Mostrando entradas con la etiqueta Carson McCullers. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carson McCullers. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de mayo de 2020

Los doce mortales - Carson McCullers


Imagen de Dora Maar - Pieds

Os dejo el epílogo del libro "La Balada del café Triste" de Carson McCullers, este extracto también funciona como texto independiente:

Los doce mortales

La carretera de Fork Falls se encuentra a tres millas del pueblo, y allí ha estado trabajando la cuerda de presos. La carretera es de asfalto, y el condado ha decidido rellenar los baches y ensancharla en cierto paso peligroso. La cuadrilla está compuesta por doce hombres, todos vestidos con el traje de presidiarios, a rayas blancas y negras, y todos encadenados por los tobillos. Hay un guardián que lleva un fusil, y sus ojos no son más que unas rendijas encarnadas, a causa de la luz. La cuadrilla trabaja todo el día; los presos llegan amontonados en el coche de la cárcel poco después del alba, y se los llevan otra vez en el gris crepúsculo de agosto. Todo el día se oye el sonido de los picos que golpean en la tierra caliza, todo el día hace un sol inclemente y huele a sudor. Y todos los días hay música. Una voz oscura inicia una frase, medio cantada, como una pregunta. Y al cabo de un momento se le une otra voz, y luego empiezan a cantar todos los presos. Las voces son sombrías en la luz dorada, la música es una intricada mezcla de tristeza y de gozo. La música va creciendo hasta que al fin parece que el sonido no proviene de los doce hombres encadenados, sino de la tierra misma o del ancho firmamento. Es una música que ensancha el corazón, que estremece de éxtasis y de temor a quien la escucha. Y después, poco a poco, la música va cayendo hasta que al final queda una sola voz, luego un respirar bronco, el sol y el golpear de los picos en el silencio.
¿Quiénes son estos hombres, capaces de hacer una música así? Sólo doce mortales, siete muchachos negros y cinco muchachos blancos de este condado. Sólo doce mortales que están juntos.



martes, 12 de marzo de 2013

Carson McCullers, Zarabanda, poesía


Roberto Matta - Jazz Band
Zarabanda

Si puedes elige tu tristeza,
edita tu ironía, da pena incluso con astucia.
Amóldate al mundo dividido
el cual solicita tu crédulo sentido, inclinado hacia laberínticas artimañas
que prestas con natural alquimia
al enano dependiente de grasientos cabellos
el brillo de Apolo, o clavarle los ojos al legendario Jacinto Dorado.
Si cruzas el parque de Abril, se dinámico
evita la cadencia de la tarde, guarda con los ojos la distancia
en caso de que seas retenido por riesgo de seguridad
sólo solicita la estrella de la tarde.

Tus desesperados nervios fusionan la risa y el desastre
y la risa alborotadamente tonta de repente ha comenzado
corona un anfitrión de inalterable tristeza
nunca podrás manejar uno por uno.
El mundo que se burla de tu ternura
encarcela tu lujuria.
Perplejo ante la paradoja de todos tus deberes
quizás solo tú seas quien pueda entenderlo:
en una tarde apacible de mar azul y dorado
cuando el cielo es de un plácido azul de cuenco chino
los huesos de Hart Crane, marineros y farmacéuticos
tocan al ritmo del fondo del océano la misma zarabanda.

Versión: María Germaná Matta - (inédito en español)

Saraband

Select your sorrows if you can,
Edit your ironies, even grieve with guile.
Adjust to a world divided
Which demands your candid senses stoop to labyrinthine wiles
What natural alchemy lends
To the scrubby grocery boy with dirty hair
The lustre of Apollo, or Golden Hyacinth's fabled stare.
If you must cross the April park, be brisk:
Avoid the cadence of the evening, eyes from afar
Lest you be held as a security risk
Solicit only the evening star.

