martes, 9 de diciembre de 2008

Emily Dickinson poemas


Emily Dickinson


En mi jardín avanza un pájaro...

En mi jardín avanza un pájaro
sobre una rueda con rayos -
de música persistente
como un molino vagabundo -

jamás se demora
sobre la rosa madura-
prueba sin posarse
elogia al partir,

cuando probó todos los sabores -
su cabriolé mágico
va a remolinear en lontananzas-
entonces me acerco a mi perro,

y los dos nos preguntamos
si nuestra visión fue real-
o si habríamos soñado el jardín
y esas curiosidades-

¡pero él, por ser más lógico,
señala a mis torpes ojos-
las vibrantes flores!
¡Sutil respuesta!

Versión de Silvina Ocampo

1251

El silencio es todo lo que tenemos.
La Voz es el rescate –
Pero el silencio es Infinito.
Él carece de rostro.

1354

El corazón es la Capital de la Mente –
La Mente es un Estado único –
Y Corazón y Mente forman juntos
Un solo Continente –

Uno – es la Población –
Bastante numerosa –
Esta Nación extática
Búscala – eres Tú mismo.

1355

Vive del Corazón la Mente
Como cualquier Parásito –
Si aquél está lleno de Carne
La mente engorda.

Pero si el Corazón se inhibe
Se demacra el Ingenio –
Pues su Alimento
Es absoluto.

Traducción de Margarita Ardanaz



Vídeo poema- I'm nobody 



YO SOY NADIE. ¿TÚ ERES QUIÉN?

¡Soy nadie! ¿Quién eres?
¿Eres — nadie — también?
¡Somos entonces un par!
No lo digas son capaces
de descubrirlos — lo sabés.

¡Qué horrible — ser — alguien!
Qué impudicia — como una rana —
Decir vuestro nombre — todo el santo día —
a un admirativo pantano.

Versión de Silvina Ocampo

I’M NOBODY, WHO ARE YOU?

I’m nobody, who are you?
Are you nobody too?
There’s a pair of us, don’t tell!
They’d advertise us, you know!

How dreary to be somebody!
How public like a frog,
To tell your name the livelong day
To an admiring bog!

Emily Dickinson



Nota mía:
Recientemente, estuve releyendo la poesía de Emily Dickinson. Las relecturas son siempre enriquecedoras porque descubres nuevos aspectos del poema.
Emily Dickinson nos sorprende por la reflexión, cuando la leemos el espíritu nos queda dando vuelta porque ella es capaz de mostrarnos otros aspectos de la realidad, esos que se nos escapan por ser cotidianos o porque hemos aprendido a verlos de un sólo modo. Además, tiene un gran sentido del humor.

Breve Reseña bibliográfica:
Emily Dickinson, poeta norteamericana. Nació y murió en Massachussets 1830-1886.
Posee una voz lírica, su poesía es de carácter íntimo. Esta considerada como una de las figuras más representativas de la literatura norteamericana del siglo XIX.
Prácticamente vivió recluida en su casa, publicó alrededor de seis poemas en vida, mientras que su obra (alrededor de 2000 poemas) fue publicada tras su muerte.


sábado, 29 de noviembre de 2008

Homenaje al poeta Aimé Césaire

Se le considera como el poeta de la negritud. Más allá de lo que digan los expertos, la voz de Aimé Césaire es la voz que habla desde el dolor de una raza oprimida, quiere resaltar su herencia africana y nutrirnos con con la belleza de sus palabras. Nació en La Martinica bajo el dominio colonial francés.


Video de Joel Cimarrón

ELEGÍA de Aimé Césaire

El hibisco no más que un ojo reventado
de donde pende el hilo de una larga mirada, las trompetas de esparavanes
el gran sable negro de los flamboyanes, el crepúsculo llavero siempre tintineante
las arecas indolentes soles que jamás se pusieron por traspasadas por un alfiler que las tierras que se saltan la tapa de los sesos
no dudan nunca en incrustarse
hasta el corazón, los fantasmas horrorosos, Orion
la extática mariposa que los pólenes mágicos
crucificaron sobre la puerta de las noches cimbreantes
los bellos tirabuzones negros de las cañafístulas mulatas
altaneras cuyo cuello tiembla levemente bajo la guillotina

y no te sorprendas si en la noche gimo más hondamente o si mis manos estrangulan más sordamente es el tropel de viejas penas que hacia mi olor negro y rojo en escolopendra
alarga la cabeza y con una insistencia en el hocico aún blanda y desmañada busca más dentro mi corazón de nada me sirve entonces apretarle contra el tuyo y perderme en la espesura de tus brazos que acaba por encontrarlo y muy gravemente de manera siempre nueva
lo lame amorosamente
hasta que brota salvaje la primera sangre
bajo las bruscas garras desplegadas del
DESASTRE

sábado, 1 de noviembre de 2008

Mis Cuentos: Aquella Enfermedad


Imagen de Rafael Martín


Quería compartir otro de mis cuentos, éste habla sobre la enfermedad de Alzheimer. La mente se va deteriorando poco a poco y los recursos de las personas que la sufren se van agotando. Me resulta difícil explicar con palabras lo que percibo, por eso me acerco a través de este cuento que es mi manera de expresar emoción.
Mejor me callo y os dejo con el cuento que espero os guste.

Aquella enfermedad

A la memoria de mi tía Isabel


Amelita no deja de llorar y en su desesperación ha tomado el autobús para llegar a casa de su hermano Augusto donde vive Encarna, su tía. Cuando la ve, las palabras se le entreveran en un susurro tembloroso:

- Mis hijos me han abandonado. Estoy sola. Ven a casa y quédate conmigo.

La mirada de Encarna se detiene en el fatigado rostro de Amelita y recuerda cuando ambas compartían su modesto departamento en el centro de Lima. Todos los fines de semana, la recogía del internado y su alegría teñía las paredes de su sosegado hogar. Sus manos tiemblan de ternura tratando de alcanzar los recuerdos; acurrucadas la una en la otra para enfrentar las envestidas de la gran ciudad. Cuando Amelita terminó el internado se fue a vivir con ella hasta que se casó.

Encarna se mueve con la lentitud de sus noventa y tres años. Se dirige a su habitación, prepara algunas mudas y las mete en un maletín, a su vez, escucha las interminables quejas de Amelita, sus ojos van humedeciéndose. No entiende qué está pasando con su sobrina, pensar que fue la más lista en el colegio y luego en la universidad, y, ahora con setenta y tres años, la mente se le embrolla. Por momentos, junta los recuerdos y le salen entreverados, a borbotones, luego se repite y la angustia la persigue sin dar tregua como una obsesión.

Una vez más, Encarna, con su pequeño maletín en mano, apoya su frágil esqueleto en su sobrina y juntas emprenden la ruta de la vuelta a casa.

