viernes, 15 de noviembre de 2013

Elizabeth Bishop - Gallos - poema

Imagen de la red

Gallos

A las cuatro en el oscuro azul plomizo
oímos el primer canto
del primer gallo

justo bajo el plomizo azul
de la ventana,
y enseguida en la distancia

hay un eco, después otro
en la ventana del patio trasero,
y, con horrible insistencia, hay otro

como una cerilla húmeda al raspar
desde el campo de brócolis, y al prender
se añaden todos sobre la ciudad.

Abundantes gritos
vienen desde la puerta del lavabo, desde el suelo
cubierto de excrementos del gallinero,

donde, en el azul borroso, sus susurrantes esposas admiran
los gallos que preparan su pata cruel
y ferozmente miran

con estúpidos ojos,
mientras ascienden desde sus picos
los incontrolados, tradicionalmente gritos.

Desde el fondo de los hinchados pechos
cubiertos de medallas verde y oro,
proyectan dominar y aterrorizan al resto,

a las numerosas esposas que viven
-cortejadas, despreciadas-
sus vidas de gallina.

Del fondo de sus gargantas horteras
es lanzada una orden sin sentido
por toda la ciudad. Un gallo se regodea

al surgir por encima de nuestras camas
desde oxidados cobertizos
y viejos somiers que hacen de vallas,

por encima de nuestras iglesias
donde está posado el gallo de hojalata de la veleta,
por encima de nuestras norteñas casas de madera,

saliendo en tropel desde las laterales
y embarradas calles,
trazando unos mapas como los de Rand McNally:

alfileres son cabeza de cristal,
otros de aceite, purpurinas,
verdes de cobre, azules de antracita,

cada uno un activo
desplazamiento en la perspectiva.
Cada uno gritando: “¡Aquí es dónde yo vivo!”

Cada uno gritando:
“¡Levántate! ¡Basta ya de sueños!”
Gallos: ¿Cuál es vuestro proyecto?

Vosotros, a los que los griegos elegían
para cazar en lo alto de un poste, que luchabais
cuando os sacrificaba, vosotros a quienes se referían

cómo “Muy combativos…”,
¿Qué derecho tenéis a decirnos
cómo hemos de vivir y a darnos órdenes?

¿A gritar “¡Aquí!, “ “¡Aquí!”,
y despertarnos aquí,
donde somos amor no deseado, vanidad, guerra?

La corona de rojo puesta
sobre vuestra pequeña cabeza
la carga toda ella vuestra combativa sangre.

Sí, esa excrecencia da una presencia
más viril que toda esa vulgar
y bella iridiscencia.

Ahora en el aire,
uno contra el otro, cada dos de ellos luchan.
Cae una primera, inflada pluma,

Y uno está volando,
con harapiento heroísmo desafiando
hasta a la sensación de agonizar.

Y el otro ha caído pero todavía
sobre la ciudad
sus arrancadas y sangrantes plumas van a la deriva.

Y lo que cantó ya no importa.
Es arrojado al montón de gris ceniza,
en el estiércol reposa

con sus esposas muertas, con los ojos abiertos, ensangrentados,
mientras las plumas metálicas
se van oxidando.

El pecado de San Pedro fue más grave
que el la Magdalena
que fue sólo un pecado de la carne;

la caída de Pedro es espiritual,
bajo la brusca luz de las antorchas
entre “ciervos y oficiales”.

La vieja y sagrada escultura,
pasado y futuro, todo lo junta
en una pequeña escena:

Cristo está asombrado,
Pedro –dos dedos levantados
hacia los labios sorprendidos- y ambos como hipnotizados.

Pero entre los dos
se ve un pequeño gallo esculpido
en una deslustrada columna de travertino

que tiene al pie la explicación:
gallus canit, flet Petrus.
Hay la ineludible esperanza, el pivote.

Sí, y ahí es donde las lágrimas de Pedro
corren hacia abajo por nuestro gallo
y adornan su espolón.

Con las espesas lágrimas, una incrustación
como en una reliquia medieval,
él espera. Pobre Pedro, enfermo corazón,

todavía no puede adivinar
que aquellos gritos de gallo ya no son la consagración
de que su espantoso gallo significa perdón,

una nueva veleta en la basílica
y en el granero,
y que en el exterior de Letrán

siempre habría un gallo de bronce
sobre un pilar de pórfido
de forma que la gente y el Papa,

pasado mucho tiempo, puedan ver
que incluso el Príncipe de los Apóstoles
había sido perdonado, y para convencer

a toda la asamblea
de que no todos los gritos de los gallos
son “Niega niega niega”.

En la mañana
hay una débil luz que está flotando
en el patio de atrás, y va dorando

los brócolis desde abajo,
hoja por hoja.
¿Cómo pudo la noche acabar en llanto?

Se dora el diminuto,
flotante vientre de la golondrina,
y las líneas de nubes rosadas en el cielo,

el preámbulo del día,
como las vetas errantes del mármol.
Los gallos son ahora casi inaudibles.

El sol sigue subiendo
“para ver el final”,
fiel como el enemigo, o el amigo.

