domingo, 2 de septiembre de 2012

Mirta Rosenberg, poesía

* Cornelis Zitman - Ventana

La vida ha cambiado, se decía, untándose
los labios con la lengua, relamiendo, aaámm,
como si de un bocado se tratara, o de un perfume.
Éste es mi gusto, y sin embargo, el pelo
se eme atiesa y cae como… ¿un sudario?
No, una señal de giro. A la hora pico
nadie se ha apoyado contra mí…o sí, en mi contra:
rueda la edad, canta la alondra y el leve maquillaje
en las mejillas ha cobrado una espesura
de mitad de la vida que adelanta. No fresca,
pero dura con el pelo así: en consonancia.
¿Será el recelo de la mala figura, o la blusa candorosa,
olanes y satines, de una vejez pasada? Vieja no,
gastada y brillosa en los codos y en los puños,
sobre las uñas manicurazas. Cuidar las manos
con amor, con garra, con impudor, coqueto:
lo que relumbra, es brillo. ¿Aprieto el gatillo?
Laca descolorida para esa cómoda nueva que, envejecida,
empieza a tornarse incómoda. El cajón superior
de la derecha, por ejemplo, ha perdido
el tirador. ¿Y si gatillo? Allí guardo soutiens,
sostenes, corpiños, todo en desuso. Lo que hice,
ya lo excuso: tuve niños, reía y buscaba
los parecidos. Confuso: en parte, todo mentira,
en parte aliño, letal, del pecado original.
¿Cuál es mi parte?

(De: Madam)

JUEVES 8

¿Lo que se puede tocar?
Una ruina, o una idea de lo que fue,
Tacto, un monumento.

Tengo, como un alma,
muchísimos dedos en cada mano,
en cada mano, sabiendo
cada momento,
“podría perderlos”.


Soy una piel estirada
sobre una importante superficie
del mundo.

Voy a tocarte, Tacto,
con esta mano normal
a la luz del día, y voy a cerrar los ojos
para saber si es cierto. Si acierto
con el centro, no es cierto. Si no,
sigo tentando, con la esperanza
de quien tiene ganas de perderla.


Hace tiempo, vi a alguien
que sostenía en la mano, parada,
a su hija de diez meses. Me pareció
en ese momento, que tenía tacto
suficiente para mantener erguido algo
de la esperanza suya, con esos pocos dedos
empalmados suyos.
De su yo.


Soy un momento sostenido
en una Importante Superficie del Mundo.

Una superficie cultivada
y cultivada, sin año sabático
para las células, las pobres del tacto.

(De: El arte de Perder)

TODA PASIÓN CONCLUIDA
Caprichos de la luz
por el resquicio superior
que den lo mismo.

                             Está
la luz que llena el jarro,
el rojo interior que se ha colmado
de vacío. ¿Es eso?
                              Es
el estilo, más bien,
de hueco que acata la continencia,
la sentencia que da un adentro donde
                                                       – si se quiere –
por un momento el mundo entra
y cree en maneras
de hacerse inconmovible.

                                        Así
que tiembla. Con la luz que
cambia. Y con las hojas
que se enrejan en el viento.
de los postigos
                         y el calor,
el frío como cal y el sol,
que no es estar
                         y es
entre otros brazos
                                            ¿Fuera de él
no habrá nada? ¿Ni abrazo
que lo sujete?

                        Dura
lo que se muere.
                          Quedan familiares
cajones con la ropa que se ha vuelto
ajena, satenes personales y tizones
                                                        de dolores
que ya no duelen.
                            En rincones
de la carne, desusada,
la saciedad del poder
                                 detenerse.

Es la pasión o el paso
entre dos vacíos, la atrocidad
que deja intacto el corazón
                                           tras el carozo
de un personaje inventado
para el mundo.
                        Y nadie ama
lo que no conoce: este sitio
ha dejado de ser
                           iluminado
                                           porque ahora
los lugares sombríos son el centro.

                                                       Toda
pasión concluida
                          es emoción
aclarada. Correr
la silla al sol para rehacer
el ayer
            y ver cómo maduran,
bellamente,
los duraznos este año.

