sábado, 12 de mayo de 2018

Lou Andreas - Salomé - cine y literatura


Lou Andreas - Salomé
Has oído hablar de Lou Andreas Salomé, escritora, filósofa, pues fue una mujer adelantada a su tiempo, compartió su interés por el conocimiento con los grandes de su época, Friedrich Nietzche la adoraba, con Paul Reé mantuvo una relación estrecha, fue alumna de Freud y la primera mujer psicoanalista, su gran amor fue el poeta alemán Reiner María Rilke, amante durante años, estuvo casada con Friedrich Karl Andreas.  
En Madrid, en las salas Golem se estrenó la película Lou Andreas - Salomé de Cordula Kablitz-Post. La película está basada en la apasionante vida de la autora, quien lucho por ser una mujer libre.



Trailer
Oración a la Vida

¡Sin duda un amigo ama a su amigo
como yo te amo a ti, vida llena de enigmas!
Lo mismo si me has hecho gritar de gozo que llorar,
lo mismo si me has dado sufrimiento que placer,

yo te amo con tu felicidad y tu aflicción:
y si es necesario que me aniquiles,
me arrancaré de tus brazos con dolor,
como se arranca el amigo del pecho de su amigo.

Con todas mis fuerzas te abrazo:
¡deja que tu llama encienda mi espíritu
y que, en el ardor de la lucha,
encuentre yo la solución al enigma de tu ser!

¡Pensar y vivir durante milenios,
arroja plenamente tu contenido!
Si ya no te queda ninguna felicidad que darme,
¡bien! ¡Aún tienes — tu sufrimiento!

Lou Andreas – Salomé

Ésta traducción fue realizada por Andrés Sánchez Pascual y publicada en sus comentarios del libro autobiográfico de Nietzsche, Ecce homo (Alianza Editorial).

Gebet an das Leben

Gewiß, so liebt ein Freund den Freund,
Wie ich Dich liebe, Rätselleben –
Ob ich in Dir gejauchzt, geweint,
Ob Du mir Glück, ob Schmerz gegeben.

Ich liebe Dich samt Deinem Harme;
Und wenn Du mich vernichten mußt,
Entreiße ich mich Deinem Arme
Wie Freund sich reißt von Freundesbrust.

Mit ganzer Kraft umfaß ich Dich!
Laß Deine Flammen mich entzünden,
Laß noch in Glut des Kampfes mich
Dein Rätsel tiefer nur ergründen.

Jahrtausende zu sein! zu denken!
Schließ mich in beide Arme ein:
Hast Du kein Glück mehr mir zu schenken
Wohlan – noch hast Du Deine Pein.

"Gebet an das Leben" (Oración a la Vida) es un himno compuesto por F. Nietzsche en 1882, a partir de un poema de su para entonces amiga Lou von Salomé . La versión que presentamos aquí es cantada por el barítono alemán Dietrich Fischer-Dieskau
Fuente del poema: Blog de notas
Biografía y más Poemas del alma

domingo, 6 de mayo de 2018

Elizabeth Barret Browning, soneto


Retrato de Elizabeth Barret Browning (de la web)

Elizabeth Barret Browning, soneto nº XXIX

Gracias a la publicación de “Sonetos de una portuguesa” en 1850, Elizabeth Barret Browning se consagra como una de las figuras más representativas de la poesía inglesa de su tiempo.
Sonetos de una portuguesa, fueron escritos para expresar el amor que sentía por el poeta inglés Robert Browning con el que mantuvo una correspondencia epistolar, más tarde se casaron en secreto y huyeron del celoso padre de la autora. Sonetos de una portuguesa, expresan la incertidumbre del inicio del amor, la emoción y la alegría hasta llegar a la entrega incondicional.

