miércoles, 10 de noviembre de 2010

Mis cuentos: Alicia, la de enfrente

Nicoletta Ceccoli - Tree girl


Alicia, la de enfrente

Por las mañanas Alicia y yo íbamos juntas al cole, cargando nuestras respectivas maletas con cuadernos, libros y lápices de colores. Alicia y yo estábamos en clases distintas. Había días en que me sentía obligada a llenar el ruido de nuestras pisadas con palabras, Alicia agradecía mi esfuerzo un atento silencio, y otras permanecía a mi lado sumida en sus pensamientos. Alicia se había acostumbrado al sonido de mi voz, daba la impresión de que el trayecto era más corto y que pronto estaríamos frente a la puerta de la escuela. Cuando llegábamos, partía corriendo en busca de las chicas de mi clase y la dejaba tirada esbozando una breve sonrisa con un simple: “chao”. Es que a penas quedaban unos minutos para escuchar las últimas novedades de las chicas, el timbre siempre sonaba en lo sustancial de la charla.
Alicia vivía frente a mi casa, en el barrio de Balconcillo, en Lima, en una quinta unida por dos casas al final de un corredor, frente a frente se ubicaban 6 casas más. Su madre era una mujer parlanchina, se movía con lentitud arrastrando su inmenso cuerpo con optimista alegría, ella sabía que lo único que podemos palpar es el presente y siempre estaba lista para disfrutar lo que la vida le iba arrojando. Por las tardes nos tocaba la puerta, se sentaba junto a mi abuela en la cocina a tomar una tasa de té y procedía a contar sus inagotables historias; mientras que el padre de mi amiga trabajaba en Pisco, un pequeño pueblo costero, anclado en el deterioro del tiempo.
Nuestra amistad estaba ligada a esos pocos momentos compartidos en el transcurso del día a día. Jugábamos poco, a pesar de vivir una enfrente a la otra. Ella se ocupaba de las tareas de la casa, era su deber, se lo repetía su madre, Alicia con once años barría, trapeaba, ordenaba la casa, lavaba la ropa y planchaba. Por eso cuando la iba a buscar, tenía que esperarla un tiempo infinito en su habitación. Tenía dos hermanos mayores, uno ya trabajaba, era profesor de química, el otro andaba aún en la universidad. Ellos llegaban a la casa, a comer, ver la tele o leer el periódico, también realizaban trabajos relacionados con el estudio o el trabajo, pero en su tiempo libre se iban con sus amigos.
Una tarde cuando estaba esperándola, me detuve en la habitación contigua, la de su hermano, por debajo del colchón asomaba una revista, me acerque y la cogí, era una revista con dibujos de mujeres de grandes tetas, culos redondeados y cinturas extremadamente estrechas, parecían proceder del país de las curvas y esos hombres esbeltos y musculosos con pililas largas y duras como nabos, sobándose y lamiéndose unos a otros por todas partes, disfrutando como posesos. Cuando Alicia entró a la habitación me la arrancó de las manos con un grito severo:
  • ¡Esas revistas no son para nosotras!
Alicia sabía cosas que yo desconocía, en mí cabeza no dejaban de dar vueltas todas esas imágenes pero cada vez que le preguntaba fruncía el seño y su boquita permanecía sellada guardando celosamente los secretos del extraño mundo adulto. A veces la ayudaba con alguna tarea de la escuela, a pesar de que ella estaba en una clase superior, yo tenía 10 años, pero en mi casa se leía mucho. Mi madre era profesora, nos compraba libros con historias encantadoras, ella siempre repetía que lo más importante era una buena educación, además teníamos una gran enciclopedia con la historia del mundo y sus personajes, que tanto a mis hermanos como a mí, nos hacían volar la imaginación, retrocediendo en el tiempo y recorriendo lejanos países. Como Alicia no tenía tiempo, ni libros tan bonitos, yo la ayudaba con sus tareas, supongo que por eso me aguantaba.
Una tarde después de haber ayudado a Alicia a resolver algunas tareas del cole, ella estampa su nombre completo en un impreso para el cole, Alicia García Fernández.
  • ¿Qué? ¿De dónde has sacado ese segundo apellido? tus hermanos son García Gutiérrez, como tu madre.
  • Ese no es mi apellido, ya lo sé, dice mi madre que fue un error en la escritura de la partida de nacimiento, pero no puede rectificarla porque es muy caro y nosotros no tenemos dinero para esas cosas.
Nos quedamos calladas, Alicia tenía la mirada triste. Le propuse salir a la calle a comprar alguna golosina en el chino de la esquina, había unas galletas rellenas de chocolate que nos hicieron agua la boca, las compramos, abrimos el paquete y ambas saboreamos con deleite, dejando en el olvido, ese asunto.
La señora Gertrudis, la madre de Alicia como muchas tardes cruzaba la quinta para conversar con mi abuela, alguna vez nos traía alguna mazamorra, le gustaba mucho preparar dulces y a menudo escuchaba sus risas vigorosas provenientes del patio que daba a la cocina, el lugar más propicio para relatar una buena historia y compartir una tasa de té caliente o algún dulce casero. A mi abuela le gustaba recibir a doña Gertrudis, con sus historias sobre naturales, esos muertos que suelen habitar las casas antiguas, ellos según decía doña Gertrudis, tenían una vida paralela a la nuestra, por eso a veces se sentían sus pasos y sus quejas. Con frecuencia le decía a mi abuela.
- Es que hay gente con ojos de ver y oídos de oír.
A mí me daba miedo escuchar las historias de doña Gertrudis, por eso subía a seguir jugando en mi habitación de la segunda planta, pero una vez cuando baje a pedir un vaso de leche, escuché a mi abuela consolando a la señora Gertrudis que hablaba con voz rota. Me aproximé a la cocina sin hacer ruido y alcance a escuchar estas palabras:
- Se la tuve que quitar de los brazos. Que iba a hacer esa pobre muchacha con la pequeña, recién nacida. Además era mi nieta.
Con los oídos repletos de aquellas palabras, subí como una flecha a la isla de mi pequeña habitación. Me tiré al piso y pataleé con rabia, luego jalé de un brazo a Pilar, abrace con fuerza su cuerpecito de plástico. La cólera se fue diluyendo lentamente, mientras una garúa fina fue bañando a la ya maltrecha Pilar.

