sábado, 27 de febrero de 2010

Poesía de Katherine Mansfield


Foto de S.P. Andrew

Quiero compartir una selección de poemas de la escritora Katherine Mansfield, una de las narradoras más importantes del siglo pasado, dedicó su vida a la escritura, murió con apenas 33 años. Ella se consideraba narradora más que poeta, sin embargo, escribió poesía durante toda su vida, su poesía era más íntima y personal, sus poemas eran irónicos y lúdicos, su formación poética fue más bien clásica. Sus poemas fueron publicados por su segundo marido y albacea Middleton Murry, después de su muerte.

El año 2006 fue editado en Argentina un libro de poemas: Té de Manzanilla, por la editorial Bajo la Luna. La selección, traducción y prólogo: Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich.
He realizado una breve selección de poemas de dicho poemario que espero les guste. Además de compartir un artículo sobre la vida de la brillante autora, publicado en Rebelión: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=50715

Una vocación apasionada (10/05/2007)
La trágica y breve vida de Katherine Mansfield

Por: Lisandro Otero

La rebeldía femenina ha sido una constante del pasado siglo XX. Muchas activistas sociales, escritoras y sociólogas dieron el grito de alarma y convocaron a la emancipación; la última minoría oprimida, la de las esposas relegadas, se declaró en estado de insubordinación. Una de las escritoras que representó esa transgresión del orden establecido fue Katherine Mansfield.

Su vida fue una constante negación de su entorno, un rechazo de su ubicación social, una impugnación de su tiempo. Perteneció a una familia burguesa acomodada que no toleraba ver a su heredera gorda, tartamuda, con lentes. Tanta imperfección no se ajustaba a su categoría social. Había nacido, además, en un confín olvidado del mundo, en Wellington, Nueva Zelandia, con el nombre de Kathleen Beauchamp. Por sus presiones la familia la envió a estudiar a Londres, al Queen´s College, donde su vocación literaria maduró. En las clases de estudios bíblicos Katherine se distraía estudiando las venas en el rostro de su profesor.

Su familia la reclamó y ahí comenzó la gran sublevación. Su disgusto es evidente en cada paso que da. Organiza una expedición a través de la selva virgen neozelandesa. Mantiene numerosas relaciones eróticas, tanto sáficas como heterosexuales. Concibe un hijo de un cantante y para legitimarlo se casa con un patriarcal profesor de música, mucho más viejo que ella, a quien abandona la misma noche de la boda.

La familia decide recluirla en un convento de Baviera. De ahí se escapa para vivir en una pensión donde comienza a vivir con un traductor polaco que le trasmite una enfermedad venérea que padecerá durante mucho tiempo. Pero el polaco hace algo más que eso. Le enseña a leer a Chejov, la convierte en una entusiasta del ruso. La huella se verá más tarde en su propia literatura. Ese episodio es su último vínculo con sus raíces: su madre la deshereda. Se aficiona a tocar el violonchelo.

Regresa a Londres y se inicia la etapa más productiva de su vida. Escribe incesantemente y lleva sus relatos a todas las revistas, a todos los cenáculos literarios. En 1911 publica su primer libro “En una pensión alemana”, basado en su experiencia en Baviera: una protesta contra la irracional ferocidad de la vida cotidiana. Su obra comienza a ser acogida y respetada. Y entonces se produce el gran encuentro: conoce al editor John Middleton Murry que será su ángel custodio, su maestro y su amante. No pueden casarse porque el viejo profesor de música se niega a concederle el divorcio.

A Middleton le escribió: “Aunque viviese hasta la edad de los patriarcas originales de la Biblia, jamás conseguiría amarte todo lo que deseo… Te amo con toda la fuerza de nuestra vida futura, nuestra vida en común, que tan sólo ahora parece haber arraigado y vivir y crecer de cara al sol” Finalmente Katherine había encontrado la paz y la armonía en el amor compartido con un ser semejante.

Cuando publica “La fiesta en el jardín” parece haber llegado a la plenitud de sus fuerzas creativas, libro escrito en Suiza a donde ha ido a curarse de una dolencia fatal. Virginia Wolf la distingue con su amistad. Frecuenta el Bloomsbury Group. Ya es aceptada como una fuerza mayor en las letras inglesas pero se debilita por días: la tragedia asoma en su vida. De una relación con D.H.Lawrence había contraído tuberculosis, que le fue diagnosticada en 1918. Middleton la interna en un albergue en Fontainebleau, cerca de París.