Por: María Germana Matta - En Madrid, a 27 de junio de 2008

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domingo, 6 de julio de 2008

Cine de Autor: Antes que el Diablo sepa que has muerto



Antes que el diablo sepa que has muerto (Before the devil knows you’re dead)
De: Sidney Lumet

Dos hermanos burgueses desesperados por conseguir dinero traman robar la joyería de sus padres. Todo debe salir bien, ya que conocen todos los movimientos, pero Hank, el hermano encargado de realizar el robo, se siente incapaz de hacerlo y pide a un ladrón de poca monta que le ayude a realizar el trabajo. A la hora del atraco todo se complica y lo que debió ser un robo fácil se convierte en un drama donde cada uno de los personajes irá dibujando sus propios límites.
Un mundo donde todo se rige por el dinero y que te empuja a llevar una vida más allá de tus posibilidades para conseguir el sueño americano. Nunca es suficiente, siempre más dinero. Hank divorciado y con una hija debe pagar una pensión y un colegio totalmente fuera de su alcance. Andrew, con un trabajo de ejecutivo pero, adicto a las drogas, pretende salvar su matrimonio, lleno de contradicciones.
Una sociedad despiadada donde los hombres están presos de necesidades creadas por el propio sistema, el mismo que te asfixia y te lleva a la violencia. Una interesante visión del mundo en que vivimos.
Excelente reparto y narrada en fragmentos, avanza y retrocede y va revelando información donde el espectador va armando las piezas del drama.

domingo, 22 de junio de 2008

Mis Cuentos: El nombre de Beliza

Este es otro de mis cuentos. Espero les guste.

El nombre de Beliza


“Las autoridades españolas se niegan a inscribir en el registro a una niña colombiana de nueve meses que ha acaba de recibir la nacionalidad española, aluden que Beliza no es un nombre”. Encabeza el titular de un periódico gratuito.


Lina acurruca a la niña con suavidad en la cuna. La mece, acariciando las palabras para dulcificar la vastedad de la noche, las luces se apagan y un inmenso silencio las embarga. La noche estalla con sus últimos rituales, se relajan los pensamientos y flaquean las fuerzas, sólo quedan los susurros de la madre para aliviar los trajines del día.


“Beliza, Beliza, corazoncito de azúcar, manitas de algodón … duerme, duerme humm….humm… duerme, duerme mi niña, corazoncito de azúcar, manitas de algodón…“


Han pasado varios meses desde que Lina depositó la carta que la abogada redactó. Lina con la angustia de la esperanza no comprende porque la pequeña no puede llevar el nombre de la abuela.


Las 7 de la mañana, los primeros rayos de luz alborotan el inicio del día. La joven madre sigue con su confusa rutina y como cada mañana con el corazón entumecido, abre su buzón de correos a la espera una respuesta.



María Germaná - En Madrid, a 3 de febrero de 2007
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sábado, 7 de junio de 2008

Sidonie Gabriel Colette - Canción de la Danzarina




Espero les guste este cuento:

Cuento: Canción de la danzarina
De: Colette


¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.
Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.

Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa...» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.

En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé...

Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.

Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.

Abandoné tu casa mientras murmurabas:

«La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serenada y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, en el hombro tu barbilla. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos.

»Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino.

»Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente...»

Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.

Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.

Una postrera danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.

Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras.

Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar...


Biografía

Colette, seudónimo de Sidonie Gabrielle Colette, escritora francesa (1873-1954), tuvo una infancia feliz y se caso cuando aún era una adolescente con Henry Gauthier-Villards conocido como "Willy", éste era autor de novelas populares y se dedicaba a explotar a sus colaboradores. Descubrió las dotes literarias de su mujer y la animó a escribir, pero no tuvo el más mínimo escrúpulo en firmar sus obras. La engaño cuanto pudo, la indignación le sirvió como liberación. Luego animada por Geroges Wagne se dedicó al music-hall. Fue un gran escándalo para la época pero logro su liberación personal, se divorció de "Willy" y se afirmó como escritora.
Se volvió a casar con Henry de Jouvenel, político y periodista y es así como colabora con el periódico Le Matin, del cual éste era redactor, el matrimonio tampoco dura y a los pocos años se divorcia una vez más, pero es mentora del hijo de éste, Bertrand de Jouvenel y lo inicia en la escritura. Esta experiencia le servirá a Colette para desarrollar los temas de sus obras.
Con Diálogos de animales (1904) comenzó verdaderamente la carrera de escritora de Colette. Después de 13 años de desdicha doméstica, se separó de su marido en 1906 y llevó una vida bastante agitada que provocó escándalo. Bailó desnuda en el Moulin Rouge, mantuvo relaciones con la hija de un duque y también con Auguste Hériot, al mismo tiempo que escribía, daba conferencias y actuaba en teatro. Finalmente, ganó fama literaria con Renée (1910).
Entre sus obras figuran: La Paix chez les bêtes (1916), Mitsou ou Comment lesprit vient aux filles (1919) y Chéri (1920), El trigo verde (1923),Al rayar el día (1928), La casa de Claudina (1930) y Sido (1930), así como varios relatos intimistas.
Muere en pleno talento creativo. Fue enterrada en el cementerio Père Lachaise París.

viernes, 30 de mayo de 2008

Mis Cuentos: Calabazas



Este es otro de mis cuentos de la serie migración, pero también encaja en los cuentos relacionados con encuentros y desencuentros.
Espero les guste.