XXIX

¡Pienso en ti! Brotan mis pensamientos y te ciñen
como vides silvestres ciñen un árbol
y lo cubren de hojas hasta que sólo vemos
la verde invasión que oculta el tronco. Pero
¡Oh, palmera mía! Nunca hare míos tus pensamientos
Porque tú eres mejor y más querido. Más bien,
a cada instante quisiera renovada tu presencia.
Como un árbol fuerte sacudiría tus ramas, desnudaría
tu tronco y quitaría esas vendas vegetales
que te cubre, para que cayeran rotas,
destrozadas, dispersas por doquier.
Porque en este profundo gozo de verte y escucharte,
de respirar un aire nuevo dentro de tu sombra
no pienso en ti… tan cerca estamos ya.

Elizabeth Barret Browning
(Traducción de Marta Porpetta
Fuente: SONETOS DE UNA PORTUGUESA
Edición bilingüe – Colección Torremozas – Ediciones Torremozas S.L.


XXIX

I think of thee!--my thoughts do twine and bud
About thee, as wild vines--about a tree
Put out broad leaves, and soon there's nought to see
Except the straggling green which hides the wood.
Yet, O my palm-tree, be it understood
I will not have my thoughts instead of thee
Who art dearer, better! Rather instantly
Renew thy presence; as a strong tree should,
Rustle thy boughs and set thy trunk all bare.
And let these bands of greenery which insphere thee
Drop heavily down,--burst, shattered, every-where
Because, in this deep joy to see and hear thee
And breathe within thy shadow a new air,
I do not think of thee--I am too near thee.

Elizabeth Barrett Browning's
Sonnets from the Portuguese, Sonnet 29

Biografía:
Elizabeth Barrett Browning (6 de marzo de 1806 – 29 de junio de 1861) es una de las poetas más respetadas de la etapa victoriana. Escribió prolíficamente sobre todo poesía aunque también realizó prosa y traducciones. Hizo campaña por la abolición de la esclavitud y su obra ayudó a influir en la reforma de la legislación sobre trabajo infantil. Su producción literaria tuvo una gran influencia en destacados escritores del momento, entre los que se incluyen Edgar Allan Poe y la poeta Emily Dickinson. Biografía fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Elizabeth_Barrett_Browning



domingo, 20 de agosto de 2017

Mis poemas: Tristeza

Foto de Aaron D. Feen

Tristeza

no dejes el cuidado de gobernar tu corazón a esas ternuras pariente del otoño
de las que prestan su placida apariencia y su afable agonía.
René Char

es la corriente subterránea
luchando
ante el vertiginoso oleaje
del día a día

irrumpe con la fuerza
constante de su flujo
y paraliza

es un punto ámbar
se escabulle
tras el semáforo inerte

invade con su lluvia
tu intemperie

es el espasmo
abrupto que convulsiona
la aureola de tu sombra
enreda con sus largos filamentos
y enmaraña tus intentos

es el desorden
que te aborda lentamente

y en un cerrar de ojos
eclipsa el cristal
de tus sentidos

es el corto circuito
que enajena tus constantes
con la humareda
de su fuego

es el segundo
prolongado
irrumpe en tus grietas
con su vibración atípica

te inunda
con su ecléctica corriente
ralentizando los acordes
de tu aliento

se regocija
en su círculo concéntrico
con su carcajada
más intensa

estrangula tus entrañas
con la confusión
de su núcleo inerte

es una muralla
de paredes inalcanzables
altera el eje
que rige
tu equilibrio

te desborda
con sus giros
inexactos

es el desamparo
surge
de tu propia oscuridad
eleva los decibelios
que mutilan el enlace
con los otros

cortan el flujo
que construye
y conmueve

enajenada con el flujo
purulento
de su ojo seco

luego del espasmo
derramada la lluvia
sobreviene la calma

el aire circula
templando los ejes
de tu espíritu

se levantan
los escombros

un suspiro prolongado
emerge
con la calma

poco a poco
resurges de tus nudos

inhalas el aire
que oxigena los asteriscos
de tu caos

cicatrizas cada grieta
con intentos

te meces en la levedad
de su aliento
y sintonizas tus silencios
con los otros

  
Mis poemas: María Germaná Matta

domingo, 9 de julio de 2017

Claudia Roquete Pinto - Tres poemas

Imagen de Masao Yamamoto

Os dejo con la voz de la poeta brasileña Claudia Roquete Pinto, posee una voz delicada, como un susurro íntimo. Sus poemas son pequeñas historias personales o tomadas de otros, parece que hace alusiones a momentos particulares detenidos en el tiempo, como una fotografía que se inmortaliza.