Tras una ausencia Middleton la visita. Para demostrarle su supuesta recuperación sube precipitadamente una escalera y experimenta una súbita hemoptisis. Esa noche muere. Tenía treinta y dos años. Unos días antes había escrito en su Diario: “Quiero la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano conciente y sincero. Al comprenderme a mí misma quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de hacer… trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y sacar de todo esto lo que quiero escribir; expresar todas estas cosas… Quiero vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar, eso es lo que quiero, a donde debo tratar de llegar”.

Todo ello le fue negado pero dejó una impronta indeleble en la literatura de habla inglesa como uno de los pilares del modernismo y legó una huella considerable en sus muchos y devotos seguidores.


A continuación una breve selección mía de poemas de Katherine Mansfiel del libro: TÉ DE MANZANILLA

SOLEDAD
Ahora es la Soledad quien viene de noche
En vez de Sueño, a sentarse junto a mi cama.
Como una niña cansada espero oír sus pasos,
Y la miro mientras sopla la vela suavemente.
Se sienta sin moverse, ni a izquierda ni a derecha
Gira, y rendida, deja caer la cabeza.
También ella es vieja; también ella ha peleado la pelea.
Así, con laureles está adornada.

A través de la triste sombra la marea que baja lenta
Surca una costa estéril, insatisfecha.
Sopla un viento extraño…después silencio. Estoy lista
Para aceptar la Soledad, tomarle la mano,
Aferrarme a ella, esperando, hasta que la tierra estéril
Se llene con el terrible monótono de la lluvia.

A.L.H.B. (1894-1915)
Anoche por primera vez desde tu muerte
Caminé contigo, hermano mío, en un sueño.
Estábamos otra vez en casa junto al arroyo
Bordeado de altos arbustos de bayas, blancas y rojas.
“No las toques: son venenosas”, dije.
Pero alzaste la mano, y vi un rayo
De extraña risa luminosa en torno a tu cabeza
Y cuando te agachaste vi que las bayas fulguraban –
“¿no te acuerdas? ¡Las llamábamos el Pan del Muerto!”
Desperté y escuché el gemido del viento y el rugido
Del agua oscura al caer la costa.
¿Dónde – dónde está el camino del sueño para mis pies ansiosos?
Junto al arroyo recodado está mi hermano
Esperándome con bayas en las manos…
“Estas son mi cuerpo. Hermana, tómalas y come.”

EL ABISMO
Un abismo de silencio nos separa
Yo estoy de un lado del abismo – tú del otro-
No puedo verte ni oírte – pero sé que estás allí-
Suelo llamarte por tu nombre infantil
Y finjo que el eco de mi grito es tu voz.
Cómo podemos franquear el abismo – nunca hablándonos, tocándonos –
Antes pensaba que podríamos llenarlo con nuestras lágrimas,
Ahora quiero destrozarlo con nuestra risa

MALADE
El hombre del cuarto vecino
Tiene el mismo mal que yo
Cuando me despierto a la noche lo oigo darse vuelta
Y después tose
Y toso yo
Y él vuelve a toser –
Eso sigue mucho tiempo –
Hasta que siento que somos como dos gallos
Llamándonos en un falso amanecer
Desde granjas distantes y escondidas.

EL ANILLO
Sólo un minúsculo anillo de oro
Un eslabón apenas
Úsalo y habrás vendido tu corazón
…¡Extraña idea!

Mientras no destelle en tu mano
Serás libre.
¿Lo arrojaré en la arena,
Lo echaré al mar?

¿Cuál fue el mayor pecado de Judas,
El beso o el oro?
El amor debe acabar donde empiezan las ventas,
Según me han dicho.

No tendremos anillo, ni beso
Que traicionar.
Cuando escuches silbar la serpiente
Piensa en Eva.

martes, 2 de febrero de 2010

Mis poemas: Ya no hacen falta las palabras


William Blake - Border

Ya no hacen falta las palabras

Ya no hacen falta las palabras
Danza el pensamiento
En la cuerda del miedo
Sinfonía fugaz
Arañando sus inviernos.
La ternura se ha marchado
Por la azotea del corazón.

