sábado, 20 de marzo de 2010

Mis poemas: SOY


Roberto Matta - Interior de una rosa

Soy

Soy la noche
Que arranca a la luna
El silencio austero de sus muertos.

Soy la rosa
Que exhala el pálido suspiro
De tiempos mancillados.

Soy el ángel
Que vierte trocitos de cristal
Sobre la bruma de una lágrima.

Soy el pincel
Que dibuja en la penumbra
De tus otoños más bizarros.

Soy la rama
Que hurga en la tiniebla abigarrada
De tu mano izquierda.

Soy el lienzo
Que maquilla nubes lánguidas
De surcos inflamados.

Soy el invierno
Que arrulla tus sueños abatidos
De pesares y de olvido.

Soy aquello que no existe
Y, sin embargo grita.

María Germaná Matta, en Madrid, a 2 de marzo de 2010

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lunes, 8 de marzo de 2010

Mis Cuentos: Ocaso



Cuadro de Leonora Carrington - Sin título

Quiero compartir otro de mis cuentos dedicado en este día tan especial a todas las mujeres:

Ocaso


Lo conocí en el Retiro mientras caminaba junto a Capitán, mi perro, fue entonces cuando escuché el sonido precipitado de unas patas que de pronto se plantaron en seco y unos furiosos ladridos humedecieron mis manos. Me quedé inmóvil algunos segundos, luego acaricié la cabeza confiada de mi perro, respirando profundo para recobrar la calma, haciendo un esfuerzo para que la sombra no me invada. Minutos después vino a mí un segundo ruido de pasos jadeantes, una voz de mando agitada reprendiendo a su perro, luego el ruido metálico de una correa. Escuché una voz medio alterada, nerviosa:
- . Lo siento, lo siento, lo siento...
Una vez recuperado el aliento, me aseguró que no volvería a ocurrir. Ahora se dirige a su perro, su voz es más pausada y le habla como a un niño malo que aún no sabe comportarse. Capitán se mueve con cada uno de mis gestos y me conduce con paso firme y seguro.
-No se preocupe, esta entrenado para ayudarme.
Respondo con una sonrisa tratando de aliviarlo. Sé que me mira extrañado, lo intuyo por su silencio y el temblor de su voz al hablarme, luego siento su mirada sobre mi cuerpo, creo que es joven por su voz. Se llama Albert, es catalán y también vive en Madrid. Se dirige a mí con delicadeza, roza levemente mi brazo, quería cogerlo, pero la timidez lo asalta y lo retira. Suelto una carcajada explosiva, a manera de respuesta, escucho su voz, sé que es el inicio de una conversación, no quiero que mi aspecto lo espante. Cuando se trata de una voz masculina y cálida, mi pulso se acelera y mi cuerpo se curva siguiendo la dirección de sus formas, aflora cierta turbación y permanezco alerta, de mi rostro brota una sonrisa, no lo puedo evitar porque me encantan, me seducen, ellos, los hombres.
Fue así como nos conocimos, me pidió el teléfono y comenzamos a encontrarnos, era dulce, divertido y a menudo me hacia reír. Me contó que trabajaba en un periódico como reportero gráfico, la fotografía era algo más que un oficio, una manera expresarse, andaba obsesionado con captar la imagen interior de las personas. Le gustaba que le hablara del Perú, mi país, de su gente, de la música, la comida, sus sabores, nuestro mestizaje; me escuchaba en silencio, sentía como tomaba mis manos, pero era la intensidad con la que me apretaba la que me revelaba su emoción. Juntos recorríamos los distintos restaurantes de comida peruana de Madrid. Le gustaban los sabores intensos, había aprendido a cocinar mirando a su madre y a menudo me sorprendía con sus platos y su alegre entusiasmo.