Calabazas


Era un hombre atractivo de cuarenta y dos años, cuando se aproximaba a una chica de su agrado, su mirada y sus gestos ansiosos lo delataban. Poseía una amplia sonrisa, carente de maldad y un sentido fino del humor, siempre listo para cualquier batalla de conquista. Lo conocí en una de esas reuniones que se organizan para ligar, aunque se suponía que era para practicar inglés. Fue Nancy la que me llevó. Ella estaba divorciada, y una vez más había entreabierto sus puertas al amor. Yo tan sólo fui de alcahueta.
Era como un juego más de adolescentes, uno se va dejando seducir por esos ambientes propicios al deseo. Algunos chicos se nos acercaban y nos hacían conversación, nosotras también merodeábamos y sonriamos, buscábamos miradas para provocar un encuentro cualquiera. Unos eran graciosos, otros disimulaban su nerviosismo a fuerza de sonrisas, otros más sueltos de huesos nos hacían reír mientras que otros estaban ahí en un rincón esperando que alguien les tocara con una mirada angelical para alejarse de ese precario rincón que es la soledad.
François se me acerca con uno de esos chistes torpes que lo hacen parecer un niño grande y frágil. Simpatizamos inmediatamente. Con unos cuantos gestos me da a conocer la parte más visible de su carácter, ríe y habla mientras cuenta anécdotas de su alborotada vida. La hora avanza, pronto tendré que volver a casa, ya que al día siguiente volveré a trabajar, aun así, me dan ganas de seguir atada a las perfumadas palabras de François.
Nancy no dejaba de revolotear a mi alrededor, con cara de “no he tenido suerte”, en fin, nunca he sabido si existe la suerte pero hay momentos en la vida que una serie de circunstancias coinciden, ésta da un giro y todo tu tranquilo mundo se mueve y lo único que tienes que hacer es acercarte esconder tus miedos, coger fuerza, respirar profundamente y enfrentar ese nuevo rumbo. Por eso cuando me despedí de François le dejé mi número de teléfono.
Llamó para invitarme a cenar, acepté inmediatamente, luego sentí un leve remordimiento por mi novio, pero era la primera vez que otro hombre me gustaba tanto, además la atracción hacia lo desconocido es uno de los principios elementales de la seducción. La noche fue memorable, no dejo de hablar, con la soltura propia de un dulce embaucador, su poder de seducción iba acelerándose con cada alegre frase. Sin darme cuenta me iba embarcando en su vida. Me habló de ex-mujer judía cuando vivía en Nueva York, su mirada estaba cargada de admiración por su amplia cultura y sensibilidad, luego sus ojos se ensombrecieron cuando añadió que su desinterés por el sexo había abierto distancias, por eso se separó y dejó Nueva York, luego decidió volver a su París natal.
Se ganaba la vida como traductor, nunca tenía dinero, cuando terminaba de traducir una novela, le daban un cheque y no dudaba en gastarlo con la primera chica que conociese. Le gustaban todas y si eran jóvenes y extranjeras mucho más. Antes que yo, existió una negra brasileña, también una china, otra sudamericana, y ahora yo, la peruana. François era un hombre interesante y sensible, aunque era incapaz de saber lo que buscaba en una mujer. Para él, las mujeres eran esos paisajes exóticos que subían su temperatura sin previo aviso, sólo que a veces las diferencias abrían brechas infranqueables. Y, una vez rota la ilusión y cicatrizada la pena, volvía con más fuerza en busca de una nueva, con las mismas ganas y dispuesto a encontrar nuevamente a la mujer de su vida.
Estaba tan emocionado que no cesaba de llenar mi copa, hablaba a borbotones y bebía con la misma emoción de un niño con juguete nuevo, agotando todas las posibilidades que éste le brindaba, eso lo animaba para construir planes para las próximas semanas, y, soltaba su risa atolondrada cada vez que reanudaba la historia de su vida. Fue así como me enteré de que había estudiado filosofía en la Sorbona, y de cómo había llegado a Nueva York, y de como se inició en la labor de traductor. Traducía todo lo que le pedían, a veces traducía novelas porno, lo contaba riendo como si se tratara de una travesura. Un mundo para mi misterioso y lejano. La velada había transcurrido sin darme cuenta y pronto tendría que marcharme a casa. Cuando me despedí, prometió llamarme para volver a cenar. La próxima serán mariscos, insistió.
Había pasado una velada estupenda, en un mundo pintoresco y desconocido. En realidad no había abierto la boca, François sabía que se bastaba a si mismo para embaucar a cualquier alma ingenua.
Volvió a llamar y no pude resistir la dulce tentación de volverlo a ver. Sólo que está vez había algo en su mirada que exigía más que mis sonrisas y mi atenta complacencia. Había llegado el momento de decidirse, el deseo desbordaba por sus ojos. Yo en cambio, me sentía como al inicio de una borrachera, François me llevaba por paisajes divinos hasta hacerme olvidar el dinero que debía enviar todos los meses a mi madre, esos días interminables limpiando casas, esa nostalgia callada que habita tu alma cuando no eres del lugar y ni siquiera el idioma es el mismo para expresar tus emociones.
François hablaba con emoción, no dejaba de decir a donde me llevaría mañana y luego pasado mañana. Los restaurantes desfilaban y nombraba todos los platos de la exquisita comida francesa que yo debía conocer y cuando trataba de abrir la boca para responder, ponía su mano tibia encima de la mía y seguía recitando la guía del gourmet.
Una música interior me azotó como una cachetada y en ese instante abrí los ojos, liberé mi mano y sin pensarlo abrí la boca mientras tapé fuertemente sus labios con mis dedos:
- No podemos continuar. Tengo compromisos.
François promete ayudarme en todo y bla, bla, bla. Me levanto de la mesa de un sopetón, cojo mi bolso y con la mente ofuscada me dirijo hacía la puerta. Se acerca la media noche y pronto mi carruaje volverá a convertirse una vez más en una calabaza.

María Germana, En Madrid a 24 de enero de 2008

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domingo, 25 de mayo de 2008

Cine: Honeydripper de John Sayles

Hablar de Honeydripper es hablar del nacimiento del rock n’ roll. Nos encontramos en Alabama, en 1950, en plena temporada de la cosecha del algodón. El pianista Tyrone, conocido como “Pinetop” Purvis dirige su propio bar el Honeydripper, está ahogado en deudas y está decidido a resucitar el bar.
En la primera imagen vemos dos niños sin zapatos jugando en la puerta de su casa abandonada por la pobreza, uno sostiene un teclado de cartón y el otro está parado y simula con dos cuerdas un instrumento, ambos fingen tocar y se dejan fluir por el ritmo de la música.
Un joven llega de polizón en un tren a la ciudad “Harmony”, con una guitarra, se cruza con un guitarrista ciego al que pregunta por un sitio donde tocar. El ciego le informa que sólo hay dos bares en las afueras de la ciudad y que al Honeydripper no les gustan los guitarristas. Va al Honeydripper a pedir trabajo y Tyrone al verlo le pide a su hija que le de comer. En su búsqueda de trabajo es apresado por el cheriff, un personaje siniestro y corrupto, acusándolo de vagabundaje lo obligan a trabajar en la colecta del algodón, el joven está convencido que algún día será un músico importante.
La vida de los personajes se mezcla y va tejiendo una trama humana donde la música forma la parte espiritual del pueblo afroamericano y como su espíritu se eleva a ritmo de blues. Nuevas generaciones aparecen y nuevas expresiones musicales se desarrollan porque cada generación tiene sus propios valores y símbolos. Y, es la música como arte, la que ha salvado al pueblo afroamericano del racismo y de la injusticia social en la que siempre ha vivido desde que fueron traídos del África como esclavos.
El guitarrista ciego es una especie de visionario que habla a la conciencia de Tyrone, el cual necesita redimir su alma por un crimen involuntario del pasado.
Cada personaje tiene sus propios conflictos, sus sueños y sus luchas cotidianas. La música como ente liberador del alma y esa fuerza creadora que va dando forma al espíritu de un pueblo.
Os dejo con el tráiler de la película que espero os guste:

domingo, 18 de mayo de 2008

Mis cuentos: La Noche del Arroz con Pato

Este cuento pertence a la serie Migración. Espero les guste.

