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domingo, 8 de abril de 2012

Mis cuentos: La Fiesta

James Hall Nasmyth - Apple 1874

La fiesta 

La luna se distingue redonda saboreando la noche, mientras ella alza su copa y sonríe, está rodeada de gente, todos hablan y ríen felices, la música también los ampara con su manto de sonidos y es que la fiesta está llegando a su punto más álgido. Con un gesto de cabeza ella asiente y devuelve la sonrisa, saborea lentamente el agradable oro líquido de su copa y siente como la alegría va subiendo tibia por su piel.
Es una invitada más y teme ser sorprendida con alguna indiscreción. Ahora, que por fin, está en un sitio agradable, lleno de jardines y mesas adornadas, celebrando un importante acontecimiento. Su plato está vacío y ya no siente hambre ni sed, sólo una sensación placentera se le sube a la cabeza.
De pronto, una mujer de blanco se le acerca, le habla al oído y le pide con delicadeza que se levante y se despida de los invitados. Ella obedece y deja su copa sobre la mesa, hace un gesto con las manos a manera de adiós, pero algunos parecen tan entretenidos que ni siquiera le responden. La mujer de blanco la coge del brazo y juntas caminan dentro de la magnífica casona, ambas suben por las amplias escaleras, se siente ligera y la tranquilidad le ensancha el corazón. La mujer de blanco la lleva a una habitación austera de acogedoras paredes color crema, en una esquina pegada a la ventana se encuentra una cama. La mujer de blanco la ayuda a desvestirse, le pone un camisón y con suavidad la acuesta, ella se cubre gustosa con una mullida colcha, apoya su cabeza en una almohada tan suave y tan blanca como su mente.

Mis cuentos: María Germaná Matta
Safe Creative #1204091444609

jueves, 20 de octubre de 2011

Mis cuentos: A solas con Pilar

Girl in a Fur Skirt - Mark Ryden


A solas con Pilar

La niña acurruca contra su pecho a Pilar, su muñeca. Contempla la mirada inmóvil de risueño plástico de su pequeña, la llena de besos, murmura canciones con ternura. Después, se dirige a su cocinita, prepara la merienda y sienta a Pilar a la mesa. Le sirve una tasa de leche con chocolate y un plato con galletitas. Disfruta sintiéndose mamá, sólo que la tarde se le hace larga y espesa. Entonces clava la mirada a Pilar y alza la voz:
¡Deja de quejarte!
Da unos pasos por la habitación, enseguida da media vuelta y otra vez le encaja la mirada.
¡No me supliques! Sino te quedarás encerrada en tu habitación Estoy cansada, ¿No lo ves? ¡Cállate! Además, tengo muchas cosas por hacer.
La niña se dirige al armario, se para en una silla, examina la ropa de su madre, mueve perchas, busca faldas; una de flores, otra de tules, otra de colorines. Las ensaya una a una delante del espejo. ¡Uff, qué agotador! Al final, se decide por la de tules, le toca el turno a los tacones, elige los rosas, son los más altos. Ahora la cartera, la de las asas largas. ¡Es perfecta! Luego, se pinta la boquita con carmín, se alisa el pelo. Se mira al espejo, de perfil, de frente, hace muecas, y se dice:
¡Guapa!
Lanza una mirada penetrante a Pilar, que permanece en su rincón y le habla con autoridad:
Volveré por la noche. Acuéstate. No me esperes despierta.
Cierra la puerta de la habitación. Camina por el amplio pasillo de su casa, a duras penas arrastra sus piececitos en las torres de sus tacones pero sigue hacia adelante con la mirada ebria del porvenir.

María Germaná Matta – En Valdepeñas, a 19 de octubre de 2011

Web del pintor Mark Ryden:

jueves, 4 de agosto de 2011

Mis cuentos: La Dama de Acero

Música para sordos, escultura de Leonora Carrington - foto de Antonio Cristerna

La dama de acero

Me quedé dormida con un libro entre las manos debajo de un árbol situado al fondo del jardín. De pronto, mi mente se fue iluminando por figuras de animales, primero vino Rufus, el perro de la residencia que comenzaba a mover sus mandíbulas, reclamando quién sabe, qué cosa. Luego vino Maximim, un canario amarillo, revoloteaba confuso sobre volando mi cabeza en círculos,  como tratando de darme algún mensaje. No comprendí sus mensajes y como no les hacia caso se marcharon, Rufus se fue al interior de la residencia y Maximin se elevó dejando su inconfundible estela amarilla.
Vivo en un antiguo convento, mi familia me dejó aquí hace algunos años, cuando ya no les fui útil. Ahora bordeo los 100. No escucho, ya que soy sorda de nacimiento, pero mis ojos siguen fuertes, leer me abre ventanas, bocanadas de aire fresco en un entorno salvaje donde siempre hay algo que descubrir.
El árbol de este jardín es confortable, tiene el tronco ancho y sus ramas me ofrecen una sombra amplia, me ampara del sol y de la presencia de los otros, aunque muchas veces, su presencia está cargada de rabiosas sensaciones. 
Las monjas de la residencia no nos dejan asomarnos al jardín pasada las 6 de la tarde, pero antes que llegue la hora señalada, me deslizo hacia el fondo donde se encuentra mi árbol, a pesar que mis piernas caminan con torpeza, me gusta sentarme bajo su sombra con un libro entre los dedos y así mi tarde está garantizada. Nadie sabe que estoy aquí, somos tantos en la residencia que difícilmente notan mi ausencia.
Cuando la luz se va, me introduzco con astucia por una pequeña puerta que comunica con la residencia, es una puerta antigua que ya nadie utiliza, cruzo algunos pasillos desiertos, luego abro la puerta que me permite reunirme con los otros. Siempre llego justo antes de la cena, así nadie nota mi ausencia.
A veces, me quedo tendida bajo la sombra del árbol, siento que el cansancio me envuelve y mis parpados comienzan a pesarme, el libro se desliza de mis manos, luego llega Maximim, se posa sobre mi hombro y vuelvo a sonreír; Rufus se sienta a mi lado con la cabeza atenta. Entonces, la dama de acero se desliza de una de las ramas del árbol, tiene formas delicadas y dedos tan largos que parecen hechos para acariciar cuerdas o teclas, lleva consigo un arco y cuando su rostro se inclina levemente, sus dedos hacen vibrar las cuerdas invisibles de su precioso arco, un sonido suave y armonioso revolotea en mi cabeza y mi corazón da un vuelco embelezado, Rufus y Maximin también comparten este éxtasis. Todas las tardes me escabullo y la espero, a ella, la dama de acero, con otro de sus brevísimos conciertos.

María Germana Matta, en Valdepeñas a 4 de agosto de 2011

Esculturas de Leonora Carrington - fotos de Antonio Cristerna

domingo, 12 de diciembre de 2010

Mis cuentos: A Puerta Cerrada

Foto de Dora Maar - Sin título

A Puerta Cerrada

Ayer te vio con el mandil blanco que se emplean en determinadas profesiones para no contaminarse de gérmenes o de palabras que abran agujeros paralelos a la adormecida realidad.
La miraste, ella se levantó para pasar pero le hiciste una señal con la mano para que esperara unos minutos. Dejaste entre abierta tu puerta, desde su asiento escuchó tu voz:
  • Ah, las niñas….sí, no te preocupes, lo arreglaré todo… un concierto a los ancianos.
El ronroneo de tu voz se asomaba tras la puerta como un eco atando su cerebro con cintas violeta. Una vez finalizada la llamada la invitaste a pasar. La sesión comenzó con los detalles aprendidos de quien pretende cumplir con su oficio a cabalidad, ese otro mundo en cuya superficie se tejen gestos y palabras que van trazando los caminos paralelos de la cordialidad. Le das la mano y le preguntas por el tratamiento. Ella te explica con detalle.
  • Eso indica que todo va bien. Pronto estará mejor. Le explicas.
Hace unos años tras posar tus ojos en su libro la miraste y sin saber porqué empapaste sus oídos con tus delirios de muchacho y después de examinarla, colocaste tu mano por debajo de su blusa y la posaste sobre su hombro desnudo como un lamido intenso, luego la apartaste. La semana siguiente, ella te dejó un libro en tu buzón. Desde entonces sigue viniendo a tu consulta. Te habla sobre su dolencia, sus palabras resbalan de sus labios con transparente timidez. No ha dejado de venir, pero cada vez que ella está frente a ti, un temblor contenido brota de tus gestos y palabras dando inicio a los filamentos de tus incoherencias.
  • Tengo otro problema en la mano. Señala.
Se la muestras, está fría al igual que la lluvia que aqueja la ciudad.
  • No es nada, es una dermatitis. Le dices.
Le tomas ambas manos, las comparas, las examinas. Ella inicia el gesto de la retirada pero tú las retienes, las estrujas; por unos segundos ella siente la palma de tu mano pegada a la suya como lumbre. Las sueltas, te diriges al teclado, anotas y añades:
  • Con está crema le irá bien.
Coges el teléfono y llamas a la enfermera, ella entra y repites:
  • Las niñas quieren dar un concierto a los ancianos.
La mujer de bata blanca te escucha, recoge unos papeles y se marcha sin pronunciar palabra.
Ella extiende su mano, estrecha la tuya y se retira. Vuelve al goteo fino de la lluvia, su rostro es sacudido por un viento ligeramente helado mientras las hojas se desploman de los arboles con la magia del otoño.