Cinco lecciones de inglés

That summer he missed his lover – sacó del bolsillo, con sumo cuidado, la última carta, que se rasgó a lo largo de las dobladuras gastadas.

The letter confused her – Aun después de leer y releer la carta, no conseguirá impedir que sus mayores expectativas y sus peores miedos
- niños en el subibaja – alternaran en su mente.

She felt very sad – andaba, día y noche, como si llevara en el pecho el cristal que una piedra acababa de quebrar.

He was angry – Golpeaba con insistencia la punta del zapato contra el zócalo, y, repentinamente, repetía entre dientes alguna frase incomprensible, que puntuaba con un puñetazo.

She begged him to stay – se aferró a la manga de su camisa sin decir palabra.


***


Margen de maniobra

Me cubro con la A de la palabra zarpa
me cubro con la A que traslada
(y la memoria es ignición de una idea
sobre dunas de pólvora).

Me acuesto en la décimo tercera casa,
me acuesto bajo la letra de manos dadas
M: escondo entre escombros
el sentimiento que sobra.

Esto, sí me conmueve,
el anillo, cuando suena
y engloba, ensombra,
remueve la persona
- letra O, de vértigo y polvo,
que zozobra.

He aquí el despeñadero,
pescuezo de fiera,
he aquí la R que traiciona, apuñala,
destierra – he aquí el último tiro
sin margen de maniobra.


***


Todo el día persiguiendo una idea:
tontas luciérnagas contra la tela
de las especulaciones, y ninguna
floración, ni siquiera
un botón incipiente
en el marco de la ventana
presta foco al hipotético jardín.
Lejos de aquí, de mí
(más adentro)
bajo al pozo de silencio
que en gerundio atraviesa madrugadas
ora blanco (como labios de espanto)
ora negro (como ciego, como
miedo atado a la garganta)
tomada apenas de un hilo, frágil y fisionable,
íntimo al infinito,
mínimo donde el superlativo tropieza
y es todo lo que tengo
hasta dispensar el sueño de suelo probable
hasta que mis pies se claven
ene el rostro de esta última flor.

Claudia Roquete Pinto - Traducción de Teresa Arijón




Biografía
Claudia Roquette-Pinto (Río de Janeiro, 1963). Poeta, traductora y artista plástica Dirigió de 1985 a 1990 la revista Verve, de literatura y arte. Ha publicado cinco libros de poesía: Os dias gagos (1991), Saxífraga (1993), Zona de sombra (1997), Corola (2001), que obtuvo un prestigioso Premio Jabuti de Poesía en 2002, y Margem de manobra (2005), que fue finalista del Premio Telecom de Portugal en 2006. Actualmente ha concluido su primera novela, Entre lobo e cão. Sus poemas han sido recogidos en las últimas antologías en lengua castellana de poesía brasileña como Norte y sur de la poesía iberoamericana, coordinada por Consuelo Triviño en 1997, Correspondencia Celeste. Nueva poesía brasileña, del antólogo y traductor Adolfo Montejo Navas en 2001 y, recientemente, en La poesía del siglo XX en Brasil, edición de José Javier Villareal, en 2012.