La Noche del Arroz con Pato


Cuando vives al otro lado del océano saborear un plato de tu tierra te acerca aunque no quieras al lugar que te vio nacer. No pretendo ponerme sentimental, pero el sabor atrae los recuerdos y la nostalgia se hace latente, como un acto de redención.
Alberto, con anchas maletas de ilusión llega Madrid como otro más. Buscando trabajo a diestra y a siniestra se topa con Fernando, un arquitecto peruano que rehabilita fincas en el multicultural barrio madrileño de Lavapiés y como necesita mano de obra barata, subcontrata a su vez a otros muchachos latinoamericanos. Fue así como el camino los junto: ambos provenían de Lima, la mítica ciudad de los virreyes y a pesar de sus opuestos orígenes sintieron una extraña simpatía.
La finca era antigua, en su interior se vislumbraba el encanto de sus techos altos y sus vigas de madera. Había que rehacerlo todo: primero tirarían la mayor parte de los muros para poder ampliar el espacio del salón-comedor con cocina americana incluida; también había que rehacer el baño ofreciendo las comodidades que la vida de hoy exige y finalmente remodelarían el dormitorio, amplio y luminoso. Como por encantamiento una finca antigua se convertía en moderna y funcional, preservando con ligero maquillaje su fachada.
Las largas jornadas eran extenuantes pero a punta de bromas iban mezclando jergas e inventando su propia manera de coexistir. El trabajo compartido aproxima a las personas y más aún si tienen rasgos en común gracias a lo cual la labor avanzaba más aprisa de lo planeado.
Cada vez que Fernando daba una cabezadita su madre venía a él con su teta providencial; luego en la confusión del sueño, un delicioso aroma proveniente de su cocina, allá en su casa natal, en el residencial barrio de San Isidro, se apoderaba de su olfato y de su paladar. Cuando pestañaba la imagen del mismo sueño venía a él y el aroma del arroz con pato se tornaba intenso. Era la especialidad de su madre, un plato típico del norte del Perú, macerado en cerveza negra y pisco, y perfumado de cilantro: el pato tan tierno que de sólo pensarlo se le hacia agua la boca.
Fernando estaba orgulloso de los muchachos, los trabajos finalizarían muy pronto. Pensó que la mejor manera de darles las gracias era invitarlos a cenar a su casa y hacerlos gozar del afortunado plato peruano. Pediría a Verónica, su encantadora mujer, también peruana, que preparase la cena. El como la mayoría de hombres de esa parte de la tierra, sólo sabía comer y la cocina era todavía una tarea pendiente. Ella tampoco era una experta cocinera pero pensaba que con paciencia y empeño siempre se lograban milagros.
Verónica recopiló la receta de internet y una vez llegada la fecha le pidió a Fernando que se ocupase de la compra. El pato lo encargo con varios días de antelación. En Lavapiés era fácil conseguir cilantro; con la cerveza negra no había problema, todos los supermercados la vendían y siempre tenía a mano una botellita de pisco que su madre les enviaba cada vez que podía, ya que era la bebida de orgullo nacional.
El día llegó y pese a su falta de experiencia, el plato había quedado exquisito, la olla despedía un olor embriagante. Fernando se sentía orgulloso de su mujer y feliz de ofrecer tan merecida cena. Compró cervezas y bebidas, los muchachos fueron llegando uno a uno y pronto todos se encontraron juntos.
Al vaivén de las botellas de cerveza la conversación subía de volumen a la par que las bromas y el cálido ambiente. Verónica se sentía satisfecha: las presas de pato se veían tiernas y el arroz despedía un olor a cilantro llenando el paladar de saliva y alegría. Llegada la hora cumbre, todos se sentaron con gran expectativa alrededor de la mesa.
Alberto también se sienta, su mente divaga como en un sueño perturbador: ve su comedor, el suelo de barro, la mesa plástica con sus patas de fierro, sus ocho hermanos corriendo de arriba abajo por toda la casa, su madre con sonrisa cansada y un cucharon de palo entre las manos sirviendo el arroz con pollo, el sabroso plato dominguero. Alberto pestañea con fuerza y agradece a Fernando por tan exquisita cena, luego felicita a Verónica, coge el tenedor y se lo lleva a la boca, saborea lentamente el perfumado arroz y la sabrosa carne de pato, cierra los ojos una vez más. Un gemido imperceptible sale de su boca mientras evoca las escasas alitas de pollo que adornan la olla de barro de su madre.

María Germaná Matta - En Madrid, a 6 de septiembre de 2007


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Cine: Mil años de oración de Wayne Wang

Me pareció fantástica, tiene ritmos lentos, una característica del cine oriental.
Hablan dos generaciones y dos visiones de la vida, experiencias diferentes en mundos y épocas difentes. Toca el tema de la soledad, la incomunicación.
Se trata de un padre chino y viudo que viene a visitar a su hija divorciada que vive en los Estados Unidos y trabaja como bibliotecaria. La hija es una mujer infeliz y el padre decide averiguar el porqué.
Hay escenas llenas de magia que conmueven. Una de ella, se situa en un parque donde el padre se encuentra con una señora iraquí, poco a poco se hacen amigos. Lo curioso es que cada uno habla con el poco inglés que tiene, además cada uno habla en su propia lengua, diálogos aparentemente disparatados y casi cómicos. Sin embargo, la comunicación se da con con el tono de la voz, con los gestos, y sus silencios. Rituales de expresión que van más allá de la palabra y del idioma. Y, te das cuenta que para que dos seres humanos se entiendan no es necesario discursos complejos, para comunicar hay que transmitir sentimientos y compartirlos, el ser humano comunica cuando es capáz de transmitir emociones.
El idioma también es un ente liberador. Hablar lenguas diferentes también puede servir para expresar sentimientos, esos que no aprendimos a expresar en nuestra propia lengua. Otro idioma puede servir como catarsis para expresar sentimientos.
Una película llena de pequeños detalles y gracias al empeño del padre en averiguar la causa de la infelicidad de la hija, padre e hija irán descubriendo cada uno su propia verdad.


viernes, 16 de mayo de 2008

Animación: Tango en tus brazos

Esta hermosa animación está hecha con el sentimiento y la creatividad del tango argentino.
Dirigida por François-Xavier Goby http://fxgoby.free.fr/home.html Edouard Jouret y Matthieu Landour. Francia 2005.
Ha sido presentada en los Festivales de: San Diego (Siggraph 2007, Award of Excellence), Annecy (Francia), Argentina (Mar del Plata), Polonia (ReAnimacja), Auch (Francia), Miami (Romance), España (Animac), California (San Diego), Monaco (Imagina), Francia (Valenciennes), Bristol, Séoul y Paris.
Versión original:
http://www.entusbrazos.fr/
Música (1ªpart): "En Tus Brazos" de Alfredo de Angelis y Oscar Larroca (voz). Composición de Carlos Zárate. Lirico de Elizardo Martínez Vilas (Marvil).
"Yo me cegué en tus ojazos y fui a caer en tus brazos. Y entre tus brazos yo fui feliz, porque te amé con delirio. Yo fui a caer en tus brazos y así llegué hasta el martirio. Te juro que enloquecí,
cuando por dentro me vi, y comprendí lo que hacía. Quiero mirar hacia Dios, aunque me muerda el dolor, aunque me cueste morir"

Música (parte final): "El Huracán" de Edgardo Donato. Composición de Osvaldo Donato
Categoría: Film & Animation


sábado, 10 de mayo de 2008

La Voz de las Piedras - Javier Corcuera

La Voz de las Piedras – De: Javier Corcuera.