Pero a veces, una sombra me ronda, es como un viento suave y frio que me eriza la piel, va bajando lentamente y mis manos sudorosas tiemblan levemente, mi mente se va nublando de a poco hasta que me extravío por caminos silenciosos e infinitos; una voz burlona me atrae y me invade, pero algo en mí sabe que tengo que resistir. La primera vez que vino a mí, estaba junto a mis hermanos en la habitación de mis padres, peinaba a una de mis muñecas y mis hermanos permanecían absortos en sus juegos, permanecí ausente unos minutos y luego volví a mí. Algunas veces me hablan y siento voces a lo lejos, después me zarandean y vuelvo con el cuerpo tembloroso, cuando recupero el aliento esbozo una sonrisa para aliviar a los míos. En casa nunca hablamos de eso, pero sino respondo me tocan la frente o las mejillas, esperan algún gesto o una palabra y sino, me zarandean. Con el tiempo he aprendido a domarla, si quiere venir busco un lugar solitario, respiro profundamente hasta conseguir que el ritmo alterado de mi respiración vuelva a la normalidad, me concentro y recorro con el pensamiento cada parte de mi cuerpo, respirando profundamente para que mi pulso vuelva a la normalidad, cuando me recupero salgo a caminar. Desde que tengo a Capitán, me siento acompañada, gracias a él puedo estar lejos de los míos. Suelo caminar porque me reconforta y me aleja de la sombra, además las pisadas de Capitán me acompañan, me deleita la noche, el viento me refresca y el silencio me ampara; luego vuelvo a casa, escucho música y me duermo, sé que la sombra permanecerá atada, al menos, otro tiempo más.
Mi sentimiento por Albert es nuevo, él no lo sabe pero es mi primer novio, hasta ahora nos hemos dejado llevar por aquellas emociones donde no hacen falta las palabras y sé que los sentimientos están ahí, explorando nuevas rutas. Por las noches, termino en su habitación y mi piel se abre a sus caricias, me gusta sentirlo y que me sienta, nuestras pieles se humedecen y vamos explorando nuevos rumbos donde cada uno va buscando desesperadamente encender ese crepitar de cuerpos inflamados donde intercambiar placeres, luego permanecemos enredados luchando con la respiración entre cortada hasta que cada cual llega a su cúspide y mi felicidad se colma gracias al intenso palpitar de mi vagina. Minutos después, nuestros sudorosos cuerpos van recuperando gozosos su cadencia habitual. Mientras nuestros perros dormitan ajenos en el salón.
Este domingo cenaremos juntos, previo paseo por el Retiro, por supuesto. Vamos a comer un cebiche, él ha descubierto el sabor agrio del pescado, pruebo un bocado y dejo que el paladar deslice sus sabores más profundos, intento hallar el sabor de la primera vez, mientras mastico lentamente, mi rostro se relaja con dulzura, luego trago y mis labios se quedan entreabiertos reclamando un nuevo bocado, él ríe, con risa feliz y me ofrece otro bocado. Luego nos vamos a su casa, juntamos nuestras bocas hambrientas de nuevos apetitos y una vez más nuestras pieles se estremecen, lanzamos nuestras ropas con algarabía desordenado la habitación hasta que nuestros cuerpos al fin desnudos se estrechan, su saliva va humedeciendo mis senos y mi espalda se arquea levemente, lista para indagar un juego más, ya son varios meses donde esta magia se repite y desde que estamos juntos la sombra no me ronda.
Sólo que la otra noche, él habló y se dejó arrastrar por las palabras. Dijo que era lo más hermoso que le había sucedido, habló de mi coraje, de mi bondad, de mi dulzura y de su amor… Ah, su amor, capaz de vencer el mundo… Lo besé con ternura para apagar su voz, lo abrace y sin decir palabra hicimos el amor. Cuando se quedó dormido, me despegué de sus brazos, con la yema de mis dedos toqué su boca y se delineo una sonrisa siniestra, luego me vestí; tratando de no hacer ruido, cogí a Capitán y me marché. Desde esa noche me he negado a hablar con él, la sombra ha vuelto, sé que me esta esperando al otro lado de su boca.