María Germana Matta – En Madrid, a 27 de abril de 2008

domingo, 10 de octubre de 2010

Mis poemas: A través de mi ventana


El guardián del huevo de Leonora Carrington



A través de mi ventana

A veces me comprimo
al filo del insomnio
y sacudo mi esqueleto
de fatigados huesos
y en la vertiente acaudalada
de mi sangre
murmuro
una oración canción
para soñar
para danzar
una pestaña puesta
en la náusea del mundo
capital y miseria
atada a los extremos
del globalizado sistema.
Despeinando el pensamiento
abanico
su pálida ilusión
sol y pan
mar y miel
para este corazón pájaro
volando hacia lo incierto
del mundo.

María Germaná Matta, 4 de octubre de 2010

sábado, 25 de septiembre de 2010

Mis cuentos: Preludio


Foto de Darren Holmes - Numbing it


Preludio


“Quizás en su sueño también el pájaro indague
una o dos veces mientras tiembla.” Elizabeth Bishop


El invierno ha llegado, los pies y las manos se me hielan, envuelvo mi pecho con papel periódico, tal y como me enseño mi abuelita, aunque aquí el frio es distinto, más intenso. Cuando camino por la calle siento la fuerza del sol como un aliento tibio que me anima a seguir buscando, no sé qué, pero creo que pronto encontraré la respuesta, luego cierro mis ojos y le agradezco a Dios por haberme permitido llegar hasta este país. El idioma es el mismo pero las palabras suenan distintas en sus labios, ellos hablan con voz áspera, su tono es más alto, son más directos, no se andan con miramientos, incluso con frecuencia escucho palabras soeces. Siempre sentí que mi destino era ser monja, pero ahora tan lejos de los míos, mi vida se asoma distinta. Algunas noches se me hace un nudo en el pecho, lloro y cuando la última lágrima ha caído enciendo una vela y le rezo a la virgen en la penumbra de mi pequeña habitación, su llama trémula me guía. Siento como la fe renace en mí.
Comparto un piso con cuatro personas de distintas nacionalidades, tengo una habitación de paredes blancas y escasos muebles, mi refugio. Desde hace un mes un nuevo inquilino ha llegado al piso, es joven y serio, algunas noches coincidimos en la cena, charlamos, incluso me da consejos para conseguir trabajo, una sensación de hermandad. Cuido ancianos, es lo que hay. Él, se llama Antonio, su voz es grave y amable, en poco tiempo se ha convertido en un lazo con este nuevo mundo. Tiene familia y pocos amigos, más bien compañeros de trabajo. Después de nuestras charlas, se retira a su habitación y lee libros gruesos de filosofía, no cree en Dios y eso me apena. Desde niña escucho a Dios e interpreto sus señales. Un día cuando caminaba por un parque cercano a casa, una lluvia de hojas secas invadió el libro que Antonio me regaló por mi cumpleaños, desde entonces supe que las cosas habían cambiado y me dejé arrastrar por aquel extraño fluido de la vida.
Fue así como al cabo de unos meses nos casamos, Antonio ha cambiado, naturalmente Dios bendijo nuestra unión. Ahora vamos juntos a la iglesia, nuestra rutina es sencilla, cada cual con su trabajo, compartimos las tareas del hogar, por las noches él se encierra en sus las lecturas y cuando regresa a nuestra habitación siento como se mete entre las sábanas tibias y se pega a mi cuerpo. He dejado de trabajar, Antonio es informático, tiene un buen trabajo, me ha dicho que mejor me dedique a la casa, que siga impartiendo mis cursos de catecismo en la iglesia, él me ayudará a enviar dinero a mi familia. Hemos alquilado un piso para los dos, por las tardes doy apoyo a