domingo, 17 de noviembre de 2013

Doris Lessing - último adiós

Doris Lessing

La escritora Doris Lessing ha fallecido a la edad de 94 años. En el año 2007 recibió el Nobel de Literatura. 
Narradora, poeta y ensayista, una artista e intelectual comprometida con la vida.
Ella supo captar la experiencia femenina y describirla maravillosamente en su obra.

Entre sus principales publicaciones tenemos:

Canta la hierba, 1950
Éste era el país del Viejo Jefe, 1951
Martha Quest, 1952
Cinco novelas cortas, 1953
Un casamiento convencional, 1954
La costumbre de amar, 1957
Al final de la tormenta, 1958
Catorce poemas, 1959
En busca de un inglés, 1961
El cuaderno dorado, 1962
Un hombre y dos mujeres, 1963
Cuentos africanos, 1965
Cerco de tierra, 1965
Gatos muy distinguidos, 1967
La ciudad de las cuatro puertas, 1969
Instrucciones para un viaje al infierno, 1971
Historia de un hombre no casado, 1972
Memorias de una superviviente, 1974
A small personal voice, 1974
Shikasta, 1979
Los matrimonios entre las zonas tres, cuatro y cinco, 1980
Diario de una buena vecina, 1983
Si la vejez pudiera, 1984 (con el pseudónimo de Jane Somers)
Los diarios de Jane Somers, 1984 (con el pseudónimo de Jane Somers)
La buena terrorista, 1985
El viento se llevará nuestras palabras, 1987
El quinto hijo, 1988
Historias de Londres, 1992
Risa africana, 1992
Dentro de mí, 1994
De nuevo el amor, 1996
Un paseo por la sombra, 1997
Mara y Dann, 1999
Ben en el mundo, 2000
El día en que murió Stalin: la mujer, 2001
El sueño más dulce, 2002
Las abuelas, 2003
Historia del general Dann y de la hija de Mara, de Griot y del perro de las nieves, 2006
La grieta, 2007
Made in England, 2008

Los dejo con un fragmento de su novela: El Cuaderno Dorado

MUJERES LIBRES

3
Tommy se adapta a ser ciego, y los mayores tratan de ayudarle.


Tommy pasó una semana entre la vida y la muerte. El final de aquella
semana estuvo marcado por estas palabras de Molly, dichas con la voz muy
diferente del tono acostumbrado, cantarín y seguro:
—Qué curioso, ¿verdad, Anna? Ha estado entre la vida y la muerte, y resulta
que va a vivir. Parece imposible que hubiera sido de otra manera. Pero si hubiese
muerto, supongo que entonces también nos habría parecido inevitable.
Las dos mujeres habían pasado toda la semana en el hospital, a la cabecera
de Tommy o esperando en cuartitos adyacentes, mientras los médicos se
consultaban, opinaban, operaban. Periódicamente, volvían al piso de Anna, para
cuidar a Janet, y recibían cartas y visitas de condolencia. Tuvieron que recurrir a
sus últimas reservas de energía para enfrentarse con Richard, quien tomó
francamente la actitud de acusar a las dos. Durante aquella semana, en que el
tiempo se había detenido y así lo sentían ambas (se preguntaban a sí mismas, y la
una a la otra, por qué no experimentaban más que inquietud y embotamiento,
aunque sabían que la tradición autorizaba dicha reacción), hablaron, aunque muy
poco y abreviadamente, por decirlo así, puesto que los puntos en cuestión les eran
muy familiares, de la atención que Molly había dedicado a Tommy y de la relación
que Anna había tenido con él, todo con el propósito de localizar el suceso o el
momento en que le habían defraudado definitivamente. ¿Por causa de la ausencia
de Molly, que duró un año? No, ella estaba convencida de que había hecho bien.
¿Debido a la falta de rigor en sus vidas? Pero ¿cómo y en qué hubieran podido ser
diferentes? ¿Por algo dicho o no dicho en la última visita de Tommy a Anna? Era
posible, aunque ninguna de las dos lo creía, aparte que ¿cómo podían saberlo? No
trataron de echarle la culpa a Richard, pero cuando éste las acusó, ellas replicaron:
—Mira, Richard, no sirve de nada acusarse mutuamente. La cuestión es:
¿qué podemos hacer ahora por él?
El nervio óptico de Tommy quedó dañado, y la consecuencia de ello fue la
ceguera. En cambio, el cerebro permanecía ileso, o por lo menos iba a curarse. Tan
pronto como se declaró al muchacho fuera de peligro, el ritmo volvió a
establecerse, y Molly se entregó a largas horas de lágrimas de depresión y
desaliento. Anna estaba muy ocupada con ella y con Janet, a quien debía ocultar
que Tommy había tratado de matarse. Recurrió a la expresión «ha sufrido un
accidente», pero fue una estupidez, porque ahora se daba cuenta, por la mirada de
la niña, de que la conciencia de las posibilidades de un accidente tan terrible que
pudiera dejarla tumbada en el hospital, ciega irremediablemente, le acechaba por
entre los objetos y las costumbres cotidianas. En consecuencia, Anna rectificó la
frase y aclaró que Tommy se había herido accidentalmente mientras limpiaba un
revólver. Entonces Janet observó que ellas no tenían ningún revólver, Anna aseguró
que nunca lo habría, etc. De este modo, la niña salió de su estado de ansiedad. 321

En cuanto a Tommy, después de permanecer como una silenciosa figura en
la soledad de un cuarto a oscuras, asistido por los vivos y a merced de éstos, se
movió, volvió a la vida y habló. Y entonces, aquel grupo de personas, Molly, Anna,
Richard y Marion, que habían estado aguardando de pie o sentadas, que habían
velado toda una semana desgajada del tiempo, comprendieron hasta qué punto
habían dejado que él, mentalmente, se les escapara hacia la muerte. Cuando
Tommy habló, fue un choque, pues aquella cualidad suya, aquella obstinación
acusadora y hosca que le empujara a tratar de atravesarse los sesos con una bala,
había desaparecido tras la imagen de la víctima que yacía cubierta por sábanas y
vendajes blancos. Sus primeras palabras —y estaban todos allí para oírlas— fueron:
—Estáis aquí, ¿verdad? No puedo veros —habló en un tono, que mantuvo
silenciosos a los circunstantes—. Estoy ciego, ¿no es eso?
Y, de nuevo, su forma de hablar tornó imposible cualquier intento de
suavizar el choque de Tommy con la realidad, al volver a la vida. A pesar de que
ése fue el primer impulso de Anna y Molly. Esta última, al cabo de un momento, le
dijo la verdad. Los cuatro estaban de pie alrededor de la cama, con la mirada fija
en aquella cabeza ciega cubierta de telas blancas y bien ajustadas, sintiéndose
enfermos de horror y de compasión, imaginando la lucha solitaria y valerosa que
debía de estar librándose en el interior del muchacho. Pero Tommy no dijo nada.
Yacía inmóvil. Sus manos, aquellas manos gruesas y desmañadas como las de su
padre, reposaban a los lados. Las levantó para juntarlas y cruzarlas sobre el pecho,
en actitud paciente. Sin embargo, en la manera de hacer el gesto hubo algo que
llevó a Molly y Anna a intercambiar una mirada en la que había algo más que
compasión. Era una especie de terror; la mirada había sido como una afirmación
con la cabeza. Richard vio a las dos mujeres comunicarse esta sensación, y rechinó
los dientes, literalmente, de rabia. Aquél no era el mejor sitio para decir lo que
sentía; pero lo dijo fuera. Se alejaban del hospital caminando los cuatro juntos.
Marion iba un poco retrasada, pues aunque el choque de lo ocurrido a Tommy le
había hecho dejar de beber temporalmente, aún parecía moverse en un mundo
lento y privado. Richard habló furiosamente a Molly, dirigiendo unos ojos ardientes
y enojados hacia Anna, para incluirla:
—Lo que has hecho ha sido una buena cabronada.
—¿Por qué? —inquirió Molly, agarrándose fuertemente al brazo de Anna, que
la sostenía, pues desde que habían salido del hospital toda ella se estremecía en
sollozos.
—¿Por qué? ¡Decirle de esa manera que se ha quedado ciego para siempre!
¡Vaya forma de proceder!
—Él ya lo sabía —adujo Anna, viendo que Molly no podía hablar por causa de
la turbación, y sabiendo, además, que no las acusaba de eso.
—¡Lo sabía, lo sabía! —les espetó Richard entre dientes—. Acababa de salir
del estado de inconsciencia, y le dices que está ciego para el resto de la vida.
Anna argumentó, contestando a sus palabras, no a sus sentimientos:
—Tenía que saberlo.
Entonces Molly se dirigió a Anna, sin hacer caso de Richard, para continuar
el diálogo que habían comenzado con aquella mirada horrorizada, de confirmación,
en el cuarto del hospital: 322

—Anna, yo creo que hacía rato que estaba consciente. Esperaba que todos
estuviéramos allí; era como si disfrutara. ¿No es horrible, Anna?
Rompió a llorar histéricamente, y Anna le dijo a Richard:
—No empieces ahora a cargar la culpa sobre Molly.
Richard soltó una exclamación inarticulada de disgusto, retrocedió hacia
Marion, quien seguía a los tres vagamente, la agarró por el brazo impacientemente,
y se marchó con ella a través del césped verde y brillante del hospital, punteado
sistemáticamente por parterres de flores de colores. Luego puso en marcha el
coche, y ambos se fueron, dejándolas allí a la espera de un taxi.
No hubo un solo momento en que Tommy se desplomara. No dio muestras
de derrumbarse en un estado de desesperación o de lástima de sí mismo. Desde el
primer instante, desde sus primeras palabras, se mostró paciente, en calma,
cooperó de buen grado con las enfermeras y los médicos, y discutió con Anna y
Molly, e incluso con Richard, varios planes para el porvenir. Era, según repetían sin
cesar las enfermeras —no sin algo de la misma incomodidad que Anna y Molly
sentían con tanta fuerza—, «un paciente modelo». Jamás habían conocido a nadie,
dijeron y repitieron incesantemente, que hubiera aceptado un destino tan horrible
con tanta valentía; y mucho menos a un pobre muchacho de veinte años.
Se sugirió que Tommy pasara una temporada en un hospital de
rehabilitación para ciegos recientes, pero él insistió en volver a casa. Había
aprovechado tan bien las semanas en el hospital, que ya podía comer solo, lavarse
y llevar a cabo otros menesteres sin ayuda, moviéndose despacio por el cuarto.
Anna y Molly se sentaban y le observaban: de nuevo normal, el mismo de antes, al
parecer, salvo por la venda negra sobre los ojos sin vista, yendo con obstinada
paciencia de la cama al sillón y del sillón a la pared, con los labios fruncidos por el
esfuerzo de concentración, aquel esfuerzo de su voluntad que se observaba detrás
de cada pequeño movimiento suyo.
—No, gracias, enfermera, ya me arreglaré.
—No, madre, por favor, no me ayudes.
—-No, Anna, no necesito ayuda.
Y era verdad.
Se decidió que la sala de estar de Molly, situada en el primer piso, se
convirtiera en el cuarto de Tommy; así tendría que aprender a subir menos
escaleras. Este cambio estuvo dispuesto a aceptarlo, pero insistió en que la vida de
ella, y la suya propia, continuaran como antes.
—No es necesario hacer ningún cambio, madre. No quiero que nada sea
diferente.
La voz era de nuevo la que le conocían: la histeria, la risa siempre a punto
de estallar, el tono desapacible de aquella noche en que visitó a Anna, habían
desaparecido totalmente. Su voz, como sus movimientos, era lenta, pletórica y
controlada; cada palabra tenía la autorización de un cerebro metódico. Pero cuando
dijo que no era necesario hacer cambios, las dos mujeres se miraron (lo que ahora
podían hacer tranquilamente, pues él no las podía ver, si bien no lograban librarse 323