Este es uno de los cinco documentales de Invisibles producido por Javier Bardem. Se trata del drama de los desplazados de Colombia. Son los campesinos que salieron de sus tierras huyendo de la violencia. Ellos han decidido volver, creando espacios humanitarios dejando claro que quieren vivir en paz al margen de la guerrilla y de los paramilitares, buscando un futuro mejor para sus hijos.
Existen 3000.000 de desplazados por la guerra, un drama humano del cual no se habla, o se habla poco. Quería compartir este documental.





miércoles, 7 de mayo de 2008

Alejandra Pizarnik, poesía


Alejandra Pizarnik de Luz María Aramburú

FRAGMENTOS PARA DOMINAR EL SILENCIO
I
Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos.
II
Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.
Las damas de rojo se extraviaron dentro de sus máscaras aunque regresarán para sollozar entre flores.
No es muda la muerte. Escucho el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio. Escucho tu dulcísimo llanto florecer mi silencio gris.
III
La muerte ha restituido al silencio su prestigio hechizante. Y yo no diré mi poema y yo he de decirlo. Aun si el poema (aquí, ahora) no tiene sentido, no tiene destino.

SORTILEGIOS
Y las damas vestidas de rojo para mi dolor y con mi dolor insumidas en mi soplo, agazapadas como fetos de escorpiones en el lado más interno de mi nuca, las madres de rojo que me aspiran el único calor que me doy con mi corazón que apenas pudo nunca latir, a mí que siempre tuve que aprender sola cómo se hace para beber y comer y respirar y a mí que nadie me enseñó a llorar y nadie me enseñará ni siquiera las grandes damas adheridas a la entretela de mi respiración con babas rojizas y velos flotantes de sangre, mi sangre, la mía sola, la que yo me procuré y ahora vienen a beber de mí luego de haber matado al rey que flota en el río y mueve los ojos y sonríe pero está muerto y cuando alguien está muerto, muerto está por más que sonría y las grandes, las trágicas damas de rojo han matado al que se va río abajo y yo me quedo como rehén en perpetua posesión.

III
(1962)

CAMINOS DEL ESPEJO
I
Y sobre todo mirar con inocencia. Como si no pasara nada, lo cual es cierto.
II
Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.
III
Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia.
IV
Como cuando se abre una flor y revela el corazón que no tiene.
V
Todos los gestos de mi cuerpo y de mi voz para hacer de mí la ofrenda, el ramo que abandona el viento en el umbral.
VI
Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste.
VII
La noche de los dos se dispersó con la niebla. Es la estación de los alimentos fríos.
VIII
Y la sed, mi memoria es de la sed, yo abajo, en el fondo, en el pozo, yo bebía, recuerdo.
IX
Caer como un animal herido en el lugar que iba a ser de revelaciones.
X
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
XI
Al negro sol del silencio las palabras se doraban.
XII
Pero el silencio es cierto. Por eso escribo. Estoy sola y escribo. No, no estoy sola. Hay alguien aquí que tiembla.
XIII
Aun si digo sol y luna y estrella me refiero a cosas que me suceden. ¿Y qué deseaba yo?
Deseaba un silencio perfecto.
Por eso hablo.
XIV
La noche tiene la forma de un grito de lobo.
XV
Delicia de perderse en la imagen presentida. Yo me levanté de mi cadáver, yo fui en busca de quien soy. Peregrina de mí, he ido hacia la que duerme en un país al viento.
XVI
Mi caída sin fin a mi caída sin fin en donde nadie me aguardó pues al mirar quién me aguardaba no vi otra cosa que a mí misma.
XVII
Algo caía en el silencio. Mi última palabra fue yo pero me refería al alba luminosa.
XVIII
Flores amarillas constelan un círculo de tierra azul. El agua tiembla llena de viento.
XIX
Deslumbramiento del día, pájaros amarillos en la mañana. Una mano desata tinieblas, una mano arrastra la cabellera de una ahogada que no cesa de pasar por el espejo. Volver a la memoria del cuerpo, he de volver a mis huesos en duelo, he de comprender lo que dice mi voz.

IV
(1964)

EXTRACCIÓN DE LA PIEDRA DE LOCURA

Elles, les âmes (...), sont malades et elles souffrent
et nul ne leur porte remède;
elles sont blessées et brisés et nul ne les panse.
Ruysbroeck

La luz mala se ha avecinado y nada es cierto. Y si pienso en todo lo que leí acerca del espíritu... Cerré los ojos, vi cuerpos luminosos que giraban en la niebla, en el lugar de las ambiguas vecindades. No temas, nada te sobrevendrá, ya no hay violadores de tumbas. El silencio, el silencio siempre, las monedas de oro del sueño.

Hablo como en mí se habla. No mi voz obstinada en parecer una voz humana sino la otra que atestigua que no he cesado de morar en el bosque.

Si vieras a la que sin ti duerme en un jardín en ruinas en la memoria. Allí yo, ebria de mil muertes, hablo de mí conmigo sólo por saber si es verdad que estoy debajo de la hierba. No sé los nombres. ¿A quién le dirás que no sabes? Te deseas otra. La otra que eres se desea otra. ¿Qué pasa en la verde alameda? Pasa que no es verde y ni siquiera hay una alameda. Y ahora juegas a ser esclava para ocultar tu corona ¿otorgada por quién?, ¿quién te ha ungido?, ¿quién te ha consagrado? El invisible pueblo de la memoria más vieja. Perdida por propio designio, has renunciado a tu reino por las cenizas. Quien te hace doler te recuerda antiguos homenajes. No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra, a ella, tu solo privilegio. En un muro blanco dibujas las alegorías del reposo, y es siempre una reina loca que yace bajo la luna sobre la triste hierba del viejo jardín. Pero no hables de los jardines, no hables de la luna, no hables de la rosa, no hables del mar. Habla de lo que sabes. Habla de lo que vibra en tu médula y hace luces y sombras en tu mirada, habla del dolor incesante de tus huesos, habla del vértigo, habla de tu respiración, de tu desolación, de tu traición. Es tan oscuro, tan en silencio el proceso a que me obligo. Oh habla del silencio.

De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento negro que impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera de escudo, o de arma de defensa, o aun de ataque. Parecía el Eclesiastés: busqué en todas mis memorias y nada, nada debajo de la aurora de dedos negros. Mi oficio (también en el sueño lo ejerzo) es conjurar y exorcizar. ¿A qué hora empezó la desgracia? No quiero saber. No quiero más que un silencio para mí y las que fui, un silencio como la pequeña choza que encuentran en el bosque los niños perdidos. Y qué sé yo qué ha de ser de mí si nada rima con nada.

Te despeñas. Es el sinfín desesperante, igual y no obstante contrario a la noche de los cuerpos donde apenas un manantial cesa aparece otro que reanuda el fin de las aguas.

