmografías, todo queda estampado. Hasta las palabras transitan amarradas a cierta agitada exhibición.
Me planteo si los vendedores se duplicaran como un plagio incesante, si el humo llegara a tener color, fosforescente y brilloso, como para poder darse cuenta a tiempo.
Es cuestión de que los pececitos de colores emigren de esa creencia que nos fue inculcada, de creer aunque y a pesar que todo demuestre lo contrario. Ya es hora de verlos disfrutar serenos en el agua del río. Que las visiones fluyan, y los rostros se muestren verdaderos y humanos.

Imagen de Brooke Shaden

ATISBO
la capa de ozono aumenta su delgadez
dijeron un día, no uses aerosol
el ecosistema espera
espera que las brumas
no se atasquen
ciudad bordeada por cables, hogueras
cuantos maniquíes de ventana a ventana
gotean sin emitir sonido
despegándose las extremidades huyen
en la televisión el noticiero
taladra cabezas
bajo el volumen
entro en la barca mágica
sus bordes como en un sopor
se adhieren a la piel sacudida
junto palabras
llaves subterráneas
los cazadores no perciben
a menudo

Biografía
CLAUDIA AINCHIL (Buenos Aires) Poeta, periodista y divulgadora cultural. Sus poemas son difundidos en el país y en el exterior. Difunde a los poetas de la Argentina a través del programa de radio POETAS ARGENTINOS que se emite por la Radio de la Biblioteca del Congreso de la Nación, entrevistando a poetas de Jujuy a Tierra del Fuego.
Seleccionada en 1º Juegos Florales del Siglo XXI (concurso conmemorativo que se llevó a cabo en Montevideo, Uruguay con el tema 1804-2004, los versos de la Patria Grande, convocando a poetas de habla hispana y portuguesa de América, España y Portugal).
Segundo premio en Poesía y en Cuento del Concurso 2015 de la revista de literatura de la Biblioteca Nacional GUKA.
Libros Publicados: COMIENZO DE COMIENZOS (1985) - SON COSAS DE ÁNGELES (1987) - AMORES SIN ZAPATOS (1991) - REMOLINOS A BORDO (2003) - REVOLUCIÓN (SECRETA) (2012) - ASTERISCOS O TELARAÑAS (2016).

Fuente: Su blog


Tatiana Lobo - Agradezco ser un animal

Imagen de Sarolta Ban

AGRADEZCO SER UN ANIMAL

Agradezco ser un animal porque los hombres han puesto en
peligro la supervivencia del planeta.

Agradezco ser hembra, porque el hombre no es el centro del
universo, sino apenas un eslabón más en la cadena de la vida.

Agradezco que me digan que soy irracional, porque la razón ha
conducido a los peores actos de barbarie.

Agradezco no haber inventado la tecnología, porque la tecnología ha
envenenado el agua y el ozono.

Agradezco que me hayan colocado más cerca de la naturaleza, porque
nunca estaré sola.

Agradezco que me hayan confinado al hogar y a la familia, porque
puedo hacer de toda la Tierra mi hogar y mi familia.

Estoy feliz de que me llamen ama de casa,
porque puedo apoderarme de la mía.

Estoy feliz de no ser competitiva,
porque entonces seré solidaria.

Estoy feliz de ser el reposo del guerrero,
porque puedo cortarle el pelo mientras duerme.

Estoy feliz de que me hayan excluido del campo de batalla,
porque la muerte no me es indiferente.

Estoy feliz de haber sido excluida del poder
porque lejos del poder me alejo de la ambición y la codicia.

Estoy feliz de que me hayan excluido del arte y la ciencia
porque los puedo inventar de nuevo.

Me agrada saber que mi cerebro es más pequeño que el cerebro del hombre,
porque entonces mi cerebro cabe en todas partes.

Me agrada que me digan que carezco de lógica,
porque entonces puedo crear una lógica menos fría y más vital.

Me agrada que me digan que soy vanidosa, porque puedo mirarme al
espejo sin sentirme culpable.

Me agrada que me digan que soy emocional, porque puedo llorar y
reír a gusto.

Me agrada que me digan que soy histérica, porque entonces puedo
lanzar los platos a la cabeza de quien intenta hacerme daño.