Ya no hacen falta las palabras
Ellas viajan
Por callejones tenebrosos
Los edificios crecen
La ciudad se extiende
Mientras nosotros
En un veloz murmullo
Encendemos el mp3
La música es el intento
De atrapar el vaivén de lo incierto.

Ya no hacen falta las palabras
Son flores tiritando
En la puerta del insomnio.
La vida es un desierto infame
La razón tiembla
Y se quiebra.


Por: María Germaná Matta - En Madrid, a 2 de diciembre de 2009
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

lunes, 25 de enero de 2010

Animación: Vincent de Tim Burton

Quería compartir esta poética animación de Tim Burton y Rick Heinrich realizada en 1982. Nos cuenta la historia de Vincent Maloy, un niño de 7 años de mucha imaginación, obsesionado con el actor Vincent Price. Podemos apreciar un homenaje a Edgar Allan Poe.
Espero les guste:

domingo, 17 de enero de 2010

Cine: El Baile de la Victoria



El Baile de la Victoria – De Fernando Trueba

La última película de Fernando Trueba, basada en la novela del escritor chileno Antonio Skármeta.
La democracia ha llegado a Chile, se decreta una amnistía para todos los presos sin delito de sangre.
El joven Ángel Santiago (Abel Ayala) quiere dar un golpe y para lograr su propósito busca al experto ladrón de cajas fuertes (Ricardo Darín) pero éste tiene un solo objeto recuperar a su mujer y a su hijo después de haber pasado 5 años en la cárcel.
La joven Victoria (Miranda Bodenhöfer) lleva una vida pendiente de un hilo donde los sentimientos colapsados por un pasado traumático le impiden hablar, ella sólo puede expresarse a través de la danza. Sus vidas se cruzan, y ellos, conmovidos por la belleza de su fuerza de interior cambiarán sus planes y se enfrentarán a un destino diferente.
Una magnífica fotografía, la cordillera de Los Andes reina majestuosa. La película nos habla del delito, de la amistad y del amor en un Chile contemporáneo.

jueves, 7 de enero de 2010

Alice Munro - Fragmento de ESCAPADA



Alice Munro, escritora nacida en 1931 en Ontario, Canadá. Sus historias de mujeres de mundos aparentemente anodinos, pero son, esos precisos detalles los que nos llevan de la mano por los recovecos casi imperceptibles de sus vidas, capaces de encerrar mundos interiores que van buscando el movimiento, es decir la vida. Sus mujeres están hambrientas de sueños, no quieren dejar escapar lo único que realmente poseen su propio yo. Son mujeres que viven vidas silenciosas, son casi invisibles, pero Alice Munro nos narra esos mundos sumergidos en una Canadá profunda.
Tiene varios libros escritos: El Progreso del Amor; Escapada; Odio, Amistad, Noviazgo, Amor, Matrimonio; El Amor de una Mujer Generosa; La Vista desde Castle Rock; Secretos a Voces. Ha sido galardonada con varios importantes premios y también ha sido candidata al nobel. Sino la conocen, los invito a leerla y descubrir esos mundos femeninos que se escapan de lo cotidiano y nos abren múltiples puertas.
Los dejo con un fragmento del libro de relatos: Escapada, del relato del mismo nombre.



Fragmento: Escapada
Por Alice Munro

Sylvia no tenía nada que hacer en la casa más que abrir las ventanas. Y Pensar – con una ansiedad que la consternaba sin sorprenderla demasiado – cuánto tardaría en poder ver a Carla.

Toda la parafernalia de la enfermedad había desaparecido. El cuarto que fuera dormitorio de Sylvia y su marido – luego convertido en cámara mortuoria -, estaba limpio, ordenado para que pareciera que allí no había pasado nunca nada. Carla le ayudó en esa faena durante los pocos días frenéticos transcurridos entre la cremación del marido y la partida de Sylvia rumbo a Grecia. Las prendas de ropa que León había usado y algunas que no se había puesto nunca – incluso regalos de las hermanas que jamás salieron de los paquetes -, fueron apiladas en el asiento trasero del coche y entregadas en la tienda de segunda mano Sus píldoras, sus enseres de afeitarse, las latas sin abrir de tónicos que lo sostuvieron tanto tiempo como fue posible, los paquetes de galletas de sésamo que una vez comiera adocenas, los frascos de plástico llenos de una loción que le aliviaba el dolor de espalda, las pieles de cordero donde yacía… Todo eso fue a parar a bolsas de plástico arrastradas afuera como la basura, sin que Carla cuestionara nada. Nunca dijo, “A lo mejor alguien podría usar eso”, ni señaló que cartones enteros de latas estaban sin abrir. Cuando Sylvia dijo, “Querría no haber llevado la ropa al pueblo. Querría haberlo quemado todo en el incinerador”, Carla no se mostró sorprendida.

