jueves, 8 de septiembre de 2016

Claudia Masin - Tres poemas

Imagen de Leonora Carrington

La mudanza

Hay un amor al extravío en todas las personas extraviadas,

a la larga uno levanta su casa donde resulta que ha caído:

arena, agua, barro, tierra firme. ¿Pero y si resultara

posible la mudanza, si el movimiento

no fuera una explosión que de improviso

transporta las moléculas de un cuerpo

de un lugar a otro lugar, si el movimiento fuera

desprenderse como se desprende una gota de una rama,

si fuera algo así de lento, así

de irreversible?



Imagen de Remedios Varo - aprendiz 

París, Texas

Me gustaría contarte lo que veo, hablarte

de los hoteles abandonados apareciendo de la nada

en el medio de la carretera como castillos solitarios

cuyos puentes levadizos hubieran sido

dinamitados hace tiempo. Me gustaría

contarte lo que veo pero es imposible

hallar un dolor que condescienda

a ser narrado. ¿Vale la pena entonces,

emprender tan largo viaje para ir de un extremo

a otro del silencio? También es imposible

callar por completo: sé que terminaré por llamarte,

como se llama a alguien cuando se está a oscuras,

sin el auxilio de la voz, un estremecimiento

semejante al de esas luciérnagas

que al chocar contra un parabrisas en la ruta,

se deshace esparciendo una nube pequeña

de polvo y luz, y ésa – quizás- es su idea

de un encuentro.

(Wim Wenders)



Imagen de la red

Leona

Nunca fue el violador:
fue el hermano, perdido,
el compañero/gemelo cuya palma
tendría una línea de la vida idéntica a la/nuestra.
Adrienne Rich



Las mujeres enfrentamos en la niñez un pozo

profundísimo, parecido a los cráteres que deja un bombardeo,

e indefectiblemente caemos desde una altura

que hace imposible llegar al fondo

sin quebrarse las dos piernas. Ninguna

sale intacta y sin embargo

suele decirse que se trata de un malentendido,

que no hubo tal caída, que todas las mujeres exageran.

Lleva una vida completa poder decir: esto ha pasado,

fui dañada, acá está la prueba, los huesos rotos,

la columna vertebral vencida, porque después

de una caída como esa se anda de rodillas o inclinada,

en constante actitud de terror o reverencia.

Muy temprano el miedo es rociado como un veneno

sobre el pastizal demasiado vivo

donde de otra manera crecerían plantas parásitas,

en nada necesarias, capaces de comerse en pocos días

la tierra entera con su energía salvaje

y desquiciada. Aún así, siempre quedan

algunos brotes vivos, porque quien combate a esas plantas

que se van en vicio, después de un tiempo ya tiene suficiente,

de puro saciado se retira del campo baldío y a veces

les perdona la vida y se va antes

de terminar la tarea. No es compasión,

es como si una tempestad se detuviera

porque ya fueron suficientes las vidas arrebatadas,

las casas convertidas en una armazón de palos

y hierros podridos, que aun restauradas nunca podrían

volver a ser las mismas. La compasión, claro, es otra cosa:

no se trata de saquear una tierra con tal ferocidad

que lo que queda, de tan malogrado, ya no sirve

ni como alimento ni como trofeo de guerra.

En el corto tiempo de gracia antes de la caída,

las mujeres, esos yuyos siempre demasiado crecidos,

andamos por ahí, perdidas y felices, esperando

lo que no suele llegar: la compañía del hermano

que no tenga terror a lo desconocido, a lo sensible.

No el hermano que pueda impedir la caída

sino ese que elija caer junto a nosotras,

desobedeciendo la ley que establece

la universalidad de la conquista, la belleza

de la bota del cazador sobre el cuello partido de la leona

y de su cría. El hermano incapaz de levantar su brazo

para marcar a fuego la espalda de la hermana,

la señal que los separaría para siempre,

cada cual en el mundo que le toca: él a causar el daño,

ella a sufrirlo y a engendrar la venganza

del débil que un día se levanta, el esclavo

que incendia la casa del amo y se fuga

y elude el castigo. El mal está en la sangre hace ya tanto

que está diluido y es indiscernible del líquido

que el corazón bombea: el patrón ama esto

y el hermano lo sufre, tan malherido

como la mujer a la que él debería lastimar.

El dolor sigue su curso, indiferente,

y el pozo sigue comiéndose vida tras vida, y seguirá,

a menos que algo pase,

un acto de desobediencia casi imposible de imaginar,

como si de repente el cazador se detuviera

justo antes del disparo

porque sintió en la carne propia la agitación de la sangre

de su víctima, el terror ante la inminencia de la muerte,

y supo que formar parte de la especie dominante

es ser como una fiera que ha caído

en una trampa de metal que destroza lentamente

cada músculo, cada ligamento,

para que sea más fácil desangrarse que poder escapar.


  
Biografía

Claudia Masin nació en Resistencia, Chaco, Argentina, en 1972. Es escritora y psicoanalista. Vive desde 1990 en Buenos Aires. Coordina talleres de escritura.
Publicó los libros de poesía: Bizarría (Nusud, Buenos Aires, 1997), Geología (Nusud, Buenos Aires, 2001, reeditado por Curandera, Buenos Aires, 2011), La vista (Visor, Madrid, 2002, reeditado por Hilos, Buenos Aires, 2012), Abrigo (Bajo la Luna, Buenos Aires, 2007), La plenitud (Hilos, Buenos Aires, 2010, Raspabook, Murcia, 2014), El secreto (antología 1997-2007) (Ediciones de la Paz, Resistencia, 2007), el libro de fotografías y poemas El verano (Ediciones de la Paz, Resistencia, 2010) y La siesta (Naveluz, UNAM, México).
Actualmente se encuentran en preparación su antología personal La materia sensible, a ser editada en Buenos Aires por la editorial Viajero Insomne, y el libro La cura, que será editado en Buenos Aires por la editorial Hilos.
Su libro La vista ha obtenido por unanimidad el Premio Casa de América de España en 2002. Su libro Abrigo ha obtenido una mención del Fondo Nacional de las Artes en 2004.
Textos suyos han sido traducidos al francés, inglés, portugués e italiano.
Participó en varias antologías de poesía y ensayo, en su país y en el exterior.



2 comentarios:

Humberto Mercado dijo...

Puse mucha atención a tus letras.
Me gustan tienes una pluma diferente
Me agrada.
Seguiré leyendo te!
Gracias
poetacallado.

María Germaná dijo...

Hola Humberto, estos tres poemas pertenecen a la poeta argentina Claudia Masin, celebro que te hayan gustado.
Un saludo