Me gusta que me llamen bruja, porque entonces puedo cambiar la
dirección de los vientos a mi favor.

Me gusta que me llamen demonio, porque puedo quemar el lecho donde
me abusan.

Me gusta que me digan débil, porque me recuerdan que la unión hace
la fuerza.

Me gusta que me digan chismosa, porque nada de lo humano me será
ajeno.

Pero lo que más agradezco, lo que más me agrada, lo que más me
gusta y lo que me hace más feliz, es que me digan loca, porque entonces
ninguna libertad me será negada.

Una y mil veces me quemó la Inquisición y aprendí a nacer de las
cenizas.

Me encerraron en un harén y encerrada no dejé de reír.

Me pusieron un cinturón de castidad y adquirí las artes de un cerrajero.

Cargué fardos de leña y me hice fuerte.

Me pusieron velos en la cara y aprendí a mirar sin ser vista.

Me despertaron los niños a medianoche y aprendí a mantenerme en vigilia.

No me enviaron a la Universidad y aprendí a pensar por mi cuenta.

Transporté cántaros de agua y supe mantener el equilibrio.

Me extirparon el clítoris y aprendí a gozar con todo el cuerpo.

Pasé días bordando y tejiendo
y mis manos aprendieron a ser más exactas que las de un cirujano.

Segué trigo y coseché maíz, pero me quitaron la comida y con
hambre aprendí a vivir.

Me sacrificaron a los dioses y a los hombres y volví a vivir.

Me golpearon y perdí los dientes y volví a vivir.

Me asesinaron y me ultrajaron y volví a vivir.

Me quitaron a mis hijos y en el llanto volví a la vida.

Con tanta fortaleza acumulada, con tantas habilidades y destrezas
aprendidas, MUJER, si lo intentas, puedes volver el mundo al
revés".

Biografía
Tatiana Lobo, narradora, dramaturga e historiadora costarricense, nació en Chile en 1939, estudió teatro y pintura en la Universidad de Chile y cerámica en Madrid. Desde 1967 reside en Costa Rica.
Animada desde muy temprana edad por un acusado espíritu humanista que la impulsó a viajar en busca de cualquier ampliación de sus conocimientos, en 1963 abandonó el continente americano y se dirigió a Alemania, donde se puso al tanto de las corrientes literarias y artísticas que estaban en boga en Europa durante aquellos años. Posteriormente, completó sus estudios e investigaciones artísticas en la capital de España, donde aprendió técnicas sobre cerámica y otros conocimientos artesanales. A su regreso a Chile, desarrolló su innata afición por las artes escénicas en la Escuela Superior de Teatro, sin abandonar por ello su interés por la creación artesanal, que amplió en la Escuela de Artes Plásticas. Al mismo tiempo, comenzó a cultivar su faceta de historiadora, materia en la que ha sobresalido especialmente por sus enriquecedoras investigaciones sobre la vida privada de los pobladores de Hispanoamérica durante el período colonial.
Recibió en Costa Rica el Premio Nacional de Literatura mención Novela en tres oportunidades, 1993, 2000 y 2004, y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1995 con Asalto al Paraíso, considerada como la primera novela histórica de Costa Rica.
La obra de Tatiana Lobo abarca distintos géneros: Tiempo de claveles (cuento, 1989), El caballero del V centenario (teatro, 1989), Entre Dios y el Diablo, mujeres de la colonia (1993), Calypso (novela, 1996), Blancos y negros, todo mezclado (historia, coautora con Mauricio Meléndez, 1997), El año del laberinto (novela, 2000), El corazón del silencio (2004).
En sus frecuentes incursiones en el campo de la creación literaria, Tatiana Lobo Wiehoff se ha aproximado a casi todos los géneros. Como narradora, sobresale por un volumen de relatos titulado Tiempo de claveles (San José: Editorial Costa Rica, 1989), y por una narración extensa, perteneciente al subgénero de la novela histórica, aparecida bajo el epígrafe de Asalto al Paraíso (San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1992). Además de estos títulos -y de sus innumerables aportaciones, en forma de artículos científicos, a la historiografía colonial americana-, Tatiana Lobo ha escrito una elogiada obra de teatro titulada El Caballero del Quinto Centenario, publicada en la revista Escena en 1991.