miércoles, 26 de abril de 2017

Rupi Kaur - Dos poemas

Poemas e ilustraciones de Rupi Kaur. La versión en español pertenece a Andrea Rivas.

*** 
no quiero tenerte

para llenar mis partes vacías

quiero estar llena conmigo

quiero estar tan completa

que pueda encender toda una ciudad

y luego

quiero tenerte

porque los dos juntos

podríamos

prenderle fuego



****


Para padres con hijas

cada vez que

dices a tu hija

que le gritas

porque la amas

la enseñas a confundir

rabia con bondad

lo cual parece una buena idea

hasta que ella crece y

confía en hombres que la lastiman

porque se parecen tanto

a ti


Biografía

Rupi kaur procede de India, reside en Toronto, Canadá y es autora del libro Honey and Milk (2014).  Escribe poesía en verso y prosa, además de ser artista visual; generalmente acompaña sus poemas de ilustraciones hechas por ella misma. Su obra es un fenómeno de las redes sociales, en 2015 publicó en Instagram una fotografía famosa por la censura que la red social realizó contra ella y cuyo tema fue la menstruación. Los temas más comunes de esta autora están relacionados con el feminismo, los traumas, el dolor, el amor y la discriminación. Su poesía sigue una estética visual, sintética y de ruptura. Las siguientes versiones son de Andrea Rivas.

lunes, 24 de abril de 2017

Yosano Akiko - poemas

imagen de Masao Yamamoto

La primavera es corta,
¿Quieres sentir la eternidad?,
 Le dije,
 Y, tomando sus manos,
las hundí entre mis poderosos pechos

 ***
imagen de Masao Yamamoto

Esa joven en sus veinte,
A través del peine
su cabellera negra
el orgullo de la primavera
¡tanta belleza!

 ***


imagen de Masao Yamamoto

La campana del templo
suena leve esta tarde…
¡Ven ahora y entona los sutras
en estas flores de melocotón
que se abren en mi pelo!

*** 
imagen de la red

Aquí y ahora
cuando me paro a recordar
mi pasión, me parece
que yo era como un ciego
que no teme la oscuridad.

 ***


Foto de Lola López cózar

Aunque suelto en el agua
mi largo pelo de cinco “shakus“,
mis sentimientos de mujer
permanecen secretos,
retenidos ...

 ***
 Foto de Flor Garduño

Dos estrellas en el cielo
susurros de amor
tras la cortina de la noche
mientras que abajo, ahora, las personas mienten
sus cabellos en suave desorden...

 ***
 imagen de Masao Yamamoto
Mañana, esta vez mañana
No estarás conmigo...
Me apoyé contra la puerta de la pensión, débil
Como oscurecerán las flores del ciruelo
Delante de mis ojos



Biografía
Akiko nace el 7 de diciembre de 1878 en Sakai, ciudad al sur de Osaka.
Yosano Akiko es una de las autoras más famosas de Japón, alabada por el uso innovador y controvertido de la forma clásica denominada tanka.
Durante su infancia y adolescencia se siente sola, poco amada por sus padres y encuentra en los libros su refugio. La magnífica biblioteca de la casa le proporciona el conocimiento y la compañía que tanto busca. Se empapa de la cultura clásica oriental y occidental, y disfruta especialmente leyendo Los Cuentos de Genji, que traduciría más tarde al japonés moderno. A los dieciséis años, lee Manyoshu, una colección de poesía japonesa antigua, hecho que influye profundamente en ella. Comienza a escribir tanka y se une a un grupo de poesía a la vez que publica sus poemas en la revista Yoshiahigusa consiguiendo poco a poco buena reputación como poetisa.
Una vez que se gradúa en la Escuela Secundaria de Sakai  se dedica durante un tiempo a ayudar en el negocio familiar, pero se aburre y se siente frustrada por no tener una vida intelectual estimulante.
A través de sus actividades literarias, Akiko conoce a  otros poetas como la pareja formada por Yamakawa Tomiko y Yosano Hiroshi, Tekkan. Akiko había admirado a Tekkan y lo respetaba desde hacía tiempo. Él era el editor de una revista recién creada, Myojo, y Akiko comienza a contribuir con él. En 1902 publica Midaregami (Pelo Revuelto) su primera colección de tanka. Contiene 399 poemas y logra gran resonancia en la época, ya que expresa de forma abierta la pasión y el deseo sexual de una mujer, utilizando términos como pelo, labios, piel, pechos…  rompiendo tabúes hasta el momento impensables.
Yosano murió de un derrame cerebral en 1942, a la edad de 63 años, dejando un legado de más de 75 libros, aproximadamente cinco mil tankas escritos a lo largo de su vida, varios ensayos, cuentos y una forma única de vivir la vida y la literatura. Casi un siglo después y en lugares totalmente diferentes, sentimos las mismas emociones que Akiko sintió allá en su Japón natal.
Su sepulcro está en el Tama Reien en las afueras de Tokio.