Limpiaron el horno, restregaron las alacenas, enjuagaron paredes y ventanas. Un día Sylvia estaba en el salón repasando las cartas de pésame recibidas. (No había papeles acumulados ni libretas que fuera necesario revisar, como sería de esperar tratándose de un escritor. No había trabajos sin terminar ni borradores garabateados. Meses antes él le había dicho que había tirado todo. “Sin contemplaciones.”) La pared en declive de la fachada sur de la casa tenía grandes ventanales. Sylvia levanto los ojos, sorprendida por la sombra de Carla, las piernas desnudas, los brazos desnudos en lo alto de la escalera, la cara resulta coronada con un rizo de pelo color diente de león, demasiado corto para la trenza. Rociaba y restregaba vigorosamente el cristal. Cuando vio que Sylvia la miraba se detuvo, extendió los brazos como si estuviera despatarrada allí y puso cara de gárgola tontucia. Las dos se echaron a reír. Sylvia sintió que esa risa la recorría de pies a cabeza como una corriente juguetona. Volvió a sus cartas y Carla reanudó la limpieza. Decidió que todas esas palabras amables – sinceras o de cumplido, elogiosas o compungidas – podían seguir el camino de las pieles de cordero y las galletas.

Cuando oyó que Carla apartaba la escalera y se quitaba las botas en la terraza se sintió de pronto cohibida. Se quedó donde estaba con la cabeza inclinada mientras Carla entraba en la habitación camino de la cocina, para meter el cubo y los trapos bajo el fregador. Carla apenas hizo un alto, era rápida como los pájaros, pero de refilón dejó caer un beso en la cabeza inclinada de Sylvia. Siguió de largo silbando algo casi inaudible.

Desde entonces Sylvia no se quitaba el beso de la mente. No tenía ningún significado particular. Era una manera de decir “ánimo” o “casi he acabado”. Significaba que eran buenas amigas, que habían hecho juntas muchas tareas dolorosas. O quizá sólo que había salido el sol. Que Carla pensaba volver a su casa y ocuparse de los caballos. Sin embargo, Sylvia lo consideró un florecimiento halagüeño, cuyos pétalos se le desparramaban por dentro tumultuosa calidez, como sofocón menopáusico.

Era frecuente que entre sus alumnas de cualquiera de las clases de botánica hubiera alguna especial, una cuya inteligencia, dedicación y torpe egotismo – hasta cierta genuina pasión por el mundo de la naturaleza – le recordara su juventud. Esas chicas merodeaban a su alrededor, la idolatraban, esperaban alguna suerte de intimidad que, en la mayoría de los casos, ni siquiera imaginaban. Y no tardaban en crisparle los nervios.

Carla no se parecía en nada a ellas. Si a alguien se semejaba en la vida de Sylvia, sería a ciertas chicas conocidas en el instituto: las que eran brillantes, pero nunca demasiado brillantes; buenas atletas, pero no exageradamente competitivas; vitales, pero bravuconas. Alegres por naturaleza...

