sábado, 31 de octubre de 2009

Otro de mis cuentos: Visitante Nocturno


Foto de Henri Fox Talbot - The Open Door - 1844



Visitante Nocturno


El resplandor de la luna ilumina la madrugada fatigada, el reloj marca la una, atravieso la ciudad, estoy de guardia. Las rutas como arterias se bifurcan, estoy perdido, tengo a penas quince minutos para llegar a mi próxima visita. Intento salir del atolladero, giro a la derecha por una carreta auxiliar, y de pronto, una turba de muchachas de todos los colores viene hacia mí, tengo que frenar, han inmovilizado mi coche. Contonean sus cuerpos con el descaro de la competencia voraz, van ligeras de trapos, ceñidos cual maniquíes de seda, llevando a cuestas los colores de la precariedad. Estoy en la Casa de Campo, todas me hablan a la vez: un griego, un francés, un completo… les pido que me dejen marchar: “Soy médico de urgencias”, tengo prisa, los pacientes me esperan. El coche no tiene ninguna acreditación, les muestro mi carnet. Uf, me liberan.
De vuelta por la carretera, el pitado de la blackberry anuncia el décimo aviso. Cada día incrementan los avisos, como si la noche se estirara o las distancias se acortaran, hay noches en que recorro 400 kilómetros, a veces el coche ladra, a pesar de que es nuevo. Ellos, los coches, tienen todos los turnos, nunca descansan, a duras penas aguantan unos cuantos meses. He llegado a la dirección indicada, toco, me abren la puerta, me recibe un hombre con el rostro de la ansiedad y me guía hacia una habitación donde se encuentra su mujer, una crisis de asma. Me detengo, la examino, reviso sus medicamentos, le hablo, la escucho, la tranquilizo, lo tranquilizo, extiendo la receta, pronto estará mejor.
Van quince días y aún no tengo noticias de mi salario, estoy cabreado. He hablado con Fernández, me dice: hay meses que tardan en pagar, y otros, te pagan dos meses juntos, o tres. No sé que hacer tengo que enviar dinero a mis hijos, no podré esperar tanto tiempo.
Continúo mi periplo por Madrid. El silencio y la quietud casi fantasmal imperan en las calles de los barrios elegantes, mientras que en los barrios populares prevalece el ritmo rebelde de la juventud, también están los barrios marginales donde las almas deambulan en busca de droga marcando su propio ritmo rastrero. Más anuncios, más niños, el invierno tiñendo los hogares de gripe. Llego, examino al peque, su tierno cuerpecito caliente, hablo con los padres, los calmo y extiendo por enésima vez la receta, mientras la blackberry sigue pitando. Van quince anuncios, toda la noche transitando de norte a sur y de sur a norte. Estoy agotado.
El pálido cielo de las primeras horas anuncia que pronto amanecerá, por fin terminará mi turno. Una empresa intermediaria nos emplea, casi todos somos extranjeros, cubrimos los anuncios de varias aseguradoras privadas, estamos solos, la empresa nos envía señales a través de la blackberry y el teléfono móvil, los pelos y señales necesarios para cada visita, un GPS nos guía, el inmaculado plano de Madrid llega vía satélite.
Ayer despidieron a Redondo, un colombiano, se fue a dormir un par de horas a su casa, llevaba varios días haciendo el turno de la tarde y de la noche. González tuvo un accidente la otra noche, afortunadamente no le pasó nada, pero el coche quedo herido de muerte. Aguilar, otro peruano los dejó plantados, consiguió otro trabajo.
Cada mañana antes de regresar a casa, voy al bar a tomar desayuno, una taza de café con leche y unos churros, cojo el periódico y paso la vista por las noticias, mi vista baila confusa las imágenes. Vuelvo a casa y me siento frente a la pantalla, hago zapping de un canal a otro hasta que la noche se retira de mí y el sueño me invade, me voy a dormir. A las tres de la tarde, me despierto, vuelvo al zapping, mi mente se atosiga de imágenes que van y vienen, voces que invocan marcas, la ilusión me endulza, me trasporta, una brecha que taladra mi pensamiento, ¿me libera?
Otra vez llega la noche. La blackberry comienza a emitir mensajes. Bebo café, mi cerebro se acelera, estoy listo para iniciar mi recorrido. Voy en busca del primer aviso. Toco la puerta, no me abren, al cabo de un momento una muchacha abre la puerta, de aspecto descuidado, muy delgada, su rostro esta pálido, casi blanco; según indica la blackberry, ha llamado pidiendo ayuda, lleva un par de intentos de suicidio. Me recibe con la mirada ausente, intento hablarle y arrancarle algunas palabras pero en su casa solo se escucha mi voz, se le han terminado los ansiolíticos, lleva varios días dando vueltas, me muestra la caja de medicamentos vacía, a modo de súplica me pide más ansiolíticos: “solo quiero dormir” añade. No puedo prescribirle ansiolíticos, tiene que venir alguien, me quedo, le hablo con el corazón y siento su miedo como una ventana que se precipita al vacio, luego llora y me da el nombre de su hermana, la llamo, hablamos, vendrá inmediatamente, llega, la recibo y hablamos, le doy la receta, se quedará a cuidarla. Vuelvo a mis pacientes, tengo un retraso importante, me he quedado casi 2 horas con la muchacha. No importa, hay que seguir.
La blackberry no ha dejado de sonar, más niños, más ancianos, la gripe ha cubierto la ciudad, mientras el cansancio se asoma en un bostezo. Me paro un momento, bebo más café, cuando el sueño me asalta aspiro su aroma y me reconforta, después de haber saboreado un largo trago, el cansancio me abandona, me reincorporo a mis anuncios, la noche se dilata.
No me pagan, sigo sin enviar dinero a mi familia, también tengo que pagar mi piso. He llamado a la empresa, dicen que tienen problemas de liquidez, que pronto harán la transferencia. Cojo nuevamente el móvil, marco el número de Fernández, seguro que sabe algo más. Su voz está alterada y antes que pregunte, me dice:
Han comprado una nueva residencia geriátrica, acabo de enterarme.