Fuente: Otra línea de fuego – quince poetas brasileñas ultra contemporáneas
Traducción de Teresa Arijón - Edición bilingüe
Editado por el servicio de: Publicaciones centro de ediciones de la diputación de Málaga - 2009


domingo, 2 de julio de 2017

El hijo de Desirée – Kate Chopin


Foto de Kate Chopin (Missouri History Museum, St. Louis, USA)

Os dejo un relato apasionante de Kate Chopin, autora estadounidense, escrito en el siglo XIX, relata la vida de una madre y el reciente nacimiento de su pequeño. Kate Chopin nos irá desvelando la trama con sutileza.

En el marco de una sociedad sureña, racista y clasista.

El hijo de Desirée – Kate Chopin

Como era un día agradable, Madame Valmondé decidió ir hasta L’Abri a visitar a Désirée y su pequeño hijo.
Pensar en Désirée con un bebé la hacía sonreír. Le parecía mentira que hubiese pasado tanto tiempo desde que Désirée fuera, ella misma, una criatura; desde que Monsieur, al salir a caballo del portón de Valmondé, la hubiese encontrado dormida bajo la sombra de una gran columna de piedra.
La pequeña despertó en los brazos de Monsieur y empezó a gritar, llamando a «Dada». No sabía hacer ni decir nada más. Algunos pensaron que quizá, en forma espontánea, había caminado sola hasta ese lugar, pues ya tenía edad como para dar sus primeros pasos. Otros creían que había sido abandonada por una banda de tejanos, cuya carreta cubierta de lona, tarde aquel día, había cruzado en la balsa de Coton Maïs, un poco más abajo de la plantación. Con el tiempo, Madame Valmondé dejó de lado todas las especulaciones, excepto que Désirée le había sido enviada por la bondadosa Providencia para que ella la amara, ya que no tenía hijos de su propia sangre. Y la niña creció para convertirse en una joven dulce, bella, cariñosa y sencilla, la predilecta de Valmondé.
A nadie sorprendió, pues, que un día en que Désirée se hallaba recostada contra la columna de piedra —bajo cuya sombra había dormido dieciocho años antes—, Armand Aubigny, paseando a caballo y viéndola allí, se hubiese enamorado de ella. Ésa era la manera como todos los Aubigny se enamoraban, de un certero disparo. Lo increíble era que no se hubiese fijado en ella antes, pues la conocía desde que su padre lo había traído de París, apenas un niño de ocho años, después de la muerte de su madre en aquella ciudad. La pasión que se despertó en él aquella mañana, cuando la vio en el portón, avanzó igual que una avalancha o un incendio en el bosque, como algo inefable que no se detiene ante ningún obstáculo.
Pero Monsieur Valmondé era un hombre práctico y quería que todo fuera debidamente examinado; por ejemplo, el origen desconocido de la muchacha. Armand la miró a los ojos y no le importó. Se le recordó que ella no tenía apellido. ¿Qué podía importar un nombre cuando él podía darle uno de los más antiguos y rancios de Louisiana? Encargó los regalos de casamiento a París, y esperó impaciente a que llegaran; entonces se llevó a cabo la boda.
Hacía cuatro semanas que Madame Valmondé no veía a Désirée y a su hijo. Al llegar a L’Abri, como siempre le sucedía, se estremeció ante la primera impresión. Era un lugar triste, que durante muchos años no había conocido la dulce presencia de una mujer, de una dueña. El viejo Monsieur Aubigny se había casado y había enterrado a su esposa en Francia; y Madame Aubigny había amado demasiado su tierra como para alejarse de ella.
El techo caía en pendiente inclinada, negro como capucha de monje, y bajaba más allá de las amplias galerías que rodeaban la casa de estuco amarillo. A su lado se erguían robles altos y austeros, cuyas largas y frondosas ramas ensombrecían la casa como un paño mortuorio. El joven Aubigny era estricto, además: bajo su mando, los negros llegaron a olvidar la alegría que habían disfrutado en los tiempos plácidos e indulgentes del viejo amo.
La joven madre se recuperaba lentamente y yacía recostada, entre muselinas y encajes, en un canapé. El bebé reposaba a su lado, todavía en sus brazos, donde se había dormido. La nodriza de piel cetrina estaba sentada frente a la ventana, abanicándose.
Madame Valmondé inclinó su corpulenta figura sobre Désirée y la besó, mientras la abrazaba con ternura un instante. Enseguida miró al niño.
—¡Éste no es el niño! —exclamó en tono sobresaltado. El francés era el idioma que se hablaba en esos días en Valmondé.