María Germaná Matta - En Madrid, a 9 de septiembre de 2009

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sábado, 27 de febrero de 2010

Poesía de Katherine Mansfield


Foto de S.P. Andrew

Quiero compartir una selección de poemas de la escritora Katherine Mansfield, una de las narradoras más importantes del siglo pasado, dedicó su vida a la escritura, murió con apenas 33 años. Ella se consideraba narradora más que poeta, sin embargo, escribió poesía durante toda su vida, su poesía era más íntima y personal, sus poemas eran irónicos y lúdicos, su formación poética fue más bien clásica. Sus poemas fueron publicados por su segundo marido y albacea Middleton Murry, después de su muerte.

El año 2006 fue editado en Argentina un libro de poemas: Té de Manzanilla, por la editorial Bajo la Luna. La selección, traducción y prólogo: Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich.
He realizado una breve selección de poemas de dicho poemario que espero les guste. Además de compartir un artículo sobre la vida de la brillante autora, publicado en Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=50715

Una vocación apasionada (10/05/2007)
La trágica y breve vida de Katherine Mansfield

Por: Lisandro Otero

La rebeldía femenina ha sido una constante del pasado siglo XX. Muchas activistas sociales, escritoras y sociólogas dieron el grito de alarma y convocaron a la emancipación; la última minoría oprimida, la de las esposas relegadas, se declaró en estado de insubordinación. Una de las escritoras que representó esa transgresión del orden establecido fue Katherine Mansfield.

Su vida fue una constante negación de su entorno, un rechazo de su ubicación social, una impugnación de su tiempo. Perteneció a una familia burguesa acomodada que no toleraba ver a su heredera gorda, tartamuda, con lentes. Tanta imperfección no se ajustaba a su categoría social. Había nacido, además, en un confín olvidado del mundo, en Wellington, Nueva Zelandia, con el nombre de Kathleen Beauchamp. Por sus presiones la familia la envió a estudiar a Londres, al Queen´s College, donde su vocación literaria maduró. En las clases de estudios bíblicos Katherine se distraía estudiando las venas en el rostro de su profesor.

Su familia la reclamó y ahí comenzó la gran sublevación. Su disgusto es evidente en cada paso que da. Organiza una expedición a través de la selva virgen neozelandesa. Mantiene numerosas relaciones eróticas, tanto sáficas como heterosexuales. Concibe un hijo de un cantante y para legitimarlo se casa con un patriarcal profesor de música, mucho más viejo que ella, a quien abandona la misma noche de la boda.

La familia decide recluirla en un convento de Baviera. De ahí se escapa para vivir en una pensión donde comienza a vivir con un traductor polaco que le trasmite una enfermedad venérea que padecerá durante mucho tiempo. Pero el polaco hace algo más que eso. Le enseña a leer a Chejov, la convierte en una entusiasta del ruso. La huella se verá más tarde en su propia literatura. Ese episodio es su último vínculo con sus raíces: su madre la deshereda. Se aficiona a tocar el violonchelo.

Regresa a Londres y se inicia la etapa más productiva de su vida. Escribe incesantemente y lleva sus relatos a todas las revistas, a todos los cenáculos literarios. En 1911 publica su primer libro “En una pensión alemana”, basado en su experiencia en Baviera: una protesta contra la irracional ferocidad de la vida cotidiana. Su obra comienza a ser acogida y respetada. Y entonces se produce el gran encuentro: conoce al editor John Middleton Murry que será su ángel custodio, su maestro y su amante. No pueden casarse porque el viejo profesor de música se niega a concederle el divorcio.

A Middleton le escribió: “Aunque viviese hasta la edad de los patriarcas originales de la Biblia, jamás conseguiría amarte todo lo que deseo… Te amo con toda la fuerza de nuestra vida futura, nuestra vida en común, que tan sólo ahora parece haber arraigado y vivir y crecer de cara al sol” Finalmente Katherine había encontrado la paz y la armonía en el amor compartido con un ser semejante.

Cuando publica “La fiesta en el jardín” parece haber llegado a la plenitud de sus fuerzas creativas, libro escrito en Suiza a donde ha ido a curarse de una dolencia fatal. Virginia Wolf la distingue con su amistad. Frecuenta el Bloomsbury Group. Ya es aceptada como una fuerza mayor en las letras inglesas pero se debilita por días: la tragedia asoma en su vida. De una relación con D.H.Lawrence había contraído tuberculosis, que le fue diagnosticada en 1918. Middleton la interna en un albergue en Fontainebleau, cerca de París.