los niños que tienen dificultad en el colegio, en mi barrio de Vallecas. Me he dado cuenta que muchos niños sudamericanos como yo necesitan ayuda, sus madres trabajan largas horas y no tienen tiempo para ayudarlos con las tareas del colegio. Empecé con un niño, luego vinieron dos más, ahora son cinco. Los recojo del colegio y los llevo a mi casa, Antonio está contento con ellos, él también me ayuda con las tareas de la escuela, aunque siempre llega cuando estamos a punto de terminar, él revisa los ejercicios, y pregunta si hay dudas, siempre añade alguna ingeniosa explicación, sobre todo en matemáticas. Al final la casa se alborota con sus alegres vocecillas, hasta que sus madres llegan con prisa del trabajo, ellas se los llevan con una agradecida sonrisa. Papeles, lápices de colores y algunos juegos quedan esparcidos por el suelo y la mesa del comedor, cuando todos se han marchado, Antonio y yo retomamos la tranquilidad de nuestro hogar.
La otra noche Antonio me dijo que teníamos que tener nuestros propios hijos, yo me entristecí y él añadió que podía seguir dando clases a los niños, respire profundo y luego me reí de mí misma. Antonio a veces escupe pensamientos en voz alta y me asusta, yo lo escucho en silencio y me marcho a la cocina, cojo mis utensilios para preparar la comida o algún dulce, después cuando la calma ha vuelto a su espíritu, entra a la cocina y me pide perdón, mi corazón se estremece y olvido sus palabras pesadas, siento su abrazo seguro y la calma vuelve a mí, no sé por qué pero yo también lo abrazo con ternura.
Ahora lo estamos intentando. No me siento a gusto con el sexo, pero lo tengo que hacer para quedarme embarazada, cuando llega la noche, él me toca y luego de largos besos me desvisto y me quedo quieta bajo las sábanas esperando sus caricias, yo también lo acaricio y poco a poco mi cuerpo va aflojando; entonces él comienza con sus embestidas y mi cuerpo se resiste, cierro los ojos y respiro profundamente, mientras me imagino con mi gran vientre, cuando termina se aparta de mi cuerpo y me siento aliviada. Cuando éramos novios me gustaba que me besara y me tocara los pechos, sentía como mis pezones se endurecían y mi vagina se iba cubriendo con un rocío fino, un hormigueo gratificante se apoderaba de mí y llegaba hasta los dedos de mis pies; pero desde que lo hicimos la primera vez y me dolió, me pongo tensa cada vez que se arrincona a mi cuerpo. Lo consulté con mi ginecólogo y dijo algunas cosas sueltas, luego me miró y dijo que yo estaba bien, también me habló de unos geles que podía pedir en la farmacia, y añadió que si necesitaba más información consulte con un sexólogo, nunca se me habría ocurrido, sentí vergüenza pero hice un esfuerzo y sonreí. Siempre pienso en Antonio y en nuestro bebe, pero a veces, no entiendo los designios de Dios.
Desde hace unos días siento nauseas por las mañanas, todo lo vomito, sólo me reconforta el aire fresco. Me hará bien dar un dar un paseo, la calzada esta cubierta de hojas secas de tonos amarillos y rojizos, que inmenso y dulce es el otoño, ha llegado con su inconfundible olor a hierba marchita. A veces tengo miedo de que Dios se aparte de mí, ahora que más lo necesito. Durante mi paseo por el parque, una lluvia muy fina cae por mi rostro, siento mi vientre fuerte como un botón a punto de estallar, el viento sigue soplando sin dar tregua, levanto la mirada, un pájaro revolotea y canta por encima de mi cabeza, es una nueva señal. El aliento de Dios.