—Sabía que te ibas a sorprender —rió Désirée—, por la manera en que ha crecido. ¡El pequeño cochon de lait! Mira sus piernitas, mamá, y sus manos y uñas, uñas de verdad. Zandrine tuvo que cortárselas esta mañana. ¿No es cierto, Zandrine?
La mujer inclinó majestuosamente la cabeza cubierta por un turbante: —Mais si, Madame.
—Y su manera de llorar —continuó Désirée— aturde a todos. El otro día, sin más, Armand lo oyó desde la cabaña de La Blanche, que está tan lejos de aquí.
Madame Valmondé no le había quitado los ojos de encima al pequeño en ningún momento. Lo alzó en brazos y caminó con él hacia la ventana mejor iluminada. Lo examinó con cuidado y miró inquisitiva a Zandrine, que había desviado la cara para contemplar la campiña.
—Sí, el niño ha crecido, ha cambiado —dijo Madame Valmondé, despacio, mientras lo colocaba de nuevo al lado de su madre—. ¿Qué dice Armand?
El rostro de Désirée resplandeció de felicidad.
—¡Ah! Armand es el padre más orgulloso del condado, estoy segura. Sobre todo porque es un varón, que llevará su nombre, aunque dice que no..., que hubiera querido igualmente a una niña. Pero sé que no es cierto. Sé que lo dice para complacerme. Y, mamá... —agregó, atrayendo a Madame Valmondé hacia ella y hablando en voz baja—, no ha castigado a ninguno de ellos, a ninguno de ellos, desde que el bebe nació. Ni siquiera a Negrillon, que fingía haberse quemado la pierna para no trabajar... Armand sólo se rió y dijo que Negrillon era un gran pillo. ¡Ay, mamá, me asusta ser tan feliz!
Lo que decía Désirée era verdad. El matrimonio y luego el nacimiento de su hijo habían ablandado la naturaleza arrogante y exigente de Armand en forma notoria. Esto era lo que hacía tan feliz a la dulce Désirée, pues ella lo amaba con pasión. Cuando él arrugaba la frente, ella temblaba, pero lo seguía amando. Cuando él sonreía, no había para ella mayor bendición del cielo. Pero ningún enojo había desfigurado el semblante moreno y atractivo de Armand desde el día en que se había enamorado de Désirée.
Cuando el bebé tuvo alrededor de tres meses, Désirée se despertó una mañana con la sensación de que había algo imperceptible en el ambiente que amenazaba su tranquilidad. Al principio, el sentimiento era demasiado sutil para captar su sentido. Se trataba sólo de una insinuación inquietante, un aire de misterio entre los negros; apariciones inesperadas de vecinos lejanos que apenas podían justificar sus visitas. Luego, un cambio extraño y terrible en el comportamiento de su marido, que ella no se atrevía a pedir que explicara. Al dirigirse a ella, él desviaba los ojos, despojados del destello amoroso de antaño. Se ausentaba del hogar; y cuando estaba en casa, eludía su presencia y la del bebé, sin ninguna excusa. Y, de pronto, el mismo Satanás parecía poseerlo en su trato con los esclavos. Désirée se sentía tan desgraciada que deseaba morir.
Una tarde calurosa estaba sentada en su habitación, en salto de cama, retorciendo indiferente entre los dedos el largo y sedoso cabello que le caía sobre los hombros. El bebé, semidesnudo, dormía en la cama de caoba de Désirée, un gran lecho semejante a un suntuoso trono, con el dosel revestido en satén. Uno de los pequeños mestizos de La Blanche, también semidesnudo, estaba de pie refrescando despacio al niño con un gran abanico de plumas de pavo real. Los ojos de Désirée se habían posado con tristeza, distraídamente, en el niño, mientras se esforzaba por penetrar en la niebla amenazadora que sentía cernirse sobre ella. Miró primero a su hijo y luego al niño que estaba de pie a su lado, y de éste a su hijo, una y otra vez. «¡Ah!» No pudo sofocar el grito. Es más, ni siquiera se dio cuenta de que lo había pronunciado en voz alta. La sangre se le heló en las venas y un sudor húmedo le empapó el rostro.
Intentó hablarle al pequeño mestizo, pero ningún sonido salió al principio de sus labios. Al oír su nombre, él miró a su ama, que le señalaba la puerta. Dejó a un lado el abanico, grande y suave, y obedientemente se deslizó, descalzo, por el piso lustroso, de puntillas.
Ella permaneció inmóvil, con los ojos clavados en su hijo, mientras su rostro se convertía en la imagen misma del terror.
Poco después, su marido entró en el aposento. Se acercó a la mesa y, sin prestarle atención, empezó a buscar entre los varios papeles que la cubrían.
—Armand —lo llamó, en un tono de voz que hubiera desgarrado a un ser humano. Pero él no se dio cuenta—. Armand —repitió. Entonces fue hacia él, tambaleándose—. Armand —dijo, una vez más, con sonidos entrecortados—, mira a nuestro hijo. ¿Qué significa? Dime.