Sin el perdón de las aguas no puedo vivir. Sin el mármol final del cielo no puedo morir.

En ti es de noche. Pronto asistirás al animoso encabritarse del animal que eres. Corazón de la noche, habla.

Haberse muerto en quien se era y en quien se amaba, haberse y no haberse dado vuelta como un cielo tormentoso y celeste al mismo tiempo.

Hubiese querido más que esto y a la vez nada.

Va y viene diciéndose solo en solitario vaivén. Un perderse gota a gota el sentido de los días. Señuelos de conceptos. Trampas de vocales. La razón me muestra la salida del escenario donde levantaron una iglesia bajo la lluvia: la mujer—loba deposita a su vástago en el umbral y huye. Hay una luz tristísima de cirios acechados por un soplo maligno. Llora la niña loba. Ningún dormido la oye. Todas las pestes y las plagas para los que duermen en paz.

Esta voz ávida venida de antiguos plañidos. Ingenuamente existes, te disfrazas de pequeña asesina, te das miedo frente al espejo. Hundirme en la tierra y que la tierra se cierre sobre mí. Éxtasis innoble. Tú sabes que te han humillado hasta cuando te mostraban el sol. Tú sabes que nunca sabrás defenderte, que sólo deseas presentarles el trofeo, quiero decir tu cadáver, y que se lo coman y se lo beban.

Las moradas del consuelo, la consagración de la inocencia, la alegría inadjetivable del cuerpo.

Si de pronto una pintura se anima y el niño florentino que miras ardientemente extiende una mano y te invita a permanecer a su lado en la terrible dicha de ser un objeto a mirar y admirar. No (dije), para ser dos hay que ser distintos. Yo estoy fuera del marco pero el modo de ofenderse es el mismo.

Briznas, muñecos sin cabeza, yo me llamo, yo me llamo toda la noche. Y en mi sueño un carromato de circo lleno de corsarios muertos en sus ataúdes. Un momento antes, con bellísimos atavíos y parches negros en el ojo, los capitanes saltaban de un bergantín a otro como olas, hermosos como soles.

De manera que soñé capitanes y ataúdes de colores deliciosos y ahora que tengo miedo a causa de todas las cosas que guardo, no un cofre de piratas, no un tesoro bien enterrado, sino cuantas cosas en movimiento, cuantas pequeñas figuras azules y doradas gesticulan y danzan (pero decir no dicen), y luego está el espacio negro —déjate caer, déjate caer—, umbral de la más alta inocencia o tal vez tan sólo de la locura. Comprendo mi miedo a una rebelión de las pequeñas figuras azules y doradas. Alma partida, alma compartida, he vagado y errado tanto para fundar uniones con el niño pintado en tanto que objeto a contemplar, y no obstante, luego de analizar los colores y las formas, me encontré haciendo el amor con un muchacho viviente en el mismo momento que el del cuadro se desnudaba y me poseía detrás de mis párpados cerrados.

Sonríe y yo soy una minúscula marioneta rosa con un paraguas celeste yo entro por su sonrisa yo hago mi casita en su lengua yo habito en la palma de su mano cierra sus dedos un polvo dorado un poco de sangre adiós oh adiós.

Como una voz no lejos de la noche arde el fuego más exacto. Sin piel ni huesos andan los animales por el bosque hecho cenizas. Una vez el canto de un solo pájaro te había aproximado al calor más agudo. Mares y diademas, mares y serpientes. Por favor, mira cómo la pequeña calavera de perro suspendida del cielo raso pintado de azul se balancea con hojas secas que tiemblan en torno a ella. Grietas y agujeros en mi persona escapada de un incendio. Escribir es buscar en el tumulto de los quemados el hueso del brazo que corresponda al hueso de la pierna. Miserable mixtura. Yo restauro, yo reconstruyo, yo ando así de rodeada de muerte. Y es sin gracia, sin aureola, sin tregua. Y esa voz, esa elegía a una causa primera: un grito, un soplo, un respirar entre dioses. Yo relato mi víspera. ¿Y qué puedes tú? sales de tu guarida y no entiendes. Vuelves a ella y ya no importa entender o no. Vuelves a salir y no entiendes. No hay por donde respirar y tú hablas del soplo de los dioses.

No me hables del sol porque me moriría. Llévame como a una princesita ciega, como cuando lenta y cuidadosamente se hace el otoño en un jardín.

Vendrás a mí con tu voz apenas coloreada por un acento que me hará evocar una puerta abierta, con la sombra de un pájaro de bello nombre, con lo que esa sombra deja en la memoria, con lo que permanece cuando avientan las cenizas de una joven muerta, con los trazos que duran en la hoja después de haber borrado un dibujo que representaba una casa, un árbol, el sol y un animal.

Si no vino es porque no vino. Es como hacer el otoño. Nada esperabas de su venida. Todo lo esperabas. Vida de tu sombra ¿qué quieres? Un transcurrir de fiesta delirante, un lenguaje sin límites, un naufragio en tus propias aguas, oh avara.

Cada hora, cada día, yo quisiera no tener que hablar. Figuras de cera los otros y sobre todo yo, que soy más otra que ellos. Nada pretendo en este poema si no es desanudar mi garganta.

Rápido, tu voz más oculta. Se transmuta, te transmite. Tanto que hacer y yo me deshago. Te excomulgan de ti. Sufro, luego no sé. En el sueño el rey moría de amor por mí. Aquí, pequeña mendiga, te inmunizan. (Y aún tienes cara de niña; varios años más y no le caerás en gracia ni a los perros.)

mi cuerpo se abría al conocimiento de mi estar
y de mi ser confusos y difusos
mi cuerpo vibraba y respiraba
según un canto ahora olvidado
yo no era aún la fugitiva de la música
yo no sabía el lugar del tiempo
y el tiempo del lugar
en el amor yo me abría
y ritmaba los viejos gestos de la amante
heredera de la visión
de un jardín prohibido

La que soñó, la que fue soñada. Paisajes prodigiosos para la infancia más fiel. A falta de eso —que no es mucho—, la voz que injuria tiene razón.

La tenebrosa luminosidad de los sueños ahogados. Agua dolorosa.

El sueño demasiado tarde, los caballos blancos demasiado tarde, el haberme ido con una melodía demasiado tarde. La melodía pulsaba mi corazón y yo lloré la pérdida de mi único bien, alguien me vio llorando en el sueño y yo expliqué (dentro de lo posible), palabras buenas y seguras (dentro de lo posible). Me adueñé de mi persona, la arranqué del hermoso delirio, la anonadé a fin de serenar el terror que alguien tenía a que me muriera en su casa.

¿Y yo? ¿A cuántos he salvado yo?

El haberme prosternado ante el sufrimiento de los demás, el haberme acallado en honor de los demás.

Retrocedía mi roja violencia elemental. El sexo a flor de corazón, la vía del éxtasis entre las piernas. Mi violencia de vientos rojos y de vientos negros. Las verdaderas fiestas tienen lugar en el cuerpo y en los sueños.

