domingo, 2 de junio de 2013

Diane Wokoski - Gracias a mi madre por las clases de piano - poema

*imagen de la red


Gracias a mi madre por las clases de piano


El alivio al poner los dedos sobre las teclas

como si caminando en la playa

encontraras un diamante

tan grande como un zapato;



como si

acabaras de construir una mesa de madera

y el olor del aserrín estuviera en el aire,

tus manos secas y ásperas;



como si

hubieras eludido

al hombre en la oscuridad que te ha estado siguiendo

todo la semana;



el alivio

de poner tus dedos en el teclado

tocando los acordes de

Beethoven

Bach,

Chopin

            una tarde en que no tenía con quien hablar,

            en que los suaves suéteres con forma de anuncios de revista

y el cabello de clase media, republicano, limpio y brillante

entraba a las casas alfombradas

y me dejaba sola

con los pisos desnudos y unos pocos libros



Quiero agradecerle a mi madre

por trabajar a diario

en una oficina gris

en garajes y compañías de agua

le quitaba la crema a su café a los 40

para perder peso. Su pesado cuerpo

escribía sus delicados libros de bibliotecaria

sola, sin un hombre que mirara su rostro

su cuerpo, su prematuro cabello blanco

enamorado

Quiero agradecerle a mi madre

por trabajar y pagar siempre

mis clases de piano       

antes de pagar el préstamo al Banco de América

o comprar la despensa

o arreglar nuestro viejo y ruidoso Ford.   



Yo era una niña tranquila

con miedo de entrar sola a una tienda

con miedo al agua

al sol

a las hierbas sucias en los traspatios

con miedo al mal aliento de mi madre

y con miedo a las visitas ocasionales de mi padre

al saber que volvería a marcharse

con miedo a no tener dinero

con miedo a mi torpe cuerpo

que sabia

nadie amaría jamás



Pero atravesé tocando

en el viejo piano vertical

que obtuvimos por $10,

toquéa través del miedo

a través de la fealdad,

de crecer en un mundo de comprar en tiendas de baratijas,

y un deseo de amar

un mundo sin amor.



Toqué a través de una cara fea

y de tardes, días, veladas y noches solitarias,

incluso mañanas, vacía

como una lata de café oxidada,

toqué a través del susurro de la primavera

y quise que todo a mi alrededor brillara como una ola angosta

en una playa lisa al atardecer en el sur de California,

Toqué a través de

un sombrero vacío de mi padre en el closet de mi madre

y una cama en la que dormía sólo de un lado,

sin arrugar nunca una pulgada

del otro

esperando

esperando.



Toqué a través de los honores escolares

el único lugar en que podía

hablar

            el salón de clases,

            o en mis clases de piano, el canario de la señora Hillhouse siempre

            cantaba más por mi talento,

            como si hubiera dejado una parte de mi cuerpo al entrar

            a su casa

            y buscara ahora cada pieza de marfil

            en el teclado, deslizaba mis dedos en crestas negras

            y por suaves rocas

            me preguntaba dónde perdí mis órganos,

o mi boca que a veces se abría

como una amapola de California,

ancha y con contrastes,

hermosa en grandes campos,

cerrada por completo día y noche,



Toquéa través década edad,

pero todas parecían eternas

o tal vez siempre

viejas y solitarias,

solo quería una cosa, rodeada por las polvosas hojas

con olor amargo de los naranjos,

solo quería ser tocada por el hombre que me amara,

que estuviera ahí cada noche

para poner su larga y fuerte mano en mi hombro,

cuyas caderas despertaría junto a mí en la mañana,

cuyo bigote podría peinar un rostro hasta dormir,

soñando con pianos que hicieran el sonido de Mozart

y Schubert sin pedir

que la vida absorbiera todo

lo que tienes a diario,

sin pedir el vacío

de una pequeña vida tímida.



Quiero agradecer a mi madre

por dejarme a veces despertarla a las 6 de la mañana

cuando practicaba mis clases

y por asegurarse de que tuviera un piano

en donde dejar mis libros de la escuela, todas las tardes.

No he tocado el piano en 10 años,

tal vez por miedo a que el poco amor que he logrado recoger

como polvo, del fondo de los bolsillos

se pierda,

se escape,

hacia la caverna terriblemente vacía que soy

si la vuelvo a abrir por completo, alguna vez.

El amor es un hombre

con bigote

que me abraza dulcemente cada noche.

que siempre está ahí cuando necesito tocarlo;

no podría conocer el doloroso

estruendo de la música del pasado

que su amor evita que golpee, que sacuda,

que retumbe en mi cerebro

que hace todo lo posible para destrozar la precaria materia gris

cuando estoy sola;

él no escucha al canario de la señorita Hillhouse cantar para mi,

cómo le gusta el sonido de mi clase esta semana,

decirme,

confirmarme lo que dice mi maestra,

que tengo un talento para el piano

que pocos de sus alumnos tenían.

Cuando toco al hombre

que amo

quiero agradecerle a mi madre

por las clases de piano

durante todos esos años,

que mantienen el recuerdo de Beethoven,

un atormentado hombre sordo,

en mi mente;

            de la belleza que puede venir

incluso de un horrible

pasado.