Por: María Germaná, en Madrid, a 12 de noviembre de 2009

sábado, 28 de agosto de 2010

Mis poemas: Sombra



Particolare Verita, de Maurizio Barraco

Sombra

A veces me puebla
Sigilosa
Atraviesa mi risa
Y se desploma
Penetrando mi saliva
Con su trago amargo
Y me siento a la intemperie
De mi rostro
Luego se cuela por mis manos
De raíces amplias
Territorio de mi amparo
Por las noches
Oscila entre mis sueños
Vierte su néctar
En cada hebra de mi pelo
Donde deposito la daga
Que esculpe mis señales
¿Qué he de hacer
Para salir indemne
De su impalpable presencia?
Caminar al otro lado del espejo
Agitar un pañuelo blanco
Trajinar por el mundo
Con el corazón al descubierto
Mitigar el sudor
Que emana su presencia
Bailar en el dorso
Del miedo.

María Germaná Matta 27 de Agosto de 2010

sábado, 7 de agosto de 2010

Inva Mula Tchako canta, una escena de la película: El Quinto Elemento

Esta escena pertenece a la película del director francés Luc Besson: “El Quinto Elemento”. La voz sublime de la soprano lírica Inva Mula Tchako nos deleita con el aria “Oh, giusto cielo!...Il dolce suono" de la Opera Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti.


domingo, 1 de agosto de 2010

Mis poemas


Foto de Darren Holmes

XXXII

Chupa la imaginación
De mis senos anhelantes
Cuélgame de la pestaña
De tu mundo
Y ofréceme la visión
De tu arrebato
Talla con tu brújula
El charco en que cavila
La sombra de mis ojos pardos
Cada vez que abres el candado
De tu corazón caparazón.

María Germaná Matta

domingo, 25 de julio de 2010

Mis poemas: Ser


Frida Kahlo - La Flor de la vida

Ser

Poco importa mi vestimenta de payaso sexy
He pagado ya por el disfraz
Sentada frente a la pantalla
Inventando números y sortilegios
Para dar con la clave de la dicha
Y de los miedos
¿Pasaporte para la felicidad?

Extiendo mis sueños
Debajo de las sábanas
Respiro la pesadilla
De saberte detrás del espejo
Temblando a solas este mundo
Cada cuál con su sórdida rutina
Aleteando sus incertidumbres.

Mis ojos de tupidas pestañas
Planean fantasía
Maniquí taconeando
Bajo el asfalto
De este purgatorio
Te ofrezco mis senos
De pálpito inconforme
Como plumas sedosas
Para la noche del naufragio animal.

María Germaná Matta, 22 de julio de 2010

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