María Germaná Matta - En Madrid, a 1 de diciembre de 2010

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Mis cuentos: Alicia, la de enfrente

Nicoletta Ceccoli - Tree girl


Alicia, la de enfrente

Por las mañanas Alicia y yo íbamos juntas al cole, cargando nuestras respectivas maletas con cuadernos, libros y lápices de colores. Alicia y yo estábamos en clases distintas. Había días en que me sentía obligada a llenar el ruido de nuestras pisadas con palabras, Alicia agradecía mi esfuerzo un atento silencio, y otras permanecía a mi lado sumida en sus pensamientos. Alicia se había acostumbrado al sonido de mi voz, daba la impresión de que el trayecto era más corto y que pronto estaríamos frente a la puerta de la escuela. Cuando llegábamos, partía corriendo en busca de las chicas de mi clase y la dejaba tirada esbozando una breve sonrisa con un simple: “chao”. Es que a penas quedaban unos minutos para escuchar las últimas novedades de las chicas, el timbre siempre sonaba en lo sustancial de la charla.
Alicia vivía frente a mi casa, en el barrio de Balconcillo, en Lima, en una quinta unida por dos casas al final de un corredor, frente a frente se ubicaban 6 casas más. Su madre era una mujer parlanchina, se movía con lentitud arrastrando su inmenso cuerpo con optimista alegría, ella sabía que lo único que podemos palpar es el presente y siempre estaba lista para disfrutar lo que la vida le iba arrojando. Por las tardes nos tocaba la puerta, se sentaba junto a mi abuela en la cocina a tomar una tasa de té y procedía a contar sus inagotables historias; mientras que el padre de mi amiga trabajaba en Pisco, un pequeño pueblo costero, anclado en el deterioro del tiempo.
Nuestra amistad estaba ligada a esos pocos momentos compartidos en el transcurso del día a día. Jugábamos poco, a pesar de vivir una enfrente a la otra. Ella se ocupaba de las tareas de la casa, era su deber, se lo repetía su madre, Alicia con once años barría, trapeaba, ordenaba la casa, lavaba la ropa y planchaba. Por eso cuando la iba a buscar, tenía que esperarla un tiempo infinito en su habitación. Tenía dos hermanos mayores, uno ya trabajaba, era profesor de química, el otro andaba aún en la universidad. Ellos llegaban a la casa, a comer, ver la tele o leer el periódico, también realizaban trabajos relacionados con el estudio o el trabajo, pero en su tiempo libre se iban con sus amigos.
Una tarde cuando estaba esperándola, me detuve en la habitación contigua, la de su hermano, por debajo del colchón asomaba una revista, me acerque y la cogí, era una revista con dibujos de mujeres de grandes tetas, culos redondeados y cinturas extremadamente estrechas, parecían proceder del país de las curvas y esos hombres esbeltos y musculosos con pililas largas y duras como nabos, sobándose y lamiéndose unos a otros por todas partes, disfrutando como posesos. Cuando Alicia entró a la habitación me la arrancó de las manos con un grito severo:
  • ¡Esas revistas no son para nosotras!
Alicia sabía cosas que yo desconocía, en mí cabeza no dejaban de dar vueltas todas esas imágenes pero cada vez que le preguntaba fruncía el seño y su boquita permanecía sellada guardando celosamente los secretos del extraño mundo adulto. A veces la ayudaba con alguna tarea de la escuela, a pesar de que ella estaba en una clase superior, yo tenía 10 años, pero en mi casa se leía mucho. Mi madre era profesora, nos compraba libros con historias encantadoras, ella siempre repetía que lo más importante era una buena educación, además teníamos una gran enciclopedia con la historia del mundo y sus personajes, que tanto a mis hermanos como a mí, nos hacían volar la imaginación, retrocediendo en el tiempo y recorriendo lejanos países. Como Alicia no tenía tiempo, ni libros tan bonitos, yo la ayudaba con sus tareas, supongo que por eso me aguantaba.
Una tarde después de haber ayudado a Alicia a resolver algunas tareas del cole, ella estampa su nombre completo en un impreso para el cole, Alicia García Fernández.
  • ¿Qué? ¿De dónde has sacado ese segundo apellido? tus hermanos son García Gutiérrez, como tu madre.
  • Ese no es mi apellido, ya lo sé, dice mi madre que fue un error en la escritura de la partida de nacimiento, pero no puede rectificarla porque es muy caro y nosotros no tenemos dinero para esas cosas.
Nos quedamos calladas, Alicia tenía la mirada triste. Le propuse salir a la calle a comprar alguna golosina en el chino de la esquina, había unas galletas rellenas de chocolate que nos hicieron agua la boca, las compramos, abrimos el paquete y ambas saboreamos con deleite, dejando en el olvido, ese asunto.
La señora Gertrudis, la madre de Alicia como muchas tardes cruzaba la quinta para conversar con mi abuela, alguna vez nos traía alguna mazamorra, le gustaba mucho preparar dulces y a menudo escuchaba sus risas vigorosas provenientes del patio que daba a la cocina, el lugar más propicio para relatar una buena historia y compartir una tasa de té caliente o algún dulce casero. A mi abuela le gustaba recibir a doña Gertrudis, con sus historias sobre naturales, esos muertos que suelen habitar las casas antiguas, ellos según decía doña Gertrudis, tenían una vida paralela a la nuestra, por eso a veces se sentían sus pasos y sus quejas. Con frecuencia le decía a mi abuela.
- Es que hay gente con ojos de ver y oídos de oír.
A mí me daba miedo escuchar las historias de doña Gertrudis, por eso subía a seguir jugando en mi habitación de la segunda planta, pero una vez cuando baje a pedir un vaso de leche, escuché a mi abuela consolando a la señora Gertrudis que hablaba con voz rota. Me aproximé a la cocina sin hacer ruido y alcance a escuchar estas palabras:
- Se la tuve que quitar de los brazos. Que iba a hacer esa pobre muchacha con la pequeña, recién nacida. Además era mi nieta.
Con los oídos repletos de aquellas palabras, subí como una flecha a la isla de mi pequeña habitación. Me tiré al piso y pataleé con rabia, luego jalé de un brazo a Pilar, abrace con fuerza su cuerpecito de plástico. La cólera se fue diluyendo lentamente, mientras una garúa fina fue bañando a la ya maltrecha Pilar.

María Germana Matta – En Madrid, a 27 de abril de 2008

sábado, 25 de septiembre de 2010

Mis cuentos: Preludio


Foto de Darren Holmes - Numbing it


Preludio


“Quizás en su sueño también el pájaro indague
una o dos veces mientras tiembla.” Elizabeth Bishop