Your desperate nerves fuse laughter with disaster
And higgledy piggledy giggle once begun
Crown a host of unassorted sorrows
You never could manage one by one.
The world that jibes your tenderness
Jails your lust.
Bewildered by the paradox of all your musts
Turning from horizon to horizon, noonday to dusk
It may be only you can understand:
On a mild sea afternoon of blue and gold
When the sky is a mild blue of a Chinese bowl
The bones of Hart Crane, sailors and the drugstore man
Beat on the ocean's floor the same saraband.

Biografía

Carson McCullers, escritora estadounidense (1917 – 1967) Estudio en la Universidad de Columbia y Nueva York.
Obra: El corazón es un cazador solitario (1940). Reflejo en un ojo dorado (1941). Frankie y la boda (1946). Sus tres novelas fueron llevadas al cine. Frankie y la boda fue adaptada por la propia autora en 1950. El resto de su obra está constituida por una colección de relatos, La balada del café Triste (1951); una obra de teatro titulada La raíz de las maravillas (1958); la novela El reloj sin manecillas (1961) y los relatos, artículos y poemas incluidos en El corazón hipotecado (1971).
Se inspiró en su infancia y en la gente del sur de los Estados Unidos, también sintió en una fuerte atracción por los seres solitarios e inadaptados y rotos. Fue una de las primeras en tratar la homosexualidad, el racismo y el adulterio.



jueves, 21 de febrero de 2013

Carson McCullers, poesía


*Diane Blok 

Cuando estamos perdidos

¿Qué nos dicen las imágenes cuando estamos perdidos?
La nada se parece a la nada. A la nada,
no es el vacío. Demonios, está configurado
de avisos de reloj en tardes de invierno, de estrellas malignas,
solicitando mobiliario. Todo, sin relación
y en medio aire.

Terror. ¿Del Espacio o del tiempo?
¿O la unión engañosa de ambos conceptos?
A la perdida, paralizada a través de la ruina infligida del yo,
todo lo que no es aire (si esto no implica una decepción)
se inmoviliza de agonía. Mientras tanto,
el eterno idiota, fluye el grito alrededor del mundo.

Traducción María Germaná Matta

When We Are Lost

When we are lost what image tells?
Nothing resembles nothing. Yet nothing
Is not blank. It is configured Hell:
Of noticed clocks on winter afternoons, malignant stars,
Demanding furniture. All unrelated
And with air between.

The terror. Is it of Space, of Time?
Or the joined trickery of both conceptions?
To the lost, transfixed among the self-inflicted ruins,
All that is non-air (if this indeed is not deception)
Is agony immobilized. While Time,
The endless idiot, runs screaming round the world.


Biografía
Carson McCullers, escritora estadounidense (1917 – 1967) Estudio en la Universidad de Columbia y Nueva York.
Obra: El corazón es un cazador solitario (1940). Reflejo en un ojo dorado (1941). Frankie y la boda (1946). Sus tres novelas fueron llevadas al cine. Frankie y la boda fue adaptada por la propia autora en 1950. El resto de su obra está constituida por una colección de relatos, La balada del café Triste (1951); una obra de teatro titulada La raíz de las maravillas (1958); la novela El reloj sin manecillas (1961) y los relatos, artículos y poemas incluidos en El corazón hipotecado (1971).
Se inspiró en su infancia y en la gente del sur de los Estados Unidos, también sintió en una fuerte atracción por los seres solitarios e inadaptados y rotos. Fue una de las primeras en tratar la homosexualidad, el racismo y el adulterio.

*Foto: Diane Blok
Más

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Carson MacCullers - Los extranjeros - fragmento