De: Pasajes

UNA ELEGÍA

En la época de mi madre
las mujeres eran probables.
Mi madre se sentaba junto a mi abuela
y las dos eran completamente de carne y hueso.

Yo soy apenas una secuela estable
de aquel exceso de realidad.

Y en la ansiedad del pasado indefinido,
en el aspecto durativo de elegir,
escribo ahora: una elegía.

En la época de mi madre
las mujeres eran perdurables,
completamente hueso y carne.
Mi madre se ponía el collar
de plata y de turquesas
que mi padre le había traído de Suecia
y se sentaba a la mesa como una especia exótica,
para que todo se volviera más grande que la vida,
y cualquier ficción fuera posible.

En la época de mi madre, las mujeres
eran un quid: mi madre nos contó
a mi hermano y a mí: ‘cuando salía de la escuela,
iba a buscar a mi padre al trabajo,
en Santa Fe, y los compañeros le decían es un biscuit,
tu hija es un biscuit, y nunca supe qué querían decir,
qué era un biscuit’, un bizcocho estando muy enferma,
una porcelana exquisita todavía para nosotros,
y mi hermano apurándola: ‘¿Y?’

No sé qué es un biscuit, ¿una especia exótica.
algo de todos modos, especial? Igual
andaba delicadamente por la casa, rozando los ochenta
como se roza una herida
con una gasa.

En la época de mi madre
las mujeres eran muy visibles.
Mi madre se miraba en los espejos
y yo no llegaba a abarcar
su imagen con mis ojos. Me excedía,
la intuía a lo lejos como algo que se añora.

Como ahora,
una elegía.

A la criatura adorable
fijada en lo remoto de la foto,
que ya a los ocho años parecía
más grande que la vida: te extraño,
aunque no te conocía. Eso fue antes
que a mí me dieras vida
en un tamaño apenas natural.

Igual,
una elegía.

Y a la otra de la foto que espero
conservar, la mujer bella que sostiene
el libro ante la hija de un año
en el engaño de la lectura:
te quiero por lo que dura, y es suficiente
leer en el presente, aunque se haya apagado
tu estrella.

Por ella,
una elegía.

Ahora soy la fotografía
y vos el líquido revelador. Tu muerte
me convierte en yo: como una ciencia aplicada
soy la causa y el efecto,
el ensayo y el error, este vacío
de la nada que golpea el corazón
como cáscara vacía.

Una elegía,
cada vez con más razón

(De: El arte de perder)


Una hiena en mi vereda

¿Por qué me siguió
esa hiena, le habré dado pena?
Antipático animal,
amable sin embargo
al decir de los etólogos,
la grandísima epicena
fue para mí un trago amargo.

¿De qué se ríe esa mujer,
esa hiena?
¿De qué se ríe? ¿Es mujer
o hace la escena? ¿La famosa
risa histérica? Si ni siquiera
es de América, ¿estará
desorientada? Vive roja
casi al lado y yo,
que quiero convertirme en nada,
tengo que oír sus consejos
y necias admoniciones:
“en tus condiciones”,
dijo en varias ocasiones,
“no podés exigir demasiado.
Pero estoy acá para eso, para que puedas necesitar”,
y amagó con darme un beso.

Mi vecina carroñera
tiene paciencia y espera.

Aunque a veces me da pánico,
algo me atrae de este cánido:
pese a que vivo sentada, en franco diminuendo,
parece seguir creyendo,
—indulgente hiena obscena—
que mi carne vale la pena.

(De: Bestiario íntimo)

 Mirta Rosenberg leyendo en el Festival Internacional de Poesía de Rosario -  !ª Parte
Mirta Rosenberg leyendo en el Festival Internacional de Poesía de Rosario - 2ª Parte

Biografía: 
Mirta Rosenberg, Argentina 1951. Poeta, traductora, editora. Ha publicado: Pasajes, 1984; Madam, 1988; Teoría sentimental, 1994; El arte de perder, 1998; El árbol de palabras. Obra reunida 1984-2006, publicado por Ediciones Bajo la luna.

2 comentarios:

silvia zappia dijo...

maravillosa poeta!

besos, maría*

María dijo...

Gracias Silvia.
Un abrazo