Fuente: Brotes de Haiku



domingo, 23 de abril de 2017

Victoria Aldunate Morales - Soy Sobreviviente

Imagen de Shapovalov

SOY SOBREVIVIENTE

Soy india, wuacha y loca
soy negra, gitana, judía y palestina
peruana, boliviana y migrante
soy mestiza, latina y blanca.
Soy sobreviviente.

Soy pobre, pobladora, trabajadora
cesante, ambulante y explotada.
Soy puta, vendo flores por las noches,
pido limosnas y canto en los micros.
Coso ajeno, lavo ajeno, limpio ajeno,
pero soy propia y rebelde.
Soy sobreviviente.

Soy niña, joven, adolescente y vieja.
He sido monja para no casarme,
me he matrimoniado para salir del yugo paterno
he abandonado a un hombre para no ser esclava
soy sobreviviente.

Soy okupa, activista, anarquista, pensadora, escritora...
y otras veces, me hago la tonta...
Soy terapeuta, comunicadora, monitora y autodidacta
soy ecologista, pacifista, animalista, vegetariana y vegana
y otras veces doy la guerra con uñas y con dientes
por que soy sobreviviente.

Soy lesbiana, maraca, amante de un hombre o de varios
amo, deseo, quiero y desespero...
Visto ceñido, corta la falda, escote abierto...
O no muestro nada
!No porque NO!
Y NO! porque NO es NO!
Tapada
para que no me vean
para que no me acosen
para que no me vendan y me compren
para que no vean quién de verdad soy
Aunque soy quien soy
y la que quiero ser, soy.
Estoy viva, lo confieso
soy sobreviviente.

No he ido de blanco, jamás
no me sienta, no es mi color
me invisibiliza, me absorbe, me devora
no he usado tacos altos, nunca
me caigo, me enaltecen, me enferman, me idiotizan
soy defectuosa, no me caso, no me embarco, no me someto
Soy madre, sola y sexual.
He abortado porque he querido
He parido porque me han obligado
He parido por deseo propio
He parido y he aprendido a amar
Vivo sola, a mí me tengo, conmigo me basto y no me sobro
Soy sobreviviente.

Amo la tierra, la luna, las bestias y a las diosas
soy bruja, divina, urbana, campesina, hippie y volada
Soy rockera, romántica, folclórica y popular
Soy roja, negra, rojinegra y sobretodo morada.
He sido golpeada, torturada, abusada y violada
He sido presa política, rea común y mujer maldita
Soy sobreviviente.

Soy perseguida, culpabilizada, juzgada,
condenada, burlada y calumniada
He sido quemada, odiada, temida y avistada.
He sido ignorada, negada obviada
y eliminada de la historia, de la ciencia y de la filosofía.
Pero soy sobreviviente.

He sido trastocada, distorsionada, olvidada, difuminada
se han cooptado mis palabras y mis símbolos
se han confundido mis ideas
se han experticiado mis pensamientos
se han psicologizado mis propuestas
se han vaciado mis consignas
se han aprovechado de mis luchas
pero, quiéranlo o no, feminista, radical y autónoma
porque soy sobreviviente.


Victoria Aldunate Morales
(Santiago, Chile, 1971)
ESCRITORA/TERAPEUTA/COMUNICADORA

Fuente: Emma Gunst
Sus artículos en: REBELIÓN
su blog: 
PUNTADA CON HILO



sábado, 22 de abril de 2017

Tilsa Otta - Tres poemas

Imagen de Antonio Mora


 El primer día de sol descubre mi piel

Luz irracional

Repite los días como un mantra

El amor es puro si permanece salvaje

Como el primer día de sol

Cuando veo tu cuerpo

Mi primer instinto es tocarlo

Sin importar lo demás luz

Irracional el primer instinto



 Foto mía

Cuando vuelas no puedes detenerte a pensar



Menos plástico en las botellas

Más fáciles de aplastar cuando te llenas de ira

En esos momentos puedes reciclarlo todo con tus propias manos

Suerte del mundo que puede contar contigo

Los anillos de Saturno le hacen a tus dedos

Eres todo poderoso cuando dices la verdad

Lxsdiosxs usan altavoces

Porque algunos se resisten a escuchar

Se beben el agua y ya no tienen por donde caminar

La cuarta dimensión del deseo

Reproduce el viento en tus gestos

Esta noche se estrella contra los autos

Los camiones de basura salen del cielo

Te digo que eres un rey porque tengo sentimientos encontrados en ti

Porque hay abismos iluminados en la promesa de verte

Partes de mí hasta que regresas

Almas en pena los días que nos separan

Pronto podrán descansar en paz y desvanecerse

El porvenir será un jardín de niños de flores de piedras

Las partículas de piel que cada día se desprenden del amor

Y en señales de humo ascienden

Ascienden

Poemas de amor

Posturas sexuales de los dioses

Coreografías que aprenden los planetas


Grafiti de la red

  
Creo que disparar un arma dejaría algo conmovido dentro de mí. Disparar al aire sería un crimen contra todo. El aire, un elemento tan preciado, tan precioso. Me parece hermoso el aire. Y dispararle a una persona ni se discuta. Los ojos cerrándose para siempre o abiertos de par en par. Todas las canciones que ponen son para bailar. Pienso que creer en la sangre dejaría algo conmovido dentro de mí. Huir por las alcantarillas también, y  descargar cajas de cartón en un servicio de mudanzas. Bailar ni se discuta. No me refiero a las flores. No me interesa ese tipo de morbo. La fotosíntesis. Reflexión interna total de una materia inorgánica.
  
Biografía
Tilsa Otta (Lima, 1982) Ha publicado los poemarios “Mi niña veneno en el jardín de las baladas del recuerdo” (2004),“Indivisible” (2007), “Antimateria” (2014, Ediciones Neutrinos, Argentina; 2015, Editorial Pesopluma, Lima) y el libro de cuentos “Un ejemplar extraño” (Solar, 2012).Forma parte de antologías, entre las que destacan 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI (Argentina, 2014), 4M3R1C4 2.0 (México, 2012), “Me gustas tú. Adolescentes en la poesía peruana” (Perú, 2011), “Voces para Lilith” (Perú, 2011) y “Chicha. La nueva poesía peruana” (Argentina, 2005).




viernes, 21 de abril de 2017

Sidonie Gabrielle Colette - Ensueño de año nuevo

Imagen de César Moro

Ensueño de año nuevo
De: Sidonie Gabrielle Colette

Las tres volvemos a casa, empolvadas, yo, la pequeña doga y la perra de pastor flamenca. Ha nevado en los pliegues de nuestras ropas. Yo llevo charreteras blancas; en la cara chata de Poucette se funde un azúcar impalpable, y la perra de pastor centellea toda, desde su puntiagudo hocico a su cola semejante a una cachiporra.
Salimos para contemplar la nieve, la verdadera nieve y el verdadero frío, rarezas parisienses, ocasiones, casi imposibles de encontrar, de final de año. En mi barrio desierto, corrimos como tres locas, y las fortificaciones hospitalarias, las calumniadas fortificaciones presenciaron, desde la avenida de Ternes al bulevar Malesherbes, nuestra jadeante alegría de perros en libertad. Nos inclinamos, de lo alto del talud, sobre el foso que colmaba un crepúsculo violáceo agitado por torbellinos blancos; contemplamos Levallois negro salpicado de luces rosadas, detrás de un velo tejido con miles y miles de moscas blancas, vivas, frías como flores deshojadas, que se derruían en los labios, en los ojos, suspendidas por un momento las pestañas, del vello de las mejillas. Arañamos con nuestras diez patas una nieve intacta, fiable, que huía bajo nuestros pies con un acariciador crujir de tafetán. Lejos de todos los ojos, galopamos, ladramos, comimos la nieve al vuelo, saboreamos su dulzura de sorbete avainillado y polvoriento.
Sentadas ahora frente a la ardiente rejilla las tres callamos. El recuerdo de la noche, de la nieve, del viento desencadenado detrás de la puerta, se funde lentamente en nuestras venas y vamos a deslizarnos en ese sueño repentino, recompensa de las largas caminatas.
La perra de pastor, que humea como un baño de pies, ha recobrado su dignidad de loba amaestrada, su seriedad falsa y cortes. Escucha, con una oreja, el susurro de la nieve a lo largo de las persianas cerradas, con la otra acecha el tintineo de las cucharas de la antecocina. Su nariz afilada palpita, y sus ojos color cobre, abiertos, fijos en el fuego, se mueven incesantemente, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, como si estuviera leyendo. Yo estudio, un poquito recelosa, a esa recién llegada, esa perra femenina y complicada que guarda bien, ríe raramente, se conduce como persona sensata, con una impenetrable mirada. Sabe mentir, robar; pero grita, sorprendida, como una jovencita asustada, y casi enferma de emoción. ¿Dónde adquirió, esa lobita de bajas caderas, esta hija de las tierras valonas, su odio hacia la gente mal vestida y su reserva aristocrática? Le ofrezco un puesto en mi hogar y en mi vida, y quizás, ella que ya sabe defenderme, me amará.
Mi pequeña doga de corazón infantil duerme, reventada de sueño, con fiebre en el hocico y las patas. La gata gris no ignora que nieva, y desde la hora del almuerzo no he vuelto a verle la punta de la nariz, hundida en el pelo de su vientre. Heme aquí una vez más, como al principio del otro año, sentada frente a mi hogar, a mi soledad, frente a mí misma.
Un año más... ¿Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. ¿Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba, cambió para mí la forma de los años. El año ya no es ese sendero serpenteante, esa cinta desenrollada que de enero ascendía a la primavera, subía, subía al verano para florecer en llanura serena, en prado ardiente recortado de sombras azules, salpicado de deslumbrantes geranios, luego descendía a un otoño oloroso, brumoso, que exhala aroma a marjal, o fruta madura y caza, luego se internaba en un invierno seco, sonoro, espejeante de lagunas heladas, de nieve rosada bajo el sol... Después la cinta ondulada se precipitaba, vertiginosa, hasta romperse en seco, frente a una fecha maravillosa, aislada, suspendida entre los dos años como flor de escarcha: el día de Año Nuevo.
Una niña muy amada, entre unos padres que no eran ricos, y que vivía en el campo entre árboles y libros y que no conoció ni deseó costosos juguetes; he aquí lo que veo al inclinarme esta noche sobre mi pasado. Una niña supersticiosamente encariñada con las fiestas de las estaciones, con las fechas señaladas por un regalo, una flor, un pastel tradicional. Una niña que por instinto ennoblecía paganamente las fiestas cristianas, enamorada solamente del ramo de boj, del huevo rojo de Pascua, de las rosas deshojadas de Corpus y de los altares -siringas, acónitos, manzanillas-, del vástago de avellano coronado por una crucecita, bendecido en la misa de la Ascensión y plantado en los linderos del campo, al que protege del granizo. Una niñita prendada del pastel de cinco cuernos, cocido y comido el día de Ramos; de la «crepé» en Carnaval; del asfixiante olor de la iglesia, durante el mes de María.
Anciano sacerdote sin malicia que me distes la comunión, ¿pensabas que esa niña silenciosa, fijos los ojos en el altar, esperaba el milagro, el inaprensible movimiento del chal azul que ceñía a la Virgen? ¿Verdad? ¡Yo me comportaba de forma tan juiciosa! Es cierto que pensaba en milagros, pero... no los mismos que tú. Adormilada por el incienso de las cálidas flores, hechizada por el perfume mortuorio, la podredumbre almizclada de las rosas, yo vivía, bondadoso hombre, sin malicia, en un paraíso que no podías imaginar, poblado de mis dioses, de mis animales habladores, de mis ninfas y de mis sátiros. Y yo te escuchaba hablar de tu infierno, pensando en el orgullo del hombre que, por sus crímenes de un instante, inventó el infierno eterno. ¡Ah, cuánto tiempo hace!
Mi soledad, esta nieve de diciembre, este umbral de otro año, no me devolverán el escalofrío de antaño, cuando acechaba, durante la larga noche, el lejano estremecimiento, entreverado con los latidos de mi corazón, del tambor municipal, despertando con el día nuevo a la aldea dormida. Temía, llamaba, desde la profundidad de mi lecho de niña, a ese tambor en la noche helada, a eso de las seis, con una angustia nerviosa próxima al llanto, apretadas las mandíbulas, el vientre contraído. Sólo este tambor, y no las doce campanadas de la medianoche, daba para mí la brillante apertura del nuevo año, el advenimiento misterioso tras el cual el mundo entero jadeaba, suspendido al primer rran del viejo tapín de mi aldea.
Pasaba, invisible en la oscura mañana, lanzando a las paredes su viva y fúnebre alboradilla, y detrás de él se reanudaba una vida, nueva y saltando hacia doce meses nuevos. Liberada, yo saltaba de mi cama con la vela, corría a las felicitaciones, los besos, los bombones, los libros con cantos dorados. Abría la puerta a los panaderos portadores de las cien libras de pan y hasta mediodía, grave, penetrada de una importancia comercial, daba a todos los pobres, los verdaderos y los falsos, el cantero de pan y la moneda que recibían sin humildad y sin gratitud.
Mañanas de invierno, lámpara roja en la oscuridad, aire inmóvil y áspero de antes de nacer el día, jardín adivinado en la oscura alba, disminuido, cubierto de nieve, abetos abrumados que dejabais resbalar, de hora en hora, el fardo de tus brazos negros, abanicazos de los pajarillos asustados, y sus juegos inquietos en medio de un polvo de cristal, más tenue, más lleno de lentejuelas que la irisada bruma de un surtidor. ¡Oh, inviernos todos de mi infancia, un día de invierno acaba de devolveros a mi recuerdo! Es mi rostro de antaño el que busco en este espejo ovalado, cogido con mano distraída, y no mi rostro de mujer, de mujer joven a la que pronto abandonará su juventud.
Hechizada aún por mi sueño, me sorprendo de haber cambiado, de haber envejecido, mientras soñaba. Con trémulo pincel, podría pintar, encima de este rostro, el de una lozana niña enmorenecida por el sol, sonrosada por el frío, unas mejillas elásticas que acababan en una esbelta barbilla, unas cejas móviles prestas a fruncirse, una boca cuyas astutas comisuras desmentía el breve labio ingenuo. ¡Ay, sólo es un instante! El adorable terciopelo del pastel resucitado se deshace y echa a volar. El agua oscura del espejito sólo retiene mi imagen que es igual, completamente igual a mí, señalada de ligeros arañazos, finalmente grabada en los párpados, en las comisuras de los labios, entre las obstinadas cejas. Una imagen que ni sonríe ni se entristece, y que murmura para sí solita:
«Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como grito de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria. Mírame, mira tus parpados, tus labios, levanta los rizos de tus cabellos sobre las sienes: ya empiezas a alejarte de tu vida; no lo olvides: ¡hay que envejecer! Aléjate lentamente, lentamente, sin lágrimas, no olvides nada. Llévate tu salud, tu alegría, tu atildamiento, el poco de bondad y justicia que te hizo la vida menos amarga; ¡no olvides! Vete engalanada, vete dulce, y no te detengas a lo largo del irresistible camino; en vano lo intentarías. ¡Hay que envejecer! Sigue el camino, tiéndete sólo para morir. Y cuando te tiendas a través de la vertiginosa cinta ondulada, si detrás de ti no dejaste, uno a uno, tus rizados cabellos ni tus dientes uno a uno, ni tus miembros usados uno a uno, si el eterno polvo no sació tus ojos de la luz maravillosa antes de tu última hora, si hasta el final has conservado en tu mano la mano amiga que te guía, tiéndete sonriendo, duerme dichosa, duerme privilegiada...»


Rêverie de nouvel an
Toutes trois nous rentrons poudrées, moi, la petite bull et la bergère flamande… Il a neigé dans les plis de nos robes, j’ai des épaulettes blanches, un sucre impalpable fond au creux du mufle camard de Poucette, et la bergère flamande scintille toute, de son museau pointu à sa queue en massue.
Nous étions sorties pour contempler la neige, la vraie neige et le vrai froid, raretés parisiennes, occasions, presque introuvables, de fin d’année… Dans mon quartier désert, nous avons couru comme trois folles, et les fortifications hospitalières, les fortifs décriées ont vu, de l’avenue des Ternes au boulevard Malesherbes, notre joie haletante de chiens lâchés. Du haut du talus, nous nous sommes penchées sur le fossé que comblait un crépuscule violâtre fouetté de tourbillons blancs ; nous avons contemplé Levallois noir piqué de feux roses, derrière un voile chenillé de mille et mille mouches blanches vivantes, froides comme des fleurs effeuillées, fondantes sur les lèvres, sur les yeux, retenues un moment aux cils, au duvet des joues… Nous avons gratté de nos dix pattes une neige intacte, friable, qui fuyait sous notre poids avec un crissement caressant de taffetas. Loin de tous les yeux, nous avons galopé, aboyé, happé la neige au vol, goûté sa suavité de sorbet vanillé et poussiéreux…
Assises maintenant devant la grille ardente, nous nous taisons toutes trois. Le souvenir de la nuit, de la neige, du vent déchaîné derrière la porte, fond dans nos veines lentement et nous allons glisser à ce soudain sommeil qui récompense les marches longues…
La bergère flamande, qui fume comme un bain de pieds, a retrouvé sa dignité de louve apprivoisée, son sérieux faux et courtois. D’une oreille, elle écoute le chuchotement de la neige au long des volets clos, de l’autre elle guette le tintement des cuillères dans l’office. Son nez effilé palpite, et ses yeux couleur de cuivre, ouverts droit sur le feu, bougent incessamment, de droite à gauche, de gauche à droite, comme si elle lisait… J’étudie, un peu défiante, cette nouvelle venue, cette chienne féminine et compliquée qui garde bien, rit rarement, se conduit en personne de sens et reçoit les ordres, les réprimandes sans mot dire, avec un regard impénétrable et plein d’arrière-pensées… Elle sait mentir, voler – mais elle crie, surprise, comme une jeune fille effarouchée et se trouve presque mal d’émotion. Où prit-elle, cette petite louve au rein bas, cette fille des champs wallons, sa haine des gens mal mis et sa réserve aristocratique ? Je lui offre sa place à mon feu et dans ma vie, et peut-être m’aimera-t-elle, elle qui sait déjà me défendre…
Ma petite bull au cœur enfantin dort, foudroyée de sommeil, la fièvre au museau et aux pattes. La chatte grise n’ignore pas qu’il neige, et depuis le déjeuner je n’ai pas vu le bout de son nez, enfoui dans le poil de son ventre. Encore une fois me voici, en face de mon feu, de ma solitude, en face de moi-même…
Une année de plus… À quoi bon les compter ? Ce jour de l’An parisien ne me rappelle rien des premier janvier de ma jeunesse ; et qui pourrait me rendre la solennité puérile des jours de l’An d’autrefois ? La forme des années a changé pour moi, durant que, moi, je changeais. L’année n’est plus cette route ondulée, ce ruban déroulé qui depuis janvier, montait vers le printemps, montait, montait vers l’été pour s’y épanouir en calme plaine, en pré brûlant coupé d’ombres bleues, taché de géraniums éblouissants, – puis descendait vers un automne odorant, brumeux, fleurant le marécage, le fruit mûr et le gibier, – puis s’enfonçait vers un hiver sec, sonore, miroitant d’étangs gelés, de neige rose sous le soleil… Puis le ruban ondulé dévalait, vertigineux, jusqu’à se rompre net devant une date merveilleuse, isolée, suspendue entre les deux années comme une fleur de givre le jour de l’An…
Une enfant très aimée, entre des parents pas riches, et qui vivait à la campagne parmi des arbres et des livres, et qui n’a connu ni souhaité les jouets coûteux voilà ce que je revois, en me penchant ce soir sur mon passé… Une enfant superstitieusement attachée aux fêtes des saisons, aux dates marquées par un cadeau, une fleur, un traditionnel gâteau… Une enfant qui d’instinct ennoblissait de paganisme les fêtes chrétiennes, amoureuse seulement du rameau de buis, de l’œuf rouge de Pâques, des roses effeuillées à la Fête-Dieu et des reposoirs – syringas, aconits, camomilles – du surgeon de noisetier sommé d’une petite croix, bénit à la messe de l’Ascension et planté sur la lisière du champ qu’il abrite de la grêle… Une fillette éprise du gâteau à cinq cornes, cuit et mangé le jour des Rameaux ; de la crêpe, en carnaval ; de l’odeur étouffante de l’église, pendant le mois de Marie…
Vieux curé sans malice qui me donnâtes la communion, vous pensiez que cette enfant silencieuse, les yeux ouverts sur l’autel, attendait le miracle, le mouvement insaisissable de l’écharpe bleue qui ceignait la Vierge ? N’est-ce pas ? J’étais si sage !… Il est bien vrai que je rêvais miracles, mais… pas les mêmes que vous. Engourdie par l’encens des fleurs chaudes, enchantée du parfum mortuaire, de la pourriture musquée des roses, j’habitais, cher homme sans malice, un paradis que vous n’imaginiez point, peuplé de mes dieux, de mes animaux parlants, de mes nymphes et de mes chèvre-pieds… Et je vous écoutais parler de votre enfer, en songeant à l’orgueil de l’homme qui, pour ses crimes d’un moment, inventa la géhenne éternelle… Ah ! qu’il y a longtemps !…
Ma solitude, cette neige de décembre, ce seuil d’une autre année ne me rendront pas le frisson d’autrefois, alors que dans la nuit longue je guettais le frémissement lointain, mêlé aux battements de mon cœur, du tambour municipal, donnant, au petit matin du 1er janvier, l’aubade au village endormi… Ce tambour dans la nuit glacée, vers six heures, je le redoutais, je l’appelais du fond de mon lit d’enfant, avec une angoisse nerveuse proche des pleurs, les mâchoires serrées, le ventre contracté… Ce tambour seul, et non les douze coups de minuit, sonnait pour moi l’ouverture éclatante de la nouvelle année, l’avènement mystérieux après quoi haletait le monde entier, suspendu au premier rrran du vieux tapin de mon village.
Il passait, invisible dans le matin fermé, jetant aux murs son alerte et funèbre petite aubade, et derrière lui une vie recommençait, neuve et bondissante vers douze mois nouveaux… Délivrée, je sautais de mon lit à la chandelle, je courais vers les souhaits, les baisers, les bonbons, les livres à tranches d’or… J’ouvrais la porte aux boulangers portant les cent livres de pain et jusqu’à midi, grave, pénétrée d’une importance commerciale, je tendais à tous les pauvres, les vrais et les faux, le chanteau de pain et le décime qu’ils recevaient sans humilité et sans gratitude…
Matins d’hiver, lampe rouge dans la nuit, air immobile et âpre d’avant le lever du jour, jardin deviné dans l’aube obscure, rapetissé, étouffé de neige, sapins accablés qui laissiez, d’heure en heure, glisser en avalanches le fardeau de vos bras noirs, – coups d’éventail des passereaux effarés, et leurs jeux inquiets dans une poudre de cristal plus ténue, plus pailletée que la brume irisée d’un jet d’eau… Ô tous les hivers de mon enfance, une journée d’hiver vient de vous rendre à moi ! C’est mon visage d’autrefois que je cherche, dans ce miroir ovale saisi d’une main distraite, et non mon visage de femme, de femme jeune que sa jeunesse va, bientôt, quitter…
Enchantée encore de mon rêve, je m’étonne d’avoir changé, d’avoir vieilli pendant que je rêvais… D’un pinceau ému je pourrais repeindre, sur ce visage-ci, celui d’une fraîche enfant roussie de soleil, rosie de froid, des joues élastiques achevées en un menton mince, des sourcils mobiles prompts à se plisser, une bouche dont les coins rusés démentent la courte lèvre ingénue… Hélas, ce n’est qu’un instant. Le velours adorable du pastel ressuscité s’effrite et s’envole… L’eau sombre du petit miroir retient seulement mon image qui est bien pareille, toute pareille à moi, marquée de légers coups d’ongle, finement gravée aux paupières, aux coins des lèvres, entre les sourcils têtus… Une image qui ne sourit ni ne s’attriste, et qui murmure, pour moi seule : « Il faut vieillir. Ne pleure pas, ne joins pas des doigts suppliants, ne te révolte pas il faut vieillir. Répète-toi cette parole, non comme un cri de désespoir, mais comme le rappel d’un départ nécessaire. Regarde-toi, regarde tes paupières, tes lèvres, soulève sur tes tempes les boucles de tes cheveux : déjà tu commences à t’éloigner de ta vie, ne l’oublie pas, il faut vieillir !
Éloigne-toi lentement, lentement, sans larmes ; n’oublie rien ! Emporte ta santé, ta gaîté, ta coquetterie, le peu de bonté et de justice qui t’a rendu la vie moins amère ; n’oublie pas ! Va-t’en parée, va-t’en douce, et ne t’arrête pas le long de la route irrésistible, tu l’essaierais en vain, – puisqu’il faut vieillir ! Suis le chemin, et ne t’y couche que pour mourir. Et quand tu t’étendras en travers du vertigineux ruban ondulé, si tu n’as pas laissé derrière toi un à un tes cheveux en boucles, ni tes dents une à une, ni tes membres un à un usés, si la poudre éternelle n’a pas, avant ta dernière heure, sevré tes yeux de la lumière merveilleuse – si tu as, jusqu’au bout gardé dans ta main la main amie qui te guide, couche-toi en souriant, dors heureuse, dors privilégiée… »