Fríamente, pero con suavidad, él desprendió uno a uno los dedos que asían su brazo y le apartó la mano.
—¡Dime qué significa! —gritó, desesperada.
—Significa —le respondió, gentilmente— que el niño no es blanco; significa que tú no eres blanca.
La comprensión inmediata del sentido de aquella acusación le dio inusitadas fuerzas para defenderse.
—Es mentira, no es verdad, ¡soy blanca! Mira mi cabello, es castaño. Mis ojos son grises, Armand. Tú sabes que son grises. Y mi piel es clara —dijo, tomándolo de la muñeca—. Mira mis manos, más blancas que las tuyas, Armand —rió histéricamente.
—Tan blancas como las de La Blanche —replicó con crueldad, y se fue, dejándola sola con el niño.
Cuando ella pudo sostener una pluma en sus manos, le escribió una carta desesperada a Madame Valmondé.
«Madre, me dicen que no soy blanca. Armand me ha dicho que no soy blanca. Por amor de Dios, diles que no es cierto. Tú sabes, sin duda, que no es cierto. Me moriré. Debo morir. No puedo ser tan infeliz y seguir viviendo.»
La respuesta fue breve:
«Mi querida Désirée: regresa a Valmondé, regresa a tu madre que te quiere. Ven con tu hijo.»
En cuanto llegó la carta, Désirée la llevó al estudio de su marido y la puso sobre el escritorio delante de él. Ella parecía una estatua de piedra: callada, pálida, inmóvil.
En silencio y fríamente, él recorrió con la vista las palabras escritas. No dijo nada.
—¿Debo ir, Armand? —preguntó. El suspense en la voz delataba su angustia.
—Sí, vete.
—Quieres que me vaya.
—Sí, quiero que te vayas.
Armand pensaba que Dios había sido injusto y cruel con él; y sentía, de algún modo, que le pagaba al Señor con la misma moneda cuando desgarraba así el corazón de su mujer. Además, ya no la amaba; grande había sido la injuria, por inconsciente que fuera, con la que ella había manchado su casa y su nombre.
Ella le dio la espalda como si la hubiesen aturdido de un golpe y caminó despacio hacia la puerta, con la esperanza de que la volviese a llamar.
—Adiós, Armand —gimió.
Él no le respondió. Fue su última venganza contra el destino.
Désirée salió a buscar a su hijo. Zandrine estaba paseando al niño por la lúgubre galería. Lo tomó de los brazos de la nodriza sin ninguna explicación y descendió los escalones y se alejó bajo las frondosas ramas de los robles siempre verdes.
Era una tarde de octubre; el sol empezaba a hundirse en el horizonte. Afuera, en el campo, los negros recogían algodón.
Désirée no se había cambiado el salto de cama, blanco y fino, ni las chinelas que llevaba puestas. Nada cubría sus cabellos, y los rayos de sol arrancaban destellos dorados de sus mechones castaños. No se dirigió hacia el camino ancho y transitado que conducía a la distante plantación de Valmondé. Caminó a través de un campo desierto, donde el rastrojo lastimó sus exquisitos pies, calzados tan delicadamente, e hizo trizas su camisón vaporoso.
Desapareció entre los juncos y los sauces que crecían enmarañados a orillas del profundo e indolente pantano; y nunca más regresó.
Semanas después, en L’Abri, tuvo lugar una curiosa escena. En el centro de un patio posterior, barrido con pulcritud, había una gran hoguera. Armand Aubigny se encontraba sentado en el amplio zaguán desde donde dominaba el espectáculo; era él quien repartía, entre una media docena de negros, el material que mantenía vivo el fuego.
Una elegante cuna de madera de sauce, con todos sus primorosos adornos, fue puesta en la pira, que ya había sido alimentada con la suntuosidad de un magnífico ajuar de bebé recién nacido. Había vestidos de seda, y junto a éstos, otros de raso y de terciopelo; encajes, también, y bordados; sombreros y guantes, pues la corbeille había sido de excepcional calidad.
Lo último en desaparecer entre las llamas fue un pequeño manojo de cartas; inocentes garabatos diminutos que Désirée le había mandado durante los días de su vida en común. Quedaba una hoja suelta en la parte de atrás del cajón de donde había tomado el manojo. Pero no era de Désirée. Pertenecía a una vieja carta de su madre dirigida a su padre. La leyó. En ella, su madre le agradecía a Dios por haberla bendecido con el amor de su esposo.
«Pero, sobre todo», había escrito, «agradezco noche y día al buen Dios por haber dispuesto de tal manera nuestras vidas, que nuestro querido Armand nunca sabrá que su madre (quien lo adora) pertenece a la raza que ha sido marcada a fuego con el estigma de la esclavitud».