Puertas del corazón, pero apaleado, veo un templo, tiemblo, ¿que pasa? No pasa. Yo presentía una escritura total. El animal palpitaba en mis brazos con rumores de órganos vivos, calor, corazón, respiración, todo musical y silencioso al mismo tiempo. ¿Qué significa traducirse en palabras? Y los proyectos de perfección a largo plazo; medir cada día la probable elevación de mi espíritu, la desaparición de mis faltas gramaticales. Mi sueño es un sueño sin alternativas y quiero morir al pie de la letra del lugar común que asegura que morir es soñar. La luz, el vino prohibido, los vértigos, ¿para quién escribes? Ruinas de un templo olvidado. Si celebrar fuera posible.

Visión enlutada, desgarrada, de un jardín con estatuas rotas. Al filo de la madrugada los huesos te dolían. Tú te desgarras. Te lo prevengo y te lo previne. Tú te desarmas. Te lo digo, te lo dije. Tú te desnudas. Te desposees. Te desunes. Te lo predije. De pronto se deshizo: ningún nacimiento. Te llevas, te sobrellevas. Solamente tú sabes de este ritmo quebrantado. Ahora tus despojos, recogerlos uno a uno, gran hastío, en dónde dejarlos. De haberla tenido cerca, hubiese vendido mi alma a cambio de invisibilizarme. Ebria de mí, de la música, de los poemas, por qué no dije del agujero de ausencia. En un himno harapiento rodaba el llanto por mi cara. ¿Y por qué no dicen algo? ¿Y para qué este gran silencio?

Fragmentos de: Extracción de la piedra de la locura






En este vídeo  la actriz Ingrid Pelicori interpreta un fragmento de su texto poético "Extracción de la piedra de locura" que integra el libro homónimo, publicado en 1968. 

jueves, 1 de mayo de 2008

Cuento: El Hombre de los Ojos Bonitos

"El Hombre de los Ojos bonitos" es un hermoso cuento de Charles Bukowski.
Escritor sensible y prolífico, escribió más de 50 libros. Sus relatos y poemas son exquisitos. Su lenguaje es duro pero tiene la cualidad de acercarse al matiz de lo humano.
El cuento es maravilloso, además las imagenes del video están cargadas de poesía.
Espero os guste:

martes, 29 de abril de 2008

Cuento: Despues de un Largo Silencio


Este otro cuento, lo escribí hace algún tiempo. Es diferente al anterior, este es fantástico. Espero les guste.

Después de un largo silencio


A mi madre


Solía acompañarla en sus innumerables salidas: no tenía ni hora ni día específico, más bien eran visitas inesperadas. En realidad, Silvia no podía estar cinco minutos sin hacer nada, con la arrogancia y la fuerza de su vital temperamento, buscaba la compañía de los otros. Yo estaba a su lado como a la sombra de un árbol, quizás los lazos de sangre son un reflejo de ternura donde no hace falta la razón.

-Me acompañas. Gritó desde la segunda planta. Yo dije:

-Bueno

Me agradan las sorpresas, por eso nunca preguntaba a donde nos dirigíamos. Me gustaba seguirla, era mi callada manera de estar junto a ella. Por regla general visitábamos a una de sus amigas o alguna nueva relación de trabajo: en su mundo maravilloso de agenda apretada, el afecto se expresa con una simple taza de té o café con leche y pan con mantequilla, esos instantes invisibles donde la vida nos ofrece una caricia más allá de las palabras.

Cogimos el coche y nos dirigimos a casa de Mirella, una antigua amiga suya. No la conocía, sólo sabía que acababa de enviudar. Mirilla nos abrió el portal. Vivía en una casa grande de una sola planta, con un jardín algo descuidado. Preferí quedarme en el jardín jugando con cuatro hermosos cachorros de pastor alemán, a Silvia no le gustaban los perros y en nuestra enorme casa no había espacio para ellos. En general nadie malinterpretaba mi actitud, ya que Silvia se encargaba de disimular mi torpe educación. Esa tarde me quedé algo más de media hora jugando con los cachorros sin que nadie extrañara mi presencia.
Miré detrás de la mampara de cristal que daba a la sala y la sonrisa benevolente de un hombre vestido de blanco termino por decidirme. Entré a la casa y saludé a las tías de Mirella y a unos cuantos desconocidos. La tarde transcurrió entre el animado ruido de la conversación y de los platos donde servían los canapés. Silvia tan alegre como siempre, ese don que tiene para ser el centro de una reunión; Mirella estaba cortés y agradecida, sus manos inquietas seguían sus gestos con palabras tratando de disimular su tristeza.

-Es él, el tipo vestido de blanco. Está en un portarretratos, en un rincón de la sala. Pensé.

Y, seguimos comiendo y bebiendo mientras la tarde se fue agotando junto con las fuerzas y el susurro de la velada. Mirella se acercó a ver si quería algo más. Le di las gracias y alabé su buen gusto, haciendo hincapié en un delicioso pan de frutas, y con una sonrisa me miró agradecida, el desparpajo de mi juventud la alegraba.

Me acerqué a la foto y pregunté a Mirella por el hombre de la foto:

-Es mi marido. Respondió.

Me quedé perpleja y mi rostro perdió su lozano color, Mirella sin saber qué hacer, llamó inmediatamente a Silvia y ambas trataron de reanimarme, cuando de un solo porrazo salieron palabras atolondradas por mi boca:

-Lo he visto. Es él.

Me miró plácidamente y sonrió. Mientras yo prosigo:

-Hace un momento lo vi, cuando jugaba con los cachorros. Es él, estoy segura.

Mirella me miró con dulzura. Cogió mis manos heladas con firmeza y después de un largo silencio dijo:

-Es mi marido. No te asustes, aún ronda por la casa. Es bueno y me protege.

Su voz era tranquila y tierna.

Silvia, con la seguridad que la caracterizaba, se despidió rápidamente de Mirella, luego cogió mi mano y me llevo al coche tratando de huir de aquella extraña situación.

María Germaná Matta- En Madrid, a 24 de febrero de 2007

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sábado, 26 de abril de 2008

A propósito de Rainer Maria Rilke

Quería compartir este poema y este video. A propósito de su vida en París.
Rilke es uno de los poetas que más admiro y respeto, por su amor y dedicación a la poesía y también por su espíritu noble y libre.

La Pantera
de : Rainer María Rilke

Del deambular de las barras se ha cansado tanto
su mirada, que ya nada retiene.
Es como si hubiera mil barras
y detrás de mil barras ningún mundo hubiese.

El suave andar de pasos flexibles y fuertes,
que gira en el más pequeño círculo,
es como una danza de fuerza entorno un centro
en el que se yergue una gran voluntad dormida.

Sólo a veces se abre mudo el velo
de las pupilas. Entonces las penetra una imagen,
recorre la tensa quietud de sus miembros
y en el corazón su existencia acaba.