Sidonie Gabrielle Colette

Biografía
Sidonie-Gabrielle Colette (Saint-Sauveur-en-Puisaye, 28 de enero de 1873 - París, 3 de agosto de 1954), más conocida como Colette, fue una novelista, periodista, guionista, libretista y artista de revistas y cabaré francesa. Adquirió celebridad internacional por su novela Gigi, llevada al cine por Vincente Minnelli en 1958 y, siendo miembro de la Academia Goncourt desde 1945, la llegó a presidir entre 1949 y 1954 y fue condecorada con la Legión de Honor.
Obras
Primera edición de Claudine à l'école.
Existe una edición de sus Obras completas en español (Barcelona: Plaza y Janés, 1963, 2 vols.).
1900-1903: Claudine
1904: Dialogues de bêtes ("Diálogos de animales")
1907: La Retraite sentimentale ("El retiro sentimental")
1908: Les Vrilles de la vigne ("Los zarcillos de la viña")
1909: L'Ingénue libertine ("La ingenua libertina")
1910: La Vagabonde ("La vagabunda")
1913: L'Entrave ("El obstáculo")
1913: L'Envers du music-hall ("El reverso del music-hall")
1916: La Paix chez les bêtes ("La paz en la casa de los animales")
1917: Les Heures longues ("Las largas horas")
1918: Dans la foule ("En la muchedumbre")
1919: Mitsou ou Comment l'esprit vient aux filles ("Mitsú o Cómo el carácter viene a las muchachas")
1920: Chéri ("Querido")
1922: La Chambre éclairée ("La cámara oscura", florilegio de artículos publicados en los diarios a fines de la I Guerra Mundial)
1922: La Maison de Claudine ("La casa de Claudina")
1923: Le Blé en herbe ("El trigo verde")
1924: La Femme cachée ("La mujer oculta")
1926: La Fin de Chéri ("El final de Querido")
1928: La Naissance du jour ("El surgir del día")
1929: me ("Mí")
1930: Sido ("Sidó")
1932: Le Pur et l'Impur ("Lo puro y lo impuro; retrato literario de Renée Vivien)
1933: La Chatte ("La gata")
1934: Duo ("Dúo")
1936: Mes Apprentissages ("Mis aprendizajes")
1936: Splendeur des papillons, ("Esplendor de mariposas")
1937: Bella-Vista ("Bella-Vista", relatos)
1938: La Jumelle noire ("La jungla negra", cuatro volúmenes de críticas teatrales y cinematográficas: I, 1934; II, 1935; III, 1937; IV, 1938)
1939: Le Toutounier (seguida de Duo)
1940: Chambre d'hôtel ("Habitación de hotel")
1943: Le Képi ("El Quepis")
1943: Nudité ("Desnudez")
1944: Gigi
1946: L'Étoile Vesper ("El lucero vespertino")
1941: Julie de Carneilhan
1941: Journal à rebours ("Diario a contrapelo")
1944: Paris de ma fenêtre ("París desde mi ventana")
1949: Le Fanal bleu ("El farol azul)
1992: Histoires pour Bel-Gazou ("Historias para Bel-Gazou", novelas), Hachette, ilustrado por Alain Millerand.
2010: Colette journaliste: Chroniques et reportages (1893-1945), textos periodísticos inéditos.
2011: J'aime être gourmande, presentación de G. Bonal y F. Maget, introducción de G. Martin, colección Carnets, L'Herne, París.