Elizabeth Bishop
Versión: D. Sam Abrams y Joan Margarit

Roosters

At four o’clock
in the gun-metal blue dark
we hear the first crow of the first cock

just below
the gun-metal blue window
and immediately there is an echo

off in the distance,
then one from the backyard fence,  
then one, with horrible insistence,

grates like a wet match  
from the broccoli patch,
flares, and all over town begins to catch.

Cries galore
come from the water-closet door,
from the dropping-plastered henhouse floor,

where in the blue blur  
their rustling wives admire,
the roosters brace their cruel feet and glare

with stupid eyes
while from their beaks there rise  
the uncontrolled, traditional cries.

Deep from protruding chests  
in green-gold medals dressed,
planned to command and terrorize the rest,

the many wives  
who lead hens’ lives
of being courted and despised;

deep from raw throats  
a senseless order floats
all over town. A rooster gloats

over our beds
from rusty iron sheds
and fences made from old bedsteads,

over our churches
where the tin rooster perches,
over our little wooden northern houses,

making sallies
from all the muddy alleys,
marking out maps like Rand McNally’s:

glass-headed pins,
oil-golds and copper greens,  
anthracite blues, alizarins,

each one an active  
displacement in perspective;
each screaming, “This is where I live!”

Each screaming
“Get up! Stop dreaming!”  
Roosters, what are you projecting?

You, whom the Greeks elected
to shoot at on a post, who struggled  
when sacrificed, you whom they labeled

“Very combative ...”
what right have you to give  
commands and tell us how to live,

cry “Here!” and “Here!”  
and wake us here where are  
unwanted love, conceit and war?

The crown of red
set on your little head
is charged with all your fighting blood.

Yes, that excrescence
makes a most virile presence,
plus all that vulgar beauty of iridescence.

Now in mid-air
by twos they fight each other.  
Down comes a first flame-feather,

and one is flying,
with raging heroism defying  
even the sensation of dying.

And one has fallen,
but still above the town
his torn-out, bloodied feathers drift down;

and what he sung
no matter. He is flung
on the gray ash-heap, lies in dung

with his dead wives  
with open, bloody eyes,
while those metallic feathers oxidize.


St. Peter’s sin
was worse than that of Magdalen  
whose sin was of the flesh alone;

of spirit, Peter’s,
falling, beneath the flares,
among the “servants and officers.”

Old holy sculpture  
could set it all together
in one small scene, past and future:

Christ stands amazed,  
Peter, two fingers raised
to surprised lips, both as if dazed.

But in between
a little cock is seen
carved on a dim column in the travertine,

explained by gallus canit;
flet Petrus underneath it.
There is inescapable hope, the pivot;

yes, and there Peter’s tears  
run down our chanticleer’s  
sides and gem his spurs.

Tear-encrusted thick  
as a medieval relic
he waits. Poor Peter, heart-sick,

still cannot guess
those cock-a-doodles yet might bless,
his dreadful rooster come to mean forgiveness,

a new weathervane  
on basilica and barn,
and that outside the Lateran

there would always be
a bronze cock on a porphyry
pillar so the people and the Pope might see

that even the Prince
of the Apostles long since
had been forgiven, and to convince

all the assembly
that “Deny deny deny”
is not all the roosters cry.

In the morning
a low light is floating
in the backyard, and gilding

from underneath
the broccoli, leaf by leaf;
how could the night have come to grief?

gilding the tiny  
floating swallow’s belly
and lines of pink cloud in the sky,

the day’s preamble
like wandering lines in marble.
The cocks are now almost inaudible.

The sun climbs in,  
following “to see the end,”  
faithful as enemy, or friend.


Fuente: Elizabeth Bishop – Obra poética – Traducción y notas D. Sam Abrams y Joan Margarit – Editorial Egitur / Poesía

8 comentarios:

María PAZ dijo...

¡Qué maravilla esta mujer! Yo me quedé con "El arte de perder" y me estaba perdiendo esto y todo lo demás que ha de tener en su haber. Una verdadera bendición hoy abrir mi ventana a la virtualidad y encontrarme con este poema que cala tan hondo.

¡Muchas gracias por difundirlo, María Germaná!

Un saludo!

Fer

Maria Germaná Matta dijo...

María,

Gracias a "El arte de perder" conocí la obra de Elizabeth Bishop, supongo que por eso siempre vuelvo a su poesía.
Un abrazo

Carmela dijo...

Es un poema que se va leyendo con ansia de seguir leyendo y no se acabe.
Un beso, María

María Germaná dijo...

Carmela,

Es un poema muy interesante. y un punto de vista se percibe al gallo como personaje machista imponiendo sus reglas, va pasando por la historia del propio gallo y su relación con las gallinas hasta la historia de el Apóstol Pedro y la negación a Cristo.
Una lectura interesante propio de Elizabeth Bishop.
Un abrazo

Alexander Strauffon dijo...

¡Ah! Simpática veleta de Gallo. :)

Muy entretenida la lectura de tu material.

María Germaná dijo...

Gracias Alexander Strauffon.
Saludos

Amanda Budhatt dijo...

Cuanta metáfora que golpea fuerte una realidad tan honda de raíces tan largas que nos traslada a fuentes de ayeres, antepasados presentes y miedos callados. Gracias por compartir a tan bella poesía.

María Germaná dijo...

Gracias Amanda, Elizabeth Bishop sabe retratar una realidad, esa sociedad patriarcal que tanto daño ha hecho.
Un abrazo