domingo, 20 de diciembre de 2009

Mis cuentos: Al Otro lado del paraíso


Claude Monet - nenufares


Al otro lado del paraíso




Sus ojos se iluminan mientras sonríe, pero él permanece ahí, ajeno a nosotras. Su vida oscila en un interminable presente al otro lado del paraíso. Stéphanie, su madre, lo arrulla cada noche mientras le canta una canción. Alexandre tiene 5 años, el brillo alegre de sus azules ojos la llena de ternura, mientras afuera el cielo oscurece de repente, lanza sus quejidos y la lluvia cae con fuerza sobre su corazón turbado.
A duras penas lográbamos que diera unos pasos, lo parábamos y una vez de pie lo tomábamos de ambas manos y lo arrastrábamos lentamente. Uno, dos, tres torpes pasos, luego se tiraba al suelo y se sentaba, una vez más su mirada quedaba suspendida.
Alternaba mis clases de francés con el cuidado de Alexander. Por las tardes, iba directamente al colegio a recogerlo. Sus profesores me ayudaban a quitarle el mandil y a meterlo en el carrito, él se dejaba manipular como un muñeco de trapo, llevaba una gran sonrisa pegada al rostro. El colegio quedaba en los bajos de una colina, en el barrio de Val d’Or, en las afueras de París, para regresar a casa tenía que empujar el carrito subiendo la colina. A duras penas avanzaba, cada cierto trecho me paraba, respiraba profundamente y continuaba. A veces, cogía una gran bocanada de aire, me armaba de valor y subía el carrito corriendo; las ganas de llegar a casa pronto me daban el impulso y una extraña sensación me oprimía el pecho y me llenaba de desasosiego. Y, súbitamente, Alexandre lanzaba una carcajada larga de placer. Lamentablemente, el combustible no duraba mucho tiempo y mis piernas flaqueaban y perdían el ritmo. De un sopetón me paraba, inmediatamente un quejido atonal salía de su boca y movía su redondo cuerpo en desorden con fuerza. Una vez más recomenzaba mi ascenso a ritmo normal mientras Alexandre se iba calmando.
La familia vivía en la planta baja de un elegante edificio. Tenían acceso a un coqueto y acogedor jardín. Desde lo alto de la colina divisábamos una diminuta torre Eiffel. Algunas tardes de primavera el cielo anaranjado iluminaba París como en una tarjeta postal y desde la ventana contemplaba embelesada la imagen.
Stéphanie trabajaba cerca de la casa, se desempeñaba como administrativa en una empresa informática en el barrio de La Défense. Era optimista y alegre, cuando llegaba a casa, lo primero que hacia era ir corriendo a abrazar a Alexandre, él la recibía con su sonrisa indiferente. Luego, se me acercaba y conversábamos, hablábamos de todo y de nada y siempre me preguntaba lo que quería comer al día siguiente. Poco a poco se fue enterando de mis preferencias y compraba generosamente todo lo que me gustaba, incluyendo esos postres innombrables de la exquisita pastelería francesa. Al marido lo vi una vez, trabajaba como ingeniero en una empresa de alta tecnología y siempre andaba de viaje por el mundo.
Cuando me dirigía a Alexandre lo hacia con dulzura y lo dejaba jugar o mecerse sobre sí mismo. A veces, su mirada se quedaba fija en la pantalla de la televisión, parecía que estaba muy concentrado mirando su programa favorito, pero si cambiaba de canal, sus ojos permanecían estáticos. Casi nunca protestaba, salvo cuando queríamos cambiarlo de ropa o desnudarlo para el baño. Le gustaba la bañera y solía dejarlo sentado con todos sus juguetes, yo me quedaba en la sala escuchando música pero atenta a sus movimientos. A cada momento entraba a ver lo que hacía. A veces lo encontraba jugando alegremente con sus excrementos. En esos momentos hacia tripas corazón y me armaba de valor y sacaba la caca con la mano, una a una y la tiraba