Fuente de la Biografía: Wikipedia
Fuente relato: Alba Learning


jueves, 20 de abril de 2017

Myra Jara - Tres poemas

Os dejo tres poemas de Myra Jara, poeta peruana.

Imagen de Antonio Mora



MI BOCA de la enfermedad no es grotesca

la rodea un pudor infantil, vanidad, aburrimiento

mientras él me dejaba

me lavaba la boca

ahora tiene una mujer ligeramente sensual

―sensualidad constructiva

y esa mujer tiene adultez

y también creación


Imagen de Sarolta Ban



ME INTERESAN las imágenes que a mí llegan y de mí parten

y todo lo que gira en torno a mí

tiene la luz de mis ojos

todo lo que me conmueve

tiene impregnada la luz de mí.

el movimiento es blanco

la destrucción es blanca


Imagen de Sarolta Ban 


HAY UN VIAJE en un tren de los italianos que te aleja de Europa

El tren termina el recorrido en Ucrania, en un túnel

Las cabezas que descienden en el túnel Ucraniano se mueven lentamente en el andén

Algunas cabezas se mueven hacia las escaleras

Las cabezas pequeñas de los niños se mueven, también hay cabezas pequeñas de perros y de cisnes

Otras cabezas esperan en el andén por otro tren

A estas cabezas quietas se les posan moscas negras e insectos

Quienes se embarquen, atravesarán la Siberia. Llegarán a Mongolia,

Partirán después a pequeños lugares en el Asia.



El tren a Mongolia lo toman 10 o 15 personas

No suben todos los animales, hay quienes han tenido que abandonar a sus perros y sus gallinas



La compañía no los quiere a todos

Acepta a veces a mujeres sin sus hijos

A hombres sin sus mujeres



Pocos entran en el tren, consigo llevan poco



Yo entro al tren cada mes, me llaman para que lo limpie

Boto las cáscaras de los huevos, la cerveza, los condones

Cuando termino de limpiar, respiro profundo

Escupo y

Me siento



Me llaman Señora los que vienen a darme el pago

Pero yo soy una mujer joven

He escogido el trabajo del tren para estar con las vacas

Despreciar

La cantidad obscena de hambre.



No desprecio

El hambre, la sed de la gente subida con una idea de aislamiento. Aquella que hará sutiles actos contra sí misma, en el Asia.

Así crece, eso es avejentar el mundo.



Limpio Mongolia

Voy fumando con una escoba por sus calles bárbaras

Sus habitantes son todos como frías abejas

Pero las mujeres son mejor como larvas, hinchadas, salvajes y costureras



Limpio Mongolia y voy viajando

Cuando llego tengo sexo

Consigo hombres en el bar

Se van, antes me lavan el cuello.



En el tren, me lavan el cuello los obreros

Les voy contando cómo es mi hambre

El placer de la miseria ante el hambre.

Es necesario hacer miseria

Y les recuerdo mientras nos bañamos juntos, todos desnudos:

Falta mucho para envejecer.


Biografía
Myra Jara (Lima, 1987). Vive en Roma. Posee una cultura variada, no exclusivamente literaria: cine, música, poesía, danza. Ha estudiado Humanidades en Perú, Alemania e Italia, y talleres de Danza contemporánea en Nueva York y Alemania.  Ha sido parte del Staff del Festival Internacional de Poesía de Lima en 2012 y 2013. Ha publicado, en traducción Italiana, algunas poesías en la revista literaria en web “Le parole e le cose”. La suya es una poesía moderna, contemporánea, legada a la realidad y contemporáneamente al profundo de sí. Su lenguaje es directo, imaginativo, visionario. Es, a mi parecer, uno de los poetas del futuro.