Versión de Iván Viñas Arrambide



Thanking My Mother for Piano Lessons


The relief of putting your fingers on the keyboard,  

as if you were walking on the beach

and found a diamond

as big as a shoe;



as if

you had just built a wooden table

and the smell of sawdust was in the air,  

your hands dry and woody;



as if

you had eluded

the man in the dark hat who had been following you  

all week;



the relief

of putting your fingers on the keyboard,  

playing the chords of

Beethoven,

Bach,

Chopin

         in an afternoon when I had no one to talk to,

         when the magazine advertisement forms of soft sweaters  

         and clean shining Republican middle-class hair

         walked into carpeted houses  

         and left me alone

         with bare floors and a few books



I want to thank my mother  

for working every day

in a drab office

in garages and water companies

cutting the cream out of her coffee at 40

to lose weight, her heavy body

writing its delicate bookkeeper’s ledgers

alone, with no man to look at her face,  

her body, her prematurely white hair  

in love

         I want to thank

my mother for working and always paying for  

my piano lessons

before she paid the Bank of America loan  

or bought the groceries

or had our old rattling Ford repaired.



I was a quiet child,

afraid of walking into a store alone,

afraid of the water,

the sun,

the dirty weeds in back yards,

afraid of my mother’s bad breath,

and afraid of my father’s occasional visits home,  

knowing he would leave again;

afraid of not having any money,

afraid of my clumsy body,

that I knew

         no one would ever love



But I played my way

on the old upright piano

obtained for $10,

played my way through fear,

through ugliness,

through growing up in a world of dime-store purchases,  

and a desire to love

a loveless world.



I played my way through an ugly face

and lonely afternoons, days, evenings, nights,  

mornings even, empty

as a rusty coffee can,

played my way through the rustles of spring

and wanted everything around me to shimmer like the narrow tide  

on a flat beach at sunset in Southern California,

I played my way through

an empty father’s hat in my mother’s closet

and a bed she slept on only one side of,

never wrinkling an inch of

the other side,

waiting,  

waiting,



I played my way through honors in school,  

the only place I could

talk

       the classroom,

       or at my piano lessons, Mrs. Hillhouse’s canary always  

       singing the most for my talents,

       as if I had thrown some part of my body away upon entering  

       her house

       and was now searching every ivory case

       of the keyboard, slipping my fingers over black  

       ridges and around smooth rocks,

       wondering where I had lost my bloody organs,  

       or my mouth which sometimes opened

       like a California poppy,

       wide and with contrasts

       beautiful in sweeping fields,

       entirely closed morning and night,



I played my way from age to age,

but they all seemed ageless

or perhaps always

old and lonely,

wanting only one thing, surrounded by the dusty bitter-smelling  

leaves of orange trees,

wanting only to be touched by a man who loved me,  

who would be there every night

to put his large strong hand over my shoulder,

whose hips I would wake up against in the morning,  

whose mustaches might brush a face asleep,

dreaming of pianos that made the sound of Mozart  

and Schubert without demanding

that life suck everything

out of you each day,

without demanding the emptiness

of a timid little life.



I want to thank my mother

for letting me wake her up sometimes at 6 in the morning  

when I practiced my lessons

and for making sure I had a piano

to lay my school books down on, every afternoon.

I haven’t touched the piano in 10 years,

perhaps in fear that what little love I’ve been able to

pick, like lint, out of the corners of pockets,

will get lost,

slide away,

into the terribly empty cavern of me

if I ever open it all the way up again.

Love is a man

with a mustache

gently holding me every night,

always being there when I need to touch him;

he could not know the painfully loud

music from the past that

his loving stops from pounding, banging,

battering through my brain,

which does its best to destroy the precarious gray matter when I  

am alone;

he does not hear Mrs. Hillhouse’s canary singing for me,

liking the sound of my lesson this week,

telling me,

confirming what my teacher says,  

that I have a gift for the piano  

few of her other pupils had.

When I touch the man

I love,

I want to thank my mother for giving me  

piano lessons

all those years,

keeping the memory of Beethoven,

a deaf tortured man,

in mind;

            of the beauty that can come

from even an ugly

past.


Biografía
Diane Wakowski (California, 1937). Ha sido identificada con los llamados “deep image poets”, con los poetas beat y con la poesía neoconfesional. Ha merecido distinciones como el William Carlos Williams Award.




7 comentarios:

alba dijo...

¡Genial! Qué descubrimiento, María, ¡gracias!

Maria Germaná Matta dijo...

Alba, gracias me alegra que te gustara.
Un abrazo

Adriana Alba dijo...

Un gusto conocer tu espacio.
Cariños María.

Maria Germaná Matta dijo...

Adriana Alba,
Bienvenida, un placer tenerte.
Un abrazo

Karla Estrada dijo...

Excelente leerte, lo tomas de la mano llevandolo a un hermoso viaje con las imagenes que regalas, atra vez de tus trocitos de alma.
Saludos cariñosos.

Maria Germaná Matta dijo...

Karla,

Me complace saber que te ha gustado esta entrada.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Impresionante es este poema!!! Visceral, sincero, de enorme compromiso humano.
Leí tristeza, cierto desamparo, necesidad de amor, imposibilidad...Y a la vez, leo:
... "la belleza que puede venir

incluso de un horrible

pasado." Como un acto de redención, de manto de cierta clase de piedad.
Gracias por compartirla, Sole!!!! Fue un maravilloso encuentro poético y de los que más me gustan.
Un abrazo enorme para vos.
Hilda Díaz