al wáter. A veces me daban arcadas, sentía un asco profundo y cuando terminaba me frotaba las manos con jabón una y otra vez hasta dejarlas rojas tratando de desaparecer el menor rastro de excremento. Inmediatamente después, quitaba el tapón de la bañera y dejaba correr el agua amarilla, abría la llave de la ducha y lo enjuagaba varias veces, luego lo jabonaba y lo enjuagaba con abundante agua. Repetía la operación hasta que sentía que el niño había quedado limpio otra vez. Hacia un esfuerzo por calmarme sino el niño lanzaba un aullido muy largo. Poco a poco aprendí a seguir su ritmo y a liberar de mi interior la ternura de la compresión.
Una tarde Stéphanie me pidió que cuidara al niño hasta las 12 de la noche, la habían invitado al cumpleaños de una de sus colegas de oficina. Yo acepte, lo único que le pedí fue que no se retrasara ya que quería marcharme en el último tren.
La tarde del viernes llegó y, tal y como convenimos me quedé con Alexandre. Jugamos un buen rato y luego del baño lo acosté. Se quedó dormido plácidamente y, a las doce de la noche estaba lista para salir corriendo en busca del último tren, sólo que Stéphanie no llegó. Cuando hube perdido el último tren me senté en el sofá cama a esperarla. La noche se hizo eterna.
A las cuatro de la madrugada abrió la puerta, entró sin hacer ruido, con los tacones en la mano, yo me levante furiosa del sofá. Le dije que la había estado esperando desde las doce, y que mi novio me esperaba en casa, ella respondió:
- Lo siento.
Luego una estrepitosa carcajada salió de su boca. Tenía aliento a alcohol y repitió:
- Lo siento. No se como ha podido pasar. Por favor, sirve dos whiskys, bebamos un poco, charlemos.
Sigo enfadada pero obedezco sin protestar. Voy por los whiskys, me siento a su lado en el sofá cama del salón. Ella continúa riendo y pronuncia frases sueltas e incoherentes. Luego con una sonrisa alza su copa:
- Por Antoine. Por su abandono. Pon música, a mi también me gusta bailar.
Tenía miedo de despertar a los vecinos, pero mucho más de despertar a Alexandre, por eso cerré la puerta de su dormitorio, él dormía profundamente. Tal como ella quería puse un disco para bailar. Me senté a su lado y sorbí un trago de whisky.
- Tengo miedo. A veces por las noches cuando estoy sola temo que algo me pase y nadie se ocupe de Alexandre. Antoine siempre está de viaje. Cada vez lo veo menos, ahora esta en China en un gran proyecto. Tampoco cuento con mi familia ni con la de él. Cada cual vive su propia vida. ¡Vive la France!
Me jala la mano con repentino entusiasmo y me dice:
- Bailemos.
Bailamos un momento, trato de concentrarme en el baile para aliviar la tensión y finjo un poco de alegría, pero ella me abraza y rompe en llanto. Yo le hablo con aquella ternura con la que me dirijo a los niños, la llevo a su habitación, busco su pijama y la ayudo a quitarse la ropa y luego a ponérsela. Cuando está lista, me coge la mano y me lleva a la habitación de Alexandre. Se agacha, le da un beso, por unos instantes su rostro se ilumina. Le cojo la mano y la arrastro una vez más a su habitación. La acuesto, la tapo y suplica por última vez:
- No me dejes sola.
Con voz bajita como un suspiro que nace de adentro.
- Me quedaré hasta que te duermas. Shhhhh. Duerme, no me iré.
Me siento al borde de la cama, la acomodo y pega su cabeza a mis caderas. Le acaricio la frente y los cabellos, inmediatamente después, le cantó la misma canción que a Alexandre cuando quiero que se duerma, tan sólo un susurro para invocar el sueño. Poco a poco, mi voz se funde en el silencio y su rostro se relaja, mientras sus pensamientos se pierden en la oscuridad de la madrugada, la misma en la que habita Alexandre.