Tras una ausencia Middleton la visita. Para demostrarle su supuesta recuperación sube precipitadamente una escalera y experimenta una súbita hemoptisis. Esa noche muere. Tenía treinta y dos años. Unos días antes había escrito en su Diario: “Quiero la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano conciente y sincero. Al comprenderme a mí misma quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de hacer… trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y sacar de todo esto lo que quiero escribir; expresar todas estas cosas… Quiero vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar, eso es lo que quiero, a donde debo tratar de llegar”.

Todo ello le fue negado pero dejó una impronta indeleble en la literatura de habla inglesa como uno de los pilares del modernismo y legó una huella considerable en sus muchos y devotos seguidores.


A continuación una breve selección mía de poemas de Katherine Mansfiel del libro: TÉ DE MANZANILLA

SOLEDAD
Ahora es la Soledad quien viene de noche
En vez de Sueño, a sentarse junto a mi cama.
Como una niña cansada espero oír sus pasos,
Y la miro mientras sopla la vela suavemente.
Se sienta sin moverse, ni a izquierda ni a derecha
Gira, y rendida, deja caer la cabeza.
También ella es vieja; también ella ha peleado la pelea.
Así, con laureles está adornada.

A través de la triste sombra la marea que baja lenta
Surca una costa estéril, insatisfecha.
Sopla un viento extraño…después silencio. Estoy lista
Para aceptar la Soledad, tomarle la mano,
Aferrarme a ella, esperando, hasta que la tierra estéril
Se llene con el terrible monótono de la lluvia.

A.L.H.B. (1894-1915)
Anoche por primera vez desde tu muerte
Caminé contigo, hermano mío, en un sueño.
Estábamos otra vez en casa junto al arroyo
Bordeado de altos arbustos de bayas, blancas y rojas.
“No las toques: son venenosas”, dije.
Pero alzaste la mano, y vi un rayo
De extraña risa luminosa en torno a tu cabeza
Y cuando te agachaste vi que las bayas fulguraban –
“¿no te acuerdas? ¡Las llamábamos el Pan del Muerto!”
Desperté y escuché el gemido del viento y el rugido
Del agua oscura al caer la costa.
¿Dónde – dónde está el camino del sueño para mis pies ansiosos?
Junto al arroyo recodado está mi hermano
Esperándome con bayas en las manos…
“Estas son mi cuerpo. Hermana, tómalas y come.”

EL ABISMO
Un abismo de silencio nos separa
Yo estoy de un lado del abismo – tú del otro-
No puedo verte ni oírte – pero sé que estás allí-
Suelo llamarte por tu nombre infantil
Y finjo que el eco de mi grito es tu voz.
Cómo podemos franquear el abismo – nunca hablándonos, tocándonos –
Antes pensaba que podríamos llenarlo con nuestras lágrimas,
Ahora quiero destrozarlo con nuestra risa

MALADE
El hombre del cuarto vecino
Tiene el mismo mal que yo
Cuando me despierto a la noche lo oigo darse vuelta
Y después tose
Y toso yo
Y él vuelve a toser –
Eso sigue mucho tiempo –
Hasta que siento que somos como dos gallos
Llamándonos en un falso amanecer
Desde granjas distantes y escondidas.

EL ANILLO
Sólo un minúsculo anillo de oro
Un eslabón apenas
Úsalo y habrás vendido tu corazón
…¡Extraña idea!

Mientras no destelle en tu mano
Serás libre.
¿Lo arrojaré en la arena,
Lo echaré al mar?

¿Cuál fue el mayor pecado de Judas,
El beso o el oro?
El amor debe acabar donde empiezan las ventas,
Según me han dicho.