Éste cuento fue escrito en 1892 y fue publicado en uno de los números de enero de 1893 de la revista Vogue. Posteriormente fue vuelto a publicar en el volumen de cuentos Bayou Folk en 1894.
Desconozco al autor de la traducción.

Para leer el texto original despliegue el siguiente enlace:

Para escucharlo en:

Biografía
Katherine O'Flaherty Faris (St. Louis, Missouri, EEUU, en 1850-1904 en St. Louis, Missouri, EEUU), más conocida como Kate Chopin, fue una autora estadounidense de historias cortas y novelas.
Escribió The awakening, The story of an hour y The storm, entre otros trabajos.
A finales de la década de 1880, Kate ya publicaba narraciones cortas, artículos y traducciones que aparecieron en los periódicos Atlantic monthly, Criterion, Harper's young people, The Saint Louis dispatch, The story of an hour y Vogue.
Aunque fue aclamada muy pronto como autora por su descripción de la sociedad sureña, sus cualidades literarias pasaron más desapercibidas.
En 1899 su segunda novela, The awakening (El despertar), fue publicada a pesar de las duras críticas que recibió, más por cuestiones morales que literarias. Esta obra trata de la historia de una esposa insatisfecha que explora su sexualidad. Fuera de circulación durante varias décadas, hoy se encuentra hoy ampliamente disponible.
Chopin, profundamente decepcionada pero no derrotada, retomó el cuento breve. En 1900 escribió The gentleman from New Orleans, y ese mismo año fue incluida en la primera edición de Marquis Who's Who.
Hacia 1904 Kate experimentó un colapso mientras visitaba el St. Louis World's Fair. Falleció dos meses después, a la edad de 53 años.
En España se ha publicado The awakening (El despertar), 1899; The story of an hour (En el espacio de una hora), 1894; The storm (La tormenta), 1969; Athenaïse, 1896; Pair of silk stockings (Un par de medias de seda), 1897; o A respectable woman, (Una mujer respetable) 1894, entre otros.
Kate Chopin centró gran parte de su obra en retratar la vida de las mujeres y sus esfuerzos constantes para crear una identidad propia dentro de la sociedad sureña de finales del siglo XIX