María Germaná Matta - En Madrid, a 19 de marzo de 2006
Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

martes, 8 de diciembre de 2009

Cuento: La elegida - Por Lilian Elphick


Jean Cocteau

La Elegida
Por Lilian Elphick

Un coup de vent sur tes
yeux et
je ne te verrais plus
A. Breton

I. En Santiago no llueve nunca, pero hoy sucede lo contrario: la mampara de pavos reales está empañada, la casa oscura, un poco fría. Salgo.
Camino por ciertas calles que no tienen salida directa sino que dan vueltas y vueltas, terminan en plazoletas y luego continúan. Me gusta perderme y caminar sin rumbo bajo esta lluvia. Elijo esta calle y no otra. A pesar de ser lunes no veo gente; no me inquieta, es más, me gusta que sea así.
Al llegar a una esquina hay una mujer joven. Está parada esperando cruzar. Avanzo hacia ella, no sé por qué no cruza. No hay semáforo ni automóviles. Sigo de largo; finjo comprar algo en un negocito de verduras. Desde allí vuelvo a observarla, sigue donde mismo, balanceándose arriba de la cuneta, las manos en los bolsillos. El olor del zapallo cortado es agradable; el hombre que atiende me habla. Yo asiento mientras observo las grandes pepas del zapallo calado, las hilachas. Al levantar la vista, los bigotes cerdosos del hombre me molestan, podría sentir sus púas clavándose en mi cara. Para acabar la conversación le compro un paquete de cigarrillos y me despido de él para volver a mirarla. Está donde siempre. Retrocedo, voy en su dirección. A unos tres metros me detengo y no sé qué hacer. Parece no verme. De lejos, su abrigo simulaba ser un simple impermeable; pero no, tiene botones dorados, metálicos, grabados con motivos marineros. Me acerco cautelosa, comprobando que el agua le corre por el pelo igual que a mí y que no espera nada de este día imaginario. Ella me mira y apenas sonríe.
No hablamos del tiempo ni de sus arbitrariedades mientras avanzamos en la misma dirección. Ha estado buscando trabajo desde hace horas y el desánimo le surge feroz de sus ojos grises.
Yo también le cuento una historia de abandonos y de calendarios inútiles. A ella no le importa que el agua se le meta por el cuello.
-El mundo se va a acabar- me dice serenamente- pero quedarán algunos, los elegidos, ¿me entiende?
Yo no respondo, la invito a tomar un café, al lugar de Rosas.
Ella acepta y sonríe triste. Me gustan sus ojeras y la tomo del brazo como si la conociera desde siempre.
Hablamos durante horas y la lluvia no declina. Con el cuerpo tibio salimos a la calle, espero que se despida, retarda el momento, debe tener otras cosas que hacer, seguir buscando trabajo, o tomar el bus de vuelta. Me pregunta: ¿vamos al centro? Por primera vez, la hora no me preocupa. Le digo: sí.
Caminamos lentamente por calles que yo conozco demasiado, algunas veces ella se detiene a mirar las vitrinas. Sin embargo ella no mira, sus ojos se pierden en un camino recto, interminable, atraviesan los maniquíes, como si quisieran ir más allá de todo. El viento me refresca cuando veo cómo una anciana busca desesperada un taxi, con un pedazo de papel protegiendo su cabeza.
Después de una hora de peregrinación le propongo entrar a un hotel. No entiendo mi propia invitación, por qué no a mi casa, allí estaríamos a solas, sin interrupciones, además hace tiempo que ya no recibo visitas inesperadas. Pero, ¿por qué este querer estar solas?, sé que ella también lo siente, por eso nuevamente acepta, sin mirarme, aunque le adivine su sonrisa de pecados secretos.
Es bella cuando se saca el abrigo de paño negro y su cuerpo se refleja mohoso en el espejo. Mi cabeza se asoma detrás de ella. La abrazo.
Contemplamos esta escena por un tiempo suprimido. Ella no parece darse cuenta de su protagonismo y mira asombrada cómo yo le retiro el pelo húmedo de los hombros y lo ordeno hacia arriba, dejando libre su cuello, soplando despacio para darle más calor a sus orejas frías. Cierra los ojos y permite que le desabroche la blusa. Poco a poco va girando hasta encontrarnos en pechos que se rozan. Quiero que sus pezones aparezcan erectos y enormes. Los adorno de saliva. Sus pezones brillan rosados, ínfimos, como semillas de granada. Ella gime a medida que mi lengua baja hasta su ombligo. Se recuesta en la cama y abre sus piernas. Mi lengua desciende, ella se arquea, las caderas oscilan, me frena y susurra algo.
La beso. Me busca los labios. Ciega cachorra. Oigo que cantan afuera, los hacen callar, siguen haciéndolo hasta que los cantos se pierden, luego, a lo lejos, oigo el ulular de una sirena.