No tendremos anillo, ni beso
Que traicionar.
Cuando escuches silbar la serpiente
Piensa en Eva.

martes, 2 de febrero de 2010

Mis poemas: Ya no hacen falta las palabras


William Blake - Border

Ya no hacen falta las palabras

Ya no hacen falta las palabras
Danza el pensamiento
En la cuerda del miedo
Sinfonía fugaz
Arañando sus inviernos.
La ternura se ha marchado
Por la azotea del corazón.

Ya no hacen falta las palabras
Ellas viajan
Por callejones tenebrosos
Los edificios crecen
La ciudad se extiende
Mientras nosotros
En un veloz murmullo
Encendemos el mp3
La música es el intento
De atrapar el vaivén de lo incierto.

Ya no hacen falta las palabras
Son flores tiritando
En la puerta del insomnio.
La vida es un desierto infame
La razón tiembla
Y se quiebra.


Por: María Germaná Matta - En Madrid, a 2 de diciembre de 2009
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

lunes, 25 de enero de 2010

Animación: Vincent de Tim Burton

Quería compartir esta poética animación de Tim Burton y Rick Heinrich realizada en 1982. Nos cuenta la historia de Vincent Maloy, un niño de 7 años de mucha imaginación, obsesionado con el actor Vincent Price. Podemos apreciar un homenaje a Edgar Allan Poe.
Espero les guste:

domingo, 17 de enero de 2010

Cine: El Baile de la Victoria



El Baile de la Victoria – De Fernando Trueba

La última película de Fernando Trueba, basada en la novela del escritor chileno Antonio Skármeta.
La democracia ha llegado a Chile, se decreta una amnistía para todos los presos sin delito de sangre.
El joven Ángel Santiago (Abel Ayala) quiere dar un golpe y para lograr su propósito busca al experto ladrón de cajas fuertes (Ricardo Darín) pero éste tiene un solo objeto recuperar a su mujer y a su hijo después de haber pasado 5 años en la cárcel.
La joven Victoria (Miranda Bodenhöfer) lleva una vida pendiente de un hilo donde los sentimientos colapsados por un pasado traumático le impiden hablar, ella sólo puede expresarse a través de la danza. Sus vidas se cruzan, y ellos, conmovidos por la belleza de su fuerza de interior cambiarán sus planes y se enfrentarán a un destino diferente.
Una magnífica fotografía, la cordillera de Los Andes reina majestuosa. La película nos habla del delito, de la amistad y del amor en un Chile contemporáneo.

jueves, 7 de enero de 2010

Alice Munro - Fragmento de ESCAPADA



Alice Munro, escritora nacida en 1931 en Ontario, Canadá. Sus historias de mujeres de mundos aparentemente anodinos, pero son, esos precisos detalles los que nos llevan de la mano por los recovecos casi imperceptibles de sus vidas, capaces de encerrar mundos interiores que van buscando el movimiento, es decir la vida. Sus mujeres están hambrientas de sueños, no quieren dejar escapar lo único que realmente poseen su propio yo. Son mujeres que viven vidas silenciosas, son casi invisibles, pero Alice Munro nos narra esos mundos sumergidos en una Canadá profunda.
Tiene varios libros escritos: El Progreso del Amor; Escapada; Odio, Amistad, Noviazgo, Amor, Matrimonio; El Amor de una Mujer Generosa; La Vista desde Castle Rock; Secretos a Voces. Ha sido galardonada con varios importantes premios y también ha sido candidata al nobel. Sino la conocen, los invito a leerla y descubrir esos mundos femeninos que se escapan de lo cotidiano y nos abren múltiples puertas.
Los dejo con un fragmento del libro de relatos: Escapada, del relato del mismo nombre.



Fragmento: Escapada
Por Alice Munro

Sylvia no tenía nada que hacer en la casa más que abrir las ventanas. Y Pensar – con una ansiedad que la consternaba sin sorprenderla demasiado – cuánto tardaría en poder ver a Carla.