María Germaná Matta - En Madrid, a 10 de julio de 2009
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jueves, 22 de octubre de 2009

Mis poemas

Poema

La niebla desdibuja
a lo lejos
sus batallas de sirena,
pájaros sin rastro vuelan
el jardín de la incertidumbre.

El otoño ha llovido
sus silencios,
mientras, un ápice de luz
reclama pensamientos.

Por María Germaná Matta - En Madrid, a 21 de octubre de 2009

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Nathalie Stutzmann, contra-alto - cantando: Agnus dei de Bach, Misa en si menor

sábado, 12 de septiembre de 2009

Mis Cuentos: El ángel de la desesperanza


Filia Solar - Xul Solar

El ángel de la desesperanza


Le combat spirituel est aussi brutal que la bataille d’hommes; mais la vision de la justice est le plaisir de Dieu seul. Arthur Rimbaud


Hablar de París y no recordar a Roberto y a su madre resulta una ingratitud. Ella: una bella y tropical mulata Colombiana producto de olas migratorias de otros tiempos y de esclavos traídos del África cuando América era aún una esperanza; el padre, también colombiano, había regresado a su país en un ataque de pánico dejándolos solos con los sueños y la precariedad a cuestas.
Vanesa, de 24 años, vivía con su pequeño en una buhardilla de 10 metros cuadrados en la 7ª planta de un lujoso edificio del Campo de Marte al lado de la Tour Eiffel. Unos pocos rayos de luz iluminaban la habitación gracias a un gran ojo que hacia función de ventana, ubicado en la parte superior de la pared. Muebles viejos y deteriorados recogidos de aquí o de allá, su triste desarmonía describía las carencias sufridas por Vanesa y Roberto. El invierno era rudo: un pequeño radiador que a duras penas calentaba las frías paredes de la habitación, el agua era helada y cuando te lavabas las manos se te congelaban, la ducha, un proyecto que nunca llegó; el wáter quedaba afuera en el pasillo y lo compartían con el resto de habitantes de las buhardillas.
El optimismo de Vanesa era contagioso. También contaba con una inagotable fuerza de voluntad, la ilusión de ofrecer una vida mejor a su pequeño y su anhelada carrera de arquitectura le abriría nuevas puertas a la vida, salvo que, apenas lograba sobrevivir con su escaso sueldo de camarera a tiempo parcial en el MacDonalds. Su risa era contagiosa y su sentido del humor perspicaz. Iba por el segundo año de arquitectura y nos tenía a nosotras, sus amigas, que la ayudábamos como podíamos. A mí me tocaba recoger a Roberto de tres años en la guardería tres veces por semana. También contaba con la solidaridad de algunos de sus compañeros de clases, era algo tácito, si Vanesa no aparecía, uno de ellos fotocopiaba sus apuntes y se los entregaba en la clase siguiente.
Antes de cumplir con mi deber de amiga, limpiaba una casa en las afueras de París, era mi único trabajo, yo también era colombiana y tenía que enviar dinero a mi mamá. Siempre salía huyendo de dicha casa para recoger a Roberto. Llegaba con la respiración acelerada, después de haber corrido desde el metro, casi siempre era la última en llegar a la guardería. La cuidadora me recibía con el sermón de la puntualidad en el rostro e inmediatamente el nerviosismo se apoderaba de mí, era incapaz de responder con un discurso coherente, los labios me temblaban y sólo bajaba la mirada. Roberto me recibía con un beso de cansancio y muy a su pesar emprendíamos el regreso a casa. Caminábamos un par de calles antes de llegar a la boca del primer metro; luego bajábamos sus largas escaleras tomados de la mano, cuidando de no chocar con la muchedumbre que se apartaba de nosotros al no llevar el ritmo acelerado de la gran ciudad e íbamos abriéndonos camino entre empujones hasta llegar al anden; subíamos como asustados al vagón con un imperceptible suspiro de victoria; pero nuestra hazaña aún no había terminado; mirábamos con ojos de faro buscando un rincón donde ponernos a salvo de la multitud. Cinco eternas estaciones para conseguir el tan ansiado objetivo: llegar a casa.
Nos aguardaba la siguiente prueba de fuego: subir las escaleras de servicio de las siete plantas cuyo ascenso se hacia en una interminable ceremonia, suavizada por la vista de la majestuosa Tour Eiffel, su luz de neón iluminaba las estrechas e inclinadas escaleras. Íbamos subiendo lentamente y en silencio, tomados de la mano. Yo trataba de acelerar el ritmo pero cuando Roberto se cansaba se sentaba en un peldaño y extendía sus bracitos en señal de suplica. Lo miraba con firmeza y le decía: ¡no! A pesar de la expresión suplicante de sus chispeantes ojos negros, mantenía mi negativa. Tan sólo descansábamos unos minutos y luego seguíamos un nuevo trecho. Repetíamos la misma operación innumerables veces hasta que con un suspiro de alivio llegábamos a la séptima planta.
Una vez en la buhardilla había que cumplir con las tareas habituales de la tarde. Bañarlo era toda una proeza. Utilizaba una tina de plástico, calentaba agua en una cocinita de camping gas, luego tapaba el desagüe del gastado lavabo de porcelana blanco y mezclaba el agua fría del grifo con la que acaba de calentar: a Roberto le gustaba el agua caliente. Después, con la ayuda de una esponja, humedecía su cuerpecito; lo jabonaba con un gel de ducha y con una pequeña jarra vertía el agua para enjuagarlo; repetía la operación hasta que todo el gel había desaparecido, tratando de hacerlo lo más rápido posible para que el niño no se encogiera de frío. No solía quejarse, aceptaba su baño con resignación, pero a veces le castañeaban los dientes con fuerza por eso tenía que apretar el acelerador y terminar con el bendito baño. Inmediatamente lo envolvía en una toalla, lo abrazaba mientras lo iba secando y le cantaba procurando esconder con mi voz el tiritar de su cuerpecito mojado. Si no era suficiente, ensayaba disparatados juegos; en caso de urgencia utilizaba las cosquillas hasta la carcajada final; luego le ponía el pijama, preparaba la cena. Roberto comía con apetito. Mientras esperábamos a Vanesa, jugábamos o le leía un cuento.
Llevaba casi un año asumiendo mi rol de amiga abnegada y lo cierto es que las tardes con Roberto me parecían interminables, no soportaba su mirada suplicante, el niño se me iba desmoronado poco a poco entre melancolías y rabietas que a duras penas lograba calmar y cuando esto sucedía, sólo ansiaba que su madre apareciera por la puerta. Por eso, también los abandoné en un acto de sorda lucidez.