de la sospecha de que él, a pesar de todo, se daba cuenta), y ambas sintieron el
mismo pánico sofocado. Tommy había pronunciado las palabras como si nada
hubiera cambiado, como si el hecho que él estuviera ciego fuera poco menos que
casual, y si su madre se sentía desdichada por ello, era porque quería o porque
demostraba excesivo celo y no podía dejarle en paz, como esas mujeres incapaces
de soportar el desorden o las malas costumbres. Bromeaba con ellas como lo hace
un hombre con mujeres de trato difícil. Las dos le observaban, se miraban entre sí,
horrorizadas, desviaban la vista ante la sensación de que él captaba aquellos
mudos mensajes de pánico, y asistían sin poder hacer nada a los esfuerzos que el
chico realizaba para adaptarse, tediosa, pero al parecer no dolorosamente, al
mundo de tinieblas que ahora era el suyo.
Los antepechos blancos y con almohadones de las ventanas en que Molly y
Anna se habían sentado tan a menudo para charlar, con las macetas de flores a sus
espaldas, la lluvia o los pálidos rayos de sol en los cristales, era lo único que
permanecía idéntico en el cuarto. Ahora había una cama estrecha y bien arreglada,
una mesa con una silla de respaldo recto y unos estantes fáciles de alcanzar.
Tommy estaba aprendiendo Braille. Y se enseñaba a sí mismo a escribir de nuevo,
con un libro de ejercicios y una cartilla de colegial. Tenía una letra muy distinta a la
de antes, grande, cuadrada y clara, como la de un niño. Cuando llamaban a la
puerta antes de entrar, él levantaba la cabeza del Braille o de lo que escribía para
decir: «Adelante», con el mismo tono de atención momentánea, pero cortés, que
emplea un hombre de negocios desde el otro lado de la mesa de su despacho.
De modo que Molly, que había rechazado un papel en una pieza de teatro
para poder cuidar a Tommy, volvió a su trabajo de actriz. Anna dejó de ir a cuidar
al muchacho las noches en que Molly actuaba, pues él le dijo:
—Anna, es muy amable de tu parte venir a compadecerte de mí, pero no me
aburro nada. Me gusta estar solo.
Habló como lo hubiera hecho un hombre normal que prefería la soledad. Y
Anna, que sin conseguirlo había tratado de recobrar la intimidad que le uniera a
Tommy antes del accidente (sentía como si el chico fuera un desconocido al que
nunca había visto), tomó aquellas palabras al pie de la letra. No se le ocurría nada,
literalmente, que decirle. Además, cuando se encontraba sola con él en un cuarto,
sucumbía continuamente a oleadas de pánico puro, que no alcanzaba a
comprender.
Molly, ahora, no llamaba a Anna desde su casa, pues el teléfono se
encontraba al salir de la habitación de Tommy, sino desde cabinas telefónicas o
desde el teatro.
—¿Cómo está Tommy?—preguntaba Anna.
Y la voz de Molly, de nuevo potente y segura, aunque con un matiz
permanente de interrogación agresiva, de desafío al sufrimiento, replicaba:
—Anna, todo es tan raro que no sé qué decir o qué hacer. Se limita a estar
en su cuarto, trabajando mucho, siempre calmado. Y cuando ya no lo aguanto ni un
instante más y entro, él levanta la vista y dice: «Bueno, madre, ¿en qué puedo
ayudarte?»... Sí, ya lo sé. Así que yo, como es natural, digo alguna tontería, por
ejemplo: «Pensé que quizá te apetecería una taza de té». Normalmente contesta
que no, con gran cortesía, claro, y yo vuelvo a salir... Ahora está aprendiendo a
hacerse él mismo té y café. Hasta quiere cocinar. 324

—¿Maneja ollas y todo eso?
—Sí. Me he quedado de piedra. Tengo que salir de la cocina, porque él sabe
lo que yo siento y me dice: «Madre, no hay razón para asustarse, no me voy a
quemar».
—Pues, Molly, no sé qué decirte.
(Se producía un silencio, provocado por lo que las dos tenían miedo de
decir.)
—Y la gente sube a vernos, eso sí, muy afectuosa y amable, ¿sabes? —
proseguía Molly.
—Sí, lo imagino perfectamente.
—Me dicen: « ¡Tu pobre hijo!». «¡Qué mala suerte con Tommy!»... Siempre
supe que todo era una salvajada, pero nunca lo vi tan claramente como ahora.
Anna la comprendía perfectamente, pues amigos y conocidos comunes la
usaban como blanco de observaciones, que, en la superficie, eran amables, pero
que escondían malicia, y que hubieran deseado poder dirigir contra Molly en
persona:
—Claro, fue una pena que Molly se marchara aquel año y dejara solo al
chico.
—No creo que eso tenga nada que ver. Además, lo hizo después de haber
reflexionado mucho.
O bien:
—Claro, i con ese matrimonio deshecho! Debe de haber afectado a Tommy
mucho más de lo que nadie hubiera supuesto,
Ante tales insinuaciones, Anna respondía, sonriendo:
—También mi matrimonio está deshecho, y de verdad confío en que Janet
no termine de la misma forma.
Y detrás de todo el tiempo que Anna consagraba a defender a Molly y a ella
misma, había otra cosa: la causa del pánico que ambas sentían, aquel algo que les
daba miedo confesar.
Se expresaba por el mero hecho de que apenas seis meses antes, Anna
llamaba a la casa de Molly para charlar con ésta, mandando recuerdos para
Tommy, o iba a ver a Molly y tal vez entraba en el cuarto de Tommy para cambiar
unas palabras con él, o asistía a las reuniones de Molly en que Tommy era un
invitado como los demás, o participaba en la vida de Molly, en sus aventuras con
hombres, en sus necesidades y en su fracaso matrimonial... En cambio, ahora, todo
eso, la intimidad de años, que había ido creciendo despacio, se veía afectada y
rota. Anna nunca telefoneaba a Molly como no fuera por razones muy concretas,
pues aunque el teléfono no se hubiera encontrado junto al cuarto de Tommy, éste
era capaz de intuir lo que la gente decía, al parecer a través de un sexto sentido 325

recién desarrollado. Por ejemplo, una vez llamó Richard, aún en la fase de
acusadora agresividad, para decirle a Molly:
—Contesta sí o no; con eso basta. Quiero que Tommy vaya a pasar unas
vacaciones con una enfermera especializada en ciegos. ¿Querrá ir?
Y antes de que Molly pudiera responder, Tommy había gritado desde su
habitación, en un tono normalísimo:
—Dile a mi padre que me encuentro perfectamente. Dale las gracias y
comunícale que ya le llamaré yo mismo mañana.
Anna ya no visitaba a Molly sin hacer cumplidos y con toda naturalidad para
pasar una velada con ella, ni entraba en la casa si pasaba por allí. Llamaba a la
puerta después de haber telefoneado, oía sonar el timbre arriba, y estaba segura
de que Tommy ya sabía quién era. La puerta se abría, mostrando la astuta y
dolorosa sonrisa, forzadamente alegre, de Molly. Subían ambas a la cocina,
hablando de trivialidades y conscientes del chico que estaba al otro lado de la
pared, hacían café o té, y ofrecían una taza a Tommy, que siempre la rehusaba.
Las dos mujeres subían al cuarto que había sido el dormitorio de Molly,
transformado ahora en una especie de sala de estar con alcoba, y se instalaban allí,
pensando, sin querer, en el chico mutilado que estaba en el piso de abajo,
convertido ahora en el centro de la casa, dominándola, consciente de todo lo que
pasaba en ella, como una presencia ciega, pero consciente de todo lo que en ella
sucedía. Molly charlaba un poco, y refería algunos chismes del teatro, llevada por la
costumbre. Luego se callaba, con la boca torcida de ansiedad y los ojos enrojecidos
de lágrimas contenidas. Había adquirido la tendencia de romper a llorar
súbitamente, por una palabra dicha a la mitad de una frase, con lágrimas de
desamparo e histerismo, que dominaba al instante. Su vida había cambiado por
completo. Ahora únicamente salía para ir al teatro, a trabajar, y para hacer las
compras necesarias. Luego volvía a casa y se sentaba a solas en la cocina o en su
cuarto.
—¿Ves a alguien? —le preguntó Anna.
—Tommy también me lo ha preguntado. La semana pasada me dijo: «No
quiero que abandones tu vida de sociedad por mí, madre. ¿Por qué no traes a tus
amigos a casa?». Bueno, pues le tomé la palabra y traje a aquel director, ya le
conoces, el que se quería casar conmigo, Dick. ¿Te acuerdas? Se ha mostrado muy
afectuoso a raíz de lo de Tommy, quiero decir realmente afectuoso y amable, sin
malicia. Bien, pues estaba aquí con él, bebiendo whisky, y por primera vez pensé:
«No, no me importaría. Es realmente amable, y esta noche estoy dispuesta a
aceptar el afecto de un hombro masculino». Ya estaba a punto de ponerle la luz
verde, cuando me percaté de que no podía darle ni un beso de hermana sin que
Tommy lo supiera.
Claro que Tommy nunca me lo reprocharía. A la mañana siguiente hubiera
dicho, seguramente: « ¿Pasaste una velada agradable ayer, madre? Me alegro
mucho».
Amia contuvo un impulso de decirle a su amiga que exageraba, porque lo
cierto era que Molly no exageraba, y ella no se sentía capaz de representar ese tipo
de deshonestidad ante Molly. 326

—¿Sabes, Anna? Cuando miro a Tommy y le veo con esa cosa siniestra y
negra tapándole los ojos, tan bien puesto y limpio, y con su boca, ya sabes, esa
boca suya, fija, dogmática... Bueno, pues me invade una irritación tal...
—Sí, te comprendo.
—Pero ¿no es horrible? Se trata de una irritación física... Todos esos
movimientos lentos y cuidadosos, ¿comprendes?
—Sí.
—Porque es exactamente igual que antes, sólo que confirmado. No sé si me
entiendes...
—Sí.
—Es como una especie de fantasma.
—Si
—Sería capaz de gritar de irritación... Y lo peor es que tengo que salir del
cuarto, porque sé muy bien que él capta que yo siento esto y... —En este punto,
Molly se contuvo. Luego decidió continuar, desafiante—: Él disfruta. —Soltó una
carcajada chillona y añadió—: Es feliz, Anna.
—Sí.
Por fin había salido aquel algo. Ahora las dos se sentían mejor.
—Es feliz por primera vez en su vida—prosiguió Molly—. Esto es lo terrible...
Se puede ver en el modo como se mueve y habla. Por primera vez en su vida es
todo él de una pieza.
A Molly se le cortó el aliento de horror ante sus propias palabras, oyendo lo
que había dicho, todo él de una pieza, y encajándolo con la realidad de aquella
mutilación. Entonces escondió la cara entre sus manos y lloró, de una manera
diferente, con todo su cuerpo. Cuando hubo terminado de llorar, levantó la vista y
profirió, tratando de sonreír:
—No debiera llorar. Me va a oír.
En aquellos momentos su sonrisa era valiente. Anna notó, por vez primera,
que el casquete dorado del pelo de su amiga tenía mechones grises, y que
alrededor de sus ojos, directos pero tristes, había unas cavidades oscuras por las
que se le veían los huesos, delgados y agudos.
—Creo que deberías teñirte el pelo —observó Anna.
—¿Para qué? —preguntó Molly, enfadada. Luego se obligó a reír, y añadió—:
Ya le oigo, cuando yo subiera la escalera con el pelo bien arreglado, satisfecha, y él
oliera el tinte o lo que fuese, captando el matiz de la cosa y diciéndome: «Madre,
¿te has teñido el pelo? Pues me alegro de que no te dejes abandonar». 327

—Bueno, pues a mí me alegraría que no te dejaras abandonar, aunque a él
no le hiciera gracia.
—Supongo que volveré a ser sensata cuando me haya acostumbrado a todo
esto... Ayer lo pensaba, pensaba en estas palabras. Acostumbrarse a ello, quiero
decir. ¿Es esto la vida? ¿Acostumbrarse a cosas que son realmente intolerables...?
Los ojos se le enrojecieron, se le llenaron de lágrimas, y de nuevo los aclaró
pestañeando con determinación.
Unos días más tarde, Molly llamó desde una cabina telefónica para decir:
—Anna, está ocurriendo algo muy raro. Marion ha empezado a venir a todas
las horas del día a visitar a Tommy.
—¿Qué tal está ella?
—Casi no ha bebido nada desde el accidente de Tommy.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Ella misma se lo ha contado a Tommy, quien, a su vez, me lo ha dicho a
mí.
—¡Muy bien! ¿Y qué opina él?
Molly imitó la voz lenta y pedante de su hijo:
—Marion está haciendo auténticos progresos ahora, en conjunto. Se está
transformando en otra con gran rapidez.
—¡No es posible!
—¡Oh! Sí, eso es lo que dijo.
—Bueno, por lo menos Richard debe de estar satisfecho.
—Está furioso. Me manda unas cartas largas e indignadas, y cuando abro
una de ellas, aunque hayan llegado por el mismo correo otras diez, Tommy me
pregunta: « ¿Y qué dice ahora mi padre?». Marion se presenta casi todos los días.
Pasan horas enteras juntos, como un profesor anciano que recibe a su alumno
favorito...
—¡Vaya, vaya! —exclamó Anna, desconcertada.
—Sí, ya.
Anna fue citada para que apareciera en el despacho de Richard unos días
después. Telefoneó, brusco y hostil, diciendo:
—Quisiera verte. Podría ir a tu casa, si quieres...
—Pero está claro que tú no quieres —le interrumpió ella. 328