Toda la parafernalia de la enfermedad había desaparecido. El cuarto que fuera dormitorio de Sylvia y su marido – luego convertido en cámara mortuoria -, estaba limpio, ordenado para que pareciera que allí no había pasado nunca nada. Carla le ayudó en esa faena durante los pocos días frenéticos transcurridos entre la cremación del marido y la partida de Sylvia rumbo a Grecia. Las prendas de ropa que León había usado y algunas que no se había puesto nunca – incluso regalos de las hermanas que jamás salieron de los paquetes -, fueron apiladas en el asiento trasero del coche y entregadas en la tienda de segunda mano Sus píldoras, sus enseres de afeitarse, las latas sin abrir de tónicos que lo sostuvieron tanto tiempo como fue posible, los paquetes de galletas de sésamo que una vez comiera adocenas, los frascos de plástico llenos de una loción que le aliviaba el dolor de espalda, las pieles de cordero donde yacía… Todo eso fue a parar a bolsas de plástico arrastradas afuera como la basura, sin que Carla cuestionara nada. Nunca dijo, “A lo mejor alguien podría usar eso”, ni señaló que cartones enteros de latas estaban sin abrir. Cuando Sylvia dijo, “Querría no haber llevado la ropa al pueblo. Querría haberlo quemado todo en el incinerador”, Carla no se mostró sorprendida.

Limpiaron el horno, restregaron las alacenas, enjuagaron paredes y ventanas. Un día Sylvia estaba en el salón repasando las cartas de pésame recibidas. (No había papeles acumulados ni libretas que fuera necesario revisar, como sería de esperar tratándose de un escritor. No había trabajos sin terminar ni borradores garabateados. Meses antes él le había dicho que había tirado todo. “Sin contemplaciones.”) La pared en declive de la fachada sur de la casa tenía grandes ventanales. Sylvia levanto los ojos, sorprendida por la sombra de Carla, las piernas desnudas, los brazos desnudos en lo alto de la escalera, la cara resulta coronada con un rizo de pelo color diente de león, demasiado corto para la trenza. Rociaba y restregaba vigorosamente el cristal. Cuando vio que Sylvia la miraba se detuvo, extendió los brazos como si estuviera despatarrada allí y puso cara de gárgola tontucia. Las dos se echaron a reír. Sylvia sintió que esa risa la recorría de pies a cabeza como una corriente juguetona. Volvió a sus cartas y Carla reanudó la limpieza. Decidió que todas esas palabras amables – sinceras o de cumplido, elogiosas o compungidas – podían seguir el camino de las pieles de cordero y las galletas.

Cuando oyó que Carla apartaba la escalera y se quitaba las botas en la terraza se sintió de pronto cohibida. Se quedó donde estaba con la cabeza inclinada mientras Carla entraba en la habitación camino de la cocina, para meter el cubo y los trapos bajo el fregador. Carla apenas hizo un alto, era rápida como los pájaros, pero de refilón dejó caer un beso en la cabeza inclinada de Sylvia. Siguió de largo silbando algo casi inaudible.

Desde entonces Sylvia no se quitaba el beso de la mente. No tenía ningún significado particular. Era una manera de decir “ánimo” o “casi he acabado”. Significaba que eran buenas amigas, que habían hecho juntas muchas tareas dolorosas. O quizá sólo que había salido el sol. Que Carla pensaba volver a su casa y ocuparse de los caballos. Sin embargo, Sylvia lo consideró un florecimiento halagüeño, cuyos pétalos se le desparramaban por dentro tumultuosa calidez, como sofocón menopáusico.

Era frecuente que entre sus alumnas de cualquiera de las clases de botánica hubiera alguna especial, una cuya inteligencia, dedicación y torpe egotismo – hasta cierta genuina pasión por el mundo de la naturaleza – le recordara su juventud. Esas chicas merodeaban a su alrededor, la idolatraban, esperaban alguna suerte de intimidad que, en la mayoría de los casos, ni siquiera imaginaban. Y no tardaban en crisparle los nervios.

Carla no se parecía en nada a ellas. Si a alguien se semejaba en la vida de Sylvia, sería a ciertas chicas conocidas en el instituto: las que eran brillantes, pero nunca demasiado brillantes; buenas atletas, pero no exageradamente competitivas; vitales, pero bravuconas. Alegres por naturaleza...