María Germaná Matta, en Madrid a 19 de febrero de 2006

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domingo, 6 de septiembre de 2009

Djuna Barnes, poesía


Foto de Berenice Abbott

Djuna Barnes, escritora. Nació en Nueva York en 1892, tuvo una vida agitada rompiendo con lo convencional. Educada por su padre y abuela. En sus inicios trabajo como ilustradora y periodista lo que le permitió conocer a gente interesante del panorama intelectual de su época tanto de la vanguardia americana como francesa. En 1915 publicó The Book of Repulsive Women. En 1922 publicó una interesante y conocida entrevista con James Joyce en Vanity Fair, luego publicó un libro titulado A Book, en 1928 publica Ladies Almanack y la novela Ryder. Gracias al apoyo de Peggy Guggenheim deja el periodismo y se dedica a escribir exclusivamente y da inicio a su conocida novela El Bosque de la Noche, publicada en Londres de 1936 con prologo de T. S. Eliot. En 1958 publica The Antiphon y en 1962 publica 10 relatos Spillway escritos en 1929. Bajo el título de Selected Works reúne: Nightwood, Spillway y The Antiphon, publicados también en 1962. De ahí en adelante se dedicó a escribir poesía hasta su muerte en 1982.
Su poesía es exquisita. Os dejo con una muestra:

Ocaso de lo ilícito

Tú, con tus largas y vacías ubres
Y tu calma,
Tu ropa blanca manchada y tus
Fláccidos brazos.
Con dedos saciados arrastrándose
En tus palmas.

Tus rodillas muy separadas como
Pesadas esferas;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas,
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.

Tu pelo teñido cardado a mano
Alrededor de tu cabeza.
Labios, mucho tiempo alargados por sabias palabras
Nunca dichas.
Y en tu vivir todas las muecas
De los muertos.

Te vemos sentada al sol
Dormida;
Con los más dulces dones que tenías
Y no has conservado,
Nos afligimos de que los altares de
Tu vicio reposen profundos.

Tú, el polvo del ocaso de
Un amanecer húmedo de fuego;
Tú la gran madre de
La cría ilícita;
Mientras las otras se encogen en virtud
Tú has dado a luz.

Te veremos mirando al sol
Unos cuantos años más;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas;
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.

(DE El libro de las mujeres repulsivas, 1915)

¡Ay, Dios mío!
¡Ay, Dios mío, qué es lo que amamos!
¿Esta carne puesta en nosotros como un guante arrugado?
Huesos tomados deprisa de alguna lujuriosa cama,
Y por ímpetu, el empujón del diablo.

Qué es lo que besamos con prisa,
Esta boca que busca la nuestra, o aún más ese
Pequeño ojo lastimoso en la engañada cabeza,
Como si lamentara aquello que a nosotros nos falta.

Este pálido, este más que anhelante oído atento
Que oye de la lastimosa boca el suave lamento,
Para marcar la silenciosa y la angustiada caída
De aún otra caliente y deformada lágrima.

Brazos cortos y magullados pies muy separados
Para caminar eternamente con nosotros desde la salida.
¿Ay Dios, es esta la razón que amamos
-No son tales cosas golpes mortales al corazón?