*López-Cózar - cielo de otoño

Los Extranjeros (fragmento) - Carson MacCullers

“…Sufría por su hija mayor Karen, cuyo paradero y situación desconocía.
Y un dolor como ése no es una cosa constante, que exija ser medida, que se sienta en una proporción fija. Más bien (porque el judío era músico) un pesar así es como un tema subordinado pero apremiante en una obra orquestal, un motivo inacabable que regresa con todas las variaciones posibles de ritmo y colorido tonal y estructura melódica, tan pronto sugerido nerviosamente un pasaje de rapidísimo spiccato ejecutado por las cuerdas, como emerge de nuevo en la melancolía pastoril del corno inglés, o suena en una versión estridente pero truncada en lo más profundo de los metales. Y este tema, aunque casi siempre sutilmente oculto, afecta por su insistencia misma a todo el conjunto de la pieza muchas más que las melodías en apariencia más importantes. Y también hay veces en las que ese motivo, tanto tiempo contenido, desbanca, a una señal, de manera volcánica, a todas las demás ideas musicales, exigiendo a la orquesta en su totalidad que recapitule con pasión todo lo que hasta aquel momento se ha insinuado. Pero existe aquí una diferencia con el dolor. Porque lo que activa un pesar latente no es una señal preestablecida, como sucede con el gesto de la mano del director. Se trata de lo imprevisto y de lo indirecto. De manera que el judío podía hablar de su hija con compostura y pronunciar su nombre sin que se le quebrara la voz. Pero cuando, en el autobús, vio a un anciano duro de oído inclinar la cabeza hacia un lado para oír algún fragmento de conversación, quedó a merced de su dolor. Porque su hija tenía la costumbre de escuchar con la misma inclinación de cabeza y de lanzar una mirada rápida sólo cuando la persona hablaba había terminado. Y el gesto casual de aquel anciano fue el aldabonazo que liberó en él la pena tanto tiempo contenida, de manera que hizo una mueca de dolor y bajó la cabeza.”

De:     Los extranjeros (fragmento) 

Este cuento pertenece al libro:
El aliento del cielo
Autor: Carson McCullers
Editorial: Seix Barral Biblioteca Fomentor

martes, 24 de enero de 2012

Carson McCullers - El orfanato

Carson McCuller vista por Jill Thompson


El orfanato
Carson McCullers

Definido como “un ejercicio…, pero algo asombroso para alguien tan joven” por su hermana Margarita G. Smith al editar The Mortgaged Heart, donde apareció por primera vez, “El orfanato” –otra estampa estática y desoladora donde puede inferirse que la narradora sin nombre es, de nuevo McCullers utiliza por primera vez –como lo haría al final de La balada del café triste y en su ensayo/credo “El sueño que florece (Notas sobre la escritura)”- ese recurso telescópico donde ella se ubica para contemplar; con cierta envidia, a todos los demás (a esos niños que juegan fuera, todos juntos) desde la soledad de su vida y de su oficio. (Rodrigo Fresán).