El invierno ha llegado, los pies y las manos se me hielan, envuelvo mi pecho con papel periódico, tal y como me enseño mi abuelita, aunque aquí el frio es distinto, más intenso. Cuando camino por la calle siento la fuerza del sol como un aliento tibio que me anima a seguir buscando, no sé qué, pero creo que pronto encontraré la respuesta, luego cierro mis ojos y le agradezco a Dios por haberme permitido llegar hasta este país. El idioma es el mismo pero las palabras suenan distintas en sus labios, ellos hablan con voz áspera, su tono es más alto, son más directos, no se andan con miramientos, incluso con frecuencia escucho palabras soeces. Siempre sentí que mi destino era ser monja, pero ahora tan lejos de los míos, mi vida se asoma distinta. Algunas noches se me hace un nudo en el pecho, lloro y cuando la última lágrima ha caído enciendo una vela y le rezo a la virgen en la penumbra de mi pequeña habitación, su llama trémula me guía. Siento como la fe renace en mí.
Comparto un piso con cuatro personas de distintas nacionalidades, tengo una habitación de paredes blancas y escasos muebles, mi refugio. Desde hace un mes un nuevo inquilino ha llegado al piso, es joven y serio, algunas noches coincidimos en la cena, charlamos, incluso me da consejos para conseguir trabajo, una sensación de hermandad. Cuido ancianos, es lo que hay. Él, se llama Antonio, su voz es grave y amable, en poco tiempo se ha convertido en un lazo con este nuevo mundo. Tiene familia y pocos amigos, más bien compañeros de trabajo. Después de nuestras charlas, se retira a su habitación y lee libros gruesos de filosofía, no cree en Dios y eso me apena. Desde niña escucho a Dios e interpreto sus señales. Un día cuando caminaba por un parque cercano a casa, una lluvia de hojas secas invadió el libro que Antonio me regaló por mi cumpleaños, desde entonces supe que las cosas habían cambiado y me dejé arrastrar por aquel extraño fluido de la vida.
Fue así como al cabo de unos meses nos casamos, Antonio ha cambiado, naturalmente Dios bendijo nuestra unión. Ahora vamos juntos a la iglesia, nuestra rutina es sencilla, cada cual con su trabajo, compartimos las tareas del hogar, por las noches él se encierra en sus las lecturas y cuando regresa a nuestra habitación siento como se mete entre las sábanas tibias y se pega a mi cuerpo. He dejado de trabajar, Antonio es informático, tiene un buen trabajo, me ha dicho que mejor me dedique a la casa, que siga impartiendo mis cursos de catecismo en la iglesia, él me ayudará a enviar dinero a mi familia. Hemos alquilado un piso para los dos, por las tardes doy apoyo a los niños que tienen dificultad en el colegio, en mi barrio de Vallecas. Me he dado cuenta que muchos niños sudamericanos como yo necesitan ayuda, sus madres trabajan largas horas y no tienen tiempo para ayudarlos con las tareas del colegio. Empecé con un niño, luego vinieron dos más, ahora son cinco. Los recojo del colegio y los llevo a mi casa, Antonio está contento con ellos, él también me ayuda con las tareas de la escuela, aunque siempre llega cuando estamos a punto de terminar, él revisa los ejercicios, y pregunta si hay dudas, siempre añade alguna ingeniosa explicación, sobre todo en matemáticas. Al final la casa se alborota con sus alegres vocecillas, hasta que sus madres llegan con prisa del trabajo, ellas se los llevan con una agradecida sonrisa. Papeles, lápices de colores y algunos juegos quedan esparcidos por el suelo y la mesa del comedor, cuando todos se han marchado, Antonio y yo retomamos la tranquilidad de nuestro hogar.
La otra noche Antonio me dijo que teníamos que tener nuestros propios hijos, yo me entristecí y él añadió que podía seguir dando clases a los niños, respire profundo y luego me reí de mí misma. Antonio a veces escupe pensamientos en voz alta y me asusta, yo lo escucho en silencio y me marcho a la cocina, cojo mis utensilios para preparar la comida o algún dulce, después cuando la calma ha vuelto a su espíritu, entra a la cocina y me pide perdón, mi corazón se estremece y olvido sus palabras pesadas, siento su abrazo seguro y la calma vuelve a mí, no sé por qué pero yo también lo abrazo con ternura.
Ahora lo estamos intentando. No me siento a gusto con el sexo, pero lo tengo que hacer para quedarme embarazada, cuando llega la noche, él me toca y luego de largos besos me desvisto y me quedo quieta bajo las sábanas esperando sus caricias, yo también lo acaricio y poco a poco mi cuerpo va aflojando; entonces él comienza con sus embestidas y mi cuerpo se resiste, cierro los ojos y respiro profundamente, mientras me imagino con mi gran vientre, cuando termina se aparta de mi cuerpo y me siento aliviada. Cuando éramos novios me gustaba que me besara y me tocara los pechos, sentía como mis pezones se endurecían y mi vagina se iba cubriendo con un rocío fino, un hormigueo gratificante se apoderaba de mí y llegaba hasta los dedos de mis pies; pero desde que lo hicimos la primera vez y me dolió, me pongo tensa cada vez que se arrincona a mi cuerpo. Lo consulté con mi ginecólogo y dijo algunas cosas sueltas, luego me miró y dijo que yo estaba bien, también me habló de unos geles que podía pedir en la farmacia, y añadió que si necesitaba más información consulte con un sexólogo, nunca se me habría ocurrido, sentí vergüenza pero hice un esfuerzo y sonreí. Siempre pienso en Antonio y en nuestro bebe, pero a veces, no entiendo los designios de Dios.
Desde hace unos días siento nauseas por las mañanas, todo lo vomito, sólo me reconforta el aire fresco. Me hará bien dar un dar un paseo, la calzada esta cubierta de hojas secas de tonos amarillos y rojizos, que inmenso y dulce es el otoño, ha llegado con su inconfundible olor a hierba marchita. A veces tengo miedo de que Dios se aparte de mí, ahora que más lo necesito. Durante mi paseo por el parque, una lluvia muy fina cae por mi rostro, siento mi vientre fuerte como un botón a punto de estallar, el viento sigue soplando sin dar tregua, levanto la mirada, un pájaro revolotea y canta por encima de mi cabeza, es una nueva señal. El aliento de Dios.

Por: María Germaná, en Madrid, a 12 de noviembre de 2009

lunes, 8 de marzo de 2010

Mis Cuentos: Ocaso



Cuadro de Leonora Carrington - Sin título

Quiero compartir otro de mis cuentos dedicado en este día tan especial a todas las mujeres:

Ocaso


Lo conocí en el Retiro mientras caminaba junto a Capitán, mi perro, fue entonces cuando escuché el sonido precipitado de unas patas que de pronto se plantaron en seco y unos furiosos ladridos humedecieron mis manos. Me quedé inmóvil algunos segundos, luego acaricié la cabeza confiada de mi perro, respirando profundo para recobrar la calma, haciendo un esfuerzo para que la sombra no me invada. Minutos después vino a mí un segundo ruido de pasos jadeantes, una voz de mando agitada reprendiendo a su perro, luego el ruido metálico de una correa. Escuché una voz medio alterada, nerviosa:
- . Lo siento, lo siento, lo siento...
Una vez recuperado el aliento, me aseguró que no volvería a ocurrir. Ahora se dirige a su perro, su voz es más pausada y le habla como a un niño malo que aún no sabe comportarse. Capitán se mueve con cada uno de mis gestos y me conduce con paso firme y seguro.
-No se preocupe, esta entrenado para ayudarme.
Respondo con una sonrisa tratando de aliviarlo. Sé que me mira extrañado, lo intuyo por su silencio y el temblor de su voz al hablarme, luego siento su mirada sobre mi cuerpo, creo que es joven por su voz. Se llama Albert, es catalán y también vive en Madrid. Se dirige a mí con delicadeza, roza levemente mi brazo, quería cogerlo, pero la timidez lo asalta y lo retira. Suelto una carcajada explosiva, a manera de respuesta, escucho su voz, sé que es el inicio de una conversación, no quiero que mi aspecto lo espante. Cuando se trata de una voz masculina y cálida, mi pulso se acelera y mi cuerpo se curva siguiendo la dirección de sus formas, aflora cierta turbación y permanezco alerta, de mi rostro brota una sonrisa, no lo puedo evitar porque me encantan, me seducen, ellos, los hombres.
Fue así como nos conocimos, me pidió el teléfono y comenzamos a encontrarnos, era dulce, divertido y a menudo me hacia reír. Me contó que trabajaba en un periódico como reportero gráfico, la fotografía era algo más que un oficio, una manera expresarse, andaba obsesionado con captar la imagen interior de las personas. Le gustaba que le hablara del Perú, mi país, de su gente, de la música, la comida, sus sabores, nuestro mestizaje; me escuchaba en silencio, sentía como tomaba mis manos, pero era la intensidad con la que me apretaba la que me revelaba su emoción. Juntos recorríamos los distintos restaurantes de comida peruana de Madrid. Le gustaban los sabores intensos, había aprendido a cocinar mirando a su madre y a menudo me sorprendía con sus platos y su alegre entusiasmo.
Pero a veces, una sombra me ronda, es como un viento suave y frio que me eriza la piel, va bajando lentamente y mis manos sudorosas tiemblan levemente, mi mente se va nublando de a poco hasta que me extravío por caminos silenciosos e infinitos; una voz burlona me atrae y me invade, pero algo en mí sabe que tengo que resistir. La primera vez que vino a mí, estaba junto a mis hermanos en la habitación de mis padres, peinaba a una de mis muñecas y mis hermanos permanecían absortos en sus juegos, permanecí ausente unos minutos y luego volví a mí. Algunas veces me hablan y siento voces a lo lejos, después me zarandean y vuelvo con el cuerpo tembloroso, cuando recupero el aliento esbozo una sonrisa para aliviar a los míos. En casa nunca hablamos de eso, pero sino respondo me tocan la frente o las mejillas, esperan algún gesto o una palabra y sino, me zarandean. Con el tiempo he aprendido a domarla, si quiere venir busco un lugar solitario, respiro profundamente hasta conseguir que el ritmo alterado de mi respiración vuelva a la normalidad, me concentro y recorro con el pensamiento cada parte de mi cuerpo, respirando profundamente para que mi pulso vuelva a la normalidad, cuando me recupero salgo a caminar. Desde que tengo a Capitán, me siento acompañada, gracias a él puedo estar lejos de los míos. Suelo caminar porque me reconforta y me aleja de la sombra, además las pisadas de Capitán me acompañan, me deleita la noche, el viento me refresca y el silencio me ampara; luego vuelvo a casa, escucho música y me duermo, sé que la sombra permanecerá atada, al menos, otro tiempo más.
Mi sentimiento por Albert es nuevo, él no lo sabe pero es mi primer novio, hasta ahora nos hemos dejado llevar por aquellas emociones donde no hacen falta las palabras y sé que los sentimientos están ahí, explorando nuevas rutas. Por las noches, termino en su habitación y mi piel se abre a sus caricias, me gusta sentirlo y que me sienta, nuestras pieles se humedecen y vamos explorando nuevos rumbos donde cada uno va buscando desesperadamente encender ese crepitar de cuerpos inflamados donde intercambiar placeres, luego permanecemos enredados luchando con la respiración entre cortada hasta que cada cual llega a su cúspide y mi felicidad se colma gracias al intenso palpitar de mi vagina. Minutos después, nuestros sudorosos cuerpos van recuperando gozosos su cadencia habitual. Mientras nuestros perros dormitan ajenos en el salón.
Este domingo cenaremos juntos, previo paseo por el Retiro, por supuesto. Vamos a comer un cebiche, él ha descubierto el sabor agrio del pescado, pruebo un bocado y dejo que el paladar deslice sus sabores más profundos, intento hallar el sabor de la primera vez, mientras mastico lentamente, mi rostro se relaja con dulzura, luego trago y mis labios se quedan entreabiertos reclamando un nuevo bocado, él ríe, con risa feliz y me ofrece otro bocado. Luego nos vamos a su casa, juntamos nuestras bocas hambrientas de nuevos apetitos y una vez más nuestras pieles se estremecen, lanzamos nuestras ropas con algarabía desordenado la habitación hasta que nuestros cuerpos al fin desnudos se estrechan, su saliva va humedeciendo mis senos y mi espalda se arquea levemente, lista para indagar un juego más, ya son varios meses donde esta magia se repite y desde que estamos juntos la sombra no me ronda.
Sólo que la otra noche, él habló y se dejó arrastrar por las palabras. Dijo que era lo más hermoso que le había sucedido, habló de mi coraje, de mi bondad, de mi dulzura y de su amor… Ah, su amor, capaz de vencer el mundo… Lo besé con ternura para apagar su voz, lo abrace y sin decir palabra hicimos el amor. Cuando se quedó dormido, me despegué de sus brazos, con la yema de mis dedos toqué su boca y se delineo una sonrisa siniestra, luego me vestí; tratando de no hacer ruido, cogí a Capitán y me marché. Desde esa noche me he negado a hablar con él, la sombra ha vuelto, sé que me esta esperando al otro lado de su boca.

María Germaná Matta - En Madrid, a 9 de septiembre de 2009

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Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Mis cuentos: Al Otro lado del paraíso


Claude Monet - nenufares


Al otro lado del paraíso




Sus ojos se iluminan mientras sonríe, pero él permanece ahí, ajeno a nosotras. Su vida oscila en un interminable presente al otro lado del paraíso. Stéphanie, su madre, lo arrulla cada noche mientras le canta una canción. Alexandre tiene 5 años, el brillo alegre de sus azules ojos la llena de ternura, mientras afuera el cielo oscurece de repente, lanza sus quejidos y la lluvia cae con fuerza sobre su corazón turbado.
A duras penas lográbamos que diera unos pasos, lo parábamos y una vez de pie lo tomábamos de ambas manos y lo arrastrábamos lentamente. Uno, dos, tres torpes pasos, luego se tiraba al suelo y se sentaba, una vez más su mirada quedaba suspendida.
Alternaba mis clases de francés con el cuidado de Alexander. Por las tardes, iba directamente al colegio a recogerlo. Sus profesores me ayudaban a quitarle el mandil y a meterlo en el carrito, él se dejaba manipular como un muñeco de trapo, llevaba una gran sonrisa pegada al rostro. El colegio quedaba en los bajos de una colina, en el barrio de Val d’Or, en las afueras de París, para regresar a casa tenía que empujar el carrito subiendo la colina. A duras penas avanzaba, cada cierto trecho me paraba, respiraba profundamente y continuaba. A veces, cogía una gran bocanada de aire, me armaba de valor y subía el carrito corriendo; las ganas de llegar a casa pronto me daban el impulso y una extraña sensación me oprimía el pecho y me llenaba de desasosiego. Y, súbitamente, Alexandre lanzaba una carcajada larga de placer. Lamentablemente, el combustible no duraba mucho tiempo y mis piernas flaqueaban y perdían el ritmo. De un sopetón me paraba, inmediatamente un quejido atonal salía de su boca y movía su redondo cuerpo en desorden con fuerza. Una vez más recomenzaba mi ascenso a ritmo normal mientras Alexandre se iba calmando.
La familia vivía en la planta baja de un elegante edificio. Tenían acceso a un coqueto y acogedor jardín. Desde lo alto de la colina divisábamos una diminuta torre Eiffel. Algunas tardes de primavera el cielo anaranjado iluminaba París como en una tarjeta postal y desde la ventana contemplaba embelesada la imagen.
Stéphanie trabajaba cerca de la casa, se desempeñaba como administrativa en una empresa informática en el barrio de La Défense. Era optimista y alegre, cuando llegaba a casa, lo primero que hacia era ir corriendo a abrazar a Alexandre, él la recibía con su sonrisa indiferente. Luego, se me acercaba y conversábamos, hablábamos de todo y de nada y siempre me preguntaba lo que quería comer al día siguiente. Poco a poco se fue enterando de mis preferencias y compraba generosamente todo lo que me gustaba, incluyendo esos postres innombrables de la exquisita pastelería francesa. Al marido lo vi una vez, trabajaba como ingeniero en una empresa de alta tecnología y siempre andaba de viaje por el mundo.
Cuando me dirigía a Alexandre lo hacia con dulzura y lo dejaba jugar o mecerse sobre sí mismo. A veces, su mirada se quedaba fija en la pantalla de la televisión, parecía que estaba muy concentrado mirando su programa favorito, pero si cambiaba de canal, sus ojos permanecían estáticos. Casi nunca protestaba, salvo cuando queríamos cambiarlo de ropa o desnudarlo para el baño. Le gustaba la bañera y solía dejarlo sentado con todos sus juguetes, yo me quedaba en la sala escuchando música pero atenta a sus movimientos. A cada momento entraba a ver lo que hacía. A veces lo encontraba jugando alegremente con sus excrementos. En esos momentos hacia tripas corazón y me armaba de valor y sacaba la caca con la mano, una a una y la tiraba al wáter. A veces me daban arcadas, sentía un asco profundo y cuando terminaba me frotaba las manos con jabón una y otra vez hasta dejarlas rojas tratando de desaparecer el menor rastro de excremento. Inmediatamente después, quitaba el tapón de la bañera y dejaba correr el agua amarilla, abría la llave de la ducha y lo enjuagaba varias veces, luego lo jabonaba y lo enjuagaba con abundante agua. Repetía la operación hasta que sentía que el niño había quedado limpio otra vez. Hacia un esfuerzo por calmarme sino el niño lanzaba un aullido muy largo. Poco a poco aprendí a seguir su ritmo y a liberar de mi interior la ternura de la compresión.
Una tarde Stéphanie me pidió que cuidara al niño hasta las 12 de la noche, la habían invitado al cumpleaños de una de sus colegas de oficina. Yo acepte, lo único que le pedí fue que no se retrasara ya que quería marcharme en el último tren.
La tarde del viernes llegó y, tal y como convenimos me quedé con Alexandre. Jugamos un buen rato y luego del baño lo acosté. Se quedó dormido plácidamente y, a las doce de la noche estaba lista para salir corriendo en busca del último tren, sólo que Stéphanie no llegó. Cuando hube perdido el último tren me senté en el sofá cama a esperarla. La noche se hizo eterna.
A las cuatro de la madrugada abrió la puerta, entró sin hacer ruido, con los tacones en la mano, yo me levante furiosa del sofá. Le dije que la había estado esperando desde las doce, y que mi novio me esperaba en casa, ella respondió:
- Lo siento.
Luego una estrepitosa carcajada salió de su boca. Tenía aliento a alcohol y repitió:
- Lo siento. No se como ha podido pasar. Por favor, sirve dos whiskys, bebamos un poco, charlemos.
Sigo enfadada pero obedezco sin protestar. Voy por los whiskys, me siento a su lado en el sofá cama del salón. Ella continúa riendo y pronuncia frases sueltas e incoherentes. Luego con una sonrisa alza su copa:
- Por Antoine. Por su abandono. Pon música, a mi también me gusta bailar.
Tenía miedo de despertar a los vecinos, pero mucho más de despertar a Alexandre, por eso cerré la puerta de su dormitorio, él dormía profundamente. Tal como ella quería puse un disco para bailar. Me senté a su lado y sorbí un trago de whisky.
- Tengo miedo. A veces por las noches cuando estoy sola temo que algo me pase y nadie se ocupe de Alexandre. Antoine siempre está de viaje. Cada vez lo veo menos, ahora esta en China en un gran proyecto. Tampoco cuento con mi familia ni con la de él. Cada cual vive su propia vida. ¡Vive la France!
Me jala la mano con repentino entusiasmo y me dice:
- Bailemos.
Bailamos un momento, trato de concentrarme en el baile para aliviar la tensión y finjo un poco de alegría, pero ella me abraza y rompe en llanto. Yo le hablo con aquella ternura con la que me dirijo a los niños, la llevo a su habitación, busco su pijama y la ayudo a quitarse la ropa y luego a ponérsela. Cuando está lista, me coge la mano y me lleva a la habitación de Alexandre. Se agacha, le da un beso, por unos instantes su rostro se ilumina. Le cojo la mano y la arrastro una vez más a su habitación. La acuesto, la tapo y suplica por última vez:
- No me dejes sola.
Con voz bajita como un suspiro que nace de adentro.
- Me quedaré hasta que te duermas. Shhhhh. Duerme, no me iré.
Me siento al borde de la cama, la acomodo y pega su cabeza a mis caderas. Le acaricio la frente y los cabellos, inmediatamente después, le cantó la misma canción que a Alexandre cuando quiero que se duerma, tan sólo un susurro para invocar el sueño. Poco a poco, mi voz se funde en el silencio y su rostro se relaja, mientras sus pensamientos se pierden en la oscuridad de la madrugada, la misma en la que habita Alexandre.

María Germaná Matta - En Madrid, a 19 de marzo de 2006
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sábado, 31 de octubre de 2009

Otro de mis cuentos: Visitante Nocturno


Foto de Henri Fox Talbot - The Open Door - 1844



Visitante Nocturno


El resplandor de la luna ilumina la madrugada fatigada, el reloj marca la una, atravieso la ciudad, estoy de guardia. Las rutas como arterias se bifurcan, estoy perdido, tengo a penas quince minutos para llegar a mi próxima visita. Intento salir del atolladero, giro a la derecha por una carreta auxiliar, y de pronto, una turba de muchachas de todos los colores viene hacia mí, tengo que frenar, han inmovilizado mi coche. Contonean sus cuerpos con el descaro de la competencia voraz, van ligeras de trapos, ceñidos cual maniquíes de seda, llevando a cuestas los colores de la precariedad. Estoy en la Casa de Campo, todas me hablan a la vez: un griego, un francés, un completo… les pido que me dejen marchar: “Soy médico de urgencias”, tengo prisa, los pacientes me esperan. El coche no tiene ninguna acreditación, les muestro mi carnet. Uf, me liberan.
De vuelta por la carretera, el pitado de la blackberry anuncia el décimo aviso. Cada día incrementan los avisos, como si la noche se estirara o las distancias se acortaran, hay noches en que recorro 400 kilómetros, a veces el coche ladra, a pesar de que es nuevo. Ellos, los coches, tienen todos los turnos, nunca descansan, a duras penas aguantan unos cuantos meses. He llegado a la dirección indicada, toco, me abren la puerta, me recibe un hombre con el rostro de la ansiedad y me guía hacia una habitación donde se encuentra su mujer, una crisis de asma. Me detengo, la examino, reviso sus medicamentos, le hablo, la escucho, la tranquilizo, lo tranquilizo, extiendo la receta, pronto estará mejor.
Van quince días y aún no tengo noticias de mi salario, estoy cabreado. He hablado con Fernández, me dice: hay meses que tardan en pagar, y otros, te pagan dos meses juntos, o tres. No sé que hacer tengo que enviar dinero a mis hijos, no podré esperar tanto tiempo.
Continúo mi periplo por Madrid. El silencio y la quietud casi fantasmal imperan en las calles de los barrios elegantes, mientras que en los barrios populares prevalece el ritmo rebelde de la juventud, también están los barrios marginales donde las almas deambulan en busca de droga marcando su propio ritmo rastrero. Más anuncios, más niños, el invierno tiñendo los hogares de gripe. Llego, examino al peque, su tierno cuerpecito caliente, hablo con los padres, los calmo y extiendo por enésima vez la receta, mientras la blackberry sigue pitando. Van quince anuncios, toda la noche transitando de norte a sur y de sur a norte. Estoy agotado.
El pálido cielo de las primeras horas anuncia que pronto amanecerá, por fin terminará mi turno. Una empresa intermediaria nos emplea, casi todos somos extranjeros, cubrimos los anuncios de varias aseguradoras privadas, estamos solos, la empresa nos envía señales a través de la blackberry y el teléfono móvil, los pelos y señales necesarios para cada visita, un GPS nos guía, el inmaculado plano de Madrid llega vía satélite.
Ayer despidieron a Redondo, un colombiano, se fue a dormir un par de horas a su casa, llevaba varios días haciendo el turno de la tarde y de la noche. González tuvo un accidente la otra noche, afortunadamente no le pasó nada, pero el coche quedo herido de muerte. Aguilar, otro peruano los dejó plantados, consiguió otro trabajo.
Cada mañana antes de regresar a casa, voy al bar a tomar desayuno, una taza de café con leche y unos churros, cojo el periódico y paso la vista por las noticias, mi vista baila confusa las imágenes. Vuelvo a casa y me siento frente a la pantalla, hago zapping de un canal a otro hasta que la noche se retira de mí y el sueño me invade, me voy a dormir. A las tres de la tarde, me despierto, vuelvo al zapping, mi mente se atosiga de imágenes que van y vienen, voces que invocan marcas, la ilusión me endulza, me trasporta, una brecha que taladra mi pensamiento, ¿me libera?
Otra vez llega la noche. La blackberry comienza a emitir mensajes. Bebo café, mi cerebro se acelera, estoy listo para iniciar mi recorrido. Voy en busca del primer aviso. Toco la puerta, no me abren, al cabo de un momento una muchacha abre la puerta, de aspecto descuidado, muy delgada, su rostro esta pálido, casi blanco; según indica la blackberry, ha llamado pidiendo ayuda, lleva un par de intentos de suicidio. Me recibe con la mirada ausente, intento hablarle y arrancarle algunas palabras pero en su casa solo se escucha mi voz, se le han terminado los ansiolíticos, lleva varios días dando vueltas, me muestra la caja de medicamentos vacía, a modo de súplica me pide más ansiolíticos: “solo quiero dormir” añade. No puedo prescribirle ansiolíticos, tiene que venir alguien, me quedo, le hablo con el corazón y siento su miedo como una ventana que se precipita al vacio, luego llora y me da el nombre de su hermana, la llamo, hablamos, vendrá inmediatamente, llega, la recibo y hablamos, le doy la receta, se quedará a cuidarla. Vuelvo a mis pacientes, tengo un retraso importante, me he quedado casi 2 horas con la muchacha. No importa, hay que seguir.
La blackberry no ha dejado de sonar, más niños, más ancianos, la gripe ha cubierto la ciudad, mientras el cansancio se asoma en un bostezo. Me paro un momento, bebo más café, cuando el sueño me asalta aspiro su aroma y me reconforta, después de haber saboreado un largo trago, el cansancio me abandona, me reincorporo a mis anuncios, la noche se dilata.
No me pagan, sigo sin enviar dinero a mi familia, también tengo que pagar mi piso. He llamado a la empresa, dicen que tienen problemas de liquidez, que pronto harán la transferencia. Cojo nuevamente el móvil, marco el número de Fernández, seguro que sabe algo más. Su voz está alterada y antes que pregunte, me dice:
Han comprado una nueva residencia geriátrica, acabo de enterarme.

María Germaná Matta - En Madrid, a 10 de julio de 2009
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sábado, 12 de septiembre de 2009

Mis Cuentos: El ángel de la desesperanza


Filia Solar - Xul Solar

El ángel de la desesperanza


Le combat spirituel est aussi brutal que la bataille d’hommes; mais la vision de la justice est le plaisir de Dieu seul. Arthur Rimbaud


Hablar de París y no recordar a Roberto y a su madre resulta una ingratitud. Ella: una bella y tropical mulata Colombiana producto de olas migratorias de otros tiempos y de esclavos traídos del África cuando América era aún una esperanza; el padre, también colombiano, había regresado a su país en un ataque de pánico dejándolos solos con los sueños y la precariedad a cuestas.
Vanesa, de 24 años, vivía con su pequeño en una buhardilla de 10 metros cuadrados en la 7ª planta de un lujoso edificio del Campo de Marte al lado de la Tour Eiffel. Unos pocos rayos de luz iluminaban la habitación gracias a un gran ojo que hacia función de ventana, ubicado en la parte superior de la pared. Muebles viejos y deteriorados recogidos de aquí o de allá, su triste desarmonía describía las carencias sufridas por Vanesa y Roberto. El invierno era rudo: un pequeño radiador que a duras penas calentaba las frías paredes de la habitación, el agua era helada y cuando te lavabas las manos se te congelaban, la ducha, un proyecto que nunca llegó; el wáter quedaba afuera en el pasillo y lo compartían con el resto de habitantes de las buhardillas.
El optimismo de Vanesa era contagioso. También contaba con una inagotable fuerza de voluntad, la ilusión de ofrecer una vida mejor a su pequeño y su anhelada carrera de arquitectura le abriría nuevas puertas a la vida, salvo que, apenas lograba sobrevivir con su escaso sueldo de camarera a tiempo parcial en el MacDonalds. Su risa era contagiosa y su sentido del humor perspicaz. Iba por el segundo año de arquitectura y nos tenía a nosotras, sus amigas, que la ayudábamos como podíamos. A mí me tocaba recoger a Roberto de tres años en la guardería tres veces por semana. También contaba con la solidaridad de algunos de sus compañeros de clases, era algo tácito, si Vanesa no aparecía, uno de ellos fotocopiaba sus apuntes y se los entregaba en la clase siguiente.
Antes de cumplir con mi deber de amiga, limpiaba una casa en las afueras de París, era mi único trabajo, yo también era colombiana y tenía que enviar dinero a mi mamá. Siempre salía huyendo de dicha casa para recoger a Roberto. Llegaba con la respiración acelerada, después de haber corrido desde el metro, casi siempre era la última en llegar a la guardería. La cuidadora me recibía con el sermón de la puntualidad en el rostro e inmediatamente el nerviosismo se apoderaba de mí, era incapaz de responder con un discurso coherente, los labios me temblaban y sólo bajaba la mirada. Roberto me recibía con un beso de cansancio y muy a su pesar emprendíamos el regreso a casa. Caminábamos un par de calles antes de llegar a la boca del primer metro; luego bajábamos sus largas escaleras tomados de la mano, cuidando de no chocar con la muchedumbre que se apartaba de nosotros al no llevar el ritmo acelerado de la gran ciudad e íbamos abriéndonos camino entre empujones hasta llegar al anden; subíamos como asustados al vagón con un imperceptible suspiro de victoria; pero nuestra hazaña aún no había terminado; mirábamos con ojos de faro buscando un rincón donde ponernos a salvo de la multitud. Cinco eternas estaciones para conseguir el tan ansiado objetivo: llegar a casa.
Nos aguardaba la siguiente prueba de fuego: subir las escaleras de servicio de las siete plantas cuyo ascenso se hacia en una interminable ceremonia, suavizada por la vista de la majestuosa Tour Eiffel, su luz de neón iluminaba las estrechas e inclinadas escaleras. Íbamos subiendo lentamente y en silencio, tomados de la mano. Yo trataba de acelerar el ritmo pero cuando Roberto se cansaba se sentaba en un peldaño y extendía sus bracitos en señal de suplica. Lo miraba con firmeza y le decía: ¡no! A pesar de la expresión suplicante de sus chispeantes ojos negros, mantenía mi negativa. Tan sólo descansábamos unos minutos y luego seguíamos un nuevo trecho. Repetíamos la misma operación innumerables veces hasta que con un suspiro de alivio llegábamos a la séptima planta.
Una vez en la buhardilla había que cumplir con las tareas habituales de la tarde. Bañarlo era toda una proeza. Utilizaba una tina de plástico, calentaba agua en una cocinita de camping gas, luego tapaba el desagüe del gastado lavabo de porcelana blanco y mezclaba el agua fría del grifo con la que acaba de calentar: a Roberto le gustaba el agua caliente. Después, con la ayuda de una esponja, humedecía su cuerpecito; lo jabonaba con un gel de ducha y con una pequeña jarra vertía el agua para enjuagarlo; repetía la operación hasta que todo el gel había desaparecido, tratando de hacerlo lo más rápido posible para que el niño no se encogiera de frío. No solía quejarse, aceptaba su baño con resignación, pero a veces le castañeaban los dientes con fuerza por eso tenía que apretar el acelerador y terminar con el bendito baño. Inmediatamente lo envolvía en una toalla, lo abrazaba mientras lo iba secando y le cantaba procurando esconder con mi voz el tiritar de su cuerpecito mojado. Si no era suficiente, ensayaba disparatados juegos; en caso de urgencia utilizaba las cosquillas hasta la carcajada final; luego le ponía el pijama, preparaba la cena. Roberto comía con apetito. Mientras esperábamos a Vanesa, jugábamos o le leía un cuento.
Llevaba casi un año asumiendo mi rol de amiga abnegada y lo cierto es que las tardes con Roberto me parecían interminables, no soportaba su mirada suplicante, el niño se me iba desmoronado poco a poco entre melancolías y rabietas que a duras penas lograba calmar y cuando esto sucedía, sólo ansiaba que su madre apareciera por la puerta. Por eso, también los abandoné en un acto de sorda lucidez.

María Germaná Matta, en Madrid a 19 de febrero de 2006

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miércoles, 19 de agosto de 2009

Mis cuentos: Hero y Leandro


Hero, cuadro de Frederic Leighton.

Tal y como les había prometido quiero compartir este cuento: Hero y Leandro, este cuento se me ocurrió mientras estaba en el taller de literatura de Mª Ángeles Maeso, hablamos sobre mitos y actualizarlos. La primera vez que escribí la historia no me gustó, le faltaba alma, después de un tiempo leí Medea de Christa Wolf y fue como un clic, volví a mi historia y la reescribí.
El mito dice que Hero era una sacerdotisa de Afrodita y un día Leandro viene a rezar al templo y ambos quedan prendados, sólo que sus padres se oponían....
Los dejo con mi historia, también de migración. Con esta historia participe en el concurso de cuentos que organizó el consulado peruano en Madrid y quedé finalista, lo publicarán, según dicen.
Espero les guste:

Hero y Leandro

«… por tu amor, cruzaría hasta las olas salvajes.»
(Leandro a Hero. Mus.203)

Levanto mi mano con torpeza para acallar el impaciente silbido del despertador. Mientras atravieso la bruma de mi despertar y es ahí cuando la imagen de Leandro viene a mí, doy media vuelta, sonrío y aspiro desde el umbral de mis recuerdos su olor. Me desperezo lentamente y luego aterrizo como cada mañana en las cuatro paredes de mi buhardilla. Sobo mis parpados con la yema de mis dedos y de un solo brinco me levanto de la cama. De prisa, más deprisa, son las seis de la mañana, pronto tendré que comenzar a trabajar.
He llegado a tiempo, son las siete, abro la puerta con mi propia llave. Trabajo en casa de los Poulet, una simpática pareja, tienen dos pequeños: Antoine y Hugue, de seis y ocho años respectivamente. Como todas las mañanas tengo que preparar rápidamente el desayuno: lavo las naranjas y las exprimo, coloco el zumo en una jarra, luego caliento la leche, pongo el baguete en la panera y preparo el café. El aroma me transporta nuevamente a Lima y la imagen de Leandro vuelve a iluminarme, un suspiro arremete, trato de disimular mi turbación, no vaya a ser que alguien abra la puerta, me ruboriza la ternura que asoma por mi rostro y con esa emoción revoloteándome vuelvo a la cocina de los Poulet. Extiendo el coqueto mantel sobre la mesa, coloco la panera, el bote de chocolate para los niños, la mantequilla y la mermelada. Pronto todos partirán, los niños al colegio y ellos dos a sus trabajos. Me quedo sola hasta las cinco, a esa hora recojo a los críos del colegio. Algunas veces voy al supermercado, me dejan una lista escrita. Es mucho más fácil, aún me cuesta hablar en francés, los franceses siempre andan de mal humor y alzan la voz por cualquier cosa, por eso temo dirigirles la palabra. Mi día transcurre entre la interminable rutina de la casa y los niños. Por la tarde; ellos son el bullicio alegre que me arropa. Y cuando el reloj anuncia las ocho y los Poulet ya están en casa, me marcho.
Una vez a solas en mi buhardilla, pienso en Leandro y sin darme cuenta siento su presencia, mi piel se escarapela, percibo la mueca de sus labios dibujando una sonrisa. A veces también creo escuchar su voz, mantengo su recuerdo pegado a mí como a un segundo aliento. Sé que pronto se reunirá conmigo.
Conseguí mi buhardilla gracias a la amiga de mi amiga, ésta me la cedió a cambio de una pequeña comisión. El edifico es del siglo XIX, impresionante, lujoso, contrasta con las cuatro paredes descoloridas de mi habitación, tan sólo nueve metros y sus muebles son una radiografía del paso del tiempo, el baño se encuentra al exterior, pero felizmente tengo un lavabo dentro que me permite asearme y cocinar, una mesita de madera, una cama individual y un armario de plástico reluciente, mi última adquisición.
A finales de mes habré terminado de reunir el dinero para comprar su billete de avión, el calvario llega a su fin, llevo meses ahorrando para traer a Leandro y también enviando dinero a mi madre para ayudar a mis hermanos. Había días en que pensaba que nunca lo conseguiría, afortunadamente eso ya no importa. Mi sueño de traerlo se está convirtiendo en realidad.
Leandro y yo nos escribimos a diario, todos los domingos lo llamo por teléfono para escuchar su voz susurrando: Hero; mi nombre y mi corazón se acelera, puedo sentir sus latidos sacudiendo mi pecho y agitando mis senos. Y, mi piel un rocío unísono de deseo.
Es fin de mes, esta noche me remuneran. Mañana iré a pagar la última cuota de su billete, si todo sale bien pronto estaremos juntos. Con ese billete podrá tramitar una visa de turista y como casi todos a nosotros, quedarse a trabajar.
No he podido dormir, ayer hablé con Leandro, él también estaba ansioso y al mismo tiempo feliz. Llegará a mediodía. Es inútil permanecer más tiempo en la cama. Me levanto, arreglo mi habitación y preparo algo de comer para recibir a mi chico. Aún queda suficiente tiempo para arreglarme. El espejo refleja mi imagen y repaso lentamente mi rostro, doy color a mis mejillas, aliso mi pelo, me colocó un gancho vistoso para liberar el pelo de mi rostro, luego cojo el pintalabios para acentuar el carmesí de mi boca, arqueo mis lacias pestañas y con un poco de rímel lucen más espesas. He elegido el vestido rojo, ese que tanto le gusta, me pongo los botines de tacón alto y me miro por última vez al espejo, ahora sí, vuelvo a ser la coqueta Hero de siempre.
Me dirijo al aeropuerto, tengo que tomar el metro y luego un tren, el aeropuerto queda fuera de la ciudad. Es inmenso, no sé donde se encuentra el terminal, los pasillos son muy largos, no dejo de caminar de un lado a otro, sigo la señalización y leo los tablones, tengo miedo de perderme. Por fin, he encontrado el terminal. Me acerco a la pantalla electrónica y todavía no figura el aterrizaje de su vuelo. El reloj parece detenerse, he comprado una bolsa de papas fritas para calmar mis nervios. Una vez más me acerco a la pantalla electrónica. Al fin, ha aterrizado.
Los primeros pasajeros comienzan a salir, se encuentran con sus familiares y la emoción intercambiada se refleja en sus tersos rostros. Continúan desfilando personas, parece que todos los latinos han salido, menos Leandro. Ahora todos son franceses, puede que se haya despistado y siga por ahí adentro. Ha pasado más de una hora, han salido todos los pasajeros, no entiendo que ha pasado, me acerco a preguntar, pero no me dan respuesta.
Al cabo de una hora, un hombre con pinta de latino se me acerca, supongo que me vio preguntando.
-¿Espera a alguien, señorita?
-Sí, a mi novio.
- y yo, a mi mujer.
Nos acercamos nuevamente a informes y esta vez nos dicen:
-En el vuelo había pasajeros ilegales, los han detenidos.
El hombre y yo nos miramos. Y, en la repentina palidez de nuestros rostros se dibuja la ansiedad.
Los días van pasado y Leandro sigue incomunicado. Lo van a regresar, estará detenido algunos meses, eso hacen con los ilegales. Me lo ha dicho la abogada de una asociación, ella es amable, pero según dice, su caso no tiene solución.
Se ha cumplido el plazo, hoy lo regresan.
Estoy agotada, mejor me acuesto. Me acurruco en la cama con esta manta calientita, miro al techo, una cumbre y sus cuatro muros me oprimen el alma. Desde la penumbra de mi conciencia un llanto entrecortado aflora con fuerza, viene desde adentro como un manantial agitado. Cierro mis ojos y trato de dormir, mañana será otro día.

Por María Germaná - En Madrid, a 24 de junio de 2007

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sábado, 13 de junio de 2009

Otro de mis cuentos: El amante


Balthus: Étude pour le rêve I

El Amante


Me encontraba casi dormida en el sofá-cama, esa noche como tantas otras, me había quedado a dormir en la buhardilla de mi amiga Greta. Ella dormía en una cama ancha de madera pegada al techo. Él llegó con la noche, sin hacer ruido, tan sólo escuché el susurro de sus cuerpos crispados como si la noche fuese una batalla tratando cada cual de alcanzar su precario equilibrio. Entre gemidos y susurros me fui durmiendo, con la envidia de una vida repleta de sobresaltos. A la mañana siguiente me lo presentó, se llamaba Mohamed, era alto, moreno y delgado, estudiaba un doctorado en una escuela de ingeniería en París, vivía en la “Cité”, y llegó como muchos de nosotros, los del sur, que soñamos con una vida plena.
Greta siempre estaba de buen humor, poseía la vitalidad del entusiasmo y a menudo emprendía nuevas tareas que le abrían los ojos al mundo. Su pasión por las matemáticas y la pintura la llevo a París. Nuestra amistad se iba perfilando gracias al afecto y a la pasión compartida por la poesía. Ambas éramos estudiantes latinoamericanas en París, aunque trabajábamos como el resto para mantenernos. Yo, estudiaba francés y ella seguía una maestría en matemáticas. Durante el tiempo que compartí su amistad vi desfilar una serie de muchachos, tocando la puerta de ese breve espacio llamado deseo. Nunca hablábamos de ellos, pertenecían a su mundo subterráneo. A menudo iba a visitarla y casi siempre me quedaba a dormir, pero cuando llegaba la noche y yo estaba supuestamente dormida, desde mi cama, escuchaba siempre el mismo susurro de cuerpos entrelazados a punto de resquebrajarse celebrando la danza ritual de los cuerpos.
Ellos siempre volvían, algunos como Mohamed se quedaban algún tiempo. Cuando ella se cansaba de alguno se limitaba cortésmente a rechazarlo, inventando excusas matizadas de dulzura.
La mañana siguiente en que conocí a Mohamed, me entregó sigilosamente un papel doblado, con su número de teléfono. No sabía que hacer, cuando se fue se lo conté a Greta y me dijo:
- siéntete libre. Puedes acostarte con él, por mí no hay problema.
Yo estaba sola y compartir la sensualidad de un cuerpo era como un bálsamo de felicidad, porque una ciudad como París ofrece la ilusión de sus escaparates, y nosotros, sus habitantes, deambulamos por sus calles perdidos en el anonimato de sus luces, añorando siempre cualquier indicio de ternura. Fue así como me decidí llamar a Mohamed. Me invitó a tomar un café y después a su habitación, en la Cité. Cada vez que quería expresar una idea, las frases se me atragantaban y no lograba decir más que escasas palabras. Mi intento de comunicación era un fracaso, me expresaba con gestos y miradas. Mi francés iba de mal en peor, era incapaz de mantener una conversación.
No había preámbulos entre nosotros, nuestros cuerpos se agitaban como un rumor de hojas secas e íbamos deslizándonos suavemente entre caricias hasta caer rendidos. Al final, Mohamed me abrazaba y su cuerpo pegado al mío se balanceaba, mientras sus pensamientos viajaban perdidos en el eco de otros horizontes. Entonces, un murmullo acongojado trepaba en su garganta. Cantaba la melancolía de su lejano país y las paredes de la ajustada habitación se iban hinchando de ternura.
Seguí viéndolo una vez por semana, después de su llamada. Lamentablemente, un mes más tarde nuestros encuentros se fueron distanciando. Mi mudez hacia estragos en nuestra precaria relación, era incapaz de hilvanar una frase coherente en francés. Fue así como una tarde llamó y dijo:
- Mejor será dejarlo.
Asentí con un gesto invisible desde el otro lado de la línea y añadí:
- Bueno.
Una pena me invadió repentinamente y mis ojos se llenaron de lágrimas sin saber porqué, luego colgué el auricular.
Esa misma noche fui a ver a Greta, incapaz de ocultar mi tristeza se lo conté. Cuando hube finalizado, rápidamente se dirigió al teléfono y lo llamó: inmediatamente después, soltó el discurso de novia engañada y ofendida y a su vez rompió su relación. Él, que siempre volvía con las sombras de la noche a buscar aquel chasquido de cuerpos ancestrales que ofrecía la encantadora amazona de la noche.

Por: María Germaná - En Madrid a 18 de diciembre de 2007
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domingo, 17 de mayo de 2009

Otro de mis cuentos: La niñera


Foto de Bill Brandt

La niñera

La risa de las niñas ilumina sus tardes en los parques. Las niñas tras la pelota siempre corriendo de un lado a otro, a veces se deslizan en patines, y ella, Clara, sigue siempre con los ojos los juegos de Claudia y Daniela. Le gusta escuchar la risa que sale por sus pequeñas boquitas hablantinas, otras veces las escucha discutir y tiene que correr y hacer de intermediaria. Afortunadamente, a los cinco minutos vuelven a sus juegos. A veces parece que los otros niños no son más que seres extraños para las hermanas, ellas tienen su exclusivo mundo junto a ella, Clara y lo comparten con amplia ternura.
Clara recoge del colegio a las niñas, adora su trabajo de niñera y en su corazón resuenan pequeñas risas cálidas. Lleva tres años intentándolo pero todos los meses, la regla hace su aparición puntual. Esta triste y Antonio, su marido, le dice que no se preocupe, que ya vendrá, luego añade:
- Tenemos que trabajar para poder seguir viviendo aquí. Además, hay que enviar dinero a nuestros padres, recuerda, por eso estamos aquí, en España.
Cada vez que Clara intenta expresar su anhelo, Antonio le repite con firmeza la misma respuesta. Por las noches, arropaditos en la cama, sus tibias manos se estrechan, juntan sus encendidas pieles, dejando a un lado los pijamas, mientras acarician sus cuerpos con ternura, luego con la violencia que el instinto desata van encajando sus cuerpos hasta que cada cual busca abruptamente la respuesta feliz que aplaca sus apetitos.
Por las mañanas, Clara vuelve otra vez a sus angustiados pensamientos, mientras trajina con las tareas del hogar. Y luego, como todas las tardes recoge a las niñas del colegio. Cada día, una aventura: las tareas del colegio, la merienda, sus juegos, a veces vienen las peleas y no se aceptan las derrotas. Clara con la sabiduría de la ternura les habla y les habla hasta que ablanda sus corazones y sus risas espolvorean nuevamente el aire de la casa.
Cuando llega la madre, Clara se marcha, aunque esta vez, le pedirá consejo. Es una buena mujer, por eso Clara ha decido confiarle sus angustias. La madre de las niñas la escucha con atención y le dice que la seguridad social también ofrece tratamientos de fertilidad y que la ayudará a pedir una cita. A Clara le brillan los ojos, por fin podrá hacer algo.
Ha tenido que esperar varios meses para ver al especialista, pero mañana a primera hora acudirá a la consulta. Clara está sola y nerviosa, no sabe como abordar el tema, pero espera con impaciencia su turno. La llaman y la invitan a sentarse, luego el medico le pregunta:
- ¿Qué es lo que la trae aquí señora?
Clara responde:
- Doctor hace tres años que lo intento y no puedo quedarme embarazada.
- ¿Qué edad tiene?
- Treinta y ocho años.
- Debiste venir antes. Tus ovarios ya están gastados.
- Pero doctor, en mi país tratan a las mujeres incluso de cuarenta años.
- Que quieres que te diga. Regresa a tu país.
Clara se queda pálida y se le acaban las palabras. El medico alza la vista y añade:
- Los tratamientos son largos y costosos. La seguridad social sólo trata hasta los cuarenta años y tú ya estas en el límite. En fin, si quieres te hacemos las pruebas. Y le extiende una hoja.
Clara coge la orden de análisis y se marcha en silencio. No comprende que ha pasado, se siente confusa y defraudada.
Por la tarde recoge a las niñas del colegio y por un momento aparca sus pensamientos y la rutina de las niñas la envuelve con sus alegrías. Al finalizar la tarde, Clara se despide en medio del bullicio, en una reconfortante ceremonia de besos. Y, como todos días, se prepara para regresar a casa, camina por la calle y su cuerpo se contonea al ritmo de los transeúntes, camina hacia adelante esquivando sus pensamientos pero una y otra vez, las palabras del médico azotan su cabeza. Tiene los ojos clavados a sus pies y su tristeza acentúa el negro de sus rasgados ojos.
Mira su reloj, pronto serán las diez de la noche, no se había percatado del tiempo, tiene que volver a casa, antes de que su marido note su ausencia. Pasa frente a la puerta del supermercado, lo están cerrando. Mientras sacan los contenedores a la calle, unas cuantas personas aguardan con impaciencia armadas de carros de compra, una vez que los empleados los han depositado en la acera, la turba se precipita sobre éstos tratando de rescatar los mejores alimentos. Clara observa la escena, acelera la marcha tratando de volver a casa, aprisa, casi corriendo, mientras su corazón bate la pena acelerada de su confusión.

Por: María Germaná - En Madrid, a 17 de Abril de 2009
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sábado, 1 de noviembre de 2008

Mis Cuentos: Aquella Enfermedad


Imagen de Rafael Martín


Quería compartir otro de mis cuentos, éste habla sobre la enfermedad de Alzheimer. La mente se va deteriorando poco a poco y los recursos de las personas que la sufren se van agotando. Me resulta difícil explicar con palabras lo que percibo, por eso me acerco a través de este cuento que es mi manera de expresar emoción.
Mejor me callo y os dejo con el cuento que espero os guste.

Aquella enfermedad

A la memoria de mi tía Isabel


Amelita no deja de llorar y en su desesperación ha tomado el autobús para llegar a casa de su hermano Augusto donde vive Encarna, su tía. Cuando la ve, las palabras se le entreveran en un susurro tembloroso:

- Mis hijos me han abandonado. Estoy sola. Ven a casa y quédate conmigo.

La mirada de Encarna se detiene en el fatigado rostro de Amelita y recuerda cuando ambas compartían su modesto departamento en el centro de Lima. Todos los fines de semana, la recogía del internado y su alegría teñía las paredes de su sosegado hogar. Sus manos tiemblan de ternura tratando de alcanzar los recuerdos; acurrucadas la una en la otra para enfrentar las envestidas de la gran ciudad. Cuando Amelita terminó el internado se fue a vivir con ella hasta que se casó.

Encarna se mueve con la lentitud de sus noventa y tres años. Se dirige a su habitación, prepara algunas mudas y las mete en un maletín, a su vez, escucha las interminables quejas de Amelita, sus ojos van humedeciéndose. No entiende qué está pasando con su sobrina, pensar que fue la más lista en el colegio y luego en la universidad, y, ahora con setenta y tres años, la mente se le embrolla. Por momentos, junta los recuerdos y le salen entreverados, a borbotones, luego se repite y la angustia la persigue sin dar tregua como una obsesión.

Una vez más, Encarna, con su pequeño maletín en mano, apoya su frágil esqueleto en su sobrina y juntas emprenden la ruta de la vuelta a casa.

Por: María Germana Matta - En Madrid, a 27 de junio de 2008

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