Fuente: Texto

Fuente: Biografía

viernes, 30 de junio de 2017

Juliana Krapp – Dos poemas

Imagen de Brooke Shaden

Pretexto

el ojo de la calle es seco, sarcástico
del mismo género de las abotonaduras
y los tocadores

de todo queda siempre su misterio virgen
la belleza de iris los aires mugrientos la córnea
como una diadema despavorida
sobre nuestras cabezas

entonces cruzo la pista sin melancolía
y cerró el cierre relámpago sobre la piel


***


 Imagen de Brooke Shaden

Falacia

Dijiste que te gustaban los nombres que parecen interrumpidos
Conrad, Murdoc
Dije sic. No lo tomes en cuenta, por favor.
El cielo no entiende de marte, pero lo dijiste
y marte se volvió extraño, un pequeño ojo exasperado
enciclopédico
como el sexo que tuvimos después. De cierta forma precoz,
quedó revoloteando en el papel pardo de la ventana
hasta encontrar una fisura — toda vidrio, toda allende
Dijiste plancton, litio (roca sedienta)
arduos asesinos por encargo acechando en las mazmorras
y en un murmullo: «enrejados»
«orquídeas»
remache
para encontrar un punto de fuga, un ósculo rudo
boca vulva narinas — orifícios de lujo
espiando de soslayo flujos
de palabras nuevas
y líquidos por la mitad.
Dijiste acahuete
y te adormeciste con la mano un poco trémula sobre mi pierna.

***

Pretexto

o olho da rua é seco, sarcástico
do mesmo gênero das abotoaduras
e toucadores

de tudo resta sempre o seu mistério virgem
a beleza de íris os ares encardidos a córnea
tal qual um diadema espavorido
sobre nossas cabeças

então ele cruzou a pista sem qualquer melancolia
e travou o zíper sobre a pele 


***


Falácia

Você falou que gostava dos nomes que parecem interrompidos
Conrad, Murdoc
Eu disse sic. Não atenda, por favor.
O céu não entende de marte, mas você disse
e marte ficou estranha, um olhinho exasperado
enciclopédico
como o sexo que fizemos depois. De certa forma precoce,
ficou revoando no papel pardo da janela
até encontrar uma fissura — toda vidro, toda alhures

Você falou plâncton, lítio (rocha sedenta)
árduos assassinos de aluguel espreitando nas masmorras
e, num murmúrio: "treliças"
"orquídeas"
arrebite
para que se ache um ponto de fuga, um ósculo rude
boca vulva narinas — orifícios de luxo
espiando de soslaio fluxos
de palavras novas
e líquidos pela metade.
Você falou alcagüete
e adormeceu com a mão um pouco trêmula sobre a minha perna.

Biografía
Juliana Krapp nace en Río de Janeiro Brasil, 1980. Periodista y master en comunicación social. Inédita en libro, sus poemas han sido publicado en revistas Inimigo Rumor, Poesía Sempre y Modo de Usar & Co.

Fuente: Otra línea de fuego - Quince poetas brasileñas ultracontemporáneas – De: Heloisa Buarque de Hollanda – T. Arijón (Eds.) - Traducción de Teresa Arijón. Edición bilingüe – Edita: Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga CEDMA