—Reconozco que mañana por la tarde tengo una o dos horas disponibles.
—¡Ah, no! Estoy segura de que no tienes tiempo. Ya iré yo. ¿Quedamos a
una hora?
—¿Te va bien a las tres?
—A las tres —concluyó Anna, consciente de que le alegraba que Richard no
acudiera a su piso.
Durante aquellos meses le había obsesionado el recuerdo de Tommy, de pie,
mirando sus cuadernos, pasando página tras página, la misma noche que intentara
matarse. Recientemente había hecho algunas anotaciones; pero con un gran
esfuerzo. Sentía como si el chico, acusándola con sus ojos oscuros, la mirara por
encima del hombro. Sentía como si su cuarto ya no le perteneciera. Y si hubiera
recibido a Richard en él, habrían empeorado las cosas.
Se presentó en la oficina de Richard a las tres en punto, diciéndose que,
naturalmente, la haría esperar a propósito. Calculaba que unos diez minutos
bastarían para satisfacer la vanidad del hombre. A los quince minutos, le informó su
secretaria de que podía pasar. Tal como había dicho Tommy, Richard, detrás de la
mesa de su despacho, causaba una impresión que ella no hubiera imaginado en él.
Las oficinas centrales de aquel imperio ocupaban cuatro pisos de un edificio antiguo
y feo de la City. No era allí, evidentemente, donde se hacían los negocios;
constituían más bien como un escaparate de las personalidades de Richard y sus
socios. El decorado era discreto y la atmósfera, internacional. A una no le hubiera
sorprendido verlo en cualquier otra parte del mundo. Tan pronto como se cruzaba
el umbral de la gran puerta de entrada, el ascensor, los pasillos, las salas de
espera, todo era como una larga y discreta preparación del momento en que,
finalmente, se entraba en el despacho de Richard. Los pies se hundían seis
centímetros, en una moqueta oscura y espesa, y las paredes eran de cristal oscuro,
enmarcado en madera blanca. El conjunto estaba iluminado con discreción, al
parecer desde detrás de varias plantas trepadoras que iban dejando ver algunas
hojas verdes bien cuidadas en todos los pisos. Richard, con su cuerpo hosco y
testarudo escondido bajo un traje anónimo, aparecía sentado tras un escritorio que
tenía todo el aspecto de una tumba de mármol verdoso.
Anna había estado examinando a la secretaria mientras esperaba, y observó
que era un tipo semejante al de Marion: otra muchacha color de avellana, con clara
tendencia a un desalmo elegante y vivaz. Puso cuidado en captar el
comportamiento de Richard y de la muchacha durante los pocos segundos en que
les vio juntos, al acompañarla ella hasta el despacho. Y sorprendió una mirada
entre los dos, que le hizo comprender el grado de sus relaciones. Richard se dio
cuenta de que Anna había llegado a unas conclusiones, y dijo:
—No quiero un sermón de los tuyos, Anna. Quiero hablar en serio.
—Para eso he venido, ¿no?
Él dominó su disgusto y le ofreció el asiento colocado frente al escritorio,
que Anna rechazó para ir a sentarse en el alféizar de una ventana, a cierta
distancia. Antes de que él pudiera hablar, se encendió una luz verde en el tablero
del teléfono y Richard se excusó, antes de hablar al aparato,
—Perdona un momento —dijo, mientras una puerta interna se abría para dar
paso a un joven portador de una carpeta, que depositó del modo más 329

agradablemente discreto posible sobre la mesa de Richard, haciendo casi una
reverencia antes de volver a salir de puntillas.
Richard se apresuró a abrir la carpeta. Luego escribió una nota, a lápiz, e iba
a pulsar otro botón cuando vio la cara de Anna y le preguntó:
—¿Qué encuentras tan divertido?
—Nada de particular. Me acordaba de que alguien dijo que la importancia de
cualquier personalidad pública se puede medir por el número de jóvenes melifluos
que le rodean.
—Molly, imagino...
—Pues sí, es verdad. ¿Cuántos tienes, por curiosidad?
—Un par de docenas, supongo.
—El primer ministro no podría alardear de tantos.
—Seguramente no. Anna, ¿por qué te pones así?
—Yo sólo pretendía conversar.
—En ese caso, te ahorraré la molestia... Quiero hablarte acerca de Marion.
¿Sabías que se pasa todo el tiempo con Tommy?
—Me lo ha dicho Molly, y también que ya no bebe.
—Viene a la ciudad por la mañana, compra todos los periódicos y va a
leérselos a Tommy. Vuelve a casa a las siete o las ocho... De lo único que sabe
hablar es de Tommy y de política.
—Ya no bebe —insistió Anna.
—¿Y qué ocurre con los niños? Les ve durante el desayuno, y si tienen
suerte, una hora por la noche. Imagino que la mitad del tiempo ni se acuerda de
que existen.
—Pienso que deberías emplear a alguien, de momento.
—Oye, Anna, te he pedido que vinieras para discutirlo seriamente.
—Hablo en serio. Te sugiero que contrates a una buena mujer para que se
ocupe de los niños hasta... que las cosas se aclaren.
—¡Dios mío, lo que va a costar eso...! —exclamó Richard, quien
inmediatamente calló, frunciendo el ceño y sintiéndose azorado.
—¿Quieres decir que no deseas a una extraña en la casa, ni por una
temporada? Porque es imposible que te preocupe el dinero. Marion dice que ganas
treinta mil al año, sin contar los gastos pagados y los descuentos. 330

—Lo que Marion diga acerca de dinero es, normalmente, una tontería. De
acuerdo, pues no quiero a una extraña en la casa. ¡Toda la situación es absurda!
Marión jamás se había preocupado de política. De repente, se pone a recortar
trozos de periódicos y recita el New Statesman.
Anna se echó a reír.
—Richard, ¿qué ha ocurrido, realmente? En fin, ¿de qué se trata? Marion se
embrutecía bebiendo y ya no lo hace. Seguro que eso vale la pena, ¿no? Imagino
que como madre debe de ser mejor que antes.
—¡Desde luego eres una gran ayuda!
Los labios de Richard comenzaron a temblar, y el rostro se le hinchó,
enrojecido. Al ver la expresión de Anna, que le diagnosticaba con toda franqueza
lástima de sí mismo, se recobró apretando el timbre, y cuando otro discreto y
atento joven hubo entrado, le entregó la carpeta, al tiempo que decía:
—Llama a sir Jason y pídele que almuerce conmigo el miércoles o el jueves,
en el club.
—¿Quién es sir Jason?
—Sabes perfectamente que no te importa.
—Es por interés.
—Es un hombre encantador.
—Estupendo.
—Además, es muy aficionado a la ópera... Lo sabe todo sobre música.
—Qué bien.
—Y vamos a comprar una participación en su compañía.
—Bueno, todo esto marcha muy bien, ¿verdad? Quisiera que hablaras de lo
importante, Richard. ¿Qué te preocupa, realmente?
—Si pagara a una mujer para que ocupase el lugar de Marion con los niños,
toda mi vida se trastocaría... Sin hablar del gasto —añadió, sin poder evitarlo.
—Se me acaba de ocurrir que debes de ser tan raro en cuestiones de dinero
por causa de tu fase bohemia, en los años treinta. Nunca había conocido a un
hombre rico de nacimiento que tuviera esta actitud hacia el dinero. Supongo que,
cuando la familia te dejó sin un chelín, fue un golpe muy duro para ti, ¿no? Te
comportas como el director de una fábrica oriundo de los suburbios a quien las
cosas le han ido mejor de lo que esperaba.
—Sí, es verdad. Aquello fue un golpe. Fue la primera vez en mi vida en que
me di cuenta del valor del dinero. Nunca lo he olvidado. Y estoy de acuerdo: con el
dinero muestro la misma actitud del que ha tenido que ganárselo. Marion nunca ha 331

podido comprenderlo, ¡y tú y Molly no os cansáis de decirme que es una mujer tan
inteligente!

Esto último lo dijo con un tono tan propio de víctima de una injusticia, que
Anna volvió a reírse, sinceramente.
—Richard, eres un caso cómico. Sí, realmente lo eres. En fin, no discutamos.
Sufriste un trauma muy grave cuando la familia se tomó en serio tu flirteo con el
comunismo, y el resultado es que no puedes disfrutar del dinero. Por otro lado,
siempre has tenido muy mala suerte con tus mujeres. Molly y Marion son bastante
estúpidas, y las dos tienen un carácter desastroso.
Richard miraba de frente a Anna, con su testarudez característica.
—Así es como lo veo yo, sí.
—Bueno. ¿Y qué más?
Richard apartó los ojos de su interlocutora; se quedó frunciendo el ceño,
clavando la mirada en una hilera de delicadas hojas verdes que se reflejaban en el
cristal oscuro. Anna pensó que no quería verla por la razón de siempre, para atacar
a Molly a través de ella, sino con objeto de anunciar un nuevo plan.
—¿Qué intenciones tienes, Richard? ¿Vas a dejar a Marion y a pasarle una
pensión? ¿Es eso? ¿Tienes el plan de que Marión y Molly vivan juntas los años de la
vejez, en alguna parte, mientras que tú...? —Anna se interrumpió, dándose cuenta
de que aquella ocurrencia fantasiosa se acercaba, de hecho, a la verdad, y
exclamó—: ¡Oh, Richard! No puedes abandonar a Marion ahora. Especialmente
ahora que ha empezado a controlar la bebida.
Richard dijo con vehemencia:
—No le importo nada. Es incapaz de dedicarme un minuto. Parece como si
yo no estuviera en la casa.
En su voz se reflejaba la vanidad herida. La huida de Marión para escapar a
su situación de prisionera o de compañera víctima, le había dejado desamparado y
ofendido.
—¡Por Dios, Richard! Te has pasado años sin hacerle ningún caso. Te has
limitado a usarla como...
De nuevo los labios de él temblaron con vehemencia, y sus ojos, grandes y
oscuros, se llenaron de lágrimas.
—¡Dios mío! —se limitó a decir Amia, con un suspiro.
Estaba pensando: «Resulta que Molly y yo somos unas estúpidas. Es sólo
esto; ésta es su manera de querer a una persona, y se muestra incapaz de
comprender otra cosa. Probablemente también Marion lo entiende así».
—¿Y cuál es tu plan? He tenido la impresión de que mantienes relaciones
con esa chica de ahí fuera. ¿Es eso? 332

—Sí, es eso. Por lo menos ella me quiere.
—¡Richard! —exclamó Anna con desaliento.
—Pues es verdad. Para Marión, es como si yo no existiera.
—Pero si ahora te divorcias de Marion, puede que la destroces para siempre.
—Dudo que llegue a darse cuenta. De todos modos, no me proponía hacer
nada con prisas. Por esto quería verte. Deseo sugerir que Marion y Tommy se
vayan de vacaciones juntos a alguna parte. Al fin y al cabo, ya se pasan todo el
tiempo juntos. Estoy dispuesto a mandarlos a donde les guste, por todo el tiempo
que deseen. Lo que quieran. Y mientras ellos estén fuera, yo acostumbraría a los
niños, poco a poco, a la presencia de Jean. Ya la conocen, claro, y les cae bien;
pero así se harían a la idea de que, cuando sea oportuno, me casaré con ella.
Anna permaneció silenciosa hasta que él insistió:
—Bueno, ¿qué dices?
—¿Quieres que yo te dé la opinión de Molly?
—Te lo pregunto a ti, Anna. Me doy cuenta de que podría ser un choque
para Molly.
—No sería ningún choque para Molly. Nada de lo que tú hagas puede
afectarla, lo sabes muy bien. Así, pues, ¿qué deseas saber?
Anna se negaba a ayudarle, no sólo por el desagrado que le producía él, sino
por el que se producía a sí misma, juzgando las cosas crítica y tranquilamente,
mientras él parecía tan desgraciado. Siguió sentada allí, en el alféizar de la
ventana, fumando.
—¿Bueno, Anna?
—Si se lo preguntaras a Molly, creo que sería un alivio para ella que Marion
y Tommy se fueran por una temporada.
—Claro que sí. ¡Se libraría de la carga!
—Escúchame, Richard: puedes insultar a Molly ante otras personas, pero
ante mí no.
—¿Y cuál sería el problema, si a Molly no le iba a importar?
—Pues Tommy, naturalmente.
—¿Por qué? Marion me ha dicho que al chico no le gusta ni que Molly esté en
el mismo cuarto; sólo es feliz con ella. Con Marion, quiero decir.
Tras una vacilación, Anna dijo:
—Tommy lo ha preparado todo para poder tener a su madre en casa, no
junto a él, sino cerca. Como su prisionera. Y no es probable que renuncie a ello. 333