Cómo el Hogar llegó a asociarse con el frasco siniestro pertenece a la lógica fluida de la infancia, porque al comienzo de este episodio yo no debía de tener más allá de siete años. Pero el Hogar, residencia de los huérfanos de nuestra ciudad, quizás fuese en parte responsable debido a su misteriosa fealdad. Era un edificio grande, con techo de dos aguas, pintado de un color verde negruzco, que tenía delante un patio cuidadosamente barrido y totalmente vacío con la excepción de dos magnolios. En el patio, rodeado por una verja de de hierro forjado, se veía muy pocas veces a los huérfanos cuando te detenías en la acera para mirar dentro. El patio de atrás, por otro lado, fue para mí durante mucho tiempo un lugar secreto; el Hogar estaba en una esquina, y una alta valla de tablas ocultaba lo que sucedía dentro, pero cuando se pasaba por allí se oía el sonido de voces y en ocasiones el ruido de algo semejante a metales entrechocados. El secreto y los ruidos misteriosos me asustaban mucho. En el camino a casa desde la calle principal del pueblo pasaba a menudo por delante del Hogar con mi abuela, y ahora, en el recuerdo, tengo la sensación de que siempre lo hacíamos al atardecer y en invierno. Los sonidos de detrás de la valla de madera parecían teñidos de amenazas en la luz que se desvanecía, y la puerta de la verja delantera estaba increíblemente fría cuando se la tocaba. La melancolía del patio sin hierba e incluso el resplandor de luces amarillas detrás de ventanas estrechas parecía de algún modo corresponderse con la terrible información que por aquel entonces llegó a mis oídos.
Mi confidente fue una niña llamada Hattie, que debía de tener nueve o diez años. No recuerdo su apellido, pero haya algunos otros datos sobre la tal Hattie que son inolvidables. Para empezar me dijo que George Washington era tío suyo. En otra ocasión me explicó lo que hacía negros a los negros. Si una chica, me dijo, besaba aun chico, se convertía en una persona de color y, cuando se casaba, sus hijos también eran negros. Solo los hermanos eran la excepción a aquella regla. Hattie era pequeña para su edad y dentad, de cabellos rubios grasientos que se sujetaba en la nuca con un pasador enjoyado. Se me había prohibido jugar con ella, quizá porque mi abuela o mis padres advertían un elemento malsano en aquella relación; si mi suposición es correcta, estaban por completo en lo cierto. Yo había besado en una ocasión a Tit, que era mi mejor amigo pero sólo primo segundo, de manera que día a día me iba convirtiendo lentamente en una persona de color. Era verano y día a día me ponía más morena. Quizá confiaba en que Hattie, después de haberme revelado aquella terrible transformación, tuviera e algún modo el poder de detenerla. En el doble cautiverio de la culpa y del miedo, yo la seguía por todo el barrio y ella me pedía a menudo monedad de cinco y diez centavos.
Los recuerdos infantiles poseen una extraña cualidad volandera, y zonas de oscuridad rodean los espacios de luz. Los recuerdos de infancia son como velas encendidas en una hectárea de oscuridad, e iluminan escenas inmóviles, separándolas de la negrura circundante. No recuerdo dónde vivía Hattie, pero en cambio un corredor y una habitación de su casa poseen una nitidez asombrosa. Ni tampoco sé cómo sucedió que fui a aquella habitación, pero lo cierto es que estuve allí con Hattie y con mi primo, Tit. Era a última hora de la tarde y la habitación no estaba del todo oscura. Hattie llevaba un vestido indio, con una cinta para el pelo de brillantes plumas rojas y nos había preguntado si sabíamos de dónde venían los bebés. Las plumas indias de su cinta, por alguna razón, me daban miedo.
-Crecen dentro de las señoras –dijo Tit.
-Si juráis que nunca se lo diréis a ningún ser vivo, os enseñare una cosa.
Debimos de jurar comos pedía, aunque recuerdo cierta desconfianza y el temor a nuevas revelaciones. Hattie se subió a una silla y bajó algo de la estantería de un armario. Era un frasco, con una cosa extraña y roja dentro.
-¿Sabéis qué es esto? –preguntó.
Lo que había dentro del frasco no se parecía a nada que yo hubiera visto antes. Fue Tit quien preguntó:
-¿Qué es?
Hattie esperó y en su rostro, debajo de la hilera de plumas, apareció una expresión astuta. Al cabo de unos momentos de suspense, dijo:
-Es un bebé muerto y escabechado.
El silencio en la habitación era completo. Tit y yo nos miramos de reojo horrorizados. No tuve valor para mirar de nuevo, pero Tit contemplaba el frasco con aterrada fascinación.
-¿De quién? –preguntó por fin en voz baja.
-Fíjate en la cabecita roja con la boca. Y las piernecitas rojas, aplastadas debajo. Mi hermano lo trajo a casa cuando estudiaba para ser boticario.