(The Little Review, 1918)

Llorado (Y otros preguntan…)
Y otros preguntan. ¿Cómo es ser poseída
Por una que no puedes retener, al ser ella vieja?
No hay pájaro en mi ojo construyendo un nido
Para una novia que tiembla contra el frío,
Ni hay allí una garra que pueda detenerla
-Yo evito que la pezuña pise su aliento-
La enmarañada señal que cuelga ensuciando un hilo,
El que la une al mundo terrenal. Yo contesté
en un suspiro
Mantengo una mujer, como todos lo hacen,
nutriendo la muerte.

Versión de Osías Stutman y Rosa Lentini.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Mis cuentos: Hero y Leandro


Hero, cuadro de Frederic Leighton.

Tal y como les había prometido quiero compartir este cuento: Hero y Leandro, este cuento se me ocurrió mientras estaba en el taller de literatura de Mª Ángeles Maeso, hablamos sobre mitos y actualizarlos. La primera vez que escribí la historia no me gustó, le faltaba alma, después de un tiempo leí Medea de Christa Wolf y fue como un clic, volví a mi historia y la reescribí.
El mito dice que Hero era una sacerdotisa de Afrodita y un día Leandro viene a rezar al templo y ambos quedan prendados, sólo que sus padres se oponían....
Los dejo con mi historia, también de migración. Con esta historia participe en el concurso de cuentos que organizó el consulado peruano en Madrid y quedé finalista, lo publicarán, según dicen.
Espero les guste:

Hero y Leandro

«… por tu amor, cruzaría hasta las olas salvajes.»
(Leandro a Hero. Mus.203)

Levanto mi mano con torpeza para acallar el impaciente silbido del despertador. Mientras atravieso la bruma de mi despertar y es ahí cuando la imagen de Leandro viene a mí, doy media vuelta, sonrío y aspiro desde el umbral de mis recuerdos su olor. Me desperezo lentamente y luego aterrizo como cada mañana en las cuatro paredes de mi buhardilla. Sobo mis parpados con la yema de mis dedos y de un solo brinco me levanto de la cama. De prisa, más deprisa, son las seis de la mañana, pronto tendré que comenzar a trabajar.
He llegado a tiempo, son las siete, abro la puerta con mi propia llave. Trabajo en casa de los Poulet, una simpática pareja, tienen dos pequeños: Antoine y Hugue, de seis y ocho años respectivamente. Como todas las mañanas tengo que preparar rápidamente el desayuno: lavo las naranjas y las exprimo, coloco el zumo en una jarra, luego caliento la leche, pongo el baguete en la panera y preparo el café. El aroma me transporta nuevamente a Lima y la imagen de Leandro vuelve a iluminarme, un suspiro arremete, trato de disimular mi turbación, no vaya a ser que alguien abra la puerta, me ruboriza la ternura que asoma por mi rostro y con esa emoción revoloteándome vuelvo a la cocina de los Poulet. Extiendo el coqueto mantel sobre la mesa, coloco la panera, el bote de chocolate para los niños, la mantequilla y la mermelada. Pronto todos partirán, los niños al colegio y ellos dos a sus trabajos. Me quedo sola hasta las cinco, a esa hora recojo a los críos del colegio. Algunas veces voy al supermercado, me dejan una lista escrita. Es mucho más fácil, aún me cuesta hablar en francés, los franceses siempre andan de mal humor y alzan la voz por cualquier cosa, por eso temo dirigirles la palabra. Mi día transcurre entre la interminable rutina de la casa y los niños. Por la tarde; ellos son el bullicio alegre que me arropa. Y cuando el reloj anuncia las ocho y los Poulet ya están en casa, me marcho.
Una vez a solas en mi buhardilla, pienso en Leandro y sin darme cuenta siento su presencia, mi piel se escarapela, percibo la mueca de sus labios dibujando una sonrisa. A veces también creo escuchar su voz, mantengo su recuerdo pegado a mí como a un segundo aliento. Sé que pronto se reunirá conmigo.
Conseguí mi buhardilla gracias a la amiga de mi amiga, ésta me la cedió a cambio de una pequeña comisión. El edifico es del siglo XIX, impresionante, lujoso, contrasta con las cuatro paredes descoloridas de mi habitación, tan sólo nueve metros y sus muebles son una radiografía del paso del tiempo, el baño se encuentra al exterior, pero felizmente tengo un lavabo dentro que me permite asearme y cocinar, una mesita de madera, una cama individual y un armario de plástico reluciente, mi última adquisición.
A finales de mes habré terminado de reunir el dinero para comprar su billete de avión, el calvario llega a su fin, llevo meses ahorrando para traer a Leandro y también enviando dinero a mi madre para ayudar a mis hermanos. Había días en que pensaba que nunca lo conseguiría, afortunadamente eso ya no importa. Mi sueño de traerlo se está convirtiendo en realidad.
Leandro y yo nos escribimos a diario, todos los domingos lo llamo por teléfono para escuchar su voz susurrando: Hero; mi nombre y mi corazón se acelera, puedo sentir sus latidos sacudiendo mi pecho y agitando mis senos. Y, mi piel un rocío unísono de deseo.
Es fin de mes, esta noche me remuneran. Mañana iré a pagar la última cuota de su billete, si todo sale bien pronto estaremos juntos. Con ese billete podrá tramitar una visa de turista y como casi todos a nosotros, quedarse a trabajar.
No he podido dormir, ayer hablé con Leandro, él también estaba ansioso y al mismo tiempo feliz. Llegará a mediodía. Es inútil permanecer más tiempo en la cama. Me levanto, arreglo mi habitación y preparo algo de comer para recibir a mi chico. Aún queda suficiente tiempo para arreglarme. El espejo refleja mi imagen y repaso lentamente mi rostro, doy color a mis mejillas, aliso mi pelo, me colocó un gancho vistoso para liberar el pelo de mi rostro, luego cojo el pintalabios para acentuar el carmesí de mi boca, arqueo mis lacias pestañas y con un poco de rímel lucen más espesas. He elegido el vestido rojo, ese que tanto le gusta, me pongo los botines de tacón alto y me miro por última vez al espejo, ahora sí, vuelvo a ser la coqueta Hero de siempre.
Me dirijo al aeropuerto, tengo que tomar el metro y luego un tren, el aeropuerto queda fuera de la ciudad. Es inmenso, no sé donde se encuentra el terminal, los pasillos son muy largos, no dejo de caminar de un lado a otro, sigo la señalización y leo los tablones, tengo miedo de perderme. Por fin, he encontrado el terminal. Me acerco a la pantalla electrónica y todavía no figura el aterrizaje de su vuelo. El reloj parece detenerse, he comprado una bolsa de papas fritas para calmar mis nervios. Una vez más me acerco a la pantalla electrónica. Al fin, ha aterrizado.
Los primeros pasajeros comienzan a salir, se encuentran con sus familiares y la emoción intercambiada se refleja en sus tersos rostros. Continúan desfilando personas, parece que todos los latinos han salido, menos Leandro. Ahora todos son franceses, puede que se haya despistado y siga por ahí adentro. Ha pasado más de una hora, han salido todos los pasajeros, no entiendo que ha pasado, me acerco a preguntar, pero no me dan respuesta.
Al cabo de una hora, un hombre con pinta de latino se me acerca, supongo que me vio preguntando.
-¿Espera a alguien, señorita?
-Sí, a mi novio.
- y yo, a mi mujer.
Nos acercamos nuevamente a informes y esta vez nos dicen:
-En el vuelo había pasajeros ilegales, los han detenidos.
El hombre y yo nos miramos. Y, en la repentina palidez de nuestros rostros se dibuja la ansiedad.
Los días van pasado y Leandro sigue incomunicado. Lo van a regresar, estará detenido algunos meses, eso hacen con los ilegales. Me lo ha dicho la abogada de una asociación, ella es amable, pero según dice, su caso no tiene solución.
Se ha cumplido el plazo, hoy lo regresan.
Estoy agotada, mejor me acuesto. Me acurruco en la cama con esta manta calientita, miro al techo, una cumbre y sus cuatro muros me oprimen el alma. Desde la penumbra de mi conciencia un llanto entrecortado aflora con fuerza, viene desde adentro como un manantial agitado. Cierro mis ojos y trato de dormir, mañana será otro día.

Por María Germaná - En Madrid, a 24 de junio de 2007

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martes, 4 de agosto de 2009

Danza orienta, una película de Raja Amari

Rojo Oriental (Satin Rouge), una película de Raja Amari

Directora: Raja Amari
Intérpretes: Hiam Abbass, Maher Kamoun, Hend El Fahem, Monia Hichri, Faouzia Badr
Fecha de estreno en España: 31 de julio de 2009

Lilia es viuda, tiene una hija adolescente y desde que enviudó su hija y su casa son el centro de su mundo. De pronto teme por su hija y va a verla a sus clases de baile, sigue al profesor y va a parar a un cabaret o sala de baile. Es así como su vida da un giro, entra en el cabaret y el ambiente la marea, la envuelve. Las bailarinas la invitan a bailar, su cuerpo se desliza y va transformándose gracias a la danza, una vez recuperada la confianza, baila frenéticamente, se libera y siente como su cuerpo se mueve al ritmo de la música. La danza es la llave de su liberación. Poco a poco va penetrando en ese mundo prohibido de la noche, con sus propias reglas, la doble vida representada por el día y la noche. La hipocresía de una sociedad donde las mujeres tienen que seguir unos códigos estrictos.
Danzar es un medio de expresión que sirve como ente liberador no sólo del cuerpo sino también del alma. Interesante película de la directora tunicina Raja Amari, una visión del mundo de mujeres en una sociedad machista.


lunes, 13 de julio de 2009

Magdalena Chocano, poesía


Foto de: Rosa Basurto, Mirando el cielo

Magdalena Chocano, poesía
Nació en Lima en 1957. Estudió historia en la Universidad Católica de Lima, realizó una maestría en Ecuador y se doctoró en Estados Unidos. Actualmente es investigadora en la Universidad de Barcelona. Ha publicado diversos libros de historia y también artículos sobre la historia del Perú y México en revistas especializadas.
En el Perú conocemos la trayectoria de Magdalena Chocano como poeta, su poesía está cargada de simbolismo, indaga y trasciende buscando significados más allá de la palabra. Ella escribe al margen de la poesía peruana, tanto de su generación como de género. Lamentablemente, el esfuerzo editorial en el Perú no es suficiente y siempre ha estado en crisis, por eso es difícil encontrar sus libros. Su poesía siempre me gustó por eso he revisado varias antologías, artículos diversos y revistas para realizar una pequeña selección de poemas que espero os guste.
Ha publicado: Poesía a ciencia incierta, Lima: Safo ediciones, 1983. Estratagema en claroscuro, Lima: Instituto Nacional de Cultura, 1986. Contra el ensimismamiento (partituras), Barcelona: ediciones insólitas, 2005 y su último libro Otro desenlace editada por Veer Books.
Julio Ortega, crítico nos dice: Magdalena Chocano es reconocida como una de las voces más ciertas de la poesía joven latinoamericana. Contra el ensimismamiento (partituras), publicado en Barcelona, es un intrigante poemario que imbrica la palabra exploratoria en imágenes que grafican el alfabeto. Estos poemas configuran, así, una secuencia reflexiva sobre los poderes de la palabra. Por ello, se presentan como partituras del habla, de su nacimiento, dinámica y articulación. El habla poética como ritmo y melodía, a su vez, conforman el cosmos del lenguaje que habitamos. El poema es la revelación de ese lugar milagroso donde somos dichos plenamente, de paso, entre lo oscuro y el fuego, en el tránsito del verbo hecho cuerpo: "la melodía sin freno en la agonía de la luz." La poeta, quizá a nombre de las escritoras y sus lectores en esta hora de relevo narrativo, anuncia que "la mujer negativa es toda esencia/ la mujer en transacciones celestiales y desalmadas." Y reclama: "leamos estos nombres, veneremos la piedra incisa, el tacto."

Os dejo con una selección de poemas:

Todavía siento esta melodía en la oscuridad
una partitura hecha trizas por familias
de músicos que ejecutan una justicia
sumaria en cada recodo de la urbe
¡cuánto castigo cabe en sus notas lejanas!

Esta augusta catalepsia tiene oídos
para olés y llantos

doquier reinan y dividen las leyes draconianas
contra el tararear furtivo

las reapariciones son
un remolino de hojas
que se revuelca
en el gris del otoño

duelo y vuelo en la santa madrugada,
ojeras de un sueño repleto de agitados acordes
de rencillas con el más allá porque la belleza
no cierre el paso a otras bellezas que se niegan
a marcar el compás,
que niegan el compás,
la maquina de incidentes entreteje
¡tantos ayes!
¡tantas manos retorciéndose en desesperados regazos!

esas voces atlánticas se agigantan por los ríos del aire
vuelve una rumba insomne a inundar la orilla del durmiente
nadie debe aferrarse así
a un estribillo
de palabras que no existen
nadie que no esté de más

de más y respirando el acontecimiento
que se extingue en la lejanía de un sonido
has de creer para sentir que tienes algo,
siendo el tener cada vez más decisivo,
y el sentir, apenas sombra del tener,
y no prosigo

es
evitar la sombra
tanto como
evitar la luz

De: Contra el ensimismamiento (partituras)


la locura de ser aún cuando ya ser imposible
¡redunda, hosco río de remembranza,
Sobre el bello desequilibrio que introduce
La irreflexión en el paisaje!

Por dentro del negro tímpano de Dionisio
Basculan las voces atenienses conspirando
Ignoto oír-
-turbulentos espejos

Música extraviada en cerebral trastabilleo
Girando sobre el abdomen
Que escapa hundido ante un pubis
exaltado
tras una ráfaga de codos
esa broma de ser otro inaudible

la pincelada submarina
navega por ese cuerpo
un oleaje del sistema
ramificado de penumbra
recompone el esbozo

juegan los prisioneros a dar voces
rasgan la curvatura solitaria
ese oído se pierde en aquellas visiones
ese oído se escurre
tras el ansioso coro
manotea la perfección
del agua que agazapa
para asaltar
ese inane respiro
permitido
en la orilla

De: Contra el ensimismamiento (partituras)

25
en un parque largas horas
cuando tras la ventana oval
una sombra espíe y tiemble
crearme
crearte
esa textura de piel bajo mi mano acaba
y desliza sobre mi pensamiento
la prodigiosa diafanidad de un cuerpo
mi caminata abrazando tu cintura
nuestros pasos resuenan
en la blanca avenida mental de esta memoria
todas las calles se detienen al filo del océano
y allí estás tú
los ojos bajo el ala del sombrero
el luminoso regazo
las plantas de los pies apenas húmedas
mi blusa blanca henchida por la brisa
te cubre los hombros
cuando escuchas mi serenata
cantada en este puerto terrible de la historia
este júbilo es real porque no existe
y digo estas palabras
en las orejas de marineros ebrios y neuróticos
a los que he apartado a puntapiés
para que tú transites levemente
por las esquinas indecibles de la noche
De: Otro Desenlace

VERDADERAMENTE los planetas
Nemea y Salamina
bellísimos
ante los ojos almados
se dispersan los no mumerosos hijos
esa noche paseé con la parentela disminuida
que había quedado allí
diezmados durante ese viaje interestelar
a millones de años luz, de años sombra
la lava furbunda y belicosa
atrofiaba largamente los caminos
era difícil avanzar con medios de transporte tan arcaicos
cual es el bendito itinerario de los vientos
que trazan el camino de regreso
secreto que conoce el navegante portugués
ha jurado callar, callar, callar
imperio el suyo de silencio y tiempo.

36
este es el vacío vívido y poderoso que ningún aliento empaña
ante su áurea membrana
la especie titubea
en la sangre
está reencarnado
se extiende movedizo bajo ninguna nave
en su incandescencia inexplorable
el brillo de la mirada palidece
cuán remoto este olor
cuán infinito
este es el sobresalto
la osadía
lo que sin desear se ha deseado
la bienvenida muerte
De: Otro Desenlace