Ella se deja ir como en un baile antiguo. Me abraza y echa su cuerpo hacia atrás en un apuro que trato en vano de retener, hasta que grita estremecida por sueños desenfrenados.
..... La elegida grita muriendo sobre mi. La elegida dormita con su cara pegada a mi clavícula. La elegida no se da cuenta de que por la claraboya del techo se descuelga la lluvia y que ya da igual este silencio de noche clausurada. La abrazo tratando de buscar calor en toda su humedad y espero que ella se despierte.
II. Usted no quiso abrir sus ojos, y cuando lo hizo fue como despertar de un mal sueño, algo nuevo, incómodo quizás.
¿Habrá oído mis canciones? Sus manos buscan a tientas el espacio que yo he invadido. Silenciosa se toca el cuerpo, intentando reconocerse, se toca las piernas, el vellón triangular de su pubis. Pero sus manos siguen buscando lo que añora, en una nostalgia llena de casualidades.
Ella me pregunta dónde estoy.
Usted se refiere a un episodio de su vida, intenta contarme lo que ya sé, un encuentro casual entre dos mujeres. Tartamudea, se arregla la ropa, se alisa el pelo, se palpa las mejillas, sus palabras tropiezan y caen.
¿La volveré a ver? usted se esconde frente al espejo para no responder. Su reflejo no puede responder. Yo no la miro a usted, miro a una mujer de mejillas sonrojadas que se alisa el pelo y lo ordena y que palidece y se enfría y que palidece cada vez más, que mira fijamente el contorno de una mujer que palidece frente a un espejo.
Ella no responde, intenta huir, desasirse del calor fugaz que le recuerda arena en invierno.
Tengo miedo de que se vaya, que cruce mi soledad por la mitad y se marche, caminando sin prisa, sin mirar hacia atrás, despidiéndose apenas.
Usted no sabe que el azar irrumpe sin que lo hayan llamado. Usted no sabe cómo durmió sobre mí, que yo la acaricié, que silenciamos la lluvia, la misma que ahora nos insulta, que yo le di calor, usted no sabe porque durmió, cerró los ojos y estrechó mi cintura, se hundió en mí, y soñó con un hombre joven. Ella me mira y en mí no quedan más que preguntas. Abotona lentamente el abrigo de paño negro y es bella, más bella que antes, toma su bolso, su pañuelo floreado, se desorienta, busca en vano la puerta y, por última vez, mira a la mujer del espejo. Por última vez le sonríe, gira hacia mí y sonríe.
¿Cómo se llama? le pregunto a usted, usted que sale y se macha hacia la calle, alejándose.
Usted no sabe que yo me quedo aquí y que vuelvo al espejo. Antes de legar a él, un escalofrío recorre la hendidura de mi espalda. Pero al fin llego y descubro. Me acerco hasta rozar mi cuerpo con el vidrio opaco.Usted no sabe que se ha llevado mi reflejo.
III. Su nombre es Miriam. Dijo: Mi nombre es Miriam. No conocía tan bien su voz como ahora, voz que existe sólo en el recuerdo. Miriam. Nunca más volví a verla. Se fue, tomó su bus o un taxi o caminó, desapareciendo. Quise seguirla, acompañarla. Negó con la cabeza, puso su mano blanca en mi hombro para detenerme. La puso y la sacó con la misma lentitud con que se arregló el pelo, antes de partir, mucho antes, cuando me sonrió.
He vuelto a aquel lugar, he vuelto tantas veces a mirar el pequeño letrero que sólo dice Hotel Andes, la vieja puerta siempre cerrada, como si nadie entrara o saliera.
No ha llovido e Santiago. E sol se ha quedado quieto, casi a punto de estallar. Siento nostalgia por usted, Miriam, pero ya no la busco, sólo la sueño cuando me miro desnuda, sentada en una silla frente a mi espejo, sólo la extraño cuando mi mano descansa entremedio de los musos, tibia y húmeda, sólo la deseo y la nombro en la sencillez de este rito que cumplo, Miriam, por toda esta nostalgia, acariciándome a la hora de las siesta interminable, por usted, Miriam, beso mi propia sombra y la muerdo y la beso nuevamente, lamiéndola, inventándole lujuria a sus pechos y a su sonrisa de museo, recorriéndola, mi elegida sin memoria, hasta que las palomas que anidan en el entretecho me despiertan, hasta que sus arrumacos me trizan.
Ratas con alas.
Entonces, ahí la olvido.
Miriam.

Nota mía:

Lilian Elphick escritora, poeta. La conocí gracias a Internet, en especial a www.letras.s5.com
Según he buscado no existen ediciones fuera de Chile, una pena.
Sus cuentos nos abren miradas al interior del mundo femenino. Hay algo que incomoda, una puerta abierta que despierta inquietud, angustia, nos acerca a un mundo prohibido, desconocido y nos abre nuevas visiones sobre la condición femenina. En suma, Lilian Elpick es una extraordinaria escritora contemporánea.



Blog de Lilian Elpick