Puede que acepte, como un gran favor, irse de vacaciones con Marion. Pero a
condición de que Molly quede bien atada, bajo control...
Richard estalló en un ataque de furia:
—¡Dios mío, debí suponerlo! Sois un par de malpensadas, odiosas, con los
sesos fríos y...
Acabó farfullando y se quedó mudo, sin poder articular nada más,
respirando pesadamente. Sin embargo, la observaba con curiosidad, esperando oír
lo que iba a decirle.
—Me has hecho venir para que dijera lo que he dicho y así poder insultarme.
O insultar a Molly. Y ahora que ya te he hecho el favor de decirlo, me voy a casa.
Anna se dejó caer del alto alféizar de la ventana y se dispuso a salir de allí.
Sentía un profundo desagrado de sí misma. «Está claro —pensó— que Richard me
ha llamado aquí por las razones de siempre, para que acabara insultándole. Tenía
que haberlo imaginado... Sí, estoy aquí porque tengo la necesidad de insultarle, a
él y a lo que representa. Entro en el juego estúpido y debiera avergonzarme de mí
misma.» Pero, a pesar de que pensaba esto sinceramente, Richard permanecía
frente a ella con la actitud del que espera a que lo azoten, y esto le hizo añadir:
—Hay gente que necesita tener víctimas, querido Richard. Seguro que me
comprendes. Al fin y al cabo, es tu hijo. —Luego se dirigió hacia la puerta por la
que había entrado, descubriendo que no se podía abrir; aquella puerta sólo
funcionaba pulsando un botón situado en la mesa de la secretaria o en la de
Richard.
—¿Qué puedo hacer, Anna?
—No me parece que puedas hacer nada.
—Pues no estoy dispuesto a dejar que Marion me tome el pelo.
A Anna le dio de nuevo un ataque de risa.
—¡Richard, por Dios, ya basta! Marion está harta, eso es todo. Incluso la
gente de voluntad más blanda tiene caminos para escapar. Marion se ha dirigido a
Tommy porque él la necesita. Y nada más. Estoy segura de que no existe
premeditación por su parte. Hablar en términos de tomadura de pelo con respecto a
Marion es tan...
—Es lo mismo. Sí, Anna, se da perfecta cuenta de la situación, la está
gozando. ¿Sabes lo que me dijo hace un mes? Me dijo: «Puedes dormir solo
Richard, y...» —pero se contuvo cuando estaba a punto de terminar la frase.
—Vamos, Richard, ¡si te quejabas de tener que compartir la cama con ella!
—Es como si no estuviera casado. Ahora Marion tiene su propia habitación. Y
no está nunca en casa. ¿Por qué he de permitir que me estafen una vida normal?
—Pero, Richard... —una sensación de inutilidad le hizo callar. Sin embargo,
como él todavía esperaba, deseando saber qué iba a decir, añadió—: Pero tú tienes 334

a Jean, Richard. Seguro que existe alguna relación entre eso y lo que acabas de
decirme. ¿Acaso no la ves? Tienes a tu secretaria.
—Ella no va a esperar siempre. Quiere casarse.
—Pero Richard, el surtido de secretarias no tiene límites. ¡Oh, no pongas
esta cara de herido! Has tenido asuntos por lo menos con una docena de tus
secretarias, ¿verdad?
—Quiero casarme con Jean.
—Bueno, pues me parece que no va a ser fácil. Tommy no permitirá que lo
hagas, aunque Marion se divorcie de ti.
—Ha dicho que no quiere divorciarse.
—Entonces, dale tiempo.
—¡Tiempo! Yo no rejuvenezco. El año que viene cumpliré los cincuenta; no
puedo perder tiempo. Jean tiene veintitrés años. ¿Por qué he de esperar, echando a
perder oportunidades, mientras Marion...?
—Deberías hablar con Tommy. ¿Seguro que te das cuenta de que él es la
clave de todo?
—¡Como si fuera a obtener alguna comprensión de su parte! Ha estado
siempre del lado de Marión.
—Tal vez si trataras de ponerle a favor tuyo...
—No va a ocurrir ni en sueños.
—Sí, es verdad. Me parece que tendrás que bailar al son que Tommy te
toque. Igual que Molly y que Marion.
—Justamente lo que esperaba de ti. El chico tiene una desgracia física, y tú
hablas de él como si fuera un criminal.
—Sí, ya sé que eso era lo que esperabas. No me perdono el no haberte
defraudado. Por favor, déjame ir a casa, Richard. Abre. —Se acercó a la puerta,
esperando a que él la abriera.
—Y tú llegas y te burlas de todo este desgraciado lío.
—Me río, como sabes muy bien, ante el espectáculo de una de las fuerzas
financieras de nuestro gran país, pataleando rabiosamente como un niño de tres
años, en medio de una alfombra tan cara. Por favor, déjame salir, Richard.
Richard, con un esfuerzo, fue hasta su mesa y apretó un botón; la puerta se
abrió.
—Yo, en tu lugar, esperaría unos meses y ofrecería un puesto aquí a
Tommy. Uno bastante importante. 335

—¿Quieres decir que ahora tendría la amabilidad de aceptarlo? Estás loca.
Atraviesa una etapa de izquierdismo político, lo mismo que Marion, y ambos se
muestran muy indignados por las injusticias que en este preciso instante se
cometen con los condenados e infelices negros.
—Vaya, vaya. ¿Y por qué no? Está muy de moda, ¿lo sabías? No tienes idea
de la oportunidad que se te ofrece, Richard. Nunca lo has entendido, ¿sabes? Esto
no es ser de izquierdas, es seguir lo que está a la mode.
—Creí que la noticia te iba a gustar.
_-¡Ah! Pues sí. Recuerda lo que te he dicho: si llevas las cosas con tino, a
Tommy le gustará aceptar un trabajo aquí. Seguramente, incluso estará dispuesto
a sustituirte.
—Pues me alegraría. Nunca has acertado conmigo, Anna. La verdad es que
este tinglado no me divierte. Quiero retirarme, lo más pronto posible, y marcharme
a gozar de una vida tranquila con Jean, tener más hijos, tal vez. Esto es lo que me
propongo. No estoy hecho para los tinglados financieros.
—Salvo que desde que tomaste la dirección has cuadriplicado las acciones y
los beneficios de tus dominios, según Marion. Adiós, Richard.
—Anna.
—Bueno, ¿qué pasa ahora?
Había dado la vuelta de prisa, para interponerse entre ella y la puerta,
medio abierta. Entonces la cerró de un empujón, con una sacudida impaciente de
sus nalgas. El contraste entre este gesto y la pomposidad del secreto
funcionamiento de aquel lujoso despacho o sala de exhibición, tuvo en Anna el
efecto de recordarle su propia persona, tan fuera de lugar, aguardando de pie para
salir de allí. Se vio a sí misma, pequeña, pálida, bonita, manteniendo una sonrisa
inteligente y crítica. Se sentía, bajo esta forma ordenada, como un caos de
incomodidad y ansiedad. Aquel feo empujoncito de las bien vestidas nalgas de
Richard concordaba con su propia agitación, apenas ocultada. Ante tales
pensamientos, se sintió exhausta y dijo:
—Richard, no veo qué sentido tiene todo esto. Cada vez que nos vemos,
pasa lo mismo.
Richard había captado su momentáneo colapso de desaliento. Permaneció
frente a ella, respirando con pesadez y aguzando sus ojos oscuros. Luego sonrió
con lentitud y sarcasmo. « ¿Qué está tratando de hacerme recordar? —se preguntó
Anna—. No será...» Sí, lo era. Le estaba haciendo recordar aquella noche en que
ella pudo, casi seguramente, haberse ido a la cama con él. Y en lugar de enojarse o
de despreciarle, se dio cuenta de que se sentía incómoda. Entonces clamó:
—Richard, por favor, abre la puerta.
Él no se movió, volcando sobre ella su sarcasmo, divirtiéndose, y ella se
dirigió hacia la puerta, cruzando por donde él estaba, para tratar de hacer fuerza,
de abrirla. Se veía, torpe y atolondrada, empujando inútilmente la puerta, que
finalmente se abrió: Richard había vuelto al escritorio y pulsado el botón apropiado.
Anna salió sin volverse, pasó frente a la exuberante secretaria, la probable 336

sucesora de Marión, y descendió por el centro del edificio, lleno de almohadones,
luces, alfombras y plantas, hasta la calle, fea, donde se sintió aliviada.
Fue a la estación de metro más cercana, sin pensar, sabiendo que se hallaba
en un estado próximo al derrumbamiento. Había empezado la hora punta, y le
empujaba un rebaño de gente. Pero de súbito se encontró sobrecogida de pánico,
tanto que se apartó de la gente con las palmas de las manos y los sobacos
húmedos, para apoyarse contra una pared. Esto le había sucedido dos veces,
recientemente, en la hora punta. «Me está pasando algo —pensó, luchando para
controlarse—. Estoy consiguiendo resbalar por la superficie de algo, pero ¿de qué?»
Permaneció junto a la pared, incapaz de volver a avanzar entre la muchedumbre.
No podía salvar de prisa los siete u ocho kilómetros que la separaban de su piso, si
no era en metro. Nadie podía. Todos, toda aquella gente estaba apresada por el
terrible atolladero de la city. Todos, salvo Richard y la gente como él. Si volviera
arriba y le pidiera que la mandara en coche a casa, él lo haría. ¡Naturalmente!
Estaría encantado. Pero no podía pedírselo. No le quedaba más remedio que
decidirse a avanzar. Lo hizo, sumergiéndose en el río de gente, a la espera de que
le llegara el turno para sacar el billete. Luego bajó las escaleras en medio de una
multitud, y esperó en el andén. Pasaron cuatro trenes antes de que ella pudiera
escurrirse hasta el interior de un vagón. Lo peor ya estaba hecho; ahora sólo tenía
que mantenerse de pie, dejarse sostener por la presión de la gente, en aquel sitio
tan iluminado, abarrotado y maloliente, y al cabo de diez o doce minutos ya habría
llegado a la estación de su casa. Tenía miedo de desmayarse.
«Cuando una persona enloquece, ¿qué significa? ¿En qué momento se da
cuenta uno de que está enloqueciendo, cuando se halla al borde de caer hecho
pedazos? Si yo enloqueciera, ¿qué forma adoptaría?» Cerró los ojos, sintiendo el
resplandor de la luz en los párpados, el estrujamiento de los cuerpos, que olían a
sudor y suciedad, y fue consciente de sí misma, de una Anna reducida al apretado
nudo de determinación que le oprimía el estómago. «Anna, Anna, yo soy Anna —
repitió para sí varias veces—. Pero, de todos modos, no puedo enfermar, ni
dejarme ir, porque está Janet. Si yo desapareciera del mundo mañana, a nadie le
importaría, salvo a Janet. ¿Qué soy, pues? Alguien necesario a Janet. ¡Pero esto es
terrible! —concluyó aumentándole el miedo—. Es malo para Janet. Volvamos a
probar: ¿quién soy yo?...» Ya no pensó en Janet; la suprimió. Y vio su cuarto,
largo, blanco, a media luz, con los cuadernos de colores sobre la mesa de caballete.
Se vio a sí misma, Anna, sentada en el taburete de música, escribiendo
afanosamente, redactando un párrafo en un cuaderno y tachándolo luego con una
línea o una cruz. También vio las páginas recubiertas de diversos tipos de letra:
frases entre paréntesis, fragmentadas, rotas, y sintió mareo y náusea. A
continuación vio a Tommy, ya no a ella, de pie, con los labios fruncidos en un gesto
que revelaba concentración, pasando las páginas de sus ordenados cuadernos.
Abrió los ojos, mareada y temerosa, y vio el balanceo del reluciente techo.
La rodeaban una mezcla de anuncios publicitarios y de caras inexpresivas, con la
vista fija por el esfuerzo de mantener el equilibrio en el tren. Una de aquellas caras,
con la carne gris, amarillenta y de poros grandes, y la boca de aspecto arrugado y
húmedo, estaba a seis centímetros y tenía los ojos clavados en ella. La cara sonrió,
mitad temerosa, mitad invitadora, y Anna pensó: «Mientras yo estaba con los ojos
cerrados, él me miraba y se imaginaba que me tenía debajo». Se encontró mal.
Desvió sus ojos de aquel rostro, pero sentía el irregular aliento del hombre en su
mejilla. Quedaban todavía dos estaciones. Anna empezó a escurrirse, centímetro a
centímetro, sintiendo cómo en el traqueteo del tren el hombre se apretujaba tras
ella, lívido de excitación. Era feo. « ¡Dios mío, qué feos son! ¡Qué feos somos
todos!», pensó Anna, mientras su carne, amenazada por la proximidad del otro, se
retorcía de repugnancia. En la estación se deslizó afuera, chocando con los que
entraban. Pero el hombre bajó también, se apretujó detrás de ella en la escalera 337

automática y la siguió junto a la barrera del que recogía los billetes. Anna entregó
su billete y avanzó apresuradamente, volviéndose para fruncirle el ceño mientras él
le decía, detrás mismo:
—¿Damos un paseo? ¿Un paseo?
Mostraba una sonrisa de triunfo, seguro de que en su imaginación la había
humillado, triunfando sobre ella en el tren, mientras permanecía con los ojos
cerrados.
—Váyase —le conminó, y avanzó en dirección a la calle.
El hombre continuaba siguiéndola. Anna sentía miedo, y estaba asombrada
de sí misma, asustada al comprobar que tenía miedo. « ¿Qué me ha pasado? —se
preguntó—. Esto ocurre cada día, es el vivir en una ciudad, no me afecta...» Pero el
hecho es que sí le afectaba, como la había afectado la necesidad agresiva de
Richard de humillarla, media hora antes, en el despacho. La conciencia de que el
hombre aún la seguía, con aquella sonrisa desagradable, le hizo desear echarse a
correr, espantada. «Si pudiera ver o tocar algo que no fuera feo...» Enfrente mismo
de ella había un carro de fruta que ofrecía, en ordenadas pilas, ciruelas,
melocotones, albaricoques. Anna compró fruta y aspiró su olor ácido y limpio,
palpando las pieles suaves o velludas. Aquello le hizo sentirse mejor. El pánico
había desaparecido. El hombre que la había seguido continuaba cerca, aguardando
con la sonrisa; pero se sentía ya inmunizada contra él. Le cruzó por delante,
impasible.
Llegaba tarde, pero no le preocupaba, pues Ivor estaría en casa. Durante el
tiempo que Tommy permaneció en el hospital y Anna estuvo tan a menudo con
Molly, Ivor había entrado en sus vidas. Aquel joven casi desconocido, que vivía en
el cuarto de arriba, que decía buenas noches y buenos días, que entraba y salía
discretamente, se había convertido en amigo de Janet. La había llevado al cine
cuando Anna estaba en el hospital, le ayudaba a hacer los deberes, y le repetía a
Anna que no se preocupara, que le encantaba cuidar de Janet. Y era verdad. Sin
embargo, esta nueva situación hacía que Anna se sintiese incómoda. No por ella o
por Janet, pues con la niña demostraba una inteligencia de lo más simple, de lo
más encantador.
De pronto, se puso a pensar, subiendo las feas escaleras que conducían a la
puerta del piso: «Janet necesita un hombre en su vida, echa de menos a un padre.
Ivor es muy afectuoso con ella, pero como él no es un hombre... ¿Qué quiero decir
con eso de que no es un hombre? Richard es un hombre, Michael es un hombre,
¿por qué no lo es Ivor? Sé que con un hombre de verdad se produciría toda un área
de tensiones, de malentendidos, que con Ivor no pueden producirse. Habría toda
una dimensión que ahora no existe. Y, sin embargo, él es encantador con la niña...
¿Qué quiero decir, pues, con eso de un hombre de verdad? Porque Janet adora a
Ivor. Y adoraba, o así lo dice, a su amigo Ronnie...».
Hacía unas semanas que Ivor le había preguntado si podía compartir la
habitación con un amigo que iba corto de dinero y estaba sin trabajo. Anna siguió
los trámites convencionales de ofrecerse a instalar otra cama en el cuarto, etc.
Ambas partes habían interpretado su papel, pero Ronnie, actor en paro, se había
trasladado al cuarto de Ivor y a su cama, y como a Anna le daba igual, no había
dicho nada. Al parecer, Ronnie tenía la intención de quedarse, si a ella no le
importaba. Anna sabía que Ronnie era el precio que se esperaba debía pagar por la
reciente amistad de Ivor con Janet. 338

Ronnie era un joven moreno y lleno de gracia, con el pelo cuidadosamente
ondulado y brillante, y con una sonrisa blanca que emitía destellos. A Anna le cayó
mal, pero al darse cuenta de que no le disgustaba tanto la persona como el tipo,
controló sus sentimientos. También era amable con Janet, pero no le salía de
dentro (como a Ivor), sino que era un afecto calculado. Seguramente su relación
con Ivor también se debía a un cálculo, aunque esto no les atañía ni a ella ni a
Janet. Sin embargo, Anna se sentía incómoda. «Supongamos que yo viviera con un
hombre..., con un hombre de verdad —pensó—. O bien que estuviera casada.
Seguro que entonces se produciría una tensión con Janet. Ella experimentaría
resentimiento hacia él, se vería forzada a aceptarle, tendría que adaptarse. Y el
resentimiento se debería precisamente al sexo, a que se trataría de un hombre. 0
incluso si en la casa hubiera un hombre con el que yo durmiese o con el que no
quisiera dormir, aun entonces el hecho de que él fuera un hombre de verdad
provocaría tensiones, establearía un equilibrio. ¿Por qué, pues, siento que en
realidad debiera tener a un hombre auténtico, por el bien de Janet y ya no digamos
por el mío, en lugar de Ivor, un joven tan amable, encantador y sensible? ¿Acaso
pienso —o así lo acepto (¿lo aceptamos todos?)—, que los niños necesitan
tensiones para crecer? Pero ¿por qué? Y, no obstante, es obvio que lo siento así,
porque de lo contrario no me incomodaría ver a Ivor con Janet, ya que él es como
un perrazo cariñoso, como una especie de hermano mayor inofensivo... ¿Por qué
uso la palabra inofensivo? Desprecio. Siento desprecio. Es despreciable por mi parte
que lo sienta. Un hombre auténtico... ¿Como Richard? ¿Como Michael? Ambos son
muy estúpidos con sus hijos, lo cual no me impide creer que, sin duda alguna, su
condición, el hecho de que les gusten las mujeres en lugar de los hombres, sería
mejor para Janet.»
Anna llegó a la pulcritud de su piso por las escaleras oscuras y polvorientas,
y oyó la voz de Ivor arriba, leyéndole algo a Janet. Pasó ante la puerta de su cuarto
grande, subió por la escalera blanca, y encontró a Janet sentada con las piernas
cruzadas sobre la cama, un diablillo de niña con el pelo negro, y a Ivor, moreno,
peludo y afectuoso, sentado en el suelo, con una mano en el aire y recitando una
historia sobre un colegio de niñas. Janet hizo un gesto con la cabeza a su madre,
avisándola para que no interrumpiera. Ivor, usando la mano levantada como si
fuera un palo, hizo un guiño y alzó la voz al leer:
—«Y, así, Betty se inscribió como candidata para la selección del equipo de
hockey. ¿La seleccionarían? ¿Tendría suerte?» —Hizo una pausa para decirle a
Anna, con su voz normal—: Te llamaremos cuando hayamos terminado. —Luego
prosiguió—: «Todo dependía de la señorita Jackson. Betty se preguntaba si había
sido sincera al desearle buena suerte el miércoles, después del partido. ¿Lo había
dicho sinceramente?».
Anna se quedó detrás de la puerta para escuchar, y descubrió que en la voz
de Ivor había otro componente, un matiz nuevo: burla. La burla iba dirigida contra
el mundo del colegio de niñas, contra el mundo femenino, no contra lo absurdo de
la historia; y había empezado en el instante en que Ivor se dio cuenta de la
presencia de Anna. Sí, pero no había nada insólito en ello; ya estaba
acostumbrada. Porque la burla, la defensa del homosexual, no era otra cosa que el
exceso de galantería de un hombre de verdad, del hombre normal que trata de
sentar unos límites en la relación con una mujer, conscientemente o no, aunque por
lo general sea inconsciente. Era el mismo sentimiento, frío y evasivo, llevado un
paso más allá; había una diferencia de grado, pero no intrínseca. Anna miró a Janet
asomándose por la puerta, y vio en la cara de la niña una sonrisa indicadora de que
estaba encantada, aunque también algo incómoda. Sentía que la burla iba dirigida
a ella, una hembra. Anna dirigió el pensamiento mudo y compasivo a su hija:
«Bueno, pobrecita, más vale que te acostumbres pronto, porque vas a tener que 339

vivir en un mundo lleno de esto». Y entonces, cuando Anna estuvo totalmente fuera
de escena, la voz de Ivor perdió el elemento de parodia y volvió a ser normal.
La puerta de la habitación que compartían Ivor y Ronnie estaba abierta.
Ronnie cantaba, también en tono de parodia. Era una canción que se cantaba por
todas partes en un tono de deseo anhelante y como un aullido: «Dame esta noche
lo que quiero, nena. No me gusta que tú y yo peleemos, nena. Bésame,
apriétame...», etc. Ronnie también se burlaba del amor normal, y a un nivel de
mofa vulgar y arrabalera. Anna pensó: « ¿Por qué supongo que todo esto no va a
afectar a Janet? ¿Por qué doy por supuesto que no se puede corromper a los niños?
Lo que pasa es que estoy segura de que mi influencia, la influencia de una mujer
sana, es lo suficientemente fuerte como para contrarrestar la de ellos. Pero ¿por
qué razón habría de serlo?». Se volvió para bajar la escalera. La voz de Ronnie
calló, y su cabeza apareció por la puerta. Era una cabeza peinada con cariño: la
cabeza de una muchacha con aire de chico. Él sonrió, sarcástico, como diciendo lo
más claramente posible que, en su opinión, Anna le había estado espiando. Una de
las cosas turbadoras de Ronnie era que siempre suponía que la gente decía o hacía
cosas referidas a él; de modo que constantemente se tenía conciencia de su
persona. Anna le saludó con un gesto de la cabeza, mientras pensaba: «En mi
propia casa no me puedo mover libremente por culpa de estos dos. Estoy todo el
tiempo a la defensiva, en mi propio piso...». Entonces Ronnie decidió ocultar su
malicia y salió, parándose con negligencia y dejando caer todo el peso de su cuerpo
sobre una cadera.
—Vaya, Anna, no sabía que también tú participaras de la alegría de la hora
de los niños.
—Me he asomado a echar un vistazo —repuso Anna sin más.
Se había convertido en la encarnación del encanto seductor.
—Es una niña tan encantadora, tu Janet...
Indudablemente, Ronnie había recordado que estaba viviendo allí gratis, y
que dependía del buen humor de Anna. En aquellos momentos era la figura
perfecta de... «Pues sí —pensó Anna—, la perfecta imagen de la muchacha bien
educada, de una corrección casi pegajosa. —Y añadió, dirigiéndose a él en
silencio—: Muy jeune filie.» Le dedicó una breve sonrisa, con la que trataba de
comunicarle: A mí no me engañas, y más vale que te des cuenta de ello, y bajó las
escaleras. Sin embargo, una vez estuvo abajo miró arriba y pudo ver que él seguía
allí, sin mirarla a ella, con los ojos clavados en la pared. Su cara, bonita y cuidada,
tenía una expresión preocupada. De miedo. « ¡Jesús! —pensó Anna—. Ya veo lo
que va a suceder: quiero que se largue, pero si no me vigilo no seré capaz de
echarle, porque le tendré lástima.»
Entró en la cocina y llenó un vaso de agua, lentamente, dejando correr el
líquido para verlo salpicar y brillar, para oír su rumor refrescante. Usaba el agua
como antes había usado la fruta: para calmarse, para darse confianza ante la
posibilidad de lo normal. Sin embargo, todo el rato pensaba: «He perdido el
equilibrio completamente. Siento como si el aire de este piso estuviese
envenenado, como si el espíritu de lo perverso y feo estuviera por todas partes. No
obstante, es una tontería. Lo cierto es que todo lo que pienso actualmente está
equivocado. Siento que lo está... y, sin embargo, me protejo con este tipo de
reflexiones. ¿De qué me protejo?». Volvió a sentirse mal, y tuvo miedo, como le
había ocurrido en el metro. Pensó: «Tengo que pararlo, no me queda otro remedio
que pararlo». Pero era incapaz de decir qué debía parar. Decidió ir a la habitación 340

de al lado, sentarse y... No terminó la reflexión, porque la mente se le ocupó con la
imagen de un pozo seco que se llenaba lentamente de agua. «Sí, esto es lo que me
pasa: estoy seca, vacía. Debo tocar una fuente en alguna parte; de lo contrario...»
Abrió la puerta del cuarto grande y allí, negra, a contraluz frente a la ventana,
había una gran forma femenina que tenía algo amenazador. Anna preguntó,
secamente:
—¿Quién es?
Inmediatamente accionó el interruptor de la luz, de modo que la figura
cobró forma y personalidad al iluminarse.
—¡Dios mío, Marion!, ¿eres tú?
Anna parecía enfadada; estaba azorada por la equivocación cometida.
Observó de cerca a Marion, pues durante los años de trato le había parecido una
figura que daba pena, pero nunca que amenazara. Y mientras lo hacía se pudo ver
a sí misma realizando todo el proceso que, le parecía, tenía que seguir cientos de
veces al día: erguirse, endurecerse, ponerse en guardia. Pero se sentía tan
cansada, debido a que «el pozo estaba vacío», que alertó su cerebro como una
maquinita crítica y seca. Podía, incluso, sentir el funcionamiento de su inteligencia,
operando a la defensiva y con eficacia, como una máquina. Y pensó: «La
inteligencia es la única barrera entre yo y... —Hizo una pausa, aunque esta vez
sabía cómo terminar la frase—: Entre yo y la locura. Sí».
Marión dijo:
—Lamento haberte dado un susto, pero fui arriba y oí a tu joven leyéndole
algo a Janet, y no quise molestarles. Luego, aquí, he pensado que se estaba bien a
oscuras...
Anna oyó las palabras «tu joven», que reflejaban una modestia ingenua,
como si procedieran de una matrona de salón dedicándole cumplidos a una joven, y
pensó que los cinco primeros minutos después de encontrarse con Marión siempre
tenían algo de discordante. Luego se acordó del ambiente en que Marion se crió y le
dijo:
—Perdona si he parecido enfadada. Estoy cansada. Me ha pillado la hora
punta...
Se puso a correr las cortinas y a restaurar en la habitación la severidad
tranquila que necesitaba para ella.
—¡Pero, Anna, estás tan mal acostumbrada! La gente común como nosotros
la vivimos cada día...
Anna le lanzó una mirada atónita: ella, Marion, que jamás había tenido que
enfrentarse con algo tan común como las aglomeraciones de las horas punta, ahora
le hablaba en aquel tono. Miró su cara, inocente, con los ojos brillantes, llena de
entusiasmo, y le dijo:
—Necesito beber una copa. ¿Quieres?
Le ofreció una copa a Marion con la sincera naturalidad de siempre, cuando
ésta ya decía: 341

—Oh sí, me gustaría mucho. Pero sólo una. Tommy dice que es mucho más
valiente decidir beber normalmente, en lugar de dejarlo del todo. ¿Crees que tiene
razón? Yo sí. Creo de verdad que es muy listo y muy fuerte.
—Sí, pero debe de ser mucho más difícil.
Anna vertió whisky en dos vasos, de espaldas a Marión, tratando de pensar:
« ¿Está aquí porque sabe que acabo de ver a Richard? Y si la razón es otra, ¿cuál
será?».
—Acabo de ver a Richard.
Marion tomó el vaso y lo colocó a su lado con una falta aparentemente
sincera de interés, al tiempo que comentaba:
—Ah, ¿sí? Bueno, siempre habéis sido muy buenos compinches.
Anna se negó a parpadear ante el vocablo compinches; notó con alarma que
la irritación le iba aumentando progresivamente, fortaleció el rayo claro de su fría
inteligencia, y oyó arriba a Ivor vociferar con toda su alma:
—¡Chuta!, gritaron cincuenta voces entusiasmadas. Y Betty, corriendo a
través del campo como si le fuera en ello la vida, dio un puntapié a la pelota y
metió un gol. ¡Lo había conseguido! El aire vibró con los vítores de las jóvenes,
mientras Betty vislumbraba los rostros de sus camaradas a través de una neblina
de lágrimas de felicidad.
—¡Me gustaban tanto estas maravillosas historias de colegio, cuando era
niña! —la voz de Marion adquirió un timbre juvenil, y suspiró.
—Yo las odiaba.
—Es que tú siempre has sido una chica muy intelectual.
Anna se sentó entonces con el vaso de whisky y examinó a Marion. Llevaba
un traje caro de color marrón, claramente nuevo. El pelo oscuro, algo gris, acababa
de ser ondulado. Los ojos, castaños, le brillaban y tenía las mejillas rosadas. Era la
viva estampa de la matrona pletórica, feliz y viva.
—Y por eso he venido a verte. La idea fue de Tommy. Necesitamos tu
ayuda, Anna. Tommy ha tenido una idea maravillosa, de veras creo que es un chico
muy inteligente... Bueno, pues los dos hemos creído que te lo debíamos pedir a ti.
En este punto, Marion sorbió el whisky, hizo una ligera moue de delicado
disgusto y, dejando el vaso, continuó en aquel tono parlanchín:
—Gracias a Tommy, me acabo de dar cuenta de lo ignorante que soy.
Empezó al leerle los periódicos. Nunca había leído nada. Y, claro, ¡él está tan bien
informado! Me explica las cosas, y realmente me siento una persona muy distinta,
terriblemente avergonzada por no haberme preocupado nunca más que de mí
misma.
—Richard mencionó que ahora te interesabas por la política. 342

—¡Oh sí! Y él está enfadadísimo, lo mismo que mi madre y mis hermanas. —
Oyéndola, se hubiera dicho que era una chica traviesa.
Sonreía apretando coquetamente los labios y lanzando miraditas y
parpadeos de reojo.
—Lo imagino —comentó Anna.
La madre de Marion era la viuda de un general, y sus hermanas eran todas
ladies u honorables. Anna era capaz de comprender que alguien se complaciera en
enojarlas.
—Claro que ellas no tienen idea de nada. Como yo hasta que Tommy me
tomó a su cuidado. Siento como si mi vida hubiera empezado en aquel instante. Me
siento como nueva.
—Pareces otra persona.
—Ya lo sé, Anna. ¿Dices que has visto a Richard?
—Sí, en su despacho.
—¿Ha mencionado algo sobre el divorcio? Te lo pregunto porque si te ha
mencionado algo de ello a ti, entonces supongo que me lo tengo que tomar en
serio. Siempre me viene con amenazas y chulerías. ¿Sabes? Es un chulo terrible.
Por eso no me lo he tomado en serio. Pero si realmente habla de ello, debo creer
que Tommy y yo habremos de tomárnoslo en serio.
—Me parece que quiere casarse con su secretaria. Así lo ha dicho.
—¿La has visto? —inquirió Marión, que verdaderamente se reía y adoptaba
una expresión pícara.
—Sí.
—¿Has notado algo?
—Que se parece a ti cuando tenías su edad.
—Sí. —Marion se rió de nuevo—. ¿No es divertido?
—Si a ti te lo parece...
—Sí me lo parece. —Marión suspiró de repente, y la cara le cambió. Ante los
ojos de Anna, se convirtió, de una niña pequeña en una mujer sombría. Se quedó
con la mirada fija, seria, irónica, y añadió—: ¿Es que no te das cuenta? Tengo que
encontrarlo cómico.
—Sí, me doy cuenta.
—Sucedió de repente, una mañana, durante el desayuno. Richard siempre
ha sido horrible a la hora del desayuno. Siempre ha tenido mal humor y se ha
quejado. Pero lo curioso es que se lo he dejado hacer. ¿Por qué...? Y él, dale que
dale, venga a quejarse de que veía demasiado a Tommy. De pronto, fue como una 343

revelación. En serio, Anna. Parecía como si botara por toda la habitación, con la
cara roja y un genio de mil diablos. Yo escuchaba su voz. Tiene una voz muy fea,
¿no encuentras? Tiene voz de matón, ¿verdad?
—Sí, es cierto.
—Y yo pensé..., Anna, ¡ojalá lo pudiera explicar! Realmente fue una
revelación. Pensé: «He estado casada con él muchos años, y durante todo el
tiempo he estado... como transportada por él». En fin, a las mujeres les pasa, ¿no?
No pensaba en nada más. Durante años, por las noches he llorado hasta caer
dormida, y he hecho escenas, y he sido una tonta y una desgraciada y... La
cuestión es, ¿y todo para qué? Hablo en serio, Anna. —Anna sonrió, y Marion
prosiguió—: Porque lo importante es que él no es nada, ¿verdad? No es muy
guapo, ni muy inteligente..., y me importa un comino que sea tan importante, que
sea el jefe de una industria. ¿Comprendes lo que quiero decir?
Anna asintió, al tiempo que preguntaba:
—Bueno, ¿y qué pasó?
—Pues que pensé: « ¡Dios mío, por esta persona he echado a perder mi
vida!» Me acuerdo del momento exacto. Yo estaba sentada a la mesa del desayuno,
vestida con una especie de negligée que había comprado porque a él le gusto con
ese tipo de cosas, ya sabes, volantes y flores... Bueno, mejor dicho, antes le
gustaba con ellas. Yo siempre las he odiado. Y pensé que durante años he estado
llevando ropa que encuentro odiosa y todo para dar gusto a esa criatura.
Anna se rió. Marion también se reía, con su hermosa cara llena de vida por
la ironía crítica que empleaba consigo misma, y tenía los ojos tristes y sinceros.
—Es humillante, ¿verdad, Anna?
—Sí, lo es.
—Me apuesto lo que quieras a que tú nunca has hecho la tonta ningún
estúpido. Tienes demasiado sentido común para ello.
—Eso es lo que tú crees —replicó Anna secamente pero se dio cuenta de que
había cometido un error, porque Marion necesitaba verla, a ella, Anna, como a una
mujer autosuficiente y no vulnerable.
Marión, sin haber oído las palabras de Anna, insistió:
—No, tú tienes demasiado sentido común, y por eso te admiro.
Lo dijo sujetando el vaso con los dedos en tensión. Luego bebió un sorbo de
whisky, y otro, otro, otro... Anna se esforzó en no mirar. Finalmente, oyó la voz de
Marión:
—Y luego está esa chica, Jean. Cuando la vi, fue otra revelación. Está
enamorado de ella; es lo que dice. Pero ¿de qué está enamorado? Ésta es la
cuestión. Sólo está enamorado de un tipo, de algo que le pone cachondo.
La grosería de las palabras pone cachondo, sorprendente en Marion, hizo
que Anna levantara la vista hacia ella. Marion estaba crispada, con su gran cuerpo 344

rígido y derecho en la silla, los labios apretados, los dedos como garras en torno al
vaso vacío, cuyo contenido miraba con avidez.
—¿Y qué es ese amor? Nunca me ha querido. Quiere a chicas altas, de pelo
castaño y con pechos abultados. Yo tenía un busto muy bonito en mi juventud.
—Una chica color de avellana —dijo Anna, espiando la mano ávida que se
enroscaba en torno al vaso vacío.
—Sí. Y por eso no tiene nada que ver conmigo. Es, lo que he decidido.
Seguramente ni sabe cómo soy. Por lo tanto, ¿para qué hablar de amor?
Marion se rió, con dificultad. Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, los
cerró con tanta fuerza que las pestañas color castaño temblaron contra las mejillas,
que ahora parecían cansadas. Luego abrió nuevamente los ojos, que parpadearon y
escudriñaron; buscaban la botella de whisky que estaba encima de la mesa de
caballete, junto a la pared. «Si me pide más bebida tendré que dársela», pensó
Anna. Era como si ella, Anna, estuviera participando con todo su ser en la lucha
silenciosa de Marión. Ésta cerró los ojos otra vez, recobró el aliento, los abrió, miró
la botella, giró espasmódicamente el vaso entre los dedos, y volvió a cerrar los
ojos.
«Con todo —pensó Anna—, para Marion es mejor ser una borrachina y una
persona entera; mejor borracha, desengañada y sincera que sobria, si el precio ha
de ser convertirse en una pequeña ingenua, boba y detestable.» La tensión se
había hecho tan dolorosa que de pronto, dijo, con objeto de romperla:
—¿Qué quería Tommy de mí?
Marion se incorporó, dejó el vaso, y en un instante se transformó de una
mujer triste, honesta y vencida, en una niña pequeña.
—¡Oh qué maravilloso es!¡Es tan maravilloso en todo, Anna! Le he dicho que
Richard quería divorciarse, y él ha reaccionado maravillosamente.
—¿Qué dijo?
—Que debo hacer lo que sea justo, lo que a mí me parezca bien, y que no
he de seguirle la corriente a Richard sobre su engreimiento sólo porque me parece
que sería lo más generoso o porque quiero mostrarme noble de sentimientos. Mi
primera reacción fue decir: «Que se divorcie, ¿a mí qué me importa? Yo tengo
dinero suficiente, no es problema». Pero a Tommy no le parecía bien, pues tengo
que pensar en lo que a la larga resultará mejor para Richard. Y, así, he de obligarle
a enfrentarse con sus responsabilidades.
—Ya veo.
—Sí. Tiene una cabeza muy clara. Y más cuando piensas que sólo cuenta
veintiún años. Aunque imagino que esta cosa terrible que le ha pasado tiene mucho
que ver con ello. Quiero decir que es terrible, sí, pero no la puedes considerar una
tragedia cuando ves que se comporta con tanto valor, sin ceder nunca, y que es
una persona tan maravillosa.
—No, supongo que no. 345

—Y por eso mismo Tommy me aconseja que no haga ningún caso a Richard,
que lo ignore. Porque, lo digo muy en serio, quiero dedicar mi vida a cosas más
importantes. Tommy me está enseñando el camino. Voy a vivir para los demás, y
no para mí.
—Bien.
—Ésta es la razón por la que he pasado a verte. Tienes que ayudarnos a
Tommy y a mí.
—De acuerdo. ¿Qué debo hacer?
—¿Te acuerdas de aquel cabecilla negro, aquel africano que tú conocías? Un
tal Mathews, o algo así.
Eso no era, en absoluto, lo que Anna se esperaba.
—¿No querrás decir Tom Mathlong?
Marion había sacado un cuaderno de notas y estaba con el lápiz a punto.
—Sí. Dame su dirección, por favor.
—¡Pero si está en la cárcel!
Se sentía impotente. Al oír su propia voz haciendo tímidos reparos, se dio
cuenta de que no sólo se sentía impotente, sino aterrorizada. Era el mismo pánico
que la asaltaba cuando estaba con Tommy.
—_Sí, claro, está en la cárcel. Pero ¿cómo se llama?
—Pero, Marión, ¿qué te propones hacer?
—Ya te lo he dicho, no voy a vivir más para mí sola. Quiero escribirle al
pobre, a ver en qué puedo ayudarle.
—Pero, Marión... —Anna la miró, tratando de establecer contacto con la
mujer que hacía unos minutos había estado hablando con ella, pero se encontró
con la mirada fija de unos ojos castaños empañados por una culpable, pero dichosa
histeria. Anna prosiguió, con firmeza—: No es una cárcel bien organizada, como
Brixton o alguna otra de aquí. Seguramente es una barraca entre el matorral, a
cientos de kilómetros de cualquier parte, con unos cincuenta prisioneros políticos
que, muy probablemente, ni reciben cartas. ¿Qué creías? ¿Que tenían sus días de
visita y cosas así?
Marión hizo un puchero y respondió:
—Me parece que ésa es una actitud horrible y negativa hacia aquellos
pobres.
Anna pensó: «Actitud negativa viene de Tommy; son ecos del Partido
comunista. Pero lo de pobres es totalmente de Marion. Es muy probable que su
madre y sus hermanas den ropa vieja a sociedades caritativas». 346

—Quiero decir —prosiguió Marion alegremente— que es un continente
encadenado. (Tribune, pensó Anna; o quizás el Daily Worker.)— Deben tomarse
medidas inmediatas para restaurar la fe de los africanos en la justicia, si no es ya
demasiado tarde. — (El New Statesman, pensó Anna.)— En fin, la situación debe
ser examinada exhaustivamente en interés de todos. — (El Manchester Guardian,
en momentos de crisis aguda.)— ¡Pero, Anna, no comprendo tu actitud! ¿Seguro
que reconoces que hay algo que no funciona? — (El Times, en un editorial
publicado una semana después de la noticia sobre el fusilamiento de veinte
africanos por la administración blanca, que, además, encarceló a otros cincuenta
sin juicio.)
—Marion, ¿qué te ha dado?
Marión se inclinaba adelante ansiosamente, pasándose la lengua por sus
labios sonrientes y parpadeando con avidez.
—Mira, si quieres intervenir en la política de África, hay unas organizaciones
de las que puedes hacerte miembro. Tommy lo debe saber.
—Pero los pobres infelices, Anna... —dijo Marión, en tono de gran
reprobación.
Anna pensó: «La mentalidad política de Tommy, antes del accidente, había
llegado mucho más allá de... "los pobres infelices"... De modo que su mente ha
sido afectada seriamente o...». Anna guardó silencio, considerando por vez primera
que el cerebro de Tommy podía haber resultado dañado.
—¿Te ha dicho Tommy que vinieras a pedirme la dirección de la cárcel del
señor Mathlong, para que tú y él pudierais mandar paquetes de comida y cartas de
consuelo a los pobres prisioneros? Él sabeI perfectamente que nunca llegarían a la
cárcel, aparte todo lo demás.
Los ojos castaños y brillantes de Marión, fijos en Anna, no la veían. Su
sonrisa de muchacha iba dirigida a una amiga encantadora, pero terca.
—Tommy ha dicho que tus consejos podrían ser útiles. Y que los tres
podríamos trabajar juntos para la causa común.
Anna, al empezar a comprender, se enojó. Dijo, en voz alta, con sequedad:
—Hace años que Tommy no ha pronunciado la palabra causa más que
irónicamente. Si ahora la usa...
—Pero, Anna, ¡eso suena tan cínico! No parece que venga de ti.
—Olvidas que todos nosotros, Tommy incluido, hemos estado metidos en el
ambiente de las buenas causas desde hace años, y te aseguro que si hubiéramos
pronunciado la palabra con ese respeto tuyo, nunca hubiéramos conseguido nada.
Marion se puso de pie. Daba la impresión de sentirse extremadamente
culpable, astuta y encantada consigo misma. Entonces, Anna comprendió que
Marion y Tommy habían hablado de ella, y decidieron salvar su alma. ¿Para qué? Se
sentía extraordinariamente enojada. El enojo era desproporcionado con relación a
lo sucedido, se daba perfecta cuenta de ello; y por eso sentía más terror. 347

Marion captó el enojo, lo cual le produjo complacencia y confusión a la vez.
—Lamento muy de veras haberte molestado para nada —se excusó.
—¡Oh, no! No ha sido para nada. Escríbele una carta al señor Mathlong,
Administración de la Cárcel, Provincia Septentrional. No la recibirá, naturalmente,
pero en estas cosas lo que cuenta es el gesto, ¿verdad?
—Gracias, Anna. Muchas gracias. ¡Eres tan útil! Ya sabíamos nosotros que
ibas a colaborar. Bueno, ahora debo irme.
Marion se fue, deslizándose por la escalera de un modo que parodiaba a una
niña culpable, pero desafiadora. Anna la observó y se vio a sí misma, de pie en el
rellano, con aire impasible, rígida, crítica. Cuando Marion hubo desaparecido de su
vista, Anna fue al teléfono y llamó a Tommy.
La voz le llegó lenta y educada, a través del kilómetro de calles.
—Cero, cero, cinco, seis, siete.
—Soy Anna. Marion acaba de irse. Dime, ¿ha sido realmente idea tuya eso
de adoptar por carta a prisioneros políticos africanos? Porque si es así, no puedo
menos que sospechar que andas algo despistado.
Hubo una pausa momentánea.
—Me alegro de que hayas llamado, Anna. Me parece que sería una buena
cosa.
—¿Para los pobres prisioneros?
—Para serte franco, creo que sería una buena cosa para Marion. ¿Tú no? Es
evidente que necesita interesarse por algo fuera de ella misma.
Anna dijo:
—¿Una especie de terapéutica, quieres decir?
—Sí. ¿No estás de acuerdo conmigo?
—Pero, Tommy, la cuestión es que yo no creo que necesite ninguna
terapéutica o, por lo menos, no de esta clase en particular.
Tommy dijo con cuidado, al cabo de un silencio:
—Gracias por llamarme y darme tu opinión, Anna. Te estoy muy agradecido.
Anna se rió, enfadada. Esperaba que él se riera con ella; a pesar de todo,
había estado pensando en el antiguo Tommy, quien sí se hubiera reído. Colgó el
aparato y se quedó temblando. Tuvo que sentarse.
«Este chico, Tommy... Le conozco desde que era niño. Ha sufrido un
percance terrible y, sin embargo, ahora le veo como una especie de sombra, como
una amenaza, algo que da miedo. Y todos tenemos la misma sensación. No, no 348

está loco, no es eso; pero se ha transformado en una persona distinta, nueva...
Ahora no puedo pensar sobre ello; lo haré más tarde. Tengo que dar la cena a
Janet.»
Eran las nueve pasadas, y hacía rato que Janet debía haber cenado. Anna
puso comida en una bandeja y la subió, ordenando su mente para disipar a Marión,
Tommy y todo lo que representaban. De momento, al menos.
Janet tomó la bandeja sobre sus rodillas y dijo:
—¿Madre?
—Sí.
—¿Te gusta Ivor?
—Sí.
—A mí me gusta mucho. Es cariñoso.
—Sí que lo es.
—¿Te gusta Ronnie?
—Sí —repuso Anna, después de vacilar.
—Pero, en realidad, no te gusta.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Anna, sorprendida.
—No lo sé. Sólo he pensado que no te gustaba, porque a Ivor le hace hacer
cosas tontas.
No dijo nada más, pero se tomó la cena en un estado meditativo y
abstraído. Miró varias veces, muy astutamente, a su madre. Ésta, dejándose
inspeccionar, mantenía una expresión de calma.
Cuando se hubo acostado Janet, Anna bajó a la cocina y fumó mientras
bebía una taza de té. Ahora estaba preocupada por Janet. «A Janet la turba todo
este asunto —pensó—, pero ella no sabe por qué. La causa no es Ivor, sino el
ambiente creado por Ronnie. Podría decirle a Ivor que Ronnie tiene que marcharse.
Casi seguro que ofrecerá pagar un alquiler por Ronnie, pero no se trata de eso.
Siento exactamente lo mismo que con Jemmie...»
Jemmie era un estudiante cingalés que había vivido en el cuarto de arriba
durante un par de meses. A Anna no le gustaba, pero no se atrevía a decirle que se
fuera porque era de color. Al final, el problema se solucionó gracias a que él se fue
a Ceilán. Y ahora Anna era incapaz de decir a un par de jóvenes que turbaban su
paz de espíritu, que se marcharan porque eran homosexuales. Sabía que a ellos,
como al estudiante de color, les iba a ser difícil encontrar una habitación.
Sin embargo, ¿por qué habría de sentirse Anna responsable...? «Como si
una no tuviera ya suficientes problemas con los hombres normales —se dijo,
tratando de disipar su sensación de incomodidad con una broma. Pero la broma 349

fracasó. Lo intentó de nuevo—: Es mi casa, mi casa, mi casa.» Esta vez intentaba
revestirse de arraigados sentimientos de propiedad. Esto también fracasó. Se
quedó pensando: «Al fin y al cabo, ¿por qué tengo una casa? Porque escribí un libro
del que me avergüenzo y que me ha producido mucho dinero. Suerte, suerte, eso
es todo. Y odio todo esto: mi casa, mis posesiones, mis derechos. Y, no obstante,
cuando llega un punto en que me siento incómoda, caigo en ello como cualquier
otra persona. Lo mío. La propiedad, las posesiones... Voy a proteger a Janet debido
a mis posesiones. ¿De qué sirve protegerla a ella? Va a crecer en Inglaterra, un
país lleno de hombres que son como niños pequeños, como homosexuales, como
semihomosexuales...». Sin embargo, este pensamiento un tanto manido se
desvaneció arrastrado por una fuerte ola de emoción auténtica: « ¡Qué caramba!
Quedan unos pocos hombres auténticos y haré lo posible para que tenga uno de
ellos a su lado. Voy a cuidar de que crezca de modo que sepa reconocer a un
hombre auténtico cuando se lo encuentre. Ronnie va a tener que marcharse».
Con lo cual se fue al cuarto de baño, y se dispuso a acostarse. Las luces
estaban encendidas. Se detuvo junto a la puerta y vio a Ronnie contemplándose
ansiosamente en el espejo situado encima el estante donde ella tenía sus
cosméticos. Se estaba poniendo loción en las mejillas, con el algodón de ella, y
tratando de borrar las arrugas de la frente.
—¿Te gusta más mi loción que la tuya?
Se volvió, sin mostrar sorpresa. Anna notó que lo había hecho adrede para
que ella le encontrara allí.
—Querida mía —dijo él graciosamente y con coquetería—, estaba probando
tu loción. ¿A ti te va bien?
—No mucho—dijo Anna.
Se apoyó contra la puerta, observando, aguardando a que le explicara lo
que ocurría.
Ronnie llevaba un costoso batín de seda, de un color purpúreo, suave y
borroso, y un pañuelo rojo alrededor del cuello. Sus zapatillas eran de cuero rojo,
caro, en forma de babuchas, con una tira dorada. Daba la impresión de que estaba
en un harén, no en aquel piso perdido en el Londres estudiantil. Ladeó la cabeza,
dándose toquecitos a las ondas de pelo negro, ligeramente gris, con una mano bien
cuidada.
—He probado de utilizar un tinte —observó—, pero se ve el gris.
—Hace distinguido, de todos modos —comentó Anna.
Acababa de comprender que, aterrorizado ante la perspectiva de verse en la
calle, apelaba a ella como lo haría una chica con otra. Trató de convencerse de que
la divertía. Lo cierto era que sentía repugnancia, y que se avergonzaba de ello.
—Pero, mi querida Anna —susurró él, seductoramente—, tener un aspecto
distinguido está muy bien si uno se codea, si me permites decirlo así, con los que
conceden los empleos.
—Ronnie —dijo Anna, sucumbiendo a pesar de su repugnancia, e
interpretando el papel que se esperaba de ella—, si estás encantador, a pesar de 350

alguna que otra cana. Estoy segura de que docenas de personas te encuentran
irresistible.
—No tantas como antes —puntualizó—. Por desgracia, debo confesarlo.
Claro que me las arreglo bastante bien, a pesar de las subidas y bajadas. Pero
tengo que cuidarme mucho.
—Tal vez deberías encontrar un protector rico y permanente muy pronto.
—Pero, querida —exclamó, con un pequeño contoneo de la cadera, del todo
inconsciente—, ¿no pensarás que no lo he probado?
—¡No sabía que el mercado estuviera tan saturado! —exclamó Anna,
expresando su repugnancia y avergonzándose de sus palabras antes, incluso, de
haberlas pronunciado.
« ¡Dios mío! —pensó—. ¡Nacer así! ¡Y me quejo de las dificultades que
entraña ser una mujer como yo! ¡Dios bendito! ¡Podía haber nacido un Ronnie!»
Él le dirigió una rápida y franca mirada llena de odio. Vaciló, 'pues el impulso
había sido demasiado fuerte, y dijo:
—Me parece que, bien pensado, prefiero tu loción a la mía. Tenía la mano
encima de la botella, reclamándola. Le sonrió de lado, desafiándola, odiándola
abiertamente.
Ella, con una sonrisa, adelantó la mano y tomó la botella: —Bien, será mejor
que te compres una para ti. ¿No crees? Y entonces la sonrisa de él fue rápida,
impertinente. Reconocía que ella le había vencido, que la odiaba por ello, que se
proponía volver a intentarlo pronto. Luego la sonrisa se desvaneció y fue sustituida
por la expresión de miedo frío y cansado que había visto antes. Se estaba diciendo
a sí mismo que sus impulsos de sarcasmo eran peligrosos, y que debería aplacarla,
en lugar de desafiarla.
Se excusó rápidamente, con un murmullo encantador y que trataba de
restablecer las paces, dio las buenas noches, y subió de puntillas al cuarto de Ivor.
Arma se bañó y luego fue a ver si Janet dormía bien. La puerta del cuarto de
los jóvenes estaba abierta. Anna se sorprendió, pues ellos sabían que cada noche a
aquella hora subía a ver a Janet. Luego se dio cuenta de que estaba abierta a
propósito. Oyó: —De nalgas gruesas como vacas...
Era la voz de Ivor, y añadió un ruido obsceno. Luego la voz de Ronnie:
—Pechos sudorosos y caídos... E hizo como si vomitara.
Anna, furiosa, estuvo a punto de entrar e insultarles. Se encontró, en
cambio, débil, temblorosa y aterrorizada. Bajó sigilosamente la escalera, con la
esperanza de que no se hubieran dado cuenta de su presencia. Pero entonces
cerraron la puerta con un golpe, y oyó la risa de Ivor y las carcajadas estridentes
de Ronnie. Se metió en la cama, horrorizada de sí misma, pues se daba cuenta de
que aquella breve escena de obscenidades que habían preparado para ella, no era
más que el aspecto nocturno de la puerilidad de niña pequeña de Ronnie, o de la
afabilidad de perrazo de Ivor, y de que así podía habérselo imaginado mucho antes,
sin tener que esperar a que se lo demostraran. Tenía miedo porque se sentía 351

afectada. Permaneció sentada en la cama, fumando a oscuras en el centro de
aquella gran habitación, y la embargó una profunda sensación de vulnerabilidad e
impotencia. Se dijo de nuevo: «Si me desmoronara...». El hombre del metro la
había afectado; los dos jóvenes de arriba la habían dejado temblando. Una semana
antes, al volver tarde del teatro, un hombre se le había exhibido en la esquina de
una calle oscura. Su reacción no fue ignorarlo, sino encogerse por dentro, como si
se hubiera tratado de un ataque personal contra ella. Sintió que había sido
amenazada... En cambio, recordando tiempos no muy lejanos, vio a aquella otra
Anna que atravesaba los peligros y la fealdad de la gran urbe sin miedo e inmune.
Ahora, sin embargo, parecía como si la fealdad se le hubiera acercado tanto que
estaba a punto de desvanecerse gritando.
¿Y cuándo había nacido esa nueva Anna vulnerable? Lo sabía. Cuando
Michael la dejó.
Anna con miedo y sintiéndose mal, pese a todo se sonrió de sí misma, se
sonrió de su conciencia de que ella, la mujer independiente, sólo era independiente
e inmune frente a la fealdad de las perversidades del sexo, del sexo violento,
cuando era querida por un hombre. Permanecía sentada a oscuras, sonriendo, o
más bien forzándose a sonreír, y pensando que no había ninguna persona en el
mundo a quien pudiera comunicar aquella broma, salvo a Molly. Pero Molly estaba
pasando tantas dificultades, que no se podía hablar con ella, por el momento. Sí:
tenía que llamar a Molly por la mañana y hablar con ella de Tommy.
Y entonces Tommy volvió a ocupar la primera fila de sus preocupaciones,
junto a su problema con Ivor y Ronnie. ¡Aquello era demasiado! Se deslizó bajo las
sábanas, aferrándose a ellas.
«El hecho —se dijo Anna, tratando de conservar la calma— es que no me
encuentro en condiciones para enfrentarme con nada. Me mantengo por encima de
todo esto, del caos, gracias a este cerebro mío que cada vez es más frío. Me
balanceo para conservar el equilibrio.» (Anna vio de nuevo su cerebro como una
maquinita impávida, haciendo tic tac en la cabeza.)
Estaba tumbada, con miedo, y otra vez acudieron a su mente aquellas
palabras: el manantial se ha secado. Y a las palabras las acompañó la imagen: el
pozo seco, una hendidura abierta en la tierra, que era todo polvo.
Buscando algo donde sujetarse, se asió al recuerdo de Madre Azúcar. «Sí.
Tengo que soñar con agua», se dijo. ¿De qué le serviría aquella larga "experiencia"
con Madre Azúcar, si ahora, en tiempo de sequía, no podía recurrir a ella en busca
de ayuda? «Tengo que soñar cómo volver al manantial.»
Anna se durmió y soñó. Estaba de pie al borde de un desierto ancho y
amarillo, al mediodía. El sol aparecía oscurecido por el polvo que pendía del aire, y
tenía un siniestro color naranja por encima de la extensión amarilla y polvorienta.
Anna sabía que debía cruzar el desierto. Al otro lado, en el extremo más alejado,
había unas montañas, de color púrpura, naranja y gris. Los colores del sueño eran
extraordinariamente hermosos y vividos. Pero estaba encerrada en medio de ellos,
cercada por aquellos colores brillantes y secos. No había agua en ninguna parte.
Anna empezó a caminar a través del desierto, para llegar a las montañas.
Éste fue el sueño con que se despertó por la mañana; y sabía lo que
significaba. El sueño marcaba un cambio en ella, en el conocimiento de sí misma.
En el desierto estaba sola, no había agua y se encontraba muy lejos de los
manantiales. Se despertó sabiendo que, si quería cruzar el desierto, tendría que 352

librarse de fardos. Se había ido a la cama sin ideas claras acerca de lo que haría
con Ivor y Ronnie, y despertó sabiendo lo que iba a hacer. Detuvo a Ivor cuando
salía hacia el trabajo (Ronnie estaba todavía en la cama, durmiendo el sueño de las
amantes mimadas), y le comunicó:
—Ivor, quiero que te vayas.
Aquella mañana tenía el semblante pálido, aprensivo y suplicante. No podía
exteriorizar más claramente sus sentimientos, sin pronunciar estas palabras:
—Lo siento mucho. Estoy enamorado de él y no puedo controlarme.
Pero no era necesaria la aclaración.
—Ivor, debes darte cuenta de que esto no puede seguir así.
—Hace tiempo que te lo quería decir... ¡Has sido tan amable!
Verdaderamente me gustaría pagar por la estancia de Ronnie.
—No.
—El alquiler que fijes tú.
Incluso entonces, cuando sin duda se sentía avergonzado por su actitud de
la noche anterior, y sobre todo asustado porque su idilio podía recibir un rudo
golpe, no pudo evitar que su voz adoptase de nuevo aquel tono de desprecio y
burla.
—Puesto que hace semanas que Ronnie está aquí y yo no he mencionado la
cuestión del alquiler, es obvio que no se trata de eso —contestó Anna, disgustada
con la persona fría y crítica que estaba allí, hablando con aquella voz.
Él volvió a vacilar. Su cara era una mezcla muy notable de culpabilidad,
impertinencia y miedo.
—Mira, Anna, voy a llegar muy tarde al trabajo. Bajaré esta noche y lo
discutiremos, ¿te parece bien?
Habló desde la espalera, bajándola a saltos, tratando desesperadamente de
alejarse de ella y de su propio impulso de burlarse, de provocarla.
Anna regresó a la cocina. Janet estaba tomando el desayuno. La niña le
preguntó:
—¿De qué hablabas con Ivor?
—Le sugería que debería marcharse o que, por lo menos, lo hiciera Ronnie...
—Rápidamente añadió, pues Janet iba a protestar—: El cuarto es para una persona,
no para dos. Y como son amigos, seguramente prefieren vivir juntos.
Ante la sorpresa de Anna, Janet decidió no protestar. Durante el desayuno
se mantuvo quieta y en silencio, tal como había permanecido durante la cena de la
noche anterior. Al final observó: 353

—¿Por qué no voy al colegio?
—¡Pero si ya vas al colegio!
—No. Quiero decir a un colegio de verdad, a un pensionado.
—Los pensionados no son ni mucho menos como el de la historia que Ivor te
leía ayer noche.
Janet pareció que iba a proseguir, pero abandonó el tema. Se fue a la
escuela, como siempre.
Ronnie bajó al cabo de un rato, mucho antes de lo que tenía por costumbre.
Iba vestido con cuidado, y estaba muy pálido bajo el débil colorete que llevaba en
las mejillas. Por primera vez se ofreció a hacerle las compras a Anna.
—Soy muy útil para las tareas de la casa —adujo.
Cuando Anna rehusó, tomó asiento en la cocina y se puso a charlar con
mucha gracia. Sus ojos la miraban suplicantes.
Pero Anna había tomado una determinación firme, y cuando Ivor fue a verla
a su cuarto aquella noche, se mantuvo en su decisión. Así que Ivor sugirió que
Ronnie se marcharía, pero él se quedaría.
—Después de todo, Anna, he vivido aquí durante muchos meses, y nunca
habíamos tenido ninguna agarrada. Estoy de acuerdo contigo; Ronnie pedía
demasiado. Pero él se va a ir, te lo prometo. —Anna vaciló y él insistió—: Además
está Janet. La echaría de menos... Y no creo que exagere si digo que ella también
me echaría de menos a mí. Nos vimos muy a menudo mientras tú estabas tan
ocupada ayudando a tu amiga durante aquel horrible asunto de su hijo.
Anna cedió, y Ronnie se marchó. Lo hizo aparatosamente, dando a entender
claramente a Anna que era una mala pécora por echarle (y ella, en efecto, se sentía
una mala pécora), y a Ivor que había perdido un amante, cuyo precio mínimo era
un techo bajo el que cobijarse. Ivor sintió resentimiento hacia Anna por la pérdida,
y se lo demostró. Ponía mala cara.
Sin embargo, la mala cara de Ivor significó que las cosas volvieron a ser
como antes del accidente de Tommy. Casi nunca le veían. Se había vuelto a
convertir en el joven que daba las buenas noches y los buenos días cuando se
cruzaban en la escalera. La mayoría de las noches salía. Luego Anna oyó que
Ronnie no había logrado retener a su nuevo protector, que se había instalado en un


cuartito en una calle vecina, y que Ivor le mantenía.

Doris Lessing - El cuaderno dorado - Versión de Helena Valenti - Editorial Noger S.A.

2 comentarios:

Ana Muela Sopeña dijo...

Magnífico, como todo lo de Doris Lessing.

Tocó varios géneros y en todos destacó.

batalla de papel dijo...

Ana,

Sí, a mi me dejo un huella profunda la lectura de sus novelas.
Un abrazo