( NUEVOS POEMAS, París, 5 ó 6 de noviembre, 1902)
Traducción del alemán de © Sergio Ismael Cárdenas Tamez



lunes, 14 de abril de 2008

Cuento: Encuentros Alborotados


Es la primera vez que publico un cuento mio en este blog. Y poco a poco iré publicando más cuentos.
Este cuento pertenece a una seríe de cuentos relacionados con el tema de la pareja. En realidad, son historias de encuentros y desencuentros: amor, desamor, pasión, deseo,etc y todas esas historias que uno va juntando con el tiempo. Espero les guste.

Encuentros alborotados 



Las calles de Montmartre siempre estaban abarrotadas de turistas y cámaras fotográficas, el dulce reír de la gente hacia que olvidara mis penas y me trasladaba como por encanto a ese pequeño mundo de pintores anónimos dando pinceladas a sus lienzos para ganarse la vida. Y, era precisamente ese instante cuando una tela blanca poco a poco iba convirtiéndose en un rostro y la estática modelo de turno permanecía erguida en su anonimato tratando de mantener su mejor pose, mientras trataba de esquivar a la gente para encontrar un huequecito para poder vislumbrar esa mágica ventana hacia ese otro rostro desprovisto de preocupaciones.
Francesco contaba con veinte años cuando Doménico le pidió que lo acompañase a París. Era la primera vez que salía de Nápoles, quería ofrecerle la oportunidad de contemplar otro mundo, a él, Francesco su fiel amigo de infancia.
Doménico tenía que llegar a París para visitar a la Negra, una sensual mulata peruana que conoció en Lima, hacía un año, en un viaje por el misterioso país de los Incas. Eran amantes y vivían su alborotado amor entre innumerables conversaciones gracias al timbre del teléfono y a las ocasionales visitas de Doménico a París o Lima, según la circunstancia.
Doménico hablaba alto y fuerte y su risa perfumada de tabaco hacía que la ensortijada cabellera de la Negra resplandeciese como la efímera felicidad atrapada en un instante de fotografía. Francesco era más bien callado, no se atrevía a dar opiniones a extraños y disimulaba con sonrisas su apretada timidez. Su corazón palpitaba siguiendo el ímpetu aventurero del amigo, había que dejarse llevar por los latidos de lo desconocido. La Negra, era un hito en cuanto a encanto de mujer. Francesco no dejaba de escuchar piropos, cada vez que Doménico abría la boca para hablar de la Negra, desde que su amigo calló fulminado, fue así como llegó a París, atraído por el perfume inconfundible de lo nuevo.
La Negra y yo fuimos a buscarlos a la estación de tren. Yo vivía con la Negra, la ayudaba con las tareas de limpieza y con sus hijos, aunque éramos amigas desde Lima y gracias a nuestra amistad participaba en sus aventuras. La Negra se había separado de su marido francés y vivía a saltas entre Lima y París. Ambas estábamos en la estación de tren esperando a Doménico, su amor. Desde el andén, vimos acercarse a muchacho alto y rubio, vestido de sport sencillo pero elegante. Cuando la ve, se precipita corriendo para darle un impresionante beso muy parecido a una de esas románticas películas antiguas. Atrás quedaba una inesperada sorpresa, un chico blanco de cabello castaño algo gordito y de aspecto reservado. Doménico me saluda y me presenta a Francesco quien me recibe con una cálida sonrisa. Además influenciado por la primavera empezó desde ese primer instante a cortejarme, con gestos atentos y torpes.
Doménico propone una visita a la Torre Eiffel y luego a Montmartre, así que anduvimos de un lado a otro por aquellas enigmáticas calles. Doménico no dejaba de hacernos reír y por unos instantes sentíamos que el mundo también era nuestro y gritábamos abarrotados de juventud a los cuatro vientos.
Yo también era tímida y llevaba poco tiempo en París, trabajaba como cualquier sudamericana para ganarme la vida y enviar dinero a mi familia. Aquella tarde llegaba a mí como un delicado guiño y me dejaba flotar por aquella tímida danza floral.
La Negra y Doménico iban luciendo la flama humeante de su amor desbocado. Yo iba al lado de Francesco que galantemente sonreía con los ojos. Hablábamos poco, la barrera del idioma hacia que nos entendiésemos por gestos y unas cuantas palabras adornadas por miradas y tímidos silencios. Comimos en un acogedor restaurante de Montmartre. Tanto tiempo sin disfrutar de una velada romántica al lado de un muchacho algo menor, además su timidez recordaba mi adolescencia cuando la coquetería roza con el deseo.
Cuando llegamos a casa de la Negra, ya era de noche. Los niños estaban en casa del padre. Así que seguimos bebiendo vino y fumando cigarros entre risas y conversaciones triviales. Doménico y la Negra se marcharon a la habitación de ella. La noche estaba preñada de sensualidad, por eso tomé la mano de Francesco, lo miré y recorrí con la mirada su pecho, sus hombros y el cuello hasta llegar lentamente a los ojos, luego palpé con mis dedos la piel de su rostro y pegué levemente su mejilla con la mía, después nos abrazamos con ansias y nos marchamos a mi habitación.
Lo ayudé con impaciencia y ternura a descubrir su cuerpo, luego quité mi ropa con rapidez, nos metimos entre las sábanas y tuve que llevar la iniciativa. Me siguió con torpeza, algo turbado. Luego dijo muy bajito en italiano, algo así como:
- no quiero llegar a tanto.
Pero sus manos continuaban tercamente acariciando mi cuerpo. Se fue guiando por su instinto hasta deslizarse entre mis piernas. Fue rápido y torpe, mi cuerpo continuaba aún encendido, pero él ya había terminado, luego se dio media vuelta sin tocarme. Después hubo un silencio y las distancias se hicieron elementales, se acostó a mi lado perdido en su desconcierto. Llevaba un crucifijo en el pecho y lo arrancó súbitamente de un tirón. Se acurrucó dándome la espalda, sentí sus ojos abiertos a la noche, me pegué a su espalda con el silencio atónito de las madrugadas cuando sobran las palabras y sólo quedan gestos primitivos para seres extraviados.
A la mañana siguiente, los italianitos tenían que volver a casa. Tomamos desayuno, Doménico y la Negra continuaban alegremente con sus coqueteos. Francesco y yo seguíamos distanciados, ellos ni siquiera lo notaron. Su tiempo era escaso para desperdiciarlo con nosotros. Los acompañamos al coche, Doménico me dio un beso y Francesco a su vez le dio uno a la Negra. Había llegado el turno del adiós.
Mientras Doménico se despide apasionadamente de la Negra. Me acerco una vez más a Francesco, sonrío y miro sus ojos con ansiedad y guarezco la palma de mis dedos en su mejilla. Acto seguido y sin palabras alza su mirada penetrante, dejando a un lado su confusión, besa mis labios con ternura como una leve caricia de gratitud.


María Germaná Matta - En Madrid, a 15 de enero de 2008


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