Tit extendió un dedo y tocó el frasco; después se puso la mano detrás de la espalda. Y volvió a preguntar, esta vez nada más que un susurro:
¿De quién? ¿El bebé de quién?
-Era huérfano –dijo Hattie.
Recuerdo el ruido levísimo de nuestros pasos mientras salíamos de puntillas del cuarto, recuerdo que el corredor estaba oscuro y que al final había una cortina. Ése, por suerte, es mi último recuerdo de la tal Hattie. Pero el huérfano escabechado me obsesionó durante algún tiempo; una vez soñé que la Cosa había salido del frasco y deambulaba por el orfanato y yo estaba encerrada dentro y estaba buscando… ¿Me creí que en aquella casa melancólica, con tejado de dos aguas, había estantería llenas de aquellos frascos sobrecogedores? Probablemente sí…, y no. Porque el niño distingue dos capas de realidad: la del mundo, que se acepta como una inmensa confabulación de todos los adultos; y la no reconocida, la escondida y secreta, la profunda. En cualquier caso, seguí yendo muy pegada a mi abuela cuando, a última hora de la tarde, pasábamos junto al Hogar, al volver del centro. Por aquel entonces yo no conocía a ninguno de los huérfanos, dado que iban a la escuela de la calle Tercera.
Tuvieron que pasar varios años antes de que dos sucesos me hicieran entrar en contacto directo con el Hogar. Para entonces me consideraba una chica mayor, y había pasado por delante miles  de veces, ya fuese a pie, con patines o en bicicleta. El terror había disminuido hasta convertirse en algo así como una peculiar fascinación. Siempre miraba fijamente el edificio al pasar y a veces  veía a los huérfanos que caminaban en formación, aunque con lentitud dominical, hacia la catequesis y los servicios después, los dos huérfanos de mayor tamaño delante y los dos más pequeños al final. Tenía unos once años cuando se produjeron cambios que me acercaron más como espectadora y abrieron una inesperada dimensión novelesca. En primer lugar, a mi abuela la hicieron miembro del Consejo del Orfanato. Eso sucedió en otoño. Luego, al comienzo del trimestre de primavera, los huérfanos se trasladaron al instituto de la calle Diecisiete, al que también iba yo, y tres de ellos estaban conmigo en sexto grado. El traslado se hizo debido a un cambio en los límites de los distritos escolares. A mi abuela la eligieron porque le gustaban los consejos, los comités y las reuniones de asociaciones, y porque  había fallecido por entonces un anterior miembro del Consejo del Orfanato.
Mi abuela visitaba el Hogar una vez al mes, aproximadamente, y la acompañe en su segunda visita. Era el mejor momento de la semana, un viernes por la tarde, con la amplitud que daba a aquellas horas la proximidad del fin de semana. La tarde era fría y el sol del crepúsculo provocaba violentos reflejos en los cristales de las ventanas. Dentro, el Hogar era muy distinto de la que había imaginado. El amplio vestíbulo estaba prácticamente vació y en la s habitaciones no había cortinas, ni alfombras, ni apenas muebles. El  calor procedía sólo de estufas en el comedor y en la sala común, junto al salón principal. La señora Wesley, la directora del Hogar, era una mujer grande, bastante dura de oído, que mantenía la boca ligeramente abierta cuando conversaba con personas importantes. Siempre parecía faltarle el aliento, y hablaba con acento nasal y voz plácida. Mi abuela había llevado algo de ropa (la señora Wesley lo llamaba prendas), donada por las diferentes iglesias de la ciudad y las dos se encerraron para cambiar impresiones en el frío salón principal. A mí me confiaron a los cuidados de una chica de mi misma edad, llamada Susie, y salimos de inmediato al patio de atrás, el que estaba rodeado por la valla de madera.
Aquella primera visita me resultó incómoda. Chicas de todas las edades jugaban a cosas distintas. Había en el patio una tabla flexible sobre dos soportes que permitía dar saltos, una barra fija y un juego de tejo dibujado en el suelo. La confusión me hizo ver aquel patio lleno de niños como un todo en completo desorden. Una niñita se me acercó para preguntarme quién era mi padre. Y, como tardaba en contestarle, dijo:
-El mío era vigilante de la vía del ferrocarril.
Luego corrió a la barra fija y se colgó de las rodillas: el pelo le cayó recto desde la cara, muy encarnada, y debajo de la falda llevaba unos pololos marrones de algodón.

Traducción de: José Luis López Muñoz

Este cuento pertenece al libro:
El aliento del cielo
Autor: Carson McCullers
Editorial: Seix Barral Biblioteca Fomentor
Con prólogo y comentarios de: Rodrigo Fresán

En la Web:
Biografía